lunes, 17 de octubre de 2011

Capítulo XI y Capítulo XII


XI

Alfonso está solo en su habitación. Ya vomitó dos veces. Se siente enfermo, débil, agotado, está pálido y gris, como un muerto. Sabe que tiene la obligación de ir a ver a su amigo, de acompañarlo, no sabe si la herida es grave, si esta vivo, no sabe nada. Ignora cuales son los procedimientos policiales en estos casos de narcóticos, y si Cris muriese,… el homicidio empeoraría las cosas. Está seguro que Cris no dijo nada, tampoco diría nada, pero el Belga ese, seguro lo mencionó.

Tiene que deshacerse del producto que tiene listo para vender, tirarlo, esconderlo, algo tiene que hacer. La posesión es algo serio y cree que es cuestión de tiempo nada más para que lo vengan a buscar y si le encuentran el medio kilo que tiene subdividido al gramo estaría en problemas. No lo puede tirar, pero sería lo más sano, ahora no podía salir a vender como si no hubiera pasado nada. Apoya la cara afiebrada contra la puerta de la habitación porque cree escuchar pasos que suben por la escalera.
También esta el dinero que tiene debajo de la cama y en el colchón, literalmente. No puede hacer nada con eso, no tiene forma de justificarlo, es plata sucia, de la calle. Si llegara la policía ahora, no tendría forma de explicar nada. ¿Qué tendría que hacer? ¿lo estarían siguiendo? ¿Cuánto tiempo faltaría para que le tiraran la puerta abajo?
La ira se le presenta en forma de fiebre y vómitos. Está como en trance. Los minutos pasan y siente que son horas, días, años, años luz.
Se tira en la cama y llora amargamente su frustración. No tiene con quien hablar, no tiene a quien pedirle opinión, está solo y se siente acorralado, no quiere traicionar a su amigo, tiene que ir a verlo, ver como está, preguntarle que puede hacer y solo imaginar la situación le revuelve el estómago.
Dejar a su amigo en semejante problema no es justo, le había prometido a su madre que se cuidarían, que cuidaría del grandote este como si fuera su propio hermano.
Pero el miedo es más fuerte. Mira por la ventana cada cinco minutos, finalmente agarra una mochilita en donde pone las bolsitas y unos puñados de billetes sucios y arrugados, se la encaja en el hombro y así, medio enfermo, sale a la calle, en busca de claridad.

XII

Deambula en estado febril un par de horas, sin rumbo, a pie porque no puede ver claro, no se siente bien como para manejar. Al rato la mochila le molesta y toma consciencia de que tiene la mayor parte de las pruebas incriminatorias encima. Necesita tomar algo fuerte, un whisky, algo que le saque el gusto rancio que le llega desde el estómago.
Para en un bar. En una mesa vecina unos viejos juegan al truco. Entre todos suman quinientos años, las caras son como caricaturas de borrachos, rojizas, de poros grandes y brillos grasosos.
Desde la barra alguien lo mira sonriente, pero no logra reconocerlo y se siente incomodo. Apura su trago y sale a la calle, casi corriendo. El otro lo sigue con la mirada y niega con la cabeza, como si lo conociera.
Por entre la holgura de la ropa se le cuela el frío y la piel se le contrae provocando escalofríos que parecen venir desde más profundo.
A unas pocas cuadras se da cuenta que el tipo del bar lo sigue. Está cerca de lo de Rosa, pero no puede ir pues ahora está dando una clase, pero seguramente Robi está por ahí y se le ocurre que podría descartar algunas bolsitas de droga con él, un regalo del cielo que seguramente no despreciaría.
Entra en el taller de la casa vieja a través del patio por donde se ven las puertas ventana del salón de clases, se escuchan comentarios, la voz de Rosa dando alguna que otra instrucción. Robi se asoma desde la cocinita del fondo y le sonríe. Le da una bolsa con trecientos gramos de cocaína y le dice que necesita que lo guarde, que lo tire, que haga lo que quiera, que el no quería nada más que tranquilidad. El otro lo mira extrañado, tienen buena onda, pero no para semejante gesto. Alfonso le dice que el no puede vender más, que lo están siguiendo, que le queda un poco más que lo va a dejar en otro lado, le dice que quiere hablar con Rosa. Robi revisa la bolsa, mete la mano, saca cuatro bolsitas y las pone en el bolsillo del pantalón, el resto lo guarda en la alacena de la cocina, adentro de una vieja lechera que ya nadie usa. Le pide el resto a Alfonso y este se lo da. Lo guarda en una vieja caja de interruptores que quedó en desuso cuando instalaron la nueva red eléctrica.
-No te preocupes, acá se van a quedar, al menos por un tiempo. No hay forma que nadie busque acá, el resto va a ir desapareciendo. Tranquilo. Pero decime por qué querés hablar con Rosa… por este tema imagino que no.
-No, es que necesito que me acompañe al hospital, un amigo tuvo un accidente y tiene custodia, no puedo ir solo, pensé que por ahí puede ir ella, preguntar por su estado, hacerse pasar por la tía, algo así, no se…
Al rato entra Rosa y por poco se le tira encima, la abraza y le dice que la necesita… no puede más, le cuenta casi todo, no le dice que le dio toda la droga que le quedaba a Robi, y éste le hace un gesto afirmativo de aprobación.
Rosa se queda pensativa unos minutos y sale de la cocina. Al rato vuelve con el tapado puesto y con un gesto le dice “Vamos”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario