lunes, 24 de octubre de 2011

Capítulo XIII y Capítulo XIV

XIII

Rosa lo sube a su auto, sin dejarlo protestar. Alfonso intenta preguntarle algo, pero ella está determinada.
-Vamos al hospital a ver como está tu amigo. Esto es jodido, vos no abrís la boca, dejame a mi que yo me encargo. ¿Cómo se llama, Cristian cuanto?
Alfonso responde con un hilo de voz, sentado en el asiento del acompañante con la mochila aún colgada en la espalda y la campera desencajada por el cinturón de seguridad, lo que le da un aspecto de paquete mal envuelto.
Rosa lo mira. Tiene más cara de nene que nunca.
Ella es buena para esto, siempre sabe como responder en situaciones críticas. Maneja y se maneja con seguridad, decidida, así no da lugar a ninguna intervención, sus respuestas son siempre cerradas. Está a cargo.
Antes de entrar al hospital, después de estacionar el auto a una cuadra lo agarra a Alfonso de las dos orejas y le ordena:
-Respirá ahora, vos solo hablás cuando yo te lo digo y vamos a ver que averiguamos. No nos vamos a quedar mucho, solo lo suficiente para saber que es lo que tenemos que hacer.
Alfonso asiente con un pestañeo, respira profundamente y se baja del auto.
Adentro, Rosa pregunta por Cristian, dice que es la tía, prima de la madre, que de casualidad se enteró porque se estaba yendo de viaje y quería chequear como estaba el pibe. Un policía la lleva aparte y habla un rato con ella, y ella gesticula, se agarra la cabeza, dice…
Alfonso solo escucha palabras sueltas: “¡Pero cómo!... un horror, yo le dije… yo se lo traigo… si mi prima viviera… ¿usté cree?...”
El policía parecía intimidado por la fuerza de la pequeña mujer. Finalmente ella dice:
-Quiero verlo.
-No se puede.
-Soy su única familia. Quiero verlo. ¿Llamó a un abogado?
-No, ahora está en terapia, ayer tuvo una recaída, una “infección” dijo el doctor.
-No me importa, nadie me avisa nada, quiero saber como está, quiero sacarlo de este lugar, llevarlo a un sanatorio mejor.
El policía la aparta de la puerta, la lleva del brazo y le sigue hablando. Ella se suelta y lo increpa.
-¿Dónde está el responsable de esto? ¿Qué pasó con ese hijo de puta?
Alfonso mira la escena, sin decir palabra. Se acerca a la puesta de la habitación. Está tentado de escabullirse, quiere que su amigo lo vea.
Finalmente Rosa y el policía se acercan, y es ella esta vez la que lleva al otro del brazo.
-Yo le agradezco mucho esta atención, nosotros tenemos que volver a Uruguay, pero antes me gustaría dejarlo tranquilo, que sepa que va a estar bien.
El policía les abre la puerta y se queda ahí parado, con intensión de quedarse pero ella lo manda para afuera con un gesto.
Cris está ahí tendido pálido pero le brillan los ojos cuando los ve entrar. Ella le hace un gesto para que no hable. Alfonso se acerca y le agarra la mano, como si estuviera ido. Su amigo lo mira, quiere hablar pero no puede, Rosa no lo deja.
Al rato cuando ella se va al baño Cris aprovecha y le dice con un hilo e voz: “Cuidate. No tenés que venir a verme. Tengo miedo”
A su amigo se le cierran los ojos y a el se le oprime el corazón. La despedida es terrible, le promete que va a volver, el otro niega con la cabeza, ella los separa.
-En una semana te saco de acá y te mando un abogado. No le digas nada a nadie –dice ella.

