Su extraña fe la llevó a recalar en los lugares más extraños y exóticos que jamás hubiera imaginado esa chica de pueblo. Ella había cambiado mucho después de su separación, se había vuelto más frágil y dependiente, le daba miedo salir a la calle y creía que todos le querían hacer daño. Llegó a desconfiar de su propia familia que veía con horror en lo que se había convertido.
No faltó alguna tía vieja que dijera que a Leonora le habían hecho un “trabajo”.
Leonora no podía creer lo que escuchaba, pero prestaba atención a todo lo que se decía, por crédula o por estar hechizada. La cuestión fue que de a poco, su fe que era tan abundante como variopinta, la indujo a un desfile de fenómenos y paranormales.
Un día sábado por la mañana se encontró con una de sus primas que le prometió llevarla a un lugar especial, que muy poca gente conocía y en donde, le aseguró la parienta, no solo conseguiría un antídoto para su humillante estado, sino que además podría consultar a uno de los tantos “sanadores” que allí atendían.
El lugar era colorido, oloroso, lleno de energía, pero de esa energía que da escalofríos a los que nunca experimentaron en ese terreno al que llaman superstición.
La superstición y su prima, mal aconsejadas por esta seudo-desesperación, la metieron en este mundo.
Al entrar a uno de los locales vio ante ella un altar lleno de estatuillas, aerosoles y velas, todas con las indicaciones más inverosímiles, desde “paz y armonía en el hogar” hasta “tumba machos” y “te tengo atado y claveteado”. Había santos tradicionales como San Judas Tadeo o San Simón y otras imágenes de San La Muerte o totems tradicionales africanos. Pudo ver también invocaciones diabólicas y amuletos de la suerte.
Se llevó una vela roja que pensó era para el amor y estuvo a punto de comprarse un mazo de cartas de tarot, pero al instante comprendió la inutilidad del impulso.
Sobre un costado había una larga cola de gente, que evidentemente necesitaba hacer algún tipo de consulta y se detuvo en la observación de aquellos que entraban y sus dolidas expresiones y en aquellos que salían, evidentemente aliviados. Se veían renacidos y quiso eso para si misma.
Se puso en la cola aunque no sabía bien que quería consultar. En realidad ella quería un novio, ero no uno cualquiera, quería a ese que la había dejado. El abandono la marcó tanto que la había hecho cambiar, y eso era precisamente lo que opacaba su felicidad. Esta desdicha se vio exagerada por las preocupaciones tan verbalizadas de la casta de mujeres que formaban su familia y su historia.
La fila avanzaba muy lentamente y Leonora prestó mayor atención a toda la gente que la rodeaba. El retrato se correspondía con la idea que uno suele hacerse de la gente que consulta con un brujo. Gente curiosa, de hábitos extraños y costumbres extravagantes. En su lugar en la fila, se sintió parte de ese grupo de almas.
En el tiempo que estuvo ahí vio muchas cosas distintas: Un hombre entró con una prometedora calvicie que cuando salió tenía cubierta con un mejunje parecido a excrementos y que se chorreaba por los pocos pelos que le quedaban. No pudo sino preguntarse cuál sería el límite.
Después vio entrar a una mujer joven que evidenciaba un cáncer avanzado; el pesar y el dolor se reflejaban en su mirada, algo demasiado profundo como para poder comprenderlo. Cuando salió esa sombra no estaba… seguía enferma, sus ojeras y su piel no mentían, le quedaba poco tiempo, pero su mirada era evidentemente más liviana al salir.
Leonora, sumamente curiosa, creyente compulsiva, quiso tener un problema real, contundente como el de aquella mujer como para poder ser agraciada por ese tipo de iluminación.
Pensó: ¿Qué más me hace falta? ¿Qué me duele aparte de la soledad, además del orgullo herido por el abandono?
Comprendió que su problema no era tal.
Cuando al fin entró en el lugar, la recibió una mujer muy vieja, arrugadísima, pero que conservaba una voz profunda y clara como de una mujer joven. Su aspecto le recordó la descripción en esos antiguos cuentos rusos de una bruja llamada “Baba Yaya”. La miró a los ojos y se escuchó preguntarle por el sentido de la vida.
La vieja le respondió que eso dependía de quién lo preguntara, le dijo que para algunos no tenía sentido, porque eso era lo que querían escuchar, para poder atravesar el umbral de la muerte y que para otros esa era la pregunta iniciática por la que uno comienza a buscar su propio camino.
Mientras hablaba, la vieja juntaba hojitas en un cuenco, yuyos varios a los que prendió fuego con manos jóvenes. Leonora la miraba y la escuchaba con atención. Sus palabras parecían penetrarla como el humo del cuenco. Sintió como se le limpiaba el cuerpo de caprichos y de malos amores.
Cuando salió del sucucho donde la vieja, con sabiduría de muerte y mirada de niña, le habló como una madre Leonora también se sintió liviana. No es que ahora supiera qué sentido tenía la vida, pero sabía que al menos para ella, era la búsqueda de un propósito y dar amor, sin esperar nada a cambio.

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