viernes, 30 de marzo de 2012

Reflejo

El tiempo pasó y de pronto ella se vio en el espejo y no pudo ver nada: ni arrugas, ni canas, ni nariz, ni ojos, ni nada. Con el tiempo, parecía que la imagen en el espejo se lavó, se desdibujó, al punto de la inexistencia.

Se palpó los pómulos, la frente, se alisó el pelo, chequeó su aliento, verificó si las tetas las tenía en el lugar, si eran las de siempre, sí, 36B a unos pocos centímetros del hueso del hombro; con una mirada directa notó que ahora tenía un pliegue más en el abdomen y que se había puesto los zapatos verdes.

No comprendía la ausencia de ella en el espejo, ese vacío extraño. Llamó a su amiga Martita por Skype y le preguntó qué tal la veía. La otra extrañada le dijo que igual que siempre, y bajando un poco la voz y con la cara contra la pantalla le preguntó que qué carajo estaba fumando.

Más tarde, ese mismo día, no pudo con su genio y llamó a su psicóloga para contarle lo que le estaba pasando: “Estoy desesperada –le dijo- tengo que salir a ver a unos amigos y no se, no puedo verme…” La terapeuta le preguntó si se había visto el día anterior y ella le dijo que si, que por supuesto… entonces la licenciada le pregunto: “y ¿cómo eras?”.

-Bueno, igual que hoy, creo. Ahora que lo pienso, no se, no me presté atención… es que siempre me di por presente, pero ahora hay un vacío importante, ¿entendés?, no-me-ve-o. –Le espetó silabeando las últimas palabras.

Se sentó en la cama, frustrada, con el teléfono entre las manos, la mirada clavada en las palabras de la licenciada que seguían saliendo del teléfono. Las podía ver, pero no escuchaba nada.

Las lágrimas rodaron por su rostro sin reflejo, cayeron en su escote, atrevidas, y se perdieron entre sus manchas de sol y algunas arrugas, para sumergirse en las sobras del corpiño.

Tomó unas fotos de la caja marrón con manijas de cuero que estaba al lado del placard. Una de ellas le mostró unos frescos ojos desafiantes. Otra le mostró una sonrisa veraniega y divertida. En otra de las fotos aparecían sus pelos, rubios salvajes, revueltos por el viento de una montaña. Una foto más le mostró un cuerpo adolescente, desconocedor de límites, suspendido en el aire, a punto de caer en un mar turquesa.

Suspiró profundamente, dejo de resistirse, se enfundó el vestido negro preferido, un collar de cristal de roca y unos zapatitos chatos, bien cómodos, amigos de las noches largas de parranda. Descolgó el espejo y salió al encuentro de sus amigos.

Al llegar, un coro festivo la recibió con un “Feliz Cumpleaños Locaaaa!” Se pidió una pinta de cerveza roja, segura que no había nada mejor que eso para olvidar tamaña pesadilla.

jueves, 29 de marzo de 2012

Con lágrimas en los ojos

Cómo asumir el futuro que no será
Cómo esperanzarnos después de la frustración
Cómo retomare una historia cuyo final no quiero
Cómo reescribir algo que ya había imaginado y pasado en tinta.

Levantarme a la mañana y agradecer todo lo que tengo,
que no es poco,
pero con esa soledad enorme que siento
a pesar de todo el amor que me rodea.
Caminar una y otra cuadra,
buscando un objetivo o un objeto
que lleve la esperanza que se esparce en pequeñas esporas infectando silenciosamente cada flor de felicidad.

Me pregunto como mantener el control si la ira,
amiga de la tristeza,
va encendiendo pequeñas fogatas cuyas lenguas de fuego acarician juguetonas los cónclaves de mis guerras.

jueves, 22 de marzo de 2012

Trópico

Hermosas tardes de cielo naranja
que mi ánimo no acompaña.

Las lleno de olores frutales y perfumes frescos,
de pensamientos oscuros aún verdes
que por dentro ya se van pudriendo.
La guayaba huele mejor cuando está pasada,
con ese olor embriagador que te trae desde mitad de cuadra.

