miércoles, 29 de diciembre de 2010

Amiga

El gesto mecánico
El humo, el olor, la risa fuerte,
El comentario sarcástico que no escucharé.
Extrañaré sus injusticias, sus furias colosales,
Sus lealtades extremas, sus gustos musicales.
Ya no tendré esas charlas de hermana,
Las largar noches,
Los silencios con Donald Fegan en las mañanas.
Ya no podré decir:
Cuando seamos viejas nos juntaremos
Como ahora a beber y a cantar
Pero más arrugadas.
Ya hecho en falta tu gesto mecánico
El olor a pucho, la risa fuerte
El comentario sarcástico
Preámbulo de la jornada.

Tu sueño


Sus ojos cerrados, su cuerpo laxo
sus venas tranquilas; ríos que aunque dormida
te siguen surcando.
El aliento dulce, íntimo que inhibe,
de vez en cuando una sonrisa dibuja picardías de niña
que en sueño disfruta osadías.
El sueño es breve, y vos apenas persona
soñás dormida que estás despierta
corriendo, jugando, feliz inconciencia.
Que alivio que siento cerca tuyo
inocencia que puede dormir sin pensar en la muerte.
Los niños no le temen porque no la piensan,
por eso disfruto de verte dormir, por eso gozo imaginando tu juego,
pequeño ser inconsciente que surca mi vida,
y me hace soñar.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Mercado Mágico


Su extraña fe la llevó a recalar en los lugares más extraños y exóticos que jamás hubiera imaginado esa chica de pueblo. Ella había cambiado mucho después de su separación, se había vuelto más frágil y dependiente, le daba miedo salir a la calle y creía que todos le querían hacer daño. Llegó a desconfiar de su propia familia que veía con horror en lo que se había convertido.
No faltó alguna tía vieja que dijera que a Leonora le habían hecho un “trabajo”.
Leonora no podía creer lo que escuchaba, pero prestaba atención a todo lo que se decía, por crédula o por estar hechizada. La cuestión fue que de a poco, su fe que era tan abundante como variopinta, la indujo a un desfile de fenómenos y paranormales.
Un día sábado por la mañana se encontró con una de sus primas que le prometió llevarla a un lugar especial, que muy poca gente conocía y en donde, le aseguró la parienta, no solo conseguiría un antídoto para su humillante estado, sino que además podría consultar a uno de los tantos “sanadores” que allí atendían.
El lugar era colorido, oloroso, lleno de energía, pero de esa energía que da escalofríos a los que nunca experimentaron en ese terreno al que llaman superstición.
La superstición y su prima, mal aconsejadas por esta seudo-desesperación, la metieron en este mundo.
Al entrar a uno de los locales vio ante ella un altar lleno de estatuillas, aerosoles y velas, todas con las indicaciones más inverosímiles, desde “paz y armonía en el hogar” hasta “tumba machos” y “te tengo atado y claveteado”. Había santos tradicionales como San Judas Tadeo o San Simón y otras imágenes de San La Muerte o totems tradicionales africanos. Pudo ver también invocaciones diabólicas y amuletos de la suerte.
Se llevó una vela roja que pensó era para el amor y estuvo a punto de comprarse un mazo de cartas de tarot, pero al instante comprendió la inutilidad del impulso.
Sobre un costado había una larga cola de gente, que evidentemente necesitaba hacer algún tipo de consulta y se detuvo en la observación de aquellos que entraban y sus dolidas expresiones y en aquellos que salían, evidentemente aliviados. Se veían renacidos y quiso eso para si misma.
Se puso en la cola aunque no sabía bien que quería consultar. En realidad ella quería un novio, ero no uno cualquiera, quería a ese que la había dejado. El abandono la marcó tanto que la había hecho cambiar, y eso era precisamente lo que opacaba su felicidad. Esta desdicha se vio exagerada por las preocupaciones tan verbalizadas de la casta de mujeres que formaban su familia y su historia.
La fila avanzaba muy lentamente y Leonora prestó mayor atención a toda la gente que la rodeaba. El retrato se correspondía con la idea que uno suele hacerse de la gente que consulta con un brujo. Gente curiosa, de hábitos extraños y costumbres extravagantes. En su lugar en la fila, se sintió parte de ese grupo de almas.
En el tiempo que estuvo ahí vio muchas cosas distintas: Un hombre entró con una prometedora calvicie que cuando salió tenía cubierta con un mejunje parecido a excrementos y que se chorreaba por los pocos pelos que le quedaban. No pudo sino preguntarse cuál sería el límite.
Después vio entrar a una mujer joven que evidenciaba un cáncer avanzado; el pesar y el dolor se reflejaban en su mirada, algo demasiado profundo como para poder comprenderlo. Cuando salió esa sombra no estaba… seguía enferma, sus ojeras y su piel no mentían, le quedaba poco tiempo, pero su mirada era evidentemente más liviana al salir.
Leonora, sumamente curiosa, creyente compulsiva, quiso tener un problema real, contundente como el de aquella mujer como para poder ser agraciada por ese tipo de iluminación.
Pensó: ¿Qué más me hace falta? ¿Qué me duele aparte de la soledad, además del orgullo herido por el abandono?
Comprendió que su problema no era tal.
Cuando al fin entró en el lugar, la recibió una mujer muy vieja, arrugadísima, pero que conservaba una voz profunda y clara como de una mujer joven. Su aspecto le recordó la descripción en esos antiguos cuentos rusos de una bruja llamada “Baba Yaya”. La miró a los ojos y se escuchó preguntarle por el sentido de la vida.
La vieja le respondió que eso dependía de quién lo preguntara, le dijo que para algunos no tenía sentido, porque eso era lo que querían escuchar, para poder atravesar el umbral de la muerte y que para otros esa era la pregunta iniciática por la que uno comienza a buscar su propio camino.
Mientras hablaba, la vieja juntaba hojitas en un cuenco, yuyos varios a los que prendió fuego con manos jóvenes. Leonora la miraba y la escuchaba con atención. Sus palabras parecían penetrarla como el humo del cuenco. Sintió como se le limpiaba el cuerpo de caprichos y de malos amores.
Cuando salió del sucucho donde la vieja, con sabiduría de muerte y mirada de niña, le habló como una madre Leonora también se sintió liviana. No es que ahora supiera qué sentido tenía la vida, pero sabía que al menos para ella, era la búsqueda de un propósito y dar amor, sin esperar nada a cambio.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El reemplazo

G. nació después de la muerte de su hermano, que murió atropellado por un autobús a los 10 años, justo frente a su casa. Nunca se sintió especial, quizás por esto mismo sus padres la mimaron a más no poder, la consintieron y le dieron todos los gustos. Igualmente siempre sintió que tenía la obligación de vivir por dos, de nunca parar, una peregrina en las rutas del placer y del contento. Siempre llegaba tarde a todos lados, por aprovechar hasta el último segundo del presente.
G. puede ser una mujer genial o una absoluta idiota, dependiendo de su nivel de aburrimiento. Por lo general es inteligente, con un sentido de la oportunidad excelente. Es generosa, amable, pero cuando está aburrida, todas estas virtudes se tornan en la más llana idiotez, una idiotez grosera y limitante.
Eligió estudiar ingeniería, pero no terminó, se aburrió. Más tarde probó con arquitectura y le pasó lo mismo. Terminó reemplazando esta última por un curso de secretaria ejecutiva que le proponía una salida laboral inmediata, sin embargo siempre le quedó el regusto rancio de la frustración, porque el secretariado era una tarea de menor categoría, se aburría en el “servicio”.
Así es como llegó a la agencia de empleos temporarios, un poco por necesidad de sentirse disponible para el trabajo aquel que ella pensaba que merecía y que deseaba, otro poco por el dinero que le dejaba que era abundante y también por el currículum que se le antojaba generoso y versátil.
La entretenía conocer gente nueva, modos, experiencias, caras, ubicaciones que se sucedían unas tras otras, vidas a las que entraba por un tiempo como quien entra a una casa, la hace suya para luego abandonarla dejando detrás huellas de su paso.
Esa mañana empezaba en una oficina nueva, por un reemplazo de una secretaria vieja que se había pedido un mes para cuidar a su hermana mayor a la que habían operado de la cadera.
G. llegó aquella mañana con dos minutos de retraso y se presentó. Le mostraron su escritorio, le presentaron a sus nuevos jefes y la reprendieron por la llegada tarde.

-Señorita Ortiz, espero que no sea su costumbre llegar con demora cotidianamente, nos estamos acostumbradas. Ofelita es muy puntual. No se sienta tan cómoda que a ella no le gusta que le cambien de lugar sus cosas.-Le dijo la jefa de secretarias.

G. pensó que había comenzado con el pie izquierdo. Ofelia la intrigó. De pié junto al escritorio observo la escena. Un teléfono de veinticuatro líneas, anotador, papelitos por todos lados, un cenicero con una imagen “art nouveaux” medio quemada, el monitor amarillento, el teclado con las letras medio borradas, incluso encontró el nombre “Ofelia” en goma eva, cada letra en colores distintos, que habían visto días más brillantes sobre la pared de su cubículo, al lado del teléfono, y por último, un sinfín de souvenirs de casamientos y bautismos de personas que quizás ya nadie recordaba.
Se sentó, prendió la computadora y comenzó por chequear la agenda. Ofelia era una mujer sumamente prolija en su trabajo, pero los cajones y el escritorio en general estaban sucios, repletos de caramelos, papelitos y recuerdos. Nada evidenciaba su profesionalismo, por el contrario el box solo mostraba cierto aire doméstico.
Con el correr de los días, G. se dio cuenta del respeto que le tenía a Ofelia en la oficina, era, sin lugar a dudas, la secretaria perfecta, una mujer que pasó los últimos 20 años detrás de aquel escritorio.
Comenzó a sentir admiración por su reemplazada, porque ella era incapaz de semejante permanencia, ese tipo de constancia le causaba malestar físico, pero no le impedía admirar a quienes le resaltaban su discapacidad.
No era la primera vez que le pasaba esto de sentir que la constancia era algo bueno, pero una serie de coincidencias hicieron que el tema se instalara de manera indeleble en su cabecita inconstante.
Se puso reflexiva en extremo y estas sensaciones se incrementaron con el correr de las semanas.
Cuando ya solo le faltaba una semana para terminar con el reemplazo de Ofelia, se despertó una mañana con el recuerdo de un sueño. Una araña amarilla enorme se le metía por el cuello de su camisa, entre la ropa, y no tenía forma de sacarla de ahí sin que la araña la picara en el pecho. De pronto se cierra una ventana a sus espaldas y al volver la vista ya no está en su departamento de Caballito sino en aquella otra casa en la que vivió con sus padres, en Urbanización Mendoza, en Guyana, el principio de sus viajes.
Medio dormida aun, se sentó sobre la cama y se llevó la mano al pecho, bruscamente, casi con un golpe, para cerciorarse de que el bicho no estuviera más ahí, pero el veneno de esa picadura invisible ya estaba en su sangre.
Pensó en Ofelia, en ella y en lo que las diferenciaba, más allá de la edad. Trató de imaginar aquello que no era reemplazable. Esto la obligó a un esfuerzo.
Mientras se bañaba para salir a la oficina realizó una lista en su cabeza de todo aquello que no podría suplir. Se dio cuenta que si había algo irremplazable eso eran los recuerdos que le evocaban los olores, los perfumes, esos aromas como el del cedro de los bloques de madera hechos a mano heredados de su padre y que aún conservaba en su caja de cigarros original, el perfume a lavanda en el pañuelo de su abuelo unido a sus abrazos profundos, el del mate cocido y de la carpa de sus primeras salidas de campamento, el olor a verano permanente con el de los mangos pudriéndose al sol del trópico. Miles de recuerdos y sensaciones.
De a poco, comenzó a comprender el por qué de su vida trashumante, el por qué de ese anhelo por lo diverso, la añoranza de la nueva experiencia, que siempre tuvo algo de una instancia anterior.
La última semana en el reemplazo de Ofelia fue un viaje a sus propios recuerdos, un recorrido por esos “souvenirs” distintos a los de la vieja secretaria. Esa última semana releyó el libro aquel de José Mauro de Vasconcelos que la remontaba al sentir selvático que experimentó en aquellos años de incesantes travesías con sus padres, cuando aún era chica y las sensaciones eran puras. Releyó la historia de aquel médico citadino que va a un pueblo en el medio de la selva. Va a suplir al viejo médico que había perdido su don junto al río. El nuevo, a pesar del empuje y  de sus ansias por imponerse por sobre la desidia termina devorado por la cadencia de aquel río marrón que era como el Aqueronte que al probar sus aguas borraba la memoria de los hombres en su vida terrena. Para terminar engullido por el verde imperante, titánico, por esa cadencia subyugante de lo cotidiano.
G. se cuestiona sobre su destino, quiere saber que hará con su vida, se pregunta que es lo que la anclará en algún lugar, en alguna persona, en algún trabajo.
La semana va llegando a su fin y G no encuentra muchas respuestas y teme el momento de conocer a Ofelia, como si con solo mirarla se le fuera a revelar alguna verdad dolorosa, como si con esto tuviera que enfrentar el reemplazo.
El jueves por la mañana salía de la oficina de regreso a su departamento y decide bajar por la escalera, y en el último escalón se le engancha un taco, pierde el pié y cae de cara al piso. Al pararse siente que la rodilla derecha se le parte, como si en la articulación tuviera vidrio molido. Rápidamente hace la cuenta de lo que le llevaría recuperarse, por otro lado teme una operación, por más que sea cosa de nada. G. no es de las mujeres estoicas que soportan bien el dolor. Se va derecho a la guardia traumatológica. Allí el medico le confirma que lo mejor sería operar la rodilla, pero ella apuesta a que un tratamiento kinesiológico la va a ayudar a atenuar el dolor y a tomar una mejor decisión respecto de la operación.
Al día siguiente, bien temprano, antes de ir a su último día de trabajo se dirige al especialista. No se sorprende al encontrar 4 personas más a esa hora, ni tampoco la sorprende que  sean todas mujeres, todas mayores de 70 años, todas con escasa movilidad.
Le dieron un ejercicio, muy básico. Se siente tonta. Flexionar las rodillas apenas unos centímetros, tomada de la barra, la espalda recta, la vista al frente. Le parece una pavada, pero le pone toda su atención, pavada o no, si la salva de la operación debe hacerlo bien. Al rato se distrae observando a una de las mujeres a su lado, que da un par de pasos inseguros para adelante, y dos pasos para atrás, con cada paso un gran suspiro de esfuerzo, un bufido después de cada movimiento marionetesco. La mujer mira a G de reojo y luego de un rato le pregunta con voz aflautada:
-Neeeenaaaa, ¿a vos quien te operó?
-No señora, no me quiero operar aún.-Le contesta G
-Pero si la rodilla es una pavada, mirá, yo el año pasado me operé las dos rodillas y este año me hicieron un reemplazo de cadera, y acá me tenés, haciendo ejercicio…
G. la miró, le sonrió y siguió practicando.


lunes, 29 de noviembre de 2010

El hombre rata

Vimos como su cuerpo atlético y lampiño se fue encorvando un poco y palideciendo después, sin embargo aún seguía ágil.
Observamos también, con tristeza como se fue alejando de nosotros, sus amigos. Vimos como prefirió su propia compañía y como, noche tras noche pasaba de largo del bar en donde solíamos juntarnos a charlar y a jugar a las cartas. Se perdía en la sombra de la noche a reparo de la luz y de la gente.
Nos sorprendió a todos porque el siempre fue como una fuerza cohesiva entre nosotros.
No entendíamos el motivo.
Creemos que todo comenzó una noche en la que después de jugar a las cartas se fue medio entonado al hotel de señoritas de la calle Arroyo. Era un hotel de mala muerte, sucio y abandonado, frecuentado por mujeres solas y desesperadas que venían a la ciudad en busca de un mejor pasar y con suerte un marido.
El estaba detrás de una paraguayita linda que trabajaba en fumigaciones en el ministerio de salud. Nosotros teníamos la sospecha de que la paraguaya sabía de embrujos y pociones y que manejaba algo más que los venenos para plagas. La verdad es que después de esa noche, el tipo pasó lentamente a formar parte de otra especie. Vimos como el se embobaba más y más, y ella lo exprimía sin límites.
Un viernes, el último en que nos habló, nos sorprendió anunciándonos que la llevaba a tomar el vermouth con su madre. Quería presentarla, que la conociera. Nosotros lo miramos fijo, como si fuera un traidor. El, sus ojos chiquitos, negros, con un destello húmedo como de alcantarilla, nos dedicó una sonrisa finita de carroñero. No lo podíamos creer. Cuando se fue no pudimos evitar el comentario mordaz:
-¿Este se volvió loco? ¿Lo viste?-Me dijo Mario evidentemente indignado.
-Si, a mi me parece que la paraguaya lo tiene enganchado, como dominado…
-Si, ¿pero y Luisina?
Luisina era la hija del ingeniero de la esquina, una mina fina y elegante que lo histeriqueaba desde los 10 años. Tuvieron algo parecido a un noviazgo que se enfrió al poco tiempo de aparecer la paraguaya.
-Luisina durmió –afirmó Marcelo.
-Luisina lo dejó ir –agregó Mariano- ella abusó del coqueteo, ahora que se joda.
-Pero el la sigue queriendo, estoy seguro,…un amor de tantos años-dijo entre suspiros Maxi.
Mas tarde supimos que a Luisina la dejó por teléfono, con crueldad. Había perdido todo tipo de códigos. Nos lo imaginamos en el corredor de la pensión donde el olor a humedad se entremezclaba con el olor a pucho del eterno cenicero sucio de la mesa del teléfono, agazapado, despachándola entre murmullos con actitud de rata.
Ahí comprendimos, en la sombra, con actitud solapada, ladina y oscura, se estaba transformando en el hombre rata.
La última vez que lo vimos pasar de lejos, su ropa gris se confundía con el gris de la ciudad. Desaliñado, con cara de desesperado podíamos jurar que se hiba a meter en una alcantarilla, pero enfiló otra vez para la calla Arroyo con pasos chiquitos y veloces.
Más tarde supimos que la paraguaya había enganchado a un licenciado del ministerio, un gil con casa propia, y que se había mudado a zona norte, pero de él no volvimos a saber… creemos que anda tirado por algún basural, preso entre las sobras de un mal embrujo.

