miércoles, 27 de julio de 2011

Lata de gusanos

Escupo verde,
la cabeza duele,
el mal humor invasor se va transformando en ira.
La razón ya no existe,
se perdió en la trifulca.
El zapateo en el piso de tierra
despertó a las alimañas.
Olor y polvo que se levantan en la acción,
se meten en el respirar agitado,
oxigenan con impurezas lo que nunca fue blanco.
Color sobre color,
que resulta en marrón excremento,
al que nos agarramos atesorando lo falso.
Untadas las manos
de pútridas intensiones
con fines honestos
que ya no importan.
Lata de gusanos fétida
que se abrió sin querer,
que no hay quien la cierre.
El daño está hecho,
solo el sacrificio,
el nado desnudo, en el agua pringosa
el olor, el sabor a litre rancio
filtrándose por los senos nasales,
la sensación grabándose en lo profundo,
en el sumergirse.

Reliquias

No responde a una actitud augusta
simplemente a un buceo obligado
en busca de unas reliquias,
sobrevivientes de grandes fuegos,
sobrevivientes de pequeñas fogatas.
Esas reliquias, brillantes u opacas,
no más grandes que un diente de leche
y tan inocentes como estos.
Aún perdida,
los tesoros en las manos
sigo nadando en el agua turbia
sin saber dónde subir a respirar
sintiendo cada vez más
la opresión del aire que falta.

jueves, 21 de julio de 2011

El Río

No se si mi infancia fue feliz, lo que si se es que fue peculiar. Si, peculiar, rara, exótica, bueno,  no se cual sería la definición exacta. Algunas veces me pregunto que recordará mi hermano, de las cosas que vivimos juntos. Estoy segura que los 6 años que nos separan hacen que nuestra percepción sea bien distinta, aunque nuestros padres sean los mismos, nuestras casas y ciudades sean las mismas, a pesar de ser haber compartido la misma habitación por años estoy segura que sus historias serían distintas.
Parte de esos recuerdos peculiares son las tardes en el río Orinoco, en donde aprendimos a nadar.
Los días en el río empezaban por lo general con los preparativos para salir. Mi hermano y yo estábamos listos en un santiamén, era solo cuestión de poner una muda de ropa seca en el bolso y el traje de baño y unos pantalones cortos. A mis padres les tocaba preparar una heladerita de mano con el almuerzo y la merienda, algo de ropa, repelente para los mosquitos, y vaya uno a saber que cantidad de cosas más.
Como el río no tenía balneario, papá manejaba por unos caminitos ignotos que desaparecían una semana para aparecer a la siguiente unos metros más allá. Generalmente nos juntábamos con otras dos familias y hacíamos asado, algunos intentaban pescar y otros leían el diario argentino que compraban en el centro comercial, sólo los domingos.
Era como un campamento por un rato.
La nostalgia reunía a los adultos en torno del Clarín y algunos acompañaban la nostalgia con unos mates y un tango que sonaba desde el estéreo del auto.
Por lo general, el ambiente de domingo era tranquilo pero en la época en que el río no estaba crecido la playa se hacía un poquito más amplia y se juntaba más gente, en general familias.
Los chicos nos entreteníamos por edades en aprender a nadar o ir de expedición siguiendo la costa hasta llegar a unas rocas en donde la corriente se hacía más fuerte y en donde algunos nos aventurábamos a nadar para ver cuanto aguantábamos nadando en contra de esa corriente o si, en el mejor de los casos, avanzábamos unos metros. El río siempre salía ganando.
