viernes, 9 de marzo de 2012

Los dos idiotas



En el barrio ya los conocían como a una dupla muy poco normal, lo que por lo general se denomina idiota, aunque no estoy segura de que ese sea el término exacto, pero seguro es la palabra que surge con naturalidad apenas uno los ve.

La primera vez que me los crucé, yo iba en bici, ocupándome de mis propios asuntos, pero con algo de apuro, ya que llegaba tarde a una clase y tuve que detenerme porque me frenaron sólo para arrojar un tubo fluorescente contra el paredón de la esquina de Yatay y Humahuaca. Recuerdo haberlos mirado extrañada como inquiriendo el motivo… y lamento decir que  aún lo desconozco.

A la lluvia de fino vidrio posterior al choque del tubo contra la pared, sobrevino una serie de carcajadas histéricas. Sin comprender, proseguí mi marcha con un dejo de lástima por esos pobres idiotas a los que no deseaba volver a encontrarme. Pero el destino es cruel, ya que unas semanas más tarde me los volví a encontrar en un kiosco cercano a nuestro primer encuentro. El dueños del kiosco es un chino muy simpático, que  habla mucho y por eso mismo su dominio del idioma español era sorprendente, totalmente aporteñado, aunque a mi no me sorprendía porque siempre que pasaba a comprar algo o a sacar fotocopias, me quedaba charlando sobre China, los chinos y sus costumbres sumamente interesantes. Pero a Los Idiotas no les interesaba nada, y lo noté apenas entré aquel día al kiosco de Juan.

Ellos insistían en que Juan les dijera su nombre chino y mi amigo quiosquero, deseoso de complacerlos se los dijo. Ellos, los idiotas, empezaron a convulsionar en carcajadas a  lo que el pobre oriental respondió con una mirada sorprendida y una risita elegante, hasta complaciente, por pudor a demostrar su falta de comprensión. Yo no pude obviar una mirada fulminante, como de odio, pero estos chicos no se dieron por aludidos. En ese momento pensé que eran los seres humanos más feos del mundo.

Le pidieron a Juan copias de sus documentos, pues estaban tramitando una visa para viajar a New York. Yo esperaba en silencio, rogando que el pobre chino los despachara rápido, porque mientas Juan sacaba las copias, ellos tocaban todo, cambiaban las cosas de lugar y se reían, reían.

Noté que la ira crecía desde mi pecho con una efervescencia incontenible. Ellos actuaban como si se hubieran tomado un ácido con el desayuno. Eran desagradables, con sus ropas demasiado a la moda, demasiado llamativa, con lentes tan vistosos que parecían de mujer. Podría decirse que el aspecto general de estos tipos combinaba perfectamente con sus modales.

El amigo chino, hacía las copias, pero por algún motivo la dupla de imbéciles no estaba conforme con el resultado… y ahí mandaban a Juan de nuevo a la máquina mientras ellos desordenaban el kiosco o se birlaban algun que otro chocolate.

Lla indignación se me hacía cada vez más incontenible. En algún momento, no pude más y cuando uno de los dos deformes metió la mano en la heladera para sacar un jugo, yo empujé la puerta con firmeza, para que el brazo le quedara atrapado, para que prestara atención.

Lo miré a los ojos y le dije, en un tono cordial: “Basta, soltá eso”.

Al idiota se le borró la sonrisa, porque imagino que el brazo le dolía, a juzgar por el tono rojo intenso que estaba tomando en el lugar de presión. El otro, que aún se reía se paró al lado del que yo tenia atrapado en la heladera y riendo me dijo: “A vos que te importa, si el chino boludo no se da cuenta”.

Me quedé mirándolo, veía como se le movía la boca lleva de dientes manchados en chocolate y nicotina y podía sentir el olor del aliento no solo del idiota que me insultaba sino también del otro,  del que gritaba de dolor.

Sentí que en mi mano aún estaba lo botellita de Coca Cola Light, mínima pero sólida y quise borrarle de la boca las facciones con mi garrotito bajo en calorías.

Todo sucedió muy rápido, quizás porque no era yo misma en aquel momento. Quizás fue locura momentánea inducida por el par de marras.

Sólo volví en mí cuando vino el cana de la cuadra a sacarme del kiosco. También recuerdo haber visto al chino, a Juan, gritando, mirándome como a una loca, casi acusadoramente, y recuerdo, con satisfacción, debo admitirlo, haber visto a los idiotas, uno llorando, agarrándose el brazo y al otro sosteniéndose los dientes y escupiendo sangre.

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