Guayaba, cambur y piña en pequeños trozos de algarabía estival,
sin embargo la tarde naranja se transforma en azul sin fin
y el sabor de la fruta lo lava
una mala caña, que muere triste en borrachera.

Ella y yo

Piromaniaca, loca, puta vengativa
quién puede juzgarte
si después de haber perdido todo te abandonan a tu miserable mundo politeísta, dónde nada es suficiente y todo es errado.


Los errares los pagarás en vida,
pero te vas a cargar a un par, seguro.
Enferma de celos y frustración, ciega a cualquier razón,
nada se interpondrá a tu locura.


Nada me gustaría más que justificarla,
nada me gustaría más que justificar mi juicio
y caer sobre vos con mi insania.


Madre Medea, sin vos, solo cenizas.

Sin Sol



En un mundo sin sol la locura crece en todos nosotros, Capitán.
La tortura de la lluvia contante, sin ritmo, caótica.
Las tragedias sacan lo peor de nosotros, Capitán.
Nosotros tres, perdidos, y la lluvia que nos lava la esperanza.

La lluvia, la vegetación pútrida, invasora y nosotros que no fuimos creados para esto.
Pagamos en esta vida algo que adeudamos pero que ya no recordamos.
Desidia, locura, lluvia, ahogo.
Sin tan solo pudiera seguir un poquito más.
…Simmons se rinde.


jueves, 15 de marzo de 2012

Introducción

Los días se van haciendo un poco más frescos,
adquiriendo un aliento a jazmín después de la lluvia.
El naranjo no tiene flor pero está lleno de frutos verdes,
preludio dulce de las tostadas de otoño.
Los cantos de los pájaros tienen ese tono a despedida.
La casa ofrece más sombras
en las que se van refugiando mis ganas de florecer.
Tengo que decidir si vivir en el verano o en el invierno de mi ánimo
y no sé qué debo vestir para la ocasión.
No se si mi ropa me acompaña
en esta excursión sintomática de paradigmas por descubrir.
No se si estoy lista, eso no se sabe, creo que tampoco se siente,
una va, como vaca al matadero,
va y viene y deviene como puede.
Escribo en celeste clarito,
porque me avergüenzo.
Escribo tímidamente, porque la valentía no se hizo para mi
o quizás si, pero no lo suficiente,
o quizás sea pereza de sostener las contiendas de mis propias contradicciones.

...recuerdos...

…banquete eterno donde los perros se llaman recuerdos…

Tinta verde y verdes recuerdos,
venas verdes que persiguen a la tinta en el papel,
plasmando recuerdos verdes.
Verdes de pasto, de llanura y de ruta con música a los tacos,
camino recorrido una y mil veces,
solos y la radio, con amigos, con niños, con charlas ocasionales pero que marcaron un momento.
Recuerdos de caminos verdes por el río.
Recuerdos más añejos con un Nos distinto, pero que si querés puede ser un Nos que sea nuestro.
Recuerdos verdes en los que se mezcla el olor a pino con el olor a río, y el olor a mar, y el del bronceador y sabores y más olores.
Risas que ya no están, abrazos y mates y rondas y competencias de asadores y demostraciones de destrezas de todo tipo, que rindieron su fruto y quedaron en este verde recuerdo.
El mar verde, siempre en marea creciente,
Con cadencias de luna llena que inexorablemente llega.

viernes, 9 de marzo de 2012

Los dos idiotas



En el barrio ya los conocían como a una dupla muy poco normal, lo que por lo general se denomina idiota, aunque no estoy segura de que ese sea el término exacto, pero seguro es la palabra que surge con naturalidad apenas uno los ve.

La primera vez que me los crucé, yo iba en bici, ocupándome de mis propios asuntos, pero con algo de apuro, ya que llegaba tarde a una clase y tuve que detenerme porque me frenaron sólo para arrojar un tubo fluorescente contra el paredón de la esquina de Yatay y Humahuaca. Recuerdo haberlos mirado extrañada como inquiriendo el motivo… y lamento decir que  aún lo desconozco.

