Buenos Aires, Junio de 2011
Querido amigo,
Cae la tarde y se hace más difícil. Las sombras se empiezan a alargar y no me ayuda.
Se escuchan más los gritos. No logro escuchar los propios.
La última vez que te escribí esperaba tu respuesta pero esta vez no, no estoy enojada, se que tenés tu vida allá afuera.
La enfermera viene y me da una pastilla gigante y un vaso de agua que se me ocurre turbia. ¿Qué quiere? Espera que me la tome.
Me pregunto que haría papá con esto. La situación me está desesperando y solo logro dormir dos horas gracias a la leche caliente y un somnífero que me dan a eso de las siete.
Somnífero, que palabra más extraña, podría ser una planta trepadora, exótica, de flores carnívoras, de colores solares.
Alguien viene a correr las cortinas… ¿será que les da pudor la locura? ¿Será que somos una exposición indecente?
Espero aún que vengas y me traigas chocolates, esos que me gustan a mi, bien amargos, o esos otros que tienen picante.
El picante me deja el cuerpo con una cosa sensual, con calor acá abajo… no, no, no, no pienses ni te imagines que pueda llegar a besarte.
Cuando vino mamá me dio un beso que me provocó asco. La mejilla empapada de baba de dentadura postiza. ¡Ja! Mamá y sus locuras.
Me está agarrando sueño. Quiero que vuelvas mañana aunque no te hable, así te doy esta carta y vos me prometés que pronto voy a estar mejor, en mi casa, con mis cosas. No seas malo, escribime.
Besos
Yo