Se paraba contra la pared de la heladería de la estación y cada vez que alguien quería pasar por la vereda, él se adelantaba con paso rápido obligando al asustado transeúnte a esquivarlo o pasarle por detrás. Se había convertido en un marginado, en un ser especial, en un hombre triste, andrajoso, perdido en sus divagaciones, en otras vidas, en otros planos y que solo conectaba con el presente a través de ese tic.
Hablaba todo el tiempo y muchas veces sostenía discusiones larguísimas, acaloradas, con una o dos ilusiones.
Dado que era el consentido del barrio, todos cuidábamos de él. Mi vieja, al igual que muchas mujeres, siguiendo vaya uno a saber qué clase de instinto, siempre lo ayudaba con algo, comida, un abrigo viejo, algo que mi hermano ya no usaba. Él, como un chico, la veía acercarse con el paquetito y le sonreía con los dientes parejos pero amarillos por el pucho que se asomaban entre una barba con vestigios de comida, de hojas secas y le preguntaba educadamente:
-¿Qué me trajiste?
-Un pedazo de pan con queso y una fruta
Y extendiéndole el tesoro envuelto en una servilleta de papel le preguntaba - ¿Te gusta la manzana?
Él le contestaba con un movimiento de cabeza y ahí nomás se terminaba la conversación. El tomaba el paquete con extremo cuidado, se sentaba de costado en el banco de la heladería y ahí mismo, con un movimiento natural, prolijo hasta la obsesión, extendía la servilleta con la que mi vieja le envolvía el sándwich y la fruta, ubicaba las viandas sobre el supuesto mantel, y con bocados pequeños comía todo, de a poco, disfrutando cada trozo, educadamente y con la boca cerrada. Tomaba un poco de agua del bebedero y volvía a comer la fruta. Así con cada una de las ofrendas que le presentaban los vecinos.
Otras veces se lo llevaba la policía, lo bañaban, le daban algo de ropa limpia y lo afeitaban, una vez cada uno o dos meses, porque el ponía resistencia. No estaba dispuesto a ser despojado de esa capa de mugre aislante, que lo protegía de algún contacto real.
Durante mucho tiempo intenté averiguar de qué se trataba el misterio que lo convertía en el paria mimado. Al parecer había tenido otra vida, una vida de esplendor, de profesional exitoso. Algunos, los más, cuentan que tenía una familia, una casa y un empleo importante, pero que perdió todo en el juego y después, preso de la desesperación comenzó a beber, su mujer lo abandonó llevándose a su hijo, la luz de sus ojos y ahí fue cuando perdió la cordura. A su alrededor se tejieron muchas historias de cómo se había hundido en su locura, no hubo ninguna que me pareciera real.
Nunca conseguí saberlo con certeza, pero lo más cerca que estuve fue una vez en la que estaba sentada en la plaza, viendo correr a mi perro. Esa tarde vino y se sentó a mi lado sin verme. Ni me notó, pero hablaba como si su interlocutor fuera un niño. Le decía cosas amorosas en palabras dulces de hombre instruido. En sus manos amasaba una foto de un chiquito de dos o tres años, ajada y medio negra, producto del mismo manoseo. La imagen era de un niño lindo, de ojos grandes, sentadito arriba de una mesa, la carita feliz. A su alrededor restos de un festejo que bien podría ser de una navidad o de su cumpleaños. Le hablaba a la foto, al niño, y le decía:
-Hijo ¿estás contento? Papá te quiere pero no te va a lastimar. Papá te va a cuidar
Hace una pausa y mira a la nada, luego a la foto y sigue:
-Fue sin querer, mamá y papá discutían. ¿Me vas a perdonar?
Luego de unos minutos su respiración está entrecortada, primero veo caer unas lágrimas silenciosas, después se quiebra y llora y entre pucheros balbucea:
-Ahogo de agua, de agua que seca, agua que mata.
De pronto me mira y sale corriendo para la otra punta de la plaza, para perderse, una vez más en la leyenda.