A la lluvia de fino vidrio posterior al choque del tubo contra la pared, sobrevino una serie de carcajadas histéricas. Sin comprender, proseguí mi marcha con un dejo de lástima por esos pobres idiotas a los que no deseaba volver a encontrarme. Pero el destino es cruel, ya que unas semanas más tarde me los volví a encontrar en un kiosco cercano a nuestro primer encuentro. El dueños del kiosco es un chino muy simpático, que  habla mucho y por eso mismo su dominio del idioma español era sorprendente, totalmente aporteñado, aunque a mi no me sorprendía porque siempre que pasaba a comprar algo o a sacar fotocopias, me quedaba charlando sobre China, los chinos y sus costumbres sumamente interesantes. Pero a Los Idiotas no les interesaba nada, y lo noté apenas entré aquel día al kiosco de Juan.

Ellos insistían en que Juan les dijera su nombre chino y mi amigo quiosquero, deseoso de complacerlos se los dijo. Ellos, los idiotas, empezaron a convulsionar en carcajadas a  lo que el pobre oriental respondió con una mirada sorprendida y una risita elegante, hasta complaciente, por pudor a demostrar su falta de comprensión. Yo no pude obviar una mirada fulminante, como de odio, pero estos chicos no se dieron por aludidos. En ese momento pensé que eran los seres humanos más feos del mundo.

Le pidieron a Juan copias de sus documentos, pues estaban tramitando una visa para viajar a New York. Yo esperaba en silencio, rogando que el pobre chino los despachara rápido, porque mientas Juan sacaba las copias, ellos tocaban todo, cambiaban las cosas de lugar y se reían, reían.

Noté que la ira crecía desde mi pecho con una efervescencia incontenible. Ellos actuaban como si se hubieran tomado un ácido con el desayuno. Eran desagradables, con sus ropas demasiado a la moda, demasiado llamativa, con lentes tan vistosos que parecían de mujer. Podría decirse que el aspecto general de estos tipos combinaba perfectamente con sus modales.

El amigo chino, hacía las copias, pero por algún motivo la dupla de imbéciles no estaba conforme con el resultado… y ahí mandaban a Juan de nuevo a la máquina mientras ellos desordenaban el kiosco o se birlaban algun que otro chocolate.

Lla indignación se me hacía cada vez más incontenible. En algún momento, no pude más y cuando uno de los dos deformes metió la mano en la heladera para sacar un jugo, yo empujé la puerta con firmeza, para que el brazo le quedara atrapado, para que prestara atención.

Lo miré a los ojos y le dije, en un tono cordial: “Basta, soltá eso”.

Al idiota se le borró la sonrisa, porque imagino que el brazo le dolía, a juzgar por el tono rojo intenso que estaba tomando en el lugar de presión. El otro, que aún se reía se paró al lado del que yo tenia atrapado en la heladera y riendo me dijo: “A vos que te importa, si el chino boludo no se da cuenta”.

Me quedé mirándolo, veía como se le movía la boca lleva de dientes manchados en chocolate y nicotina y podía sentir el olor del aliento no solo del idiota que me insultaba sino también del otro,  del que gritaba de dolor.

Sentí que en mi mano aún estaba lo botellita de Coca Cola Light, mínima pero sólida y quise borrarle de la boca las facciones con mi garrotito bajo en calorías.

Todo sucedió muy rápido, quizás porque no era yo misma en aquel momento. Quizás fue locura momentánea inducida por el par de marras.

Sólo volví en mí cuando vino el cana de la cuadra a sacarme del kiosco. También recuerdo haber visto al chino, a Juan, gritando, mirándome como a una loca, casi acusadoramente, y recuerdo, con satisfacción, debo admitirlo, haber visto a los idiotas, uno llorando, agarrándose el brazo y al otro sosteniéndose los dientes y escupiendo sangre.