lunes, 26 de septiembre de 2011

Capítulo V

V

Una vez en la calle, después de caminar sin rumbo por un tiempo, ya más calmado, se refugia en un café. Entra en un lugar no muy lindo, pide un café doble y un tostado. Hacia un poco más de dos días que no comía más que un ocasional bizcochito con el mate y cuando llega el tostado se lo come lentamente, masticando cada bocado para hacerlo durar.
La plata que tiene no le duraría por siempre y no sabe si su madre le iba a mandar algo considerando como andan las cosas por ese lado; si paga el alquiler se queda sin nada para morfar y ni pensar en gastar en el taller de Rosa, además estaban esos gustos de los que no quería… no podía prescindir.
Come en silencio, concentrado en cada bocado, en cada sorbo de café que le devuelve la energía al cuerpo.  Pide la cuenta con un gesto mientras disfruta el último bocado.
Ya con la panza llena siente que todo es mejor, que la vida tiene otro color y cuando sale nuevamente a la calle su ánimo es otro. Satisfecho y optimista se va caminando hasta lo de Cris.
Su buen humor es tal que decide escuchar abiertamente la propuesta y ver si puede ganar algo de dinero, al menos para el taller de Rosa, a quien hubiera mandado a la mierda si no fuera porque reconoce en ella su única salida. Depende de ella, quiere pertenecer a ese grupo de artistas que no siguen lo pautado, los lineamientos generales, que no andan prendidos de las grandes galerías. Quiere ser ese artista “cool”, no un “formalazo” de galería pretenciosa…
Esto ronda en su cabeza cuando llega a lo de Cris que lo esperaba sentado en su cocina setentosa y oscura, con una cerveza fría servida.
Le acepta el vaso que le tiende con el saludo.
Cris vive en una casa vieja, que su madre había arreglado cuando Cris aún era chiquito. A la casa se entraba directo por la una cocina comedor, muy fea, que exhibe un machimbrado marrón que llega a la altura de las manijas de las puertas. Éstas son la de entrada y la que conduce a un pasillo amplio que comunica este ambiente con las habitaciones. En el pasillo hay un sillón desvencijado, dos plantas que podrían ser helechos, potus o cualquier otra cosa porque Cris no tiene ni idea. También esta la mesa de café, frente al sillón que siempre tiene marcas de vasos aunque se limpie todos los días. Por último, la pieza central, un televisor enorme.
Hay tres puertas más, dos de las habitaciones, la que era de la madre de Cris, a la que solo entró cuando la pobre mujer estaba convaleciente y la del dormitorio de su amigo, que era como la suya propia y al final de todo la tercera puerta, que era la del baño mal ventilado y limpio solo los días en que venía Leonor a limpiar.
Sin lugar a dudas, la cocina es el lugar favorito de la casa, en donde todos se juntan y que solo en verano es abandonado por el pasillo de la tele que es un poco más fresco.
La madre de Cris murió hacía unos 8 años cuando estaban terminando el colegio y él se había quedado ahí, detenido en el tiempo, como la casa en la que vivía. Su vida progresó muy poco, pero hacía lo que quería y era el mejor amigo que cualquiera podía pedir.
-Contame ¿qué te está pasando? –Le preguntó con cariño a Alfonso, una vez que este terminó el vasito de cerveza.
-Nada, vine a ver cual es la propuesta esa que me va a evitar prostituirme por dos mangos en Constitución.
-No exageres. No creo que estés tan mal, sino ya estaría viviendo acá conmigo en vez de en ese agujero inmundo. De verdad, sabés que podés quedarte acá, lugar sobra.
-Si, ya se y te lo agradezco, pero prefiero vivir solo, es el camino que elegí, pero ahora estoy re jodido con la guita y lo que me queda son opciones como: taxi boy, media en la cabeza y caer con el tío ese que está con mi hermanita.
-Jajajaja ¡Pero no exageres! El tema es bien simple. ¿Te acordás de ese tipo, el Belga? Bueno, se mandó un par de viajes a Bolivia y trajo algo bueno que se puede cortar. Yo tengo algo de plata y si vos tenés otro poco podemos hacer algún negocio, venderlo a tus conocidos, esos que a mitad de la noche pueden tomar veneno para ratas sin darse cuenta. ¿y, que pensás?
-¡Paaaraaa! ¿Veneno para ratas?
-Es una forma de decir, pero es que no se dan cuenta, igual que el borracho con el vino. Además estuve viendo en Internet y dice que usan glucosa, cafeína, aspirinas, que se yo, ya voy a averiguar mejor. De todas formas, de eso me encargo yo, vos lo único que tenés que hacer es vender que para eso sos Alfonsito del pueblo.
-La verdad es que no tengo mucha plata y sí muchas deudas, pero por otro lado tengo un miedo bárbaro.
-No tengas miedo, y por lo de la guita yo puedo hacerme cargo, pero vos tenés contactos que yo no tengo…
-No se loco, me da miedo, me acuerdo del Pelu que era un groso… pero por otro lado si sigo así desaparezco –Dijo Alfonso mostrándole los agujeros del cinturón.
-Mirá, creo que lo mejor en esto es ser prolijos y discretos, dejar de lado las calenturas…solo negocios, ¿entendés? –Dijo Cris, y agregó: -yo me hago cargo de la mercadería y del corte y vos del aspecto comercial… jajajaja. ¡Estoy hablando como tu viejo! Jajajaja
-Está bien, dale, no tengo mucho que perder a esta altura por ahí caigo en cana y al menos voy a tener que dejar de pensar en el techo y la comida, ¿no? Prendete un faso y dame un vaso de verdad para la cerveza que tu manía de tomar en dedales me desquicia.

Cuando sale de la casa Cris esta algo borracho, algo mareado y algo entusiasmado ante la expectativa de tener algo parecido a una revancha contra todos esos que siempre tienen más suerte que él, por los que secretamente siente un odio profundo que se trasluce torpemente como envidia.
En las pocas cuadras que lo separan de su casa, sus emociones se imprimen en su marcha silenciosa y un tanto errática: primero un paso animado, luego con pasos consistentes con alguna que otra conclusión en los que aminora pensativamente para luego retomar el mismo ritmo y finalmente un paso lento y distraído, con los hombros caídos, una mano tanteando a ciegas el morral en busca de las llaves.

Capítulo IV


IV

Se despierta nuevamente en el agujero en el que vive. Mira las paredes amarillentas de nicotina. Observa la travesía de una pobre cucaracha en pos de la puerta.
-¡Gregor!-Le grita.
La cucaracha se detiene. Una sonrisa divertida se escapa por entre sus labios.
Se levanta y en cuatro pasos alcanza el otro extremo en donde hay una pileta justo al costado de su cama. Una pileta que alguna vez fue de loza blanca pero que ahora se cubre de una pudorosa capa multicolor.
Se prende un cigarrillo, se lava las axilas, se pone desodorante y luego se calza un pantalón más o menos limpio y su otra camisa, la de ir a la facultad. ¿Qué va a hacer con eso?
Apaga el pucho en el chorrito ínfimo que corre constantemente y tira la colilla a la basura. Prende la pava eléctrica y se sienta con un suspiro lento, que desaloja despacio todo el aire de sus pulmones, la mirada, perdida en sus pensamientos.
Se hace unos mates mientras intenta leer unos apuntes. Quince minutos más tarde sigue en el mismo párrafo. Hace un intento en voz alta.
-La morfología propia de este estilo, acompaña la idea rectora de integración al ámbito natural que es característica de esta escuela en todos los períodos…
Desiste, enojado.
Deja los apuntes en el morral que yace a los pies del catre, al lado de la bolsa de ropa limpia que hace las veces de placard.
Termina de tomar mate, agarra la campera, el morral, un rollo con sus últimas pinturas y sale.
Busca monedas para el bondi y lo único que encuentra es la bolsita de con el polvito blanco y un arrugado billete de cinco. Decide cambiar uno de los tres billetes de cien que le quedan y se compra puchos en el quiosco de la esquina y mientras espera el colectivo recuerda su breve charla con Cris.
Puede imaginar muy bien cual va a ser la propuesta: vender drogas en la facu, en el taller, sus contactos buenos, gente que consume mucho y que no se van a ir a meter a una villa a comprar si es que lo pueden evitar.
Tiene miedo, si. Los riesgos son muchos. Aún recuerda cuando agarraron a ese chico amigo del barrio, ese al que le decían El Peluca o Pelu, un tipo muy despierto, con suerte y amigos en todos lados, pero que en una noche de esas le levantó la mano a la mina equivocada. De ahí en más todo se le complicó, lo empezaron a seguir, un par de errores y lo agarraron de las pestañas.
Al Pelu lo fue a visitar una sola vez, y parecía que no la pasaba tan mal, pero otro chico del barrio que era más amigo y que lo visitaba con frecuencia le dijo que le pegaron todos los días, hasta que lo mandaron al hospital y llegó alguien más nuevo, porque sino le hubieran seguido pegando.
Alfonso tiene motivos para tener miedo, no tiene esa picardía ni la resistencia del Peluca. Quiere hablar Cris y plantear un negocio como a comisión, algo en lo que el hiciera solo el contacto…
