miércoles, 29 de diciembre de 2010

Amiga

El gesto mecánico
El humo, el olor, la risa fuerte,
El comentario sarcástico que no escucharé.
Extrañaré sus injusticias, sus furias colosales,
Sus lealtades extremas, sus gustos musicales.
Ya no tendré esas charlas de hermana,
Las largar noches,
Los silencios con Donald Fegan en las mañanas.
Ya no podré decir:
Cuando seamos viejas nos juntaremos
Como ahora a beber y a cantar
Pero más arrugadas.
Ya hecho en falta tu gesto mecánico
El olor a pucho, la risa fuerte
El comentario sarcástico
Preámbulo de la jornada.

Tu sueño


Sus ojos cerrados, su cuerpo laxo
sus venas tranquilas; ríos que aunque dormida
te siguen surcando.
El aliento dulce, íntimo que inhibe,
de vez en cuando una sonrisa dibuja picardías de niña
que en sueño disfruta osadías.
El sueño es breve, y vos apenas persona
soñás dormida que estás despierta
corriendo, jugando, feliz inconciencia.
Que alivio que siento cerca tuyo
inocencia que puede dormir sin pensar en la muerte.
Los niños no le temen porque no la piensan,
por eso disfruto de verte dormir, por eso gozo imaginando tu juego,
pequeño ser inconsciente que surca mi vida,
y me hace soñar.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Mercado Mágico


Su extraña fe la llevó a recalar en los lugares más extraños y exóticos que jamás hubiera imaginado esa chica de pueblo. Ella había cambiado mucho después de su separación, se había vuelto más frágil y dependiente, le daba miedo salir a la calle y creía que todos le querían hacer daño. Llegó a desconfiar de su propia familia que veía con horror en lo que se había convertido.
No faltó alguna tía vieja que dijera que a Leonora le habían hecho un “trabajo”.
Leonora no podía creer lo que escuchaba, pero prestaba atención a todo lo que se decía, por crédula o por estar hechizada. La cuestión fue que de a poco, su fe que era tan abundante como variopinta, la indujo a un desfile de fenómenos y paranormales.
Un día sábado por la mañana se encontró con una de sus primas que le prometió llevarla a un lugar especial, que muy poca gente conocía y en donde, le aseguró la parienta, no solo conseguiría un antídoto para su humillante estado, sino que además podría consultar a uno de los tantos “sanadores” que allí atendían.
El lugar era colorido, oloroso, lleno de energía, pero de esa energía que da escalofríos a los que nunca experimentaron en ese terreno al que llaman superstición.
La superstición y su prima, mal aconsejadas por esta seudo-desesperación, la metieron en este mundo.
Al entrar a uno de los locales vio ante ella un altar lleno de estatuillas, aerosoles y velas, todas con las indicaciones más inverosímiles, desde “paz y armonía en el hogar” hasta “tumba machos” y “te tengo atado y claveteado”. Había santos tradicionales como San Judas Tadeo o San Simón y otras imágenes de San La Muerte o totems tradicionales africanos. Pudo ver también invocaciones diabólicas y amuletos de la suerte.
Se llevó una vela roja que pensó era para el amor y estuvo a punto de comprarse un mazo de cartas de tarot, pero al instante comprendió la inutilidad del impulso.
Sobre un costado había una larga cola de gente, que evidentemente necesitaba hacer algún tipo de consulta y se detuvo en la observación de aquellos que entraban y sus dolidas expresiones y en aquellos que salían, evidentemente aliviados. Se veían renacidos y quiso eso para si misma.
Se puso en la cola aunque no sabía bien que quería consultar. En realidad ella quería un novio, ero no uno cualquiera, quería a ese que la había dejado. El abandono la marcó tanto que la había hecho cambiar, y eso era precisamente lo que opacaba su felicidad. Esta desdicha se vio exagerada por las preocupaciones tan verbalizadas de la casta de mujeres que formaban su familia y su historia.
La fila avanzaba muy lentamente y Leonora prestó mayor atención a toda la gente que la rodeaba. El retrato se correspondía con la idea que uno suele hacerse de la gente que consulta con un brujo. Gente curiosa, de hábitos extraños y costumbres extravagantes. En su lugar en la fila, se sintió parte de ese grupo de almas.
En el tiempo que estuvo ahí vio muchas cosas distintas: Un hombre entró con una prometedora calvicie que cuando salió tenía cubierta con un mejunje parecido a excrementos y que se chorreaba por los pocos pelos que le quedaban. No pudo sino preguntarse cuál sería el límite.
Después vio entrar a una mujer joven que evidenciaba un cáncer avanzado; el pesar y el dolor se reflejaban en su mirada, algo demasiado profundo como para poder comprenderlo. Cuando salió esa sombra no estaba… seguía enferma, sus ojeras y su piel no mentían, le quedaba poco tiempo, pero su mirada era evidentemente más liviana al salir.
Leonora, sumamente curiosa, creyente compulsiva, quiso tener un problema real, contundente como el de aquella mujer como para poder ser agraciada por ese tipo de iluminación.
Pensó: ¿Qué más me hace falta? ¿Qué me duele aparte de la soledad, además del orgullo herido por el abandono?
Comprendió que su problema no era tal.
Cuando al fin entró en el lugar, la recibió una mujer muy vieja, arrugadísima, pero que conservaba una voz profunda y clara como de una mujer joven. Su aspecto le recordó la descripción en esos antiguos cuentos rusos de una bruja llamada “Baba Yaya”. La miró a los ojos y se escuchó preguntarle por el sentido de la vida.
La vieja le respondió que eso dependía de quién lo preguntara, le dijo que para algunos no tenía sentido, porque eso era lo que querían escuchar, para poder atravesar el umbral de la muerte y que para otros esa era la pregunta iniciática por la que uno comienza a buscar su propio camino.
Mientras hablaba, la vieja juntaba hojitas en un cuenco, yuyos varios a los que prendió fuego con manos jóvenes. Leonora la miraba y la escuchaba con atención. Sus palabras parecían penetrarla como el humo del cuenco. Sintió como se le limpiaba el cuerpo de caprichos y de malos amores.
Cuando salió del sucucho donde la vieja, con sabiduría de muerte y mirada de niña, le habló como una madre Leonora también se sintió liviana. No es que ahora supiera qué sentido tenía la vida, pero sabía que al menos para ella, era la búsqueda de un propósito y dar amor, sin esperar nada a cambio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El reemplazo