XIV

La semana siguiente es una tortura. Alfonso no puede dejar de enmarañarse la cabeza, apenas come, no duerme, siente que lo siguen. Le deja un toco de dinero a Rosa, ella va a ser su administradora si es que tenía que irse. El martes se la pasa sacando cosas de la pensión, deja muchas cosas en lo de Rosa, sobre todo las pinturas y los materiales. Pero como había estado viviendo escuetamente lo más difícil de mover es el dinero. Esconde algo en el auto, algo entre su ropa y deja una buena cantidad en lo de Rosa, por si Cristian necesita algo de eso para los abogados o la fianza.
Los días pasan y sabe que tiene que dejar la pensión, su madre ahora lo llama día y noche, se ve que algo presiente. Solo el miércoles a la mañana la atiende y escucha unos cinco minutos de reclamos. Ella le pregunta que qué mal le había causado como para que la tuviera tan abandonada, que a una madre no se la trata así, que el padre estaba mal, que parecía que el destino se confabulaba contra ella. Finalmente llora. El no sabe que decir, parado con el teléfono en la oreja lo único que siente es molestia. Le dice que no se preocupe, que está bien, que ahora no puede ir a verla. Ella le retruca algo de un dinero que no va a poder hacérselo llegar. El se enoja, le grita que el dinero no lo necesita, que no necesita nada de ella. Corta.
El jueves piensa en su futuro, en el arte, habla con Rosa de esto, pero ella le dice que tenia que hacer como si nada sucediera, que podían hacer la muestra de todas formas. No hacia falta que estuviera presente. El quisiera poder disfrutar del momento pero su paranoia se lo impide. Se pasa el día pensando en las posibilidades de su futuro. A la noche, avisa en la pensión que se va, y el gordo lo mira contento cuando le tiende el fajo de billetes. Le increpa que debería haberle avisado.
Esa sería su última noche en la pensión, se instalaba unos días en lo de Rosa hasta que esta le consiguiera un departamentito para alquilar.
Al día siguiente por la mañana, agotado por dormir de a ratos desayuna unos mates cuando le suena el celular y es Rosa. Ya su timbre de voz evidencia una mala noticia y sin que le dijera nada sabe que es sobre Cris. Las piernas le tiemblan, su mundo se resquebraja y puede oír como se desmorona. Rosa le dice que en diez minutos lo pasa a buscar.

lunes, 17 de octubre de 2011

Capítulo XI y Capítulo XII


XI

Alfonso está solo en su habitación. Ya vomitó dos veces. Se siente enfermo, débil, agotado, está pálido y gris, como un muerto. Sabe que tiene la obligación de ir a ver a su amigo, de acompañarlo, no sabe si la herida es grave, si esta vivo, no sabe nada. Ignora cuales son los procedimientos policiales en estos casos de narcóticos, y si Cris muriese,… el homicidio empeoraría las cosas. Está seguro que Cris no dijo nada, tampoco diría nada, pero el Belga ese, seguro lo mencionó.

Tiene que deshacerse del producto que tiene listo para vender, tirarlo, esconderlo, algo tiene que hacer. La posesión es algo serio y cree que es cuestión de tiempo nada más para que lo vengan a buscar y si le encuentran el medio kilo que tiene subdividido al gramo estaría en problemas. No lo puede tirar, pero sería lo más sano, ahora no podía salir a vender como si no hubiera pasado nada. Apoya la cara afiebrada contra la puerta de la habitación porque cree escuchar pasos que suben por la escalera.
También esta el dinero que tiene debajo de la cama y en el colchón, literalmente. No puede hacer nada con eso, no tiene forma de justificarlo, es plata sucia, de la calle. Si llegara la policía ahora, no tendría forma de explicar nada. ¿Qué tendría que hacer? ¿lo estarían siguiendo? ¿Cuánto tiempo faltaría para que le tiraran la puerta abajo?
La ira se le presenta en forma de fiebre y vómitos. Está como en trance. Los minutos pasan y siente que son horas, días, años, años luz.
Se tira en la cama y llora amargamente su frustración. No tiene con quien hablar, no tiene a quien pedirle opinión, está solo y se siente acorralado, no quiere traicionar a su amigo, tiene que ir a verlo, ver como está, preguntarle que puede hacer y solo imaginar la situación le revuelve el estómago.
Dejar a su amigo en semejante problema no es justo, le había prometido a su madre que se cuidarían, que cuidaría del grandote este como si fuera su propio hermano.
Pero el miedo es más fuerte. Mira por la ventana cada cinco minutos, finalmente agarra una mochilita en donde pone las bolsitas y unos puñados de billetes sucios y arrugados, se la encaja en el hombro y así, medio enfermo, sale a la calle, en busca de claridad.