Ese día le fue muy mal en la facultad, pero se negaba a reconocer un abandono inminente, además tenía que pensar en mantener sus contactos si es que pensaba aceptar la propuesta de Cris.
A la tarde, decide pasar por lo de Rosa a mostrarle sus pinturas.
Alfonso ve a Rosa como un personaje especial, medio loca, medio alcohólica y muy astuta. Siempre rodeada de un séquito a los que Alfonso llama Los Obsecuentes. La mujer trabaja mucho, se pasa todo el día en el galpón, entre alumnos, cuadros y pinturas, y a pesar de todo, su ropa eternamente negra nunca esta manchada, ni siquiera una pelusa, nada. Rosa es famosa entre sus alumnos por sus arranques, por su falta de filtros a la hora de decir lo que pensaba y por un enorme talento para descubrir nuevos artistas y torturarlos.
Alfonso llega temprano y en el galpón solo están Rosa y Robi, un mocosito que hace las veces de novio.
Cuando lo ve entrar, Rosa levanta una ceja y le dice:
-¿Pintaste o qué? No vengas a dar lástima, por favor.
-Vine porque quería mostrarte lo que estuve haciendo.
-A ver, mostrame entonces –y le arrebata el rollo que Alfonso le extiende tímidamente y lo tira arriba de una mesa alta que tiene como seis metros de largo y casi dos de ancho. Desparrama los lienzos con movimientos bruscos, lo mira con sorna y le pregunta:
-¿Y vos que opinás?
Silencio.
Robi pone música. Alguno de esos grupitos nuevos que están tan de moda en la radio.
-Sacá eso, lindo – Ordena Rosa, refiriéndose a la música.
Silencio.
Alfonso se refriega las manos que se le transpiraron en tres segundos. Se las seca en las mangas de la camisa con un solo movimiento mal disimulado. Se la queda mirando. Abre la boca pero las palabras no salen. En sus ojos se empieza a notar la ira que se tiene que tragar.
Silencio.
-¿Te pasa algo? Te hice una pregunta.
Alfonso le mira la boca y escucha como Robi se escapa con pasitos pequeños a fumar al patio. La boca de Rosa se llena de arrugas, arrugas remarcadas por el rouge que se quiere chorrear por esos surcos y que el suave vello aclarado lo impide. Alfonso la ve monstruosa y se pregunta cuanto más durará la tortura.
Rosa arruga aún más la boca y le tira un beso.
-No te me vayas a poner a llorar, ¿eh? Decime tontito, ¿Qué es esto que me trajiste? Explicame.
-Estuve trabajando como un negro para poder traerte esto. Estuve tratando de encontrar un tema único, ¿Qué, no sirve?
-El trabajo es interesante pero no creo que estés listo para mostrarlo… tenés que trabajar más en el análisis, en el tema, quizás te haga falta algo de método,…
-Puede ser, a veces… a veces siento que me pierdo en los detalles…-responde con balbuceos
-Están bien, pero no para exponer, al menos no con mi gente, no por el momento. Las condiciones están, pero tenés que pulir algunas cosas. ¿Por qué no te venís al grupo de los jueves? Venite la semana que viene, empezá y vas a ver como te vas a ir consolidando.
Alfonso se va poniendo color carmín, a medida que siente que en su pecho crece un odio cegador, cada vez más lacerante, como alcohol en la carne viva. Siente deseos de lastimarla. Ella sabe perfectamente bien que no tiene dinero, que come salteado, que debe dos meses de alquiler, que su madre no le pasa más plata…y que necesita detener esa caída en la que se precipitaba y que lo iba a matar.
Se escucha un ruido tímido desde la cocina. Entre Robi co dos platos rebosantes de fideos, un trozo de pan y media botella de vino. El colmo.
Sale pegando un portazo inseguro, sin un rumbo fijo… necesita el aire en la cara y volver a tomar las riendas de su propia vida y acallar al monstruo que se agiganta en su interior.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Capítulo III

