viernes, 17 de mayo de 2013

Manos


 
En las manos de Adolfo se ven, se siente, sus sufrimientos.

Lo intrincado de las articulaciones vaticina caminos más difíciles de los ya andados.

 

 

 

Vi sus manos y lo primero que se me vino a la cabeza fue “¿qué hay detrás de esas manos?”

Me divirtió pensar que quizás habría una mente tan caótica como sus articulaciones.

No pensé en un accidente, porque la deformidades de raíz y no por la pérdida fortuita de un dedo.

Pensé lo peor. Que sus propios pensamientos, sus deseos oscuros impulsaron el crecimiento tortuoso, para hacer de ese tocar, de ese alcanzar, algo mucho más repugnante.

jueves, 21 de marzo de 2013

Más espesa


 

Como si fuera mi hija, aunque no lo es, como si lo fuera.

La nena se hamaca y me río con ella del placer del ir y venir, cada vez más alto, ¡más alto tía, si!

Pone su carita cerca de la mía y espía por mis pupilas todas las aventuras hermosas que imagino para ella y se ríe con dientes pequeños, vocecita chiquita, cristalina, limpia, ojos sorprendidos ante todo lo que le cuento, todo lo que le invento y me hace sentir gigante, un mundo.

Unos chicos juegan ahí nomás en la arena y la miran a ella tan chiquita, tan princesa y ella curiosa se acerca, los mira y les dice “¿conmigo?” cómo única invitación y presentación y ellos se ríen y en mi surge un odio irracional, desconocido. Ella me mira porque no comprende que los chicos son más grandes, que ella tiene tan solo tres y ellos están juntos en la plaza, todos hermanos, todos unidos por un dolor que se les coló por accidente, por que papá no está, porque cualquier extraño es amenaza… Los entiendo pero los alejo… no quiero que ella sepa de esas tristezas, no tiene por qué. Ellos la persiguen, queriendo golpearla y mi sangre, que es más espesa me impulsa a gritarles que se vayan a otro lado, me transfigura la cara, me hace irracional…

Ella tampoco entiende, me mira extrañada y me abraza con fuerza porque lo siente, porque mis brazos son muros que la protegen, porque en mi confía casi ciegamente, porque la más ínfima amenaza hace que pueda transformarme en un monstruo… pero no para ella que es mi sangre.

El Curry


Cocinar juntos nos hermana en la creación conjunta, en el relato que acompaña. Los tomates se sacrifican bajo la hoja inexorable de la cuchilla profesional. Lloro encebollada en miras del curry que se intensifica en el aceite que borbotea expectante. Acompaña la labor relatos de la India, de motos que no obedecían, de amigas casi raptadas, de lenguajes desconocidos, de gritos inciertos, de caras que reflejaban el propio juicio y nada más… El filo nuevo corta la yema y la sangre y el tomate son uno solo, mezcla de rojos, gradientes distintos.

Me alejás y me siento rechazada. Me decís que tu sangre amenaza, que la muerte, que el futuro y no se que sarta de pavadas.

Te quiero amigo y no me importa nada, no me importa si en este accidente doméstico la sangre nos une en un destino, que siempre fue cierto, después de todo.

lunes, 11 de marzo de 2013

Minirelato III


El del abuelo era de roble. Felino en las patas. Reflejo en las puertas. Historias al dorso. El abuelo apilaba la ropa con un rigor de líneas que caían en ángulo recto sobre los estantes. El roble presente en el olor, en mi recuerdo y en los escondites que me ofrecía en la niñez.

Minirelato II


Sutil al comunicar. Ágil al caminar. Trepar cada vez más, trepar y mirarme, suplicar y bajarla. Dar condicionado a su desear, encadenada a su amar caprichoso. Se acurruca. Me mira, ronronea, la abrazo. Se va.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Minirelato


A lo lejos resuenan las campanas de la misa de gallo que la desconcentran. Termina de peinar la raya y se la manda. Los viejos llegan en veinte minutos, los chicos en menos. Raúl no viene, dijo que tenía laburo. Sabe que la puede pilotear, pero cuando se mira al espejo casi se hace mierda los dientes. Escucha las llaves y los gritos de los nenes, los abuelos que los calman. Ella casi tira el papel en el lavatorio. Le sangra la nariz. Se caga encima. Los chicos “Mamiiii”. Cierra la puerta del baño.