El río con destellos dorados. A pocos kilómetros de nuestra playa había un emprendimiento siderúrgico enorme en dónde mi padre estaba trabajando. Anteriormente, se corría la voz, que había buscadores de oro y que las pepitas grandes no fueron muchas, pero que se las llevaron, ahora simplemente quedaban pequeñas partículas de oro que suspendidas en el agua le daban ese efecto precioso… cuando era chica lo creía, por lo que me sentaba en la orillita, sobre todo a la tarde tratando de atrapar esas partículas y ver si me quedaba la piel de la mano cubierta de oro… y no era la única, pero siempre eran los chicos los que seguían estas historias, por eso creo que fue invento de los padres, para darnos la fiebre del oro y tenernos entretenidos por una temporada.
El río también cambiaba, pero nosotros le éramos fieles. Incluso en época de, en donde las márgenes llegaban hasta los árboles, incluso en esos meses nos metíamos en el río. Si no llovía era algo para hacer en un lugar en donde el entretenimiento era escaso. Nos colgábamos de las ramas como si fuéramos monitos a pesar de las pirañas que tenían mala prensa pero que nunca nos hincaron un solo diente, aunque las había porque las hemos visto pescadas en abundancia sobre todo en la estación lluviosa.
Las mareas subían y bajaban y nosotros no lo abandonábamos, como si ejerciera algún tipo de efecto hipnótico que nos hacía volver semana tras semana. El olor dulzón del agua, los tesoros que deja la corriente y la vida que gira en torno de la arteria fluvial que contribuyó a la creación de miles de historias: prisioneros de cárceles tropicales, criminales feroces que se escondieron en el seno del misterio que se pierde en las selvas y aparece en las sabanas.
Algunas otras veces la realidad golpea en la cara de la leyenda y te deja boquiabierto, dolorido, sin aire. Como aquel sábado en el que el río estaba bastante poblado. Pescadores, canoistas y nadadores. El río lleno de vida y actividad. Los chicos ya habíamos nadado, jugado, investigado y cansados tomábamos la leche. Era tarde. Un viejo en una canoa iba y venía esquivando remolinos; un local, un lugareño. Nosotros sorbíamos la leche con galletitas mirando fijamente el agua y sus destellos, hipnotizados por la cadencia.
De pronto alguien grita, señala. Nosotros miramos, nos juntamos como si esto ayudara a ver mejor. Entre las aguas, alguien agita los brazos, aparece y desaparece. El viejo de la canoa pasa cerca pero hay algo que impide que llegue. Otro desde la costa intenta un rescate a nado pero fue demasiado tarde. El viejo de la canoa fue a su encuentro para avisarle que con uno era suficiente. Cerca de nosotros una mujer con dos niños, uno en brazos, llora desconsolada. Nosotros también, para acompañarla y aliviar su pena.
Ese día nos quedamos hasta la noche, esperando noticias de los buzos de la policía, pero nada. El cuerpo fue devuelto dos días más tarde. El río mismo lo dejó unos kilómetros más allá, entre unas ramas, reposando misericordiosamente.
Durante semanas soñé que encontraba al ahogado mientras nadaba y me despertaba a los gritos.
Mi papá, que no sabía nadar, me dijo:
-Hija, al río hay que tenerle respeto, el río no perdona, y siempre, siempre gana.