III

A los pocos días, debajo de la puerta aparece un sobre marrón con una carta de su madre. Reconoce la letra, hoy ya nadie escribe cartas a mano.
La letra prolija en el sobre marrón tamaño esquela. Lo levanta del piso y lo pone sobre la mesa mientras se prepara unos mates en la pava eléctrica. La carta es larga, llena de detalles de la vida cotidiana de su madre.
Le cuenta que Graciela tuvo mellizos, que la masajista de la otra cuadra se va de viaje a Estados Unidos a visitar a su hijo, le cuenta que su padre está peor que nunca, que está muy deprimido y que apenas sale del estudio, en donde hace que trabaja, porque está jubilado desde hace dos años. Le cuenta de su hermana, lo maravillosa y sacrificada que es, de cuanto lo quiere y que tiene un amigo que le puede hacer un lugar en un estudio de diseño, para poder ir tirando hasta que se reciba. Le insiste sobre este tema. Le dice que es lo mejor para él, que no entiende sus amistades, esa necesidad de vivir así teniendo todo en casa, no comprende por qué dedicarse al arte pudiendo seguir los pasos de su padre, y seguir con el estudio contable. Le habla de su hermana, la perfecta, que resultó que la pobre está teniendo problemas con el marido, que ella que hubiera podido tener un príncipe si lo hubiera querido, y estaba con  ese mamarracho que le hacía pagar todo a medias, que hasta ahora no había pensado que una mujer quiere una familia, hijos y un marido que la contenga, que qué clase de pareja moderna eran, que menos mal que por suerte era una chica independiente.
A Alfonso se le arruga la cara como si hubiera estado en remojo en agua tibia.
Se pone colorado, se para del catre en dónde estaba recostado leyendo... tira el banquito del mate contra la pared.
La vida de su hermana le produce cansancio, enojo, envidia... todo eso junto y mezclado. La forra esta piensa que yo soy un pelotudo. No importa cuantas cagadas se mande, mamá siempre tiene una forma hacerme saber que ella es mejor. ¡Pse, justo! Si yo se positivamente bien que esta tiene un algo con el jefe y el pobre idiota del marido que no se da cuenta de nada. Si ella misma me lo contó: “Hay Alfonsito, no sabés que groso que es el tipo este. Me hace sentir tan bien, porque con Rodi está todo bien, pero me aburre mucho, es un miserable, de lo único que habla es del estudio, del dinero que no alcanza, de política y de todo lo que no me interesa... pero este no, me hace sentir una mujer con todas las letras.”
Incluso ese trabajito del que hablaba su madre, ya se lo había ofrecido su hermana, que resultaba que “su amiguito” no era otro que el crápula ese que se llenaba la boca hablando de principios y de lo que extrañaba a sus hijos que vivían en Uruguay mientras se garchaba a una colega, su querida hermana, sobre la fotocopiadora del quinto piso.
Con este tipo de gente cuenta Alfonso. A este tipo de gente odia Alfonso. A este tipo y a un montón más.
La cara de desprecio de Alfonso no desaparece.

martes, 20 de septiembre de 2011

Castigo - Capítulo II

II

Suena el teléfono en el pasillo oscuro. Alfonso está tirado en el catre que tiene por cama. Aún no se bañó, las manos llenas de pintura, los ojos rojos, manchas por aquí y por allá dan testimonio de la noche pasada. El cenicero de pie, al lado de la cama, lleno a reventar aún humea una colilla mal apagada. La manta azul en la ventana deja pasar unos haces de luz polvorientos que evidencian que el sol está alto. El teléfono sigue sonando. Alguien grita desde la planta baja: ¡Teleeefono!
Alfonso ni se inmuta. El pucho humea entre sus dedos, una lágrima resbala por su mejilla.
Murmura incoherencias. Se sienta y apaga con un solo movimiento el cigarrillo fumado hasta lo infumable. Saca su billetera y con mano temblorosa, pone su contenido sobre la cobija agujereada del catre. Cuenta. Trescientos pesos y unas pocas monedas. Cae una bolsita minúscula, con un polvito blanco. Lo toma entre dos dedos, lo amasa y lo pone en el bolsillo de la campera, del lado del corazón.
Alguien golpea a su puerta. La abre y es el hijo de la encargada, el gordo ese con olor a sebo que le viene a avisar que tiene teléfono y que ya es 15 y no ha pagado el alquiler. Lo mira con cara de asco y apenas le hace un gesto.
-Está bien, ahí voy.
-¿Y la guita?
-La semana que viene gordo, no jodas.
El gordo lo putea y se va arrastrando los pies.
El teléfono está en una mesita roñosa llena de papelitos de lugares de comida peruana. Levanta el auricular y no puede evitar el gesto de repulsión, lo mantiene alejado de la cara como si estuviera untado en mierda.
-¡Colgá gordo puto!
Se escucha un click y la voz de otro en el teléfono que se ríe y lo saluda.
-Hola Alfonsito ¿venís esta tarde? Tenemos que hablar
-No, Cris, no tengo un peso, mi mamá no me pasó nada este mes. Parece que el viejo está para atrás y tuvo unos gastos médicos no calculados. Estoy frito, no se que voy a hacer.
-Por eso te digo, me llegó algo... pasá por casa.
-No puedo, estoy en el horno, tengo que hacer algo para la facu también y me trasnoché pintando. No sabés lo lindos que están quedando los cuadros... espero que le gusten a Rosa... me prometió que si pintaba algo consistente me hacía un lugar en la muestra de Mayo.
-Si, si, todo muy lindo, pero necesitás plata loco, necesitas materiales, comida, y lo que tengo te va a convenir. No puedo decirte más. Pasá por casa.
Cuelga. Permanece mirándose las manos. Se levanta el pantalón que ya no se sostiene en sus caderas. La panza le hace un ruido que tapa con la remera sucia.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Castigo

I
Alfonso vivía arrugando la cara con gesto de desagrado ante todo, incluso ante los vecinos de su minúscula habitación. En la pensión infecta en la que había caído todas  las mañanas eran lo mismo, y todos los días volvía de la casa de su amigo Cristian borracho y drogado.
Solía hablar solo, dando vueltas por la minúscula habitación: esa mierda de que con esfuerzo se logra todo, puras mentiras. El deseo solo no alcanza. Esto es injusto, merezco mucho más... esta manada de roñosos que viven acá no tienen nada que ver conmigo, negros de mierda, yo estoy para otra cosa...
Muchas otras veces lo invadía una desidia absoluta: No vale la pena moverse, ¿para qué? Solo el movimiento es un gasto inútil porque está visto que nunca voy a lograr lo que quiero, o quizás si me dejara manosear por esos viejos viciosos que manejan la historia en el centro cultural, quizás… Un ruido en el estómago lo distrae de sus pensamientos.
Grandilocuente y voraz, terminó viviendo en ese lugar porque era “el camino intenso del artista”.
Su familia, cada vez lo fue consintiendo menos hasta no pasarle más la mensualidad para el alquiler y los gastos básicos, quizás debido a la escasa respuesta responsable por parte de Alfonso que este último año solo había aprobado una de todas las materias de diseño.  Algunas veces vendía marihuana y con eso le alcanzaba para fumar todos los días... hábito tan necesario para él como el ribotril para otros. Solo su madre a escondidas le pasaba algo de dinero que él se ocupaba de malgastar, a cambio el se veía obligado a tener que soportar la interminable lista de virtudes de su queridísima hermana, de la nena ejemplo. De cómo ella terminó la carrera de ingeniería industrial antes de casarse y de cómo se deslomaba en una gran empresa que la exprimía sin escrúpulos. Ella que se manejaba bajo una estricta escala de valores y prioridades. Insoportable.
Las angustias de Alfonso alcanzaban un tope diario. Caminaba por la habitación con paso enojado, de punta a punta, preso de la desesperación, estafado por esa realidad.
Muchas noches, cuando llegaba un poco fumado se ponía a pintar y descargaba en el lienzo su inspiración, se quedaba mirando embobado la pintura que corría por sus brazos, respiraba con deleite los vapores venenosos de esos productos, olía los rojos, los negros y los azules. Tantas madrugadas terminaba en la alfombra, exhausto, frustrado, sintiendo pena de si mismo y regocijándose en su sufrimiento.  Un círculo que empezaba en él y terminaba en él, en el mismo punto. Todo lo que estaba fuera de este círculo era superfluo.
Le desagradaba el lugar en donde vivía, la pobreza y tener que pensar en la necesidad de dinero. El dinero es sucio y todo lo ensucia, por dinero la gente se prostituye de muchas formas... él mismo se veía empujado hacia ese camino. Ya había vendido muchos de sus libros y se los había tomado, comido y fumado. Vendió también casi toda su ropa... solo se dejó lo básico. Compartía gastos con el ruso, su compañero de cuarto que cada vez aparecía menos por aquel cuchitril... sabía que la habitación compartida no duraría mucho.
Nunca había robado, pero un par de veces se había quedado con algún vuelto, con algo que seguramente otro no apreciaría tanto como él. Esto lo atormentaba por dos o tres días hasta que se decía que la pobreza era algo indigno y que en la indigencia uno no puede conservar nada noble... entonces valía la pena “hacer la vista gorda”.