martes, 23 de noviembre de 2010

La Runa


La Runa

Había estado trabajando en su jardín, algo que lo entretenía y además lo ayudaba a olvidar ese malestar que lo rondaba día y noche. Este hombre viejo y canoso que disfrutaba como un niño de jugar con la tierra, este ser de apariencia tranquila, que estaba sentado sobres sus talones frente al jazminero, este hombre, escondía una obsesión malsana sobre su futuro.
Sentía que el futuro era un ave negra de garras nudosas que lo iba a matar al vuelo, como un ave rapaz. Sus manos llenas de tierra se metieron en el bolsillo de sus amplios pantalones de entrecasa para sacar esa figurita que había encontrado en un cajón de fotos viejas de familiares que ya no estaban. Ahí encontró esa pequeña runa que lo enfermó y la paseaba entre sus dedos de manera mecánica.
El jardín ya no era importante, simplemente estaba ahí.
Como no cree en casualidades, esa runa con las fotos de sus tías muertas no lo es, lo siente en sus huesos. La runa, que según le dijeron era el símbolo de la muerte y el que estuviera con esas fotos fue suficiente para que quedara signado su negro futuro. Sabía que algo malo le iba a pasar, estaba convencido que se acercaba su fin.
No hace mucho cumplió sesenta y el no haber formado una familia ahora le empieza a pesar pero de una forma distinta, no con arrepentimiento sino con una especie de soledad y melancolía.
Siempre se reconoció un poco obsesivo, incluso su forma de disfrutar es obsesiva. Por eso guardó la runa, primero en el bolsillo de la camisa que tenía puesta aquel día, de ahí paso al pijama, luego pasó al pantalón gris, luego al jean y así la runa lo empezó a seguir a todos lados como la idea que ese pedacito de cerámica había sembrado en su cabeza.
A la noche cenó liviano, leyó unas líneas del libro que tenía en su mesa de luz y se durmió con la esperanza del alivio que el sueño le regalaría.
El hombre soñó con un lugar incierto, con un tiempo incierto que bien podría ser un limbo, todo sombras y bruma. El silencio era total a tal punto que ni siquiera se escuchaba el respirar temeroso del hombre que perdido pensaba que le había llegado su hora. De pronto las sombras se abrieron como una cortina y era él mismo que en actitud triunfal, casi estoico, las atravesaba con un atado de miserias entrelazadas en los dedos, volando como si fuera un ángel.
A la mañana siguiente, al despertar trató de hacer memoria, de recordar cada detalle de ese sueño que evidentemente para el significaba solo una cosa, su muerte.
Desde entonces comenzó el periplo de la aceptación de su finitud, pero la idea lo aterraba.
A pesar de llevar una vida sana, decidió repetir todos los análisis que puntualmente había hecho a principios de año, porque si le tenía miedo a la muerte más miedo le tenía a la enfermedad. Pensaba: “¡por dios, que no sea una enfermedad dolorosa!” Sufrió hasta el día en que su médico de cabecera le dijo: “Oscar, no jodas, no tenés nada”.
No podía ser, algo debía estar mal. Entonces decidió que si no era eso, seria una muerte violenta, un accidente, algo fulminante. Aunque en principio la idea le pareció un poco mejor también se le ocurrió que si sabía cómo, si bien no podría burlarla pues su destino estaba escrito podría aceptarla con más elegancia, de una manera más varonil, pensó, no como un viejo lloroso y sin esperanzas.
Así fue como comenzó la segunda etapa, la de investigación alternativa, por llamarla de alguna forma.
Primero fue con una especialista en runas, alguien que había sacado del diario. La mujer le dijo que la piecita que había encontrado no significaba nada por si sola, así que le tiró las runas y se las interpretó: “Su vida cambiará drásticamente”. El no quiso escuchar más, no le creyó, estaba seguro de su futuro.
Otra tarde fue a que le leyeran la borra del café a un lugar armenio de la calle Jufré. Esta vez el que se sentó frente a él fue un hombre de edad indefinida pero con mirada de sabio, de esas que desnudan y esa desnudez lo incomodó. En el dibujo del café el hombre leyó que tendría una vida muy larga. Se preguntó cuanto más larga, ya era un hombre grande. Le habló de un cambio profundo, pero sólo si estaba dispuesto a comenzar de nuevo y Oscar no lo entendió.
-¿Puedo preguntar algo?
- Si
- Sé que me voy a morir – dijo oscar con un poco de vergüenza.
- Todos eventualmente llegamos a eso – le dijo el hombre sin dejar de mirarlo a los ojos.
- ¿Cómo me voy a morir?
- Acá dice que de viejo – contestó el otro.
- ¡Pero si ya soy un viejo!
- No, no, solo si te sentís así… creo que te queda mucho por descubrir de vos mismo, acá está claro – dijo señalando la taza pero sin dejar de mirarlo.
Oscar se estremeció, sintió que el hombre estaba coqueteando.
Después de la lectura compartieron un café, pero hablaron de viajes y de libros. Sintió la confianza suficiente como para contarle de su última obsesión: creía que se estaba por morir, que algo malo le iba a pasar. El otro lo escuchó en silencio y le dijo que no hay una sola forma de morir y que la muerte, en ocasiones, es transmutación. Dicho esto se paró, tomo las manos de Oscar con sus dos manos para despedirse. Le dijo: “Espero verte otra vez”.
El se quedó de una sola pieza, boquiabierto ante la seguridad y las palabras del otro. Pensó en la transmutación y en lo que podía transmutar en el a esa altura de su vida, estaba rodeado de incertidumbre, de oscuridad sin una respuesta que lo conformara.
Esa tarde llamó a su amiga Mara, dispuesto a dar un paso más:
-         Me voy a hacer tirar las cartas… ¿Venís?
-         No, ¿para que?
-         Para acompañarme ¿vos podés creer que nadie acierta a decirme que me voy a morir? Tengo que probar otra cosa más.
-         Oscar, mi vida, dejá de darle bola a esto, no te obsesiones más, tenés 60 años, ¿por qué no empezás a pensar en vos y en tus necesidades? ¿Qué tal si te buscas un novio, alguien que te complete?
-         ¡a mi nadie me completa! – le dijo casi a los gritos.

La insinuación lo enojó tanto que tuvo que cortar, ofendido, pero se quedó pensando. Si bien era verdad que no le agradaban los cambios pensó que después de todo, si tenía que morirse, por lo menos se debía un poco de honestidad.
Al otro día se fue a ver a una tarotista que le recomendó su psicólogo. El mismo que le dijo que quizás debería informarse un poco más sobre la muerte y sus símbolos, que fuera al cementerio a ver a sus familiares y que debía estar un poco más abierto a escuchar.
Se sorprendió al ver que la tarotista era una mujer joven a pesar de sus años, muy moderna en la forma de vestir. Le ofreció un té en la mesa del living en donde tenía preparado un pequeño mantelito violeta y las cartas. Le hizo cortar el mazo con la izquierda y con las cartas en la mano le preguntó que quería saber. El repitió su pregunta de siempre. Ella sin siquiera mover el mazo le dijo que si. El se sintió feliz, al fin alguien le decía lo que quería.
-¿Cómo, cuándo, por qué?
Ella habló mientras extendía cartas sobre el mantel: “La persona que sos ahora está cansada y vieja, cansada de su estado actual, necesita renovarse, eso es lo que tenés que dejar ir. La muerte también significa cambio a través de algo supremo que debemos aceptar… esta otra carta, es una presencia, un hombre quizás que cambie tu vida y que pueda elevarte a un plano mejor. Mejor dicho, él quizás te ayude a mostrar un lado más auténtico tuyo, a disfrutar de ese Oscar que está debajo de este otro que sos hoy, siguió diciendo mientras despegaba otras cartas sobre la mesa. Estás agarrado a algo, un ancla que no es material, tenés que soltar la estructura que te sostuvo todos estos años, no es verdadera. Ojo esto es importante, lo construido sobre bases falsas produce una muerte mucho más determinante. Este cambio es inminente.
Ella siguió un rato más y con cada palabra Oscar se hacia más y más pequeño. Pensó en las señales, en los últimos años en los que la incomodidad y la inconformidad lo hacían sentirse amargado y frustrado, algo que opacaba sus logros. Recordó al hombre de la borra del café y su pensamiento se minó de prejuicios. Sintió la batalla sangrienta en su interior entre este Oscar y el Oscar futuro.
Esta vez se fue contento. Ya era tarde pero igual caminó desde Almagro hasta Chacarita sin pensar, con cada paso algo en el se volvía mejor, más claro, envalentonado por su último descubrimiento llegó a su casa y tuvo el impulso de hacer una lista con todas las cosas nuevas que se proponía hacer y con todos los caminos que quería dejar atrás. Se acostó a dormir pensando en el cambio, en una nueva vida, en volver a nacer y en esa honestidad que se debía. Se durmió pensando que seguro esa noche ese Oscar había empezado a morir.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El niño