La voz del recuerdo

Ya había intentado mandarme a la escuela que nos ponía la empresa y no me fue bien, no pude adaptarme.  Mi madre también había intentado hacerme entrar al mejor colegio de la zona, pero era un colegio religioso y yo una pequeña hereje que no había tomado la comunión. Así mamá terminó por mandarme a una escuela de un barrio cercano cuyo nombre no recuerdo, una escuela estatal, en la comuna de San Félix, dependiente a su vez de una comunidad un poco más grande, Ciudad Guayana a la que promocionaban en una radio local como “La Capital de La Mosca”.
El tema es que terminé en esa escuela que recuerdo de manera singular.
El primer día marcó un poco mi extranjería: formamos todos en la entrada, padres a un costado, y de buenas a primeras entonaron el himno nacional venezolano… de más está decir que lo único que llegué a imitar fue el “gloria-al-bravopueblo-queelyugorompió” sin emitir un solo sonido y después la marcha nacional me dejó absolutamente rezagada y rubiecita con cara de boba. Acto seguido, una mujer bajita, de piernas flacas y abdomen prominente me dijo:
-Oye chica, para mañana te lo aprendes, ¿okei catirita?
Ahí venía yo, sumando detalles que me dejaban fuera del grupo de pertenencia: el color de pelo, la falta de uniforme y la única argentina.
En cuanto al lugar en si era extraño, pero a pesar del carácter festivo del trópico, esta escuela se las arreglaba para ser un lugar gris. Era un edificio chato, rodeado de árboles tropicales altísimos y las aulas daban todas a una galería comunicante que rodeaba un espacio central abierto donde crecían plantas salvajes de hojas raras y gigantescas. Cada dos o tres columnas portantes de la galería había una canilla en donde descansaban prolijamente dos o tres baldes, igual cantidad de escobillones y lampazos.
Las aulas eran grandes, frescas y limpias. Pizarrón verde, el gran escritorio de la maestra y los bancos individuales en filas prolijas. Las aulas siempre estaban abiertas, carecían de puertas o ventanas de vidrio y madera, los únicos cerramientos eran unas rejas robustas y sencillas, que a mi corta edad me las imaginaba como las de las cárceles del lejano oeste.
La limpieza evidentemente era un tema. Todos los recreos se nombraban dos encargados, el de barrer y el de pasar la mopa. Yo siempre me ofrecía para barrer, por dos motivos:  primero, porque al no tener muchos amigos esto me daba algo que hacer en el recreo, y en segundo lugar, porque así quedaba automáticamente fuera de la tarea de trapear, que no era en si el problema, sino más bien, el asco que me provocaba escurrir la cabellera de la mopa en el agua que con el pasar de los recreos se ponía más y más turbia. No pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta y le dijeran a la maestra. Ella intentó convencerme de que no había nada de malo en el agua sucia. Incluso a alguna compañerita valiente puso las manos en el balde con decisión y retorciendo los pelos grises de la mopa me dijo:
-¡Ve que no pasa nada catire!
A lo que yo le ofrecí pasar la mopa solo si ella, que era muy linda y buena, me escurría el monstruo ese. Su mirada comprensiva y su sonrisa amable cambiaron por una expresión de desaprobación que entendí como un “ni loca” y se acabó la cooperación.
En las clases me aburría y por eso pasaba mucho tiempo mirando para afuera, por la ventana los árboles de mangos, y a través de la puerta del aula, alguna que otra  historia interesante, real o imaginaria. Como la vez en que en plena clase de matemáticas, aburrida porque ya sabía todo sobre la multiplicación de más de dos cifras y porque la lentitud de mis compañeros me ponía nerviosa, bueno, la historia es que estaba viendo hacia el corredor, cuando escucho que se acerca un griterío que al pasar frente al aula se transforma en un show de lo más extraño… pasa un alumno corriendo, que digo corriendo, huyendo despavorido y a los gritos de la maestra que le pisa los talones, también a los gritos y enarbolando un cinturón en claro gesto de castigo. Cualquiera hubiera pensado que esto era de otra época o fuera de lo común, pero no, sucedía cotidianamente… con mayor o menor violencia.
Sin ir más lejos, en mi clase de cuarto grado, la maestra ejercía otro tipo de castigo físico en el que le pegaba diez golpes con el borrador o la regla en la punta de los dedos a los alumnos con más de tres ejercicios incorrectos. Si no hacías los deberes, los golpes pasaban a quince. Lo que nunca supe es cuál era la cantidad de golpes para los problemas de disciplina, dado que mis compañeros era muy tranquilos y los problemas no pasaban de las interrupciones de alguna explicación. Lo que si quedó en mi memoria es que eran un poco brutos o burros, como se decía en mi época… y eso era enervante, incluso para mi que nunca fui una alumna brillante que digamos sino más bien de promedio bajo, propensa a las distracciones y un poco lenta. Pero en esta escuela era la mejor alumna y estoy segura que no por mérito propio sino por la conjunción de dos factores importantes: la disciplina para el estudio inculcada por mi madre, a los golpes o porque estos chicos eran más lentos vaya uno a saber si por el calor, la humedad tropical de la selva en galería, los mosquitos del Caroní o del Orinoco. Igualmente no me duró mucho, un día me olvidé de hacer los deberes y tuve la mala suerte de que la maestra me pidiera que los mostrara en el pizarrón. Le dije que no los había hecho y ella me instó a que pasara a recibir mi castigo. Me negué. Insistió. Me volví a negar.
Ella se paró en el frente. Yo me paré en el banquito de la fila del fondo y ante la insistencia de ella dí dos pasos para atrás. Ella, apremiada por mi inminente huida y mi rebeldía ante la autoridad me arrojó el borrador con una puntería impecable.
Con la cabeza dolorida se me presentó la disyuntiva de armar un lío bárbaro o sentarme calladita como si nada hubiera pasado. Opté por la última opción, con la ilusión de poder manejar la situación a mi favor. Ese fue mi último día en la escuela de San Félix.