G. nació después de la muerte de su hermano, que murió atropellado por un autobús a los 10 años, justo frente a su casa. Nunca se sintió especial, quizás por esto mismo sus padres la mimaron a más no poder, la consintieron y le dieron todos los gustos. Igualmente siempre sintió que tenía la obligación de vivir por dos, de nunca parar, una peregrina en las rutas del placer y del contento. Siempre llegaba tarde a todos lados, por aprovechar hasta el último segundo del presente.
G. puede ser una mujer genial o una absoluta idiota, dependiendo de su nivel de aburrimiento. Por lo general es inteligente, con un sentido de la oportunidad excelente. Es generosa, amable, pero cuando está aburrida, todas estas virtudes se tornan en la más llana idiotez, una idiotez grosera y limitante.
Eligió estudiar ingeniería, pero no terminó, se aburrió. Más tarde probó con arquitectura y le pasó lo mismo. Terminó reemplazando esta última por un curso de secretaria ejecutiva que le proponía una salida laboral inmediata, sin embargo siempre le quedó el regusto rancio de la frustración, porque el secretariado era una tarea de menor categoría, se aburría en el “servicio”.
Así es como llegó a la agencia de empleos temporarios, un poco por necesidad de sentirse disponible para el trabajo aquel que ella pensaba que merecía y que deseaba, otro poco por el dinero que le dejaba que era abundante y también por el currículum que se le antojaba generoso y versátil.
La entretenía conocer gente nueva, modos, experiencias, caras, ubicaciones que se sucedían unas tras otras, vidas a las que entraba por un tiempo como quien entra a una casa, la hace suya para luego abandonarla dejando detrás huellas de su paso.
Esa mañana empezaba en una oficina nueva, por un reemplazo de una secretaria vieja que se había pedido un mes para cuidar a su hermana mayor a la que habían operado de la cadera.
G. llegó aquella mañana con dos minutos de retraso y se presentó. Le mostraron su escritorio, le presentaron a sus nuevos jefes y la reprendieron por la llegada tarde.

-Señorita Ortiz, espero que no sea su costumbre llegar con demora cotidianamente, nos estamos acostumbradas. Ofelita es muy puntual. No se sienta tan cómoda que a ella no le gusta que le cambien de lugar sus cosas.-Le dijo la jefa de secretarias.