La marcha es lenta, pero colorida y rítmica. El vaivén de los pasos al ritmo de la música que por momentos es alegre y en otros lenta y triste.
Platillos trompetas y voces enardecidas contra un clarinete solitario.
Luz cálida que emana de su plexo solar y que en el cielo enciende un sol estuoso.
El estado es palpable, tanto que los colores, todos los colores de la felicidad inundan su alma y se irradian a todos los presentes a través de sus grandes ojos azules.
La marcha sigue, músicos y lloronas, más música. Mientras el ritmo perdura la ilusión se mantiene, esa ilusión de felicidad con incógnita.
-Idiotaaaa! – grita uno con una sonrisa franca en la cara, y él se pregunta si lo que está viendo, lo ve con los ojos cerrados.
Lo rodean, lo tocan, lo abrazan. El puede ver los pensamientos de todos que florecen en malva y azul. Malva seco y sin esperanza, azul profundo como el mar profundo y misterioso.
En su cara de niño aún se ve la sonrisa amable, frágil como si fuera de vidrio fino, como las bolas de aquel árbol de navidad que apenas vio.
La música sigue y su madre llora. La música se detiene y su madre sigue llorando. Llanto de madre. Llora cuando nace porque llorará después.
Quiere volar y siente que puede, nada lo podría detener.
Alguien le dice:
-Vení que te ato los cordones.
El responde:
- No, yo solito puedo.
Otra voz lo invita a jugar, el mar está bravo pero igual se quiere subir a la góndola, los chicos lo esperan.
-Idiotaaa! – sigue gritando el loco a lo lejos.
La gente ya no llora, la música ya no suena, su madre sigue llorando y la felicidad en colores continúa.


lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi primer contacto


Mi bisabuelo era un gallego divino. Tuve suerte de tenerlo. Él era un hombre sabio, con solo la escuela primaria.
Él fue el que me regaló mi primer triciclo. Con él tuve mi primer contacto con la música. El viejo tocaba la flauta y la guitarra, aunque solo lo escuché tocar la flauta, porque se había impuesto una veda con las cuerdas, por lealtad a su compadre en serenatas que había muerto y luego mi imaginación tejió innumerables y misteriosas circunstancias.
De él solo tengo recuerdos de infante, recuerdos de un ser pequeño que percibe el mundo casi casi como un animalito. Pequeños fragmentos que fueron construyendo mi infancia feliz, como cuando salíamos en esas largas caminatas de pasos cortitos, tomados de la mano, los domingos a la tarde para ir a la estación de trocha angosta a ver pasar un tren que rara rara vez pasaba. La vuelta al atardecer y las historias que ya no recuerdo pero que me rodean con la calidez de un poncho.
Él me traía pan de maíz y caramelos “media hora”, me traía buenos momentos y paciencia infinita, me traía el gusto por el disfrute lento, por la luz y por el calor del sol en pleno invierno.
Ella hizo del hombre un símbolo. Él es su infancia.

Un día los huesos viejos del abuelo no resistieron una caída, se quebró la cadera. Tenía 93 años de vivir con alegría, como 30 de vivir solo en una habitación de alquiler en la Calle Julián Álvarez, otros tantos años de ir y venir a su antojo, en sus tiempos, a su manera.
Con aquella caída todo cambió, los huesos no pudieron o no quisieron soldar y comenzó a necesitar ayuda para cosas que hacia mucho hacia él solo.
Recuerdo esa época con algo de tristeza, con algo de melancolía. Recuerdo a mi padre, preparando el baño para el abuelo, afilando la navaja, recuerdo al viejo en una banqueta sentado y a mi padre afeitarlo con el mismo amor que el otro le prodigara durante años. Recuerdo la mirada que nos cruzamos, la tristeza al darnos cuenta que ya no podríamos ir a la estación del tren.
No recuerdo tan claramente como se murió, solo viene a mi una última imagen con todos en casa, el viejo en la cama de mis padres despidiéndose de todos, uno por uno.
Escucho las voces del pasado que de algún lugar llegan diciendo que el abuelo quería morir dignamente, que no había dignidad en tamaña dependencia.
Después el adiós, después nada. Después empezaron a existir los otros, pero no era lo mismo: el pan de maíz no olía igual, los caramelos esos dejaron de gustarme, los trenes me daban miedo y las estaciones de tren comenzaron a repugnarme.
Fui ahí donde comprendí qué era eso que algunos llaman "el peso de la ausencia" ahí sintí por primera vez a mi fantasma, ese fue mi primer contacto con la muerte.
El me había dado eso también.
Después de un año de la muerte del bisabuelo el miedo me golpeó fuerte. En medio de la noche me despertaba pensando en la vida que pasa, pensaba en que conocería a alguien, en una familia, en sucesiones de marido, hijos, nietos, nacimientos y muertes para llegar finalmente a la propia. La muerte, la tierra, la carne en descomposición y la nada. La nada y el grito de una nena de 6 años, en la oscuridad, pensando que no se quería morir, nunca.
El miedo que me avergonzaba por no poderlo explicar, el miedo niño, el miedo que por no ponerlo en palabras siguió y siguió.
No logro recordar la muerte del bisabuelo, pero si lo que vino después.
Ese miedo que nunca me abandonó, fue cambiando de forma, de nombre, de intensidad

