G. nació después de la muerte de su hermano, que murió atropellado por un autobús a los 10 años, justo frente a su casa. Nunca se sintió especial, quizás por esto mismo sus padres la mimaron a más no poder, la consintieron y le dieron todos los gustos. Igualmente siempre sintió que tenía la obligación de vivir por dos, de nunca parar, una peregrina en las rutas del placer y del contento. Siempre llegaba tarde a todos lados, por aprovechar hasta el último segundo del presente.
G. puede ser una mujer genial o una absoluta idiota, dependiendo de su nivel de aburrimiento. Por lo general es inteligente, con un sentido de la oportunidad excelente. Es generosa, amable, pero cuando está aburrida, todas estas virtudes se tornan en la más llana idiotez, una idiotez grosera y limitante.
Eligió estudiar ingeniería, pero no terminó, se aburrió. Más tarde probó con arquitectura y le pasó lo mismo. Terminó reemplazando esta última por un curso de secretaria ejecutiva que le proponía una salida laboral inmediata, sin embargo siempre le quedó el regusto rancio de la frustración, porque el secretariado era una tarea de menor categoría, se aburría en el “servicio”.
Así es como llegó a la agencia de empleos temporarios, un poco por necesidad de sentirse disponible para el trabajo aquel que ella pensaba que merecía y que deseaba, otro poco por el dinero que le dejaba que era abundante y también por el currículum que se le antojaba generoso y versátil.
La entretenía conocer gente nueva, modos, experiencias, caras, ubicaciones que se sucedían unas tras otras, vidas a las que entraba por un tiempo como quien entra a una casa, la hace suya para luego abandonarla dejando detrás huellas de su paso.
Esa mañana empezaba en una oficina nueva, por un reemplazo de una secretaria vieja que se había pedido un mes para cuidar a su hermana mayor a la que habían operado de la cadera.
G. llegó aquella mañana con dos minutos de retraso y se presentó. Le mostraron su escritorio, le presentaron a sus nuevos jefes y la reprendieron por la llegada tarde.
-Señorita Ortiz, espero que no sea su costumbre llegar con demora cotidianamente, nos estamos acostumbradas. Ofelita es muy puntual. No se sienta tan cómoda que a ella no le gusta que le cambien de lugar sus cosas.-Le dijo la jefa de secretarias.
G. pensó que había comenzado con el pie izquierdo. Ofelia la intrigó. De pié junto al escritorio observo la escena. Un teléfono de veinticuatro líneas, anotador, papelitos por todos lados, un cenicero con una imagen “art nouveaux” medio quemada, el monitor amarillento, el teclado con las letras medio borradas, incluso encontró el nombre “Ofelia” en goma eva, cada letra en colores distintos, que habían visto días más brillantes sobre la pared de su cubículo, al lado del teléfono, y por último, un sinfín de souvenirs de casamientos y bautismos de personas que quizás ya nadie recordaba.
Se sentó, prendió la computadora y comenzó por chequear la agenda. Ofelia era una mujer sumamente prolija en su trabajo, pero los cajones y el escritorio en general estaban sucios, repletos de caramelos, papelitos y recuerdos. Nada evidenciaba su profesionalismo, por el contrario el box solo mostraba cierto aire doméstico.
Con el correr de los días, G. se dio cuenta del respeto que le tenía a Ofelia en la oficina, era, sin lugar a dudas, la secretaria perfecta, una mujer que pasó los últimos 20 años detrás de aquel escritorio.
Comenzó a sentir admiración por su reemplazada, porque ella era incapaz de semejante permanencia, ese tipo de constancia le causaba malestar físico, pero no le impedía admirar a quienes le resaltaban su discapacidad.
No era la primera vez que le pasaba esto de sentir que la constancia era algo bueno, pero una serie de coincidencias hicieron que el tema se instalara de manera indeleble en su cabecita inconstante.
Se puso reflexiva en extremo y estas sensaciones se incrementaron con el correr de las semanas.
Cuando ya solo le faltaba una semana para terminar con el reemplazo de Ofelia, se despertó una mañana con el recuerdo de un sueño. Una araña amarilla enorme se le metía por el cuello de su camisa, entre la ropa, y no tenía forma de sacarla de ahí sin que la araña la picara en el pecho. De pronto se cierra una ventana a sus espaldas y al volver la vista ya no está en su departamento de Caballito sino en aquella otra casa en la que vivió con sus padres, en Urbanización Mendoza, en Guyana, el principio de sus viajes.
Medio dormida aun, se sentó sobre la cama y se llevó la mano al pecho, bruscamente, casi con un golpe, para cerciorarse de que el bicho no estuviera más ahí, pero el veneno de esa picadura invisible ya estaba en su sangre.
Pensó en Ofelia, en ella y en lo que las diferenciaba, más allá de la edad. Trató de imaginar aquello que no era reemplazable. Esto la obligó a un esfuerzo.
Mientras se bañaba para salir a la oficina realizó una lista en su cabeza de todo aquello que no podría suplir. Se dio cuenta que si había algo irremplazable eso eran los recuerdos que le evocaban los olores, los perfumes, esos aromas como el del cedro de los bloques de madera hechos a mano heredados de su padre y que aún conservaba en su caja de cigarros original, el perfume a lavanda en el pañuelo de su abuelo unido a sus abrazos profundos, el del mate cocido y de la carpa de sus primeras salidas de campamento, el olor a verano permanente con el de los mangos pudriéndose al sol del trópico. Miles de recuerdos y sensaciones.
De a poco, comenzó a comprender el por qué de su vida trashumante, el por qué de ese anhelo por lo diverso, la añoranza de la nueva experiencia, que siempre tuvo algo de una instancia anterior.
La última semana en el reemplazo de Ofelia fue un viaje a sus propios recuerdos, un recorrido por esos “souvenirs” distintos a los de la vieja secretaria. Esa última semana releyó el libro aquel de José Mauro de Vasconcelos que la remontaba al sentir selvático que experimentó en aquellos años de incesantes travesías con sus padres, cuando aún era chica y las sensaciones eran puras. Releyó la historia de aquel médico citadino que va a un pueblo en el medio de la selva. Va a suplir al viejo médico que había perdido su don junto al río. El nuevo, a pesar del empuje y de sus ansias por imponerse por sobre la desidia termina devorado por la cadencia de aquel río marrón que era como el Aqueronte que al probar sus aguas borraba la memoria de los hombres en su vida terrena. Para terminar engullido por el verde imperante, titánico, por esa cadencia subyugante de lo cotidiano.
G. se cuestiona sobre su destino, quiere saber que hará con su vida, se pregunta que es lo que la anclará en algún lugar, en alguna persona, en algún trabajo.
La semana va llegando a su fin y G no encuentra muchas respuestas y teme el momento de conocer a Ofelia, como si con solo mirarla se le fuera a revelar alguna verdad dolorosa, como si con esto tuviera que enfrentar el reemplazo.
El jueves por la mañana salía de la oficina de regreso a su departamento y decide bajar por la escalera, y en el último escalón se le engancha un taco, pierde el pié y cae de cara al piso. Al pararse siente que la rodilla derecha se le parte, como si en la articulación tuviera vidrio molido. Rápidamente hace la cuenta de lo que le llevaría recuperarse, por otro lado teme una operación, por más que sea cosa de nada. G. no es de las mujeres estoicas que soportan bien el dolor. Se va derecho a la guardia traumatológica. Allí el medico le confirma que lo mejor sería operar la rodilla, pero ella apuesta a que un tratamiento kinesiológico la va a ayudar a atenuar el dolor y a tomar una mejor decisión respecto de la operación.
Al día siguiente, bien temprano, antes de ir a su último día de trabajo se dirige al especialista. No se sorprende al encontrar 4 personas más a esa hora, ni tampoco la sorprende que sean todas mujeres, todas mayores de 70 años, todas con escasa movilidad.
Le dieron un ejercicio, muy básico. Se siente tonta. Flexionar las rodillas apenas unos centímetros, tomada de la barra, la espalda recta, la vista al frente. Le parece una pavada, pero le pone toda su atención, pavada o no, si la salva de la operación debe hacerlo bien. Al rato se distrae observando a una de las mujeres a su lado, que da un par de pasos inseguros para adelante, y dos pasos para atrás, con cada paso un gran suspiro de esfuerzo, un bufido después de cada movimiento marionetesco. La mujer mira a G de reojo y luego de un rato le pregunta con voz aflautada:
-Neeeenaaaa, ¿a vos quien te operó?
-No señora, no me quiero operar aún.-Le contesta G
-Pero si la rodilla es una pavada, mirá, yo el año pasado me operé las dos rodillas y este año me hicieron un reemplazo de cadera, y acá me tenés, haciendo ejercicio…
G. la miró, le sonrió y siguió practicando.