XII

Deambula en estado febril un par de horas, sin rumbo, a pie porque no puede ver claro, no se siente bien como para manejar. Al rato la mochila le molesta y toma consciencia de que tiene la mayor parte de las pruebas incriminatorias encima. Necesita tomar algo fuerte, un whisky, algo que le saque el gusto rancio que le llega desde el estómago.
Para en un bar. En una mesa vecina unos viejos juegan al truco. Entre todos suman quinientos años, las caras son como caricaturas de borrachos, rojizas, de poros grandes y brillos grasosos.
Desde la barra alguien lo mira sonriente, pero no logra reconocerlo y se siente incomodo. Apura su trago y sale a la calle, casi corriendo. El otro lo sigue con la mirada y niega con la cabeza, como si lo conociera.
Por entre la holgura de la ropa se le cuela el frío y la piel se le contrae provocando escalofríos que parecen venir desde más profundo.
A unas pocas cuadras se da cuenta que el tipo del bar lo sigue. Está cerca de lo de Rosa, pero no puede ir pues ahora está dando una clase, pero seguramente Robi está por ahí y se le ocurre que podría descartar algunas bolsitas de droga con él, un regalo del cielo que seguramente no despreciaría.
Entra en el taller de la casa vieja a través del patio por donde se ven las puertas ventana del salón de clases, se escuchan comentarios, la voz de Rosa dando alguna que otra instrucción. Robi se asoma desde la cocinita del fondo y le sonríe. Le da una bolsa con trecientos gramos de cocaína y le dice que necesita que lo guarde, que lo tire, que haga lo que quiera, que el no quería nada más que tranquilidad. El otro lo mira extrañado, tienen buena onda, pero no para semejante gesto. Alfonso le dice que el no puede vender más, que lo están siguiendo, que le queda un poco más que lo va a dejar en otro lado, le dice que quiere hablar con Rosa. Robi revisa la bolsa, mete la mano, saca cuatro bolsitas y las pone en el bolsillo del pantalón, el resto lo guarda en la alacena de la cocina, adentro de una vieja lechera que ya nadie usa. Le pide el resto a Alfonso y este se lo da. Lo guarda en una vieja caja de interruptores que quedó en desuso cuando instalaron la nueva red eléctrica.
-No te preocupes, acá se van a quedar, al menos por un tiempo. No hay forma que nadie busque acá, el resto va a ir desapareciendo. Tranquilo. Pero decime por qué querés hablar con Rosa… por este tema imagino que no.
-No, es que necesito que me acompañe al hospital, un amigo tuvo un accidente y tiene custodia, no puedo ir solo, pensé que por ahí puede ir ella, preguntar por su estado, hacerse pasar por la tía, algo así, no se…
Al rato entra Rosa y por poco se le tira encima, la abraza y le dice que la necesita… no puede más, le cuenta casi todo, no le dice que le dio toda la droga que le quedaba a Robi, y éste le hace un gesto afirmativo de aprobación.
Rosa se queda pensativa unos minutos y sale de la cocina. Al rato vuelve con el tapado puesto y con un gesto le dice “Vamos”.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Capítulo X

X

Cris despierta mareado en una nebulosa extraña de caras desconocidas. Le queman las entrañas, siente ganas de vomitar pero cualquier movimiento, por más minúsculo que sea lo hace ver las estrellas.
Con la visión aséptica de la habitación de hospital descubre que su memoria se incorpora al presente. No comprende el motivo por el cual se encuentra esposado a la cama, si el loco ese lo había atacado, por qué es él el que esta sujeto a la cama y custodiado como si fuera culpable de algo.
Tiene la certeza de que Alfonso no va a poder juntar fuerzas para ir a verlo, seguramente el pendejo ese debe estar escondido debajo de algún mueble o sacando pasajes para mudarse al culo del mundo. De todas formas espera que Alfonso pueda superar su miedo y que se vaya lejos por un tiempo, a lo de su tío a Mallorca porque acá lo estarían buscando todos, los buenos y los malos, solo es cuestión de tiempo.
Solo, sin ayuda, sin nadie a quien recurrir, el dolor se le hace mucho más agudo. después de todo Alfonsito tenía razón, me expuse demasiado. Debería haberlo escuchado.
El arrepentimiento y la vergüenza queman tanto como las cuchilladas del Belga. Desde que conoció a Alfonso su rol fue más el de un hermano mayor, hermano de ese ser complicado y pretencioso, se admiraban y se protegían pero ahora por un momento de debilidad, por pensar que nada malo les podía pasar lo ponía en peligro.
Desea que su madre este ahí con él para poder llorar como un chico. Su madre, la que siempre lo protegía, la que todos quisieron, la confidente. Alfonso la adoraba, ella fue su madre del corazón, la que lo escuchaba, la que lo abrazaba. El llegó a tener celos de su amigo, que desaparecieron cuando conoció a la madre de Alfonso y ahí entendió todo, esa mujer era una egoísta, superficial y quejosa, para ella todo era un ataque personal.
Los ojos de Cris están llenos de lágrimas, la congoja le inunda el pecho al punto del grito. El policía de la puerta le dice algo ofensivo, lo insulta. Su amigo, su hermano no está ahí.