Oblivion

En el cuarto oscuro, solo el destello verdoso que se enciende y se apaga rítmicamente va marcando el paso del tiempo que aun le parece irreal. Se engaña y lo sabe pero no puede dejar de timarse. Ese ritmo de metrónomo pero sin ruido lo une a una cierta realidad, no del todo convincente. Piensa que el tiempo es lo único que no muere ni se recupera, sin embargo permanece inmóvil en su desidia, en la oscuridad del cuarto que lo ampara y en el ritmo verdoso que lo envenena.
El tiempo implacable seguirá su camino como el rítmico batir de las alas de esas aves de fin de verano cuando se alejan. El tipo es un cliché. Siguió soñando, se alejó con ellas, se sintió indefenso y el frío le llenó el cuerpo. Se llenó del cansancio de sobrevivir al día, de ese cuerpo enfermo, a cuestas, de esa masa de músculos, huesos y tendones, de carne con memoria de otra vida.
El tiempo le jugaba una mala pasada, las propias oscuridades lo cercaban, se cerraban en torno a él. Desde hace mucho que lo sabe, pero no se anima al cambio que lo liberaría de ese peso.
Las veces que lo intentó, el miedo fue más fuerte. No fue un miedo claramente definible, pero si profundo, de vacío doloroso. Le tomó un tiempo considerable comprender que ese deseo que lo aterraba era su final. Tuvo que evaluar muchas cosas que enumeró en la oscuridad de aquella noche.
Pensó en sus padres, en el dolor que les causaría, pero lo sopesó contra el dolor que ya les causaba, el cansancio de verlo desintegrarse, de ver como su futuro se deterioraba antes de tiempo delante de sus propios ojos. Adivinaba el derrumbe de las ilusiones que habían tejido. Sus padres quedarían solos, su apellido no perduraría, sería el último de su familia. Pensó también en el olvido y se reconoció vanidoso. Quería que lo recuerden, quería pensar en que el alma es eterna, que por algo le estaba pasando esto, quería pensar en el después. Temía que lo olvidaran pero también temía que lo recordaran en su agonía, en ese cacho de carne en el que se estaba convirtiendo.
Buscó la plenitud en su pasado: en los cuerpos acariciados, en los libros leídos, en las lecciones aprendidas, en las risas compartidas y en todos sus yines y yanes. Necesitó ponerlos en papel para verlos fuera de él y se los dejó a Laurita para que los leyera en voz alta, porque sabía que ella comprendería. Pensó mucho en Laurita y en lo que le dejaba y esperó que con el tiempo ella comprendiera que no era por maldad que la dejaba sola, que ella no tenía que ocupar su lugar ni ser su viuda. Quería que lo recordara, pero de manera diferente, como quien recuerda el primer beso, ese primer momento íntimo, que no se repite y en el que se confunden el obsequiante y el obsequiado. A ella la iba a extrañar mucho más quizás porque existía una fuerte posibilidad de que ella lo olvidara, de que lo que él fuera se diluyera, que el color y el sabor de esa vida compartida se fuera perdiendo en nuevos colores y sabores.
Pensó en que no quedaría nada de él, tan solo los recuerdos que se irían diluyendo con otras vidas nuevas que reemplazarían la suya. Le fue difícil asumir el latigazo del olvido.
Recordó todos los besos, los besos con sabor a menta y los de frutilla, los besos con gusto a cigarrillo y alcohol, los besos en colores, los besos de dolor y los de amor. Pensó en Dios, pensó en la salvación, en el más allá, en el Karma, pensó en todo.
Quiere disfrutar este último sueño, sueño y muerte, muerte y sueño, más hermanados que nunca. Disfrutar de ese dolor que desaparece, los problemas que ya no existen, disfrutar de esa cama de una plaza que lo llevará de paseo por ciudades lejanas, como ese cuento que leía de chico. Cerrar los ojos, dejarse llevar y sentir como este último beso se derrite en la boca, aliviana el cuerpo y disfrutar del fresco que entra por la ventana lleno de olor a jazmín y malvón. Sentir los ruidos de la calle, las conversaciones en el departamento de al lado, sentir el ruido de los autos, el vientito en la piel. Sentir y pensar... hasta dejar de hacerlo.
Nada lo une al presente. Respira profundamente, con dificultad, con dolor de cuerpo mas no de espíritu. Entonces, ve la progresión de minutos en el reloj digital de su mesa de luz, en ese despertador con sonido trasatlántico que ya no lo despertará y también ve el instrumento que detendrá el tiempo para él.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Laguna

 
Hace más de dos años que no me doy una vuelta por San Miguel del Monte. Dos años desde que mis padres vendieron la casa quinta y se mudaran a la capital.
Intuía que el lugar había cambiado, pero no me imaginaba hasta que punto… creo que tampoco me importó mucho en ese momento, pero cuando en el Grupo Loto, en donde estaba haciendo mi terapia de meditación me lo vendieron como un lugar único muy cerca del centro en donde podía ejercitar respiración y hacer un retiro en silencio, me volvió a cautivar la curiosidad de saber que había sido de aquel lugar tan tranquilo y de esos personajes que solo conocí durante largos meses de verano en los que mamá y papá se instalaban en aquella antigua casa del viejo Monte.
Para entonces estaba un poco perturbado y el retiro de 4 días me venía muy bien. El stress, los excesos y alguna que otra adicción me habían cobrado su cuota, pero desde que comenzara en el grupo pude dormir mejor y ya había comenzado a dejar de tomar toda esa batería de drogas que mantenían mi humor más amable, el carácter estable y sobre todo me hacían un ser humano tratable. El perder la mirada en el verde y en el agua me ayudaría a meditar sin palabras, a contemplar mi interior desdibujado y a dejar de lado lo externo, lo corpóreo que arrastraba como una pesada carga. Cuando se lo comenté a mi maestro antes de partir, me dijo que la contemplación nos permite acceder a la sabiduría que reside en lo más sencillo y que nos abre las puertas de la iluminación. Ante estas palabras, lo miré tratando de no prejuzgar. Su sonrisa amplia y sin emoción me dio un escalofrío, sus ojos bien abiertos, la piel perfecta exudaban salud y bienestar. Y si, el maestro tenia algo de genio y algo de idiota, pero que era yo para juzgarlo, que autoridad podía tener yo con mi chalequito químico como para decir esto.
El pueblo está irreconocible. Las calles ya no son de barro, la mayoría han sido pulcramente pavimentadas, aunque también sobreviven algunas de las empedradas originales.
Es extraño que no se vean vecinos en bicicleta por las calles de tierra. En lugar de ellos, lo que hay es mucha gente, evidentemente foráneos en ropa de deporte cuyos colores varían según el grupo de pertenencia. Nosotros en pantalón de jogging, remera y zapatillas blancas, los seguidores del maestro Sivananda andan vestidos en naranja, ocre o amarillo y por último, unos pocos que van de gris o marrón que pertenecen a grupos católicos, cristianos y protestantes.
A medida que nos adentramos en el pueblo, casi no distingo caras familiares pero sin embargo al abrir la ventanilla llega a mí el olor dulzón de la laguna, del agua estancada, de la marisma podrida.
Algo me huele mal.
En la quinta El Loto se me aparece una casa, la principal, en medio de un parque con bosques viejísimos, un pequeño prado que la circunda de un verde profundo que ofrece un contrapunto interesante a las pocas humanidades de blanco que ya deambulan por el lugar, la laguna marrón al fondo, cruzando la calle y desperdigadas al azar unas cuantas reposeras también blancas. Ya elegí mi primer lugarcito.
A nuestro encuentro sale un señor de pelo largo, canoso, corpulento y de mirada amable que nos resume el reglamento del lugar: No se permite hablar si estamos bajo votos de silencio, no se habla durante las comidas, no están permitidas las radios ni los teléfonos. El horario de inicio de actividades es a las 6 de la mañana, para aseo personal y del lugar, meditación, desayuno – almuerzo y después de comer dos horas de libres, luego respiración y cena para terminar la jornada. Durante el tiempo libre está permitido ir al pueblo pero siempre con un acompañante.
Al pelilargo no se le mueve un pelo y yo ya me cuestiono que hago acá.
Nos lleva a una habitación enorme con varios colchones y mantas, todo blanco, impecable, luminoso y con olor a sándalo.
Nos instalamos y por encima de mi colchón veo una imagen del Ravi Shankar sonriente que me relaja.
Agarro un libro y me voy para las reposeras que vi al llegar, elijo unas alejadas, debajo de un roble. Antes de sentarme a leer me tiro en el pasto a hacer unos ejercicios de respiración, lo que me lleva un tiempo. Luego recojo el libro y me siento.
A unos 20 metros hay un hombre en una reposera que capta mi atención. Está rodeado de unos cinco jóvenes acostados en el piso, sobre unas mantas blancas. El conjunto resulta muy singular: el blanco reverberante saturando el aire amarillo-anaranjado que se eleva del  agua, del aire cálido. El hombre de la reposera está inmóvil, la vista clavada en el agua, a pesar del calor y de estar a pleno rayo del sol está cubierto por un grueso toallón naranja, cubierto de pies a cabeza. Se me ocurre que podría estar muerto y que ninguno de los meditantes a su alrededor lo notaría, después de todo, cada uno esta en su propio pensamiento. La idea me inquieta, me da mala espina, un mal presagio.
Abro el libo y me dedico a la lectura en la que me pierdo a los pocos segundos. Sin darme cuenta han pasado dos horas y la sombra ya me resulta fresca, salgo de mi ensoñación empujado por la voz de un niño que aburrido le grita a su madre lo obvio.
-¡Mamá, me aburro!
-Aaaaaaaaaaoooooooooommmmmmmm-Contesta ella.
-¡Dale ma, miráme!
-Aaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooooooooooooooooommmmmmmmmmmmmm-Insiste ella.
-Maaaamiiiii- Le grita finalmente el pequeño a su madre a la vez que con las dos manitas forma unas simpáticas pincitas con las puntas del índice y el pulgar y toma del pabellón una de las orejas de su madre, para hacer que el sonido penetre mejor.
Los miro y me pregunto que hace un niño en un lugar lleno de lunáticos. Ella me mira, me sonríe y sus labios se mueven como diciendo algo que no logro escuchar. Recordando mi voto de silencio, le hago un gesto de que tengo los labios cosidos. Ella asiente con la cabeza y se vuelve hacia el niño, lo abraza y se revuelcan en el pasto a puro grito. Ahí nomás, preso de una leve envidia, decido que ya es hora de salir de la sombra, así que recojo mis libros y me voy.
Rumbo a mi habitación me cruzo con otros, todos nos miramos a los ojos amablemente y nos dedicamos sonrisas falsas inundadas de dientes. Ya sobre el camino que conduce a la casa me fijo si ubico al viejo del toallón naranja y sus satélites, pero ya no está. Solo quedan sus formas plasmadas en las telas: reposera al centro y en esta los glúteos grabados en un recuerdo textil y como rayos de un sol las lonitas de los 5 efebos.
Habrá en esto algún mensaje, será solo para mi o para que todos puedan cifrarlo.
Intranquilo sigo la marcha lenta hacia la casa y al entrar me tiento a unirme a un grupo de respiración. Recién comienzan con la primera posición, respirando con las manos en la cadera, así que no dudo en sentarme y comenzar los ejercicios. Me cuesta engancharme en el ritmo, pero finalmente lo logro. Un calor intenso se va propagando por todo mi cuerpo, luego me duele la nariz y el dolor va minando cada rincón de la cabeza hasta que me largo a llorar desconsoladamente preso de una angustia enorme que solo el llanto profundo puede liberar.
En algún momento pierdo la conciencia y me sumo en un estado de ensoñación en el que me veo a mi mismo, los ojos abiertos, inmóviles, grandes, nada que delate un ser vivo del otro lado del iris, las cejas, como a través de un microscopio, con gotas de sudor suspendidas en el vello, la boca semiabierta, los labios húmedos. Inmediatamente el espacio se vuelve oscuro y veo una versión anciana de mi mismo, sentado en el porche, inmóvil, los ojos cubiertos por moscas, la respiración apenas perceptible, la dentadura… clac, clac, clac, los dientes.Una humedad pringosa sube por mis pies. Tengo los pies de barro que se desintegran poco a poco volviendo el agua cada vez más turbia, como una pequeña laguna.
Los acordes de una guitarra penetran en el sueño y de a poco vuelvo con al tañir de las cuerdas y un cántico que se va volviendo cada vez más intenso. Me recupero lentamente, como no queriendo volver pero feliz de hacerlo. Al intentar interpretar ese sueño, solo logro generarme malestar, algo así como una violencia extrema, no puedo dejarlo fluir. Respiro profundo y me voy a la habitación.
Al abrir la puerta una penumbra de vela me da la bienvenida, mis compañeros ya están ahí, meditando.
Hago todo lo que tengo que hacer sin hacer el menor ruido, por respeto, como en cámara lenta. Me lleva tres horas bañarme, cambiarme y salir.
Ya pasó la hora de cenar y me sacude la necesidad imperiosa de hablar, aunque sea conmigo mismo, en voz alta o a los gritos y así salgo al parque a tomar un poco del aire húmero y fresco de la noche. El rapto verbal me lleva al monólogo.
-Pará Jorge… ¿¡Que!?... Necesito hablar, necesito decir algo, necesito…
La voz se me ahoga en la garganta. La angustia me gana, necesito otra cosa, necesito una evasión, algo que alivie este peso enorme que no tiene nombre. El silencio me come por dentro y todas las voces que trato de aquietar se revelan, caprichosas, me instigan desde adentro.
Extraño mis drogas, la protección que me brindaban al menos al principio. Depronto resuenan en mi unas notas de bajo… cuando haya una cura para el dolor, ese será el día en que me deshaga de ellas, dice la canción… yo tuve que tirarlas antes.
Me quedo en el parque, me saco las alpargatas y camino descalzo por el pasto mojado, la lluvia suave, fresca, la esperanza de que me libere de esta angustia.
A lo lejos unos relámpagos poderosos unen el cielo y la tierra con intricados haces de luz.
Mi respiración se acelera, siento la energía que penetra por mis ojos, fijos en la tormenta que se incrementa.
La laguna de Monte, único testigo de la escisión. Todas las lagunas tienen algo de mágico, de misterioso, algo de leyenda.
Mis sueños también brotan con la humedad.
Me estremezco y me desplomo teblando en el pasto mojado, al lado de la laguna. Veo sin ver, el agua quieta, en mí la tensión latente del abismo maloliente, la muerte, el abismo lacustre. Caronte a mi lado, tendiéndome una copa, tomando el óbolo de mis manos…
-Jorge, Jorge, ¿estás bien?
Al abrir los ojos, no entiendo donde estoy, la suave luz de la madrugada me lastima, estoy mojado, dolorido… y no se a quien buscan estas personas, ¿Quién es Jorge?
-Jorge ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Lo miro sin entender. En sus ojos el pánico. El hombre mira a la mujer que está a su lado. Intercambian preocupación.
No recuerdo mi nombre, por ahí soy Jorge, pero no me importa, no me interesa recordarlo. En mi crece una sensación de alivio, pero tampoco logro recordar el motivo de pesar. Tampoco siento desconfianza hacia estas personas que parecen querer cuidarme.
Me cubren los hombros con una manta y me llevan al interior de una casa inglesa, enorme, en medio de un parque con bosques viejísimos, atravesando un prado de un verde oscuro. De camino nos cruzamos con un hombre raro, cubierto con un enorme toallón naranja, su expresión amable y con cinco jovencitos que lo acompañan.
La mujer le comenta al hombre que me lleva del brazo:
-Capaz que lo alcanzó un relámpago.
-¿Vos crees? –responde él.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Flores y Piedras

Aquí el hombre, allí Dios.
Aquí la debilidad y la insignificancia, allí la eterna fuerza creadora.
Aquí solo la oscuridad y frío húmedo. Allí el Sol pleno.
7 sermones ad mortuos – Siete exhortaciones a los muertos,
 escrito por Basílides en Alejandría,
la ciudad donde se unen Oriente y Occidente.


Nunca fui a un cementerio a “visitar” a un pariente, ni a un amigo que me haya abandonado aquí en el reino de los vivos, no.
Me genera curiosidad  eso de ir a la tumba de un ser querido para fechas especiales, aniversarios, cumpleaños, incluso el extremo de las visitas dominicales para cambiar las flores y emprolijar la tumba. Muchos otros lo hacen en sus propias casas, íntimamente, en cada detalle, en cuadros, en fotos, en ropas y en recuerdos, toda una memorabilia acompañada de ocasionales velas o flores, pero íntimo. Tan íntimo como los momentos más especiales compartidos con los ausentes.
Es difícil de comprender, pero cualquiera de estos actos, por desesperados se me antojan enternecedores, como esas imágenes tan populares en el cine, en algunas películas italianas, las mujeres vestidas de negro, limpiando las tumbas, lustrando el granito, esas mujeres que en cada visita limpian y lloran, hablan con sus muertos, reviven sus últimos días o los días de esplendor y sus rostros se iluminan u oscurecen según los matices del recuerdo. Todo expuesto, a la vista, para que el mundo sepa. Sencillo es imaginar que sostienen algún tipo de diálogo, al que sólo se accede con la práctica constante. Quizás la misma piedra de las lápidas sea excelente transmisor para con el más allá.

Por mi parte, confieso que he recorrido cementerios en los que descansan o mejor dicho se descomponen personas que ni conozco. El cementerio de Moisesville, en la provincia de Santa Fé, repleto de lápidas de los dificilísimos apellidos de los gauchos judíos, tan anónimos, pasillos desiertos, lápidas sencillas con piedritas sobre ellas que testimonian el afecto de los familiares que las visitaron. Piedras, piedras eternas como el alma.
Otra cosa fue sentirse parte de la gran masa de gente que día a día visita en modo turístico los cementerios de París.  En mi caso, les dediqué más tiempo que a la visita al Louvre o al museo de Picasso, al que ni fui. Montmartre, Montparnasse y Pére Lachaise, grandes, llenos de vida y de muerte, una atracción turística.
Tengo fotos a las puertas de estos cementerios, algunas en tumbas de personajes famosos, incluso llegué a intentar investigar esas en las que el tiempo había borrado la identidad mas no la fecha. Esas tumbas ostentaban flores, flores frescas, flores marchitas, flores podridas, flores de plástico… flores que se pudren, que mueren, como los cuerpos debajo de la piedra.

El culto a los muertos, el alma solo descansará en paz si el cuerpo se conserva en su sepultura. La inmortalidad del alma, la eternidad de las recompensas, el castigo en la otra vida.
¿Será por eso entonces que nos empeñamos en recorrer cementerios, pues ejercen ese magnetismo que hace que no olvidemos a nuestros seres queridos?
El miedo al olvido, a la pérdida de identidad o al tiempo indeleble. La noción de lo que perdura y lo que no, las flores y las piedras.

Arcano Mayor XIII

 

La carta número 13 del Tarot o mejor dicho, el arcano mayor número 13, es la carta de la muerte.
El título esotérico que se le da es "El Niño de las Grandes Transformaciones" o "El Señor de las Puertas de la Muerte".
La carta simboliza los poderes de cambio de la vida y de la muerte. La Muerte es el movimiento perpetuo de la creación para una expresión más clara.
Como se imaginarán esta carta tiene atributos positivos y negativos como: renovación, decadencia, conclusiones, frustración, destrucción y renacimiento, inacción, acción, inmortalidad, ignorancia, mortalidad, nuevas ideas, sexualidad, cambio físico, regeneración, materialismo, resentimiento, etc.
Como vemos, asi como en la lectura del tarot, la muerte va tomando distintos matices que es lo que intentaré plasmar en cada uno de los siguientes relatos.
Espero que los disfruten.

martes, 12 de octubre de 2010

Felis Silvestris Catus


Lo escucho maullar. Me mira, va y viene y yo lo ignoro. Maúlla, dos pasos, se vuelve, maúlla más fuerte, da la vuelta y yo duermo. Despacio se acerca hasta mi oreja, subido casi sobre la almohada, y grita su miau urgido.
Abro los ojos y lo tengo a 5 centímetros. Un miau más calmado es su único comentario.
-¿Qué querés?- le pregunto esta vez. Lo miro directo a los ojos en busca de una respuesta.
Ronronea, se recuesta sobre mi pecho y me sonríe, pero no como el Gato Cheshire, el de Alicia, no, me sonríe diciéndome te quiero con sus penetrantes ojos.
Lo abrazo, pero no de golpe, primero lo acaricio, le retuerzo las orejitas, toco su flaco cuerpito. Ronronea, maúlla con histeria felina, finalmente lo abrazo.
Se deja, un rato, no mucho como para darme el gusto, lo suficiente como para que yo sea feliz; pero en determinado momento recuerda el motivo del intercambio y reclama.
Se zafa de mi abrazo, finge huir pero no del todo convencido de que eso estuviera bien, así que ahí donde la punta de mis dedos ya no pueden tocarlo, ahí, se detiene, se da vuelta y enfrentándome me espeta un miau urgente y se va