G. pensó que había comenzado con el pie izquierdo. Ofelia la intrigó. De pié junto al escritorio observo la escena. Un teléfono de veinticuatro líneas, anotador, papelitos por todos lados, un cenicero con una imagen “art nouveaux” medio quemada, el monitor amarillento, el teclado con las letras medio borradas, incluso encontró el nombre “Ofelia” en goma eva, cada letra en colores distintos, que habían visto días más brillantes sobre la pared de su cubículo, al lado del teléfono, y por último, un sinfín de souvenirs de casamientos y bautismos de personas que quizás ya nadie recordaba.
Se sentó, prendió la computadora y comenzó por chequear la agenda. Ofelia era una mujer sumamente prolija en su trabajo, pero los cajones y el escritorio en general estaban sucios, repletos de caramelos, papelitos y recuerdos. Nada evidenciaba su profesionalismo, por el contrario el box solo mostraba cierto aire doméstico.
Con el correr de los días, G. se dio cuenta del respeto que le tenía a Ofelia en la oficina, era, sin lugar a dudas, la secretaria perfecta, una mujer que pasó los últimos 20 años detrás de aquel escritorio.
Comenzó a sentir admiración por su reemplazada, porque ella era incapaz de semejante permanencia, ese tipo de constancia le causaba malestar físico, pero no le impedía admirar a quienes le resaltaban su discapacidad.
No era la primera vez que le pasaba esto de sentir que la constancia era algo bueno, pero una serie de coincidencias hicieron que el tema se instalara de manera indeleble en su cabecita inconstante.
Se puso reflexiva en extremo y estas sensaciones se incrementaron con el correr de las semanas.
Cuando ya solo le faltaba una semana para terminar con el reemplazo de Ofelia, se despertó una mañana con el recuerdo de un sueño. Una araña amarilla enorme se le metía por el cuello de su camisa, entre la ropa, y no tenía forma de sacarla de ahí sin que la araña la picara en el pecho. De pronto se cierra una ventana a sus espaldas y al volver la vista ya no está en su departamento de Caballito sino en aquella otra casa en la que vivió con sus padres, en Urbanización Mendoza, en Guyana, el principio de sus viajes.
Medio dormida aun, se sentó sobre la cama y se llevó la mano al pecho, bruscamente, casi con un golpe, para cerciorarse de que el bicho no estuviera más ahí, pero el veneno de esa picadura invisible ya estaba en su sangre.
Pensó en Ofelia, en ella y en lo que las diferenciaba, más allá de la edad. Trató de imaginar aquello que no era reemplazable. Esto la obligó a un esfuerzo.
Mientras se bañaba para salir a la oficina realizó una lista en su cabeza de todo aquello que no podría suplir. Se dio cuenta que si había algo irremplazable eso eran los recuerdos que le evocaban los olores, los perfumes, esos aromas como el del cedro de los bloques de madera hechos a mano heredados de su padre y que aún conservaba en su caja de cigarros original, el perfume a lavanda en el pañuelo de su abuelo unido a sus abrazos profundos, el del mate cocido y de la carpa de sus primeras salidas de campamento, el olor a verano permanente con el de los mangos pudriéndose al sol del trópico. Miles de recuerdos y sensaciones.
De a poco, comenzó a comprender el por qué de su vida trashumante, el por qué de ese anhelo por lo diverso, la añoranza de la nueva experiencia, que siempre tuvo algo de una instancia anterior.
La última semana en el reemplazo de Ofelia fue un viaje a sus propios recuerdos, un recorrido por esos “souvenirs” distintos a los de la vieja secretaria. Esa última semana releyó el libro aquel de José Mauro de Vasconcelos que la remontaba al sentir selvático que experimentó en aquellos años de incesantes travesías con sus padres, cuando aún era chica y las sensaciones eran puras. Releyó la historia de aquel médico citadino que va a un pueblo en el medio de la selva. Va a suplir al viejo médico que había perdido su don junto al río. El nuevo, a pesar del empuje y  de sus ansias por imponerse por sobre la desidia termina devorado por la cadencia de aquel río marrón que era como el Aqueronte que al probar sus aguas borraba la memoria de los hombres en su vida terrena. Para terminar engullido por el verde imperante, titánico, por esa cadencia subyugante de lo cotidiano.
G. se cuestiona sobre su destino, quiere saber que hará con su vida, se pregunta que es lo que la anclará en algún lugar, en alguna persona, en algún trabajo.
La semana va llegando a su fin y G no encuentra muchas respuestas y teme el momento de conocer a Ofelia, como si con solo mirarla se le fuera a revelar alguna verdad dolorosa, como si con esto tuviera que enfrentar el reemplazo.
El jueves por la mañana salía de la oficina de regreso a su departamento y decide bajar por la escalera, y en el último escalón se le engancha un taco, pierde el pié y cae de cara al piso. Al pararse siente que la rodilla derecha se le parte, como si en la articulación tuviera vidrio molido. Rápidamente hace la cuenta de lo que le llevaría recuperarse, por otro lado teme una operación, por más que sea cosa de nada. G. no es de las mujeres estoicas que soportan bien el dolor. Se va derecho a la guardia traumatológica. Allí el medico le confirma que lo mejor sería operar la rodilla, pero ella apuesta a que un tratamiento kinesiológico la va a ayudar a atenuar el dolor y a tomar una mejor decisión respecto de la operación.
Al día siguiente, bien temprano, antes de ir a su último día de trabajo se dirige al especialista. No se sorprende al encontrar 4 personas más a esa hora, ni tampoco la sorprende que  sean todas mujeres, todas mayores de 70 años, todas con escasa movilidad.
Le dieron un ejercicio, muy básico. Se siente tonta. Flexionar las rodillas apenas unos centímetros, tomada de la barra, la espalda recta, la vista al frente. Le parece una pavada, pero le pone toda su atención, pavada o no, si la salva de la operación debe hacerlo bien. Al rato se distrae observando a una de las mujeres a su lado, que da un par de pasos inseguros para adelante, y dos pasos para atrás, con cada paso un gran suspiro de esfuerzo, un bufido después de cada movimiento marionetesco. La mujer mira a G de reojo y luego de un rato le pregunta con voz aflautada:
-Neeeenaaaa, ¿a vos quien te operó?
-No señora, no me quiero operar aún.-Le contesta G
-Pero si la rodilla es una pavada, mirá, yo el año pasado me operé las dos rodillas y este año me hicieron un reemplazo de cadera, y acá me tenés, haciendo ejercicio…
G. la miró, le sonrió y siguió practicando.