(94 palabras)

Último cajón


Tarde, naranjas, amarillos, celestes, dorados, azulinos, estrellas tímidas, madrugadoras, sonidos apagados, algún que otro partido en la radio, en la ventana de la cocina del departamento de enfrente la plancha enchufada y la tabla desplegada. En casa, mi café se enfría en la taza. Café bien azucarado que apenas puedo pasar.

Lágrimas que ya no caen, dolores que parecen querer quedarse para quemarme por dentro.

Se cosecha lo que se siembra. Morís como vivís. Dios aprieta pero no ahorca. Siempre que llovió paró.

El viejo tirado ahí, en ese depositario de cuerpos sin alma, de cuerpos medio rotos, fallados, quebrados. Cuerpos de vidas intensas que garpan ahora, inexorables, centavo por centavo los pecados cometidos, los egoísmos, los excesos. Sólo unos pocos virtuosos reciben consuelo. Mi viejo no.

La mayoría de esas cáscaras ostentan máscaras pre-funerarias con muecas grotescas que no son más que deformidades propias, que con la edad se han atrofiado aún más y ya no es posible maquillar, ni esconder, ni siquiera callar.

Ellos no callan, reclaman, escupen maldiciones, parlotean interminables letanías de quejas, aguijonean en puntos débiles, esgrimen con la agudeza que sólo brinda la falencia de otros dones una culpa certera, mordaz, ponzoñosa y arrastrada, como una bicha.

El viejo ahí, en dónde lo puse, a que otros se banquen su locura.

La última vez que lo ví lloró que él no merecía esa forma de morir, porque estaba seguro de morir ahí. Lloró miseria y desamor. Yo lloré también. Lloré no quererlo como para abrazarlo, lloré saber que, por una puta vez él estaba en lo cierto.

Se cosecha lo que se siembra…

Llego a casa y su perro viene a hacerme fiestitas y pobre bicho no tiene la culpa, pero tampoco lo quiero, pero lo quiero lo suficiente como para suportar su mal olor, sus babas y sacarlo a pasear dos veces al día. Comer no come, el pobre bicho lo extraña.

Morís como vivís… Todo se paga en esta vida… La rueda karmática…

El pobre viejo, hasta cuerdo desvariaba, con su propio concepto de realidad, bastante adaptable a sus caprichos hasta que se enfermó, de repente… aún así él siguió siendo su persona favorita, desafiando cualquier futuro, soberbio.

Dios aprieta pero no ahorca… Siempre que llovió paró… Yerba mala nunca muere…

La culpa llega con un golpe certero, en el momento justo, para hacerme acordar que en cualquier momento a mi también me toca.  Me toca a mí, que no tengo hijos que me odien, pero que tampoco me quieran como para cuidarme, quererme, acompañarme o entenderme. Y el viejo ahí llorando, tirado, ido de a ratos, queriendo ser olvidado. El pobre viejo se apaga y solo es un mal cliché su vida pasada. El café se enfría, el viejo se apaga en el último cajón del placard, con todos los recuerdos que queremos olvidar, olvidándose él mismo de ese dios que lo aprieta y ahoga, de esa lluvia que no para, de esa rueda que vuelve para morderle el culo. El viejo, con todos esos recuerdos olvidados, juguetes rotos, lápices quebrados, anotadores llenos, agendas usadas, boletos viajados, rifas perdidas…

Yerba mala nunca muere.

La tarde es noche. Las estrellas. La luna aureolada. Los mosquitos que no paran, espiral apagado. Café frió. Ni un llanto más.

En penumbras me levanto de la silla, voy al cajón ese, él último y así, con un solo movimiento tiro a papá a la basura.