Capítulo IX

IX

Las cosas siguieron bien casi por un año, pero con el tiempo empezaron a surgir algunos problemas con el producto, con el Belga que cada vez pedía más plata y estaba más volátil. Incluso había llegado a amenazar a Cris con pegarle un tiro porque se le ocurrió que lo pautado era otra cosa, que ellos trabajaban para él y que había que eliminar a alguien de la ecuación porque la recaudación no le parecía suficiente. También estaba el problema de que cuando viajaba, nunca sabían cuando iban a contar con la entrega, ya que solía desaparecer por más de dos semanas, incluso hasta llego a quedarse un mes entero en el que tuvieron que hacerse humo de la escena nocturna al menos por un tiempo.
Para empeorar las cosas, un par de “clientes” habían conseguido el teléfono de Alfonso y lo llamaban a toda hora, en horarios insólitos, para que les vendiera uno o dos papelitos más. Alfonso tuvo que dar de baja ese teléfono y conseguir un número nuevo… el vendía cuando llegaba, solo a gente que conocía, no a extraños, tenía mucho miedo y estaba más paranoico que nunca.
Por otro lado y a pesar de las amenazas Cris estaba cada vez más tranquilo, y más descuidado. Había invertido en arreglar su casa, compró muebles nuevos, cambió la cocina, se compró un televisor gigante, un auto nuevo, organizaba fiestas en las que podía ir quien quisiera y siempre pagaba… siempre fue un tipo generoso pero estaba haciendo cosas de nuevo rico y en la casa empezaron a circular grupos de personas que apenas conocía, amigos de la abundancia.
Alfonso no podía hacer nada al respecto, por el contrario, el había tomado una actitud diametralmente opuesta a la de su amigo: se había quedado en la pensión, apenas se había comprado algo de ropa y andaba en un autito usado que llamaba la atención por lo viejo y descolorido. Solo en la noche, se rodeaba de gente, y no seguía ninguna rutina de modo que cuando lo veían se alegraban porque les había llegado “la salvación”.
En lo artístico, las cosas habían mejorado, sus pinturas habían mejorado, incluso le habían ofrecido hacer una serie de imágenes de tango para un salón de milongas para turistas en San Telmo. Su producción aunque no era numerosa, tenían temas y estilo que podrían ser exitosos en algunas galerías conocidas pero el seguía queriendo exponer en un círculo más cerrado, por eso se había encaprichado con Rosa.
A su vez, Rosa se había vuelto más benevolente, hasta maternal aunque Alfonso seguía sintiendo rechazo por la mujer dado que en la vida nocturna no le faltaban mujercitas preciosas que se le ofrecían por nada. De todas formas Rosa se había vuelto su obsesión. La mujer lo buscaba, le había ofrecido una expo con dos artistas más, dos de los chicos más brillantes de su taller y se sentía obligado a responder a sus coqueteos.
Había pensado cómo hacer para no quedar expuesto, nuevamente, no tenía otra salida más que aceptar la propuesta solapada de ser su amante, pero por solapada, no estaba tenía una prueba palpable de lance de Rosa, aunque las connotaciones de las invitaciones a cenar, a quedarse después de las clases, a ir un fin de semana a Punta del Este, eran inequívocas…
Finalmente, al borde de un ataque de ansiedad, decidió consultarlo con Cris, esa noche, salió caminando para la casa de su amigo con la cabeza totalmente metida en su problema, con una sensación extraña, como de que algo malo le iba a pasar. Tenía decidido hacer lo que su amigo le aconsejara y así recorrió las pocas cuadras que lo separaban de la casa de Cris. Cuando llego a la esquina vio un patrullero en la puerta y a los vecinos que chusmeaban desde una distancia prudente, murmurando en grupos y moviendo negativamente la cabeza. A unos 50 metros vio que tirado en el piso estaba el Belga, esposado, con la cara contra el piso y moviéndose como un gusano. Unos metros más allá estaba la ambulancia con otro hombre acostado en una camilla con una montaña de trapos ensangrentados en el abdomen. Antes de llegar lo paró una chiquita linda de unos quince años con los ojos demasiado maquillados y un pantalón demasiado ajustado.
-No te acerques –le dijo y le tomó con firmeza el brazo.
Alfonso miró sus uñas negras, largas, como pequeñas garritas.
-Se peleó con el loco, dicen que por plata, y ahí nomás el loco agarró un tramontina y se lo clavo como tres veces en la panza, dicen los vecinos. Va a estar bien, pero no te acerques que también encontraron droga, te van a llevar a vos también.
Los gritos del Belga cuando lo metieron en el patrullero llamaron nuevamente su atención sobre la tan temida escena. Grupos de policías de civil entraban y salían de la casa de Cris, sacaban bolsas negras, como de basura, llenas de lo que el sabía era dinero y cocaína, pura.
Cris era leal, no le preocupaba que lo fueran a buscar a el. Se sentía defraudado, porque justo cuando más necesitaba el apoyo y el consejo de su amigo, el destino se ensañaba nuevamente con el y lo alejaba. Su enojo con Cris lo turbaba, ya que le había advertido sobre sus excesos, sobre la locura de manejar todo desde su casa, de seguir tratando en ese loco.
Quería, tenía que ayudarlo, pero no sabía como, un manto negro lo cubrió y le impidió ver lo que ocurría, no tenia a nadie en quien confiar, nadie.
Se abrazó a la chiquita y se puso a llorar como un niño.

jueves, 6 de octubre de 2011

Capítulo VIII

VIII
Una semana más tarde las cosas habían cambiado mucho. Tanto Alfonso como Cris estaban ansiosos por llevar el proyecto adelante, obligados, los dos por circunstancias levemente distintas, apenas diferentes.
Alfonso decidió confiar en los contactos y manejos químicos de su amigo, se propuso moderar su consumo de drogas, porque comprendía que eso limitaría su atención, porque aún tenía miedo, mucho más después de conocer al fulano que viajaba a Bolivia.
Lo conoció una tarde, en la casa de su amigo. Su primera impresión no fue del todo favorable. El tipo hablaba, mucho, sin parar, con un acento raro, como francés pero tenía aspecto de alemán, grandote pero flaco hasta la inanición. Tenía los ojos claros y hundidos, ojerosos que casi siempre miraban de reojo, salvo cuando se exaltaba, momentos en los que uno notaba que eran claros porque se salían de sus órbitas. Los momentos de exaltación eran frecuentes y Alfonso nunca estaba seguro del motivo. No lo entendía y notaba que Cris le tenía algo de miedo también.
-Ojo con este loco –Le dijo esa tarde. –Este se pianta y nos quema. Siempre anda calzado y tiene unos amigos que mejor ni te cuento.
Alfonso le recordó que no tenían otra opción aunque a él también lo inquietaba esa nueva información.
Cris lo abrazó y trató de tranquilizarlo.
-Nada va a salir mal, no te preocupes.

El Belga hizo la primer entrega que Cris probó para confirmar que era buenísima. No estaban poniendo mucho dinero en realidad, pero para ellos era todo lo que les quedaba. Tenían todas sus esperanzas puestas en esto y sentían que el plan era brillante.
Las cosas salieron bien la primera vez, y así hubieron otras.
En un mes ya habían armado una muy buena operación, el producto era bueno y Alfonso tenía a todos felices, nadie tenía que ir a la villa a compara, incluso tenía un par de boliches que estaban abiertos para el “afterhour” en dónde vendía al precio que se le ocurría.
También se puso al día con el gordo de la pensión aunque le pagaba con retraso, solo para molestar a ese gordo roñoso.
A la hermana dejó de hablarle, solo para demostrarle que sin ella era muy capaz de salir adelante o porque quizás no podría sostenerle la mirada cuando le preguntara de dónde sacaba la plata para vivir.
A la madre también le tenia restringida, por más que ésta le enviara innumerables mensajes de texto preguntándole cuando iría a visitarla a lo que el le respondía con un lacónico: “Todo bien. Quizás el finde”.
Con la cabeza en los contactos y en las ventas se sentía liberado, incluso de su arte, aunque pudo empezar el taller con Rosa al que asistía puntualmente todos los jueves. Todos le compraban, incluso Rosa, que ocasionalmente perdía el control y Alfonso disfrutaba con algo de placer culposo, entendía esto como una rara venganza, una compensación, porque Rosa no aflojaba, no dejaba de hacerle saber lo mucho que le faltaba para ser un artista, para animarse a vivir como uno, para saltar al vacío y crear.
Cada vez que hablaba de ella con Cris este se le reía en la cara, pocas cosas lo hacían reír tanto.
-La vieja esa te tiene ganas y te quiere morfar entre dos panes… ¿por ahí te incluye en alguna muestra grupal?
-Sos desagradable, ¿te lo dije alguna vez?
La verdad es que creía que Rosa le tiraba onda, se había puesto muy cariñosa el último tiempo y le repugnaba tener que someterse, se sentía acorralado.


