El tiempo pasó y de pronto ella se vio en el espejo y no pudo ver nada: ni arrugas, ni canas, ni nariz, ni ojos, ni nada. Con el tiempo, parecía que la imagen en el espejo se lavó, se desdibujó, al punto de la inexistencia.
Se palpó los pómulos, la frente, se alisó el pelo, chequeó su aliento, verificó si las tetas las tenía en el lugar, si eran las de siempre, sí, 36B a unos pocos centímetros del hueso del hombro; con una mirada directa notó que ahora tenía un pliegue más en el abdomen y que se había puesto los zapatos verdes.
No comprendía la ausencia de ella en el espejo, ese vacío extraño. Llamó a su amiga Martita por Skype y le preguntó qué tal la veía. La otra extrañada le dijo que igual que siempre, y bajando un poco la voz y con la cara contra la pantalla le preguntó que qué carajo estaba fumando.
Más tarde, ese mismo día, no pudo con su genio y llamó a su psicóloga para contarle lo que le estaba pasando: “Estoy desesperada –le dijo- tengo que salir a ver a unos amigos y no se, no puedo verme…” La terapeuta le preguntó si se había visto el día anterior y ella le dijo que si, que por supuesto… entonces la licenciada le pregunto: “y ¿cómo eras?”.
-Bueno, igual que hoy, creo. Ahora que lo pienso, no se, no me presté atención… es que siempre me di por presente, pero ahora hay un vacío importante, ¿entendés?, no-me-ve-o. –Le espetó silabeando las últimas palabras.
Se sentó en la cama, frustrada, con el teléfono entre las manos, la mirada clavada en las palabras de la licenciada que seguían saliendo del teléfono. Las podía ver, pero no escuchaba nada.
Las lágrimas rodaron por su rostro sin reflejo, cayeron en su escote, atrevidas, y se perdieron entre sus manchas de sol y algunas arrugas, para sumergirse en las sobras del corpiño.
Tomó unas fotos de la caja marrón con manijas de cuero que estaba al lado del placard. Una de ellas le mostró unos frescos ojos desafiantes. Otra le mostró una sonrisa veraniega y divertida. En otra de las fotos aparecían sus pelos, rubios salvajes, revueltos por el viento de una montaña. Una foto más le mostró un cuerpo adolescente, desconocedor de límites, suspendido en el aire, a punto de caer en un mar turquesa.
Suspiró profundamente, dejo de resistirse, se enfundó el vestido negro preferido, un collar de cristal de roca y unos zapatitos chatos, bien cómodos, amigos de las noches largas de parranda. Descolgó el espejo y salió al encuentro de sus amigos.
Al llegar, un coro festivo la recibió con un “Feliz Cumpleaños Locaaaa!” Se pidió una pinta de cerveza roja, segura que no había nada mejor que eso para olvidar tamaña pesadilla.