lunes, 3 de octubre de 2011

Capítulo VI y Capítulo VII

VI

Cuando Alfonso se fue, Cris se quedó en la cocina Pensativo, mirándose las manos. Manos gastadas, quemadas, amarillas de nicotina, las uñas cortas, mordisqueadas acá y allá. Sus ojos cansados y fijos en la sequedad de sus manos, los extremos de los ojos caídos como si los parpados tuvieran una plomada que los obligara al gesto.
Tenía una idea un poco aproximada de dónde se estaba metiendo y ya había estado viendo dónde y con quien conseguir lo necesario sin que le hicieran demasiadas preguntas.
En realidad no le importaba mucho, solo pensaba en todo el dinero que iban a ganar. También le daba seguridad compartir la aventura con Alfonso, porque era un hermano para él, porque sabía que podía confiar ciegamente, porque haría todo lo que le pidiera, porque entre ellos existía la lealtad.
Se querían como hermanos y desde hacía años compartían todo, las buenas, las malas, las chicas, las drogas, las muertes y los comienzos, y éste era uno.
Cris no podía olvidar que Alfonso fue el único que estuvo con él cuando murió su madre, a pesar que por entonces era solo un mocoso. Supo estar con el, animarlo, acompañarlo, silencioso, constante, incluso teniendo sus propios problemas en casa.
La madre de Cris también lo quería a Alfonso, incluso lo mimaba como a su propio hijo. La vieja de Cris era una mujer sencilla, sin pretensiones, una ama de casa a la antigua, cariñosa, firme, de esas mujeres que se hacen cargo de todo. Cuando ella murió en la casa se sintió el vacío, y Cris empezó a tomar caminos fáciles, trabajos efímeros, mujeres pasajeras, no le tenía ningún respeto al esfuerzo y apenas tenía dinero para lo básico.

VII

Esa noche Alfonso apenas pudo dormir, tampoco pudo pintar. Su cabeza saltaba de un pensamiento a otro: pintar solo o ir al taller de Rosa, salir a robar (no, no podía) o vender drogas entre sus amigos, las dudas respecto del tipo que trajo la merca desde Bolivia, el gordo del alquiler que ya lo estaba acorralando con el pago, que había llamado a sus primos para hacer más efectivo el apriete, esos tipos que se dedicaban a revolear ladrillos todo el día, con manos que parecían paletas de madera maciza.
Sus opciones no eran muchas, además pensaba en que podría ayudar un poco a su amigo, y eso solo justificaba en gran medida los riesgos. Tenía dudas, si, respecto de Cris y sobre si mismo.
La propuesta, por otro lado, tenía pocas chances de ser rechazada, dado que en su desesperación la visualizaba como única salida y porque la lealtad que le debía a Cris lo obligaba a aceptarla. Como en las películas Cris estaba saliendo a enfrentar una lluvia de balas y le gritaba que lo cubriera… que lo protegiera.
Se sintió heroico.

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