lunes, 3 de octubre de 2011

La frustración

No veo la meta y el peso somnoliento en las ojeras
estira la cara en un gesto hastiado.
Las flores cercanas, exquisitas y simples observan desde el jarrón, inútiles
a pesar del perfume dulce e invitante, que sensual intenta cautivarme.
Los pájaros en el árbol lanzan cantos alegres, trinos primaverales que no encuentran resonancia en mi espíritu sordo y barrenado
que deambula en las profundidades contrapuestas al aire primaveral
al que elogian éstos con su armonía.
El silencio y la oscuridad se arrastran sobre la voluntad
que impávida se deja vencer mientras, raíces nudosas como manos muertas
la toman desde las vísceras y sin asco estrujan y desordenan
mezclando humores de distintas índoles.
Esas mismas raíces sucias
acarician el pelo limpio, con olor a viento,
untándolo de opacidad,
mete los dedos entre los labios y roban el briíllo de los dientes
y el perfume a menta de las encías.
Manos que hurgan en las articulaciones y me detienen,
paralizan el movimiento, anquilosan
y enmohecen los sutiles pasos de danza.
Las puntas, como uñas resquebrajadas y sucias, lastiman las retinas,
desgarran los párpados por dentro.
Frustración, anhelo que escapa en el último suspiro,
que no es final, solo pausa.
¿Cómo empezar de nuevo?

Capítulo VI y Capítulo VII

VI

Cuando Alfonso se fue, Cris se quedó en la cocina Pensativo, mirándose las manos. Manos gastadas, quemadas, amarillas de nicotina, las uñas cortas, mordisqueadas acá y allá. Sus ojos cansados y fijos en la sequedad de sus manos, los extremos de los ojos caídos como si los parpados tuvieran una plomada que los obligara al gesto.
Tenía una idea un poco aproximada de dónde se estaba metiendo y ya había estado viendo dónde y con quien conseguir lo necesario sin que le hicieran demasiadas preguntas.
En realidad no le importaba mucho, solo pensaba en todo el dinero que iban a ganar. También le daba seguridad compartir la aventura con Alfonso, porque era un hermano para él, porque sabía que podía confiar ciegamente, porque haría todo lo que le pidiera, porque entre ellos existía la lealtad.
Se querían como hermanos y desde hacía años compartían todo, las buenas, las malas, las chicas, las drogas, las muertes y los comienzos, y éste era uno.
Cris no podía olvidar que Alfonso fue el único que estuvo con él cuando murió su madre, a pesar que por entonces era solo un mocoso. Supo estar con el, animarlo, acompañarlo, silencioso, constante, incluso teniendo sus propios problemas en casa.
La madre de Cris también lo quería a Alfonso, incluso lo mimaba como a su propio hijo. La vieja de Cris era una mujer sencilla, sin pretensiones, una ama de casa a la antigua, cariñosa, firme, de esas mujeres que se hacen cargo de todo. Cuando ella murió en la casa se sintió el vacío, y Cris empezó a tomar caminos fáciles, trabajos efímeros, mujeres pasajeras, no le tenía ningún respeto al esfuerzo y apenas tenía dinero para lo básico.

VII

Esa noche Alfonso apenas pudo dormir, tampoco pudo pintar. Su cabeza saltaba de un pensamiento a otro: pintar solo o ir al taller de Rosa, salir a robar (no, no podía) o vender drogas entre sus amigos, las dudas respecto del tipo que trajo la merca desde Bolivia, el gordo del alquiler que ya lo estaba acorralando con el pago, que había llamado a sus primos para hacer más efectivo el apriete, esos tipos que se dedicaban a revolear ladrillos todo el día, con manos que parecían paletas de madera maciza.
Sus opciones no eran muchas, además pensaba en que podría ayudar un poco a su amigo, y eso solo justificaba en gran medida los riesgos. Tenía dudas, si, respecto de Cris y sobre si mismo.
La propuesta, por otro lado, tenía pocas chances de ser rechazada, dado que en su desesperación la visualizaba como única salida y porque la lealtad que le debía a Cris lo obligaba a aceptarla. Como en las películas Cris estaba saliendo a enfrentar una lluvia de balas y le gritaba que lo cubriera… que lo protegiera.
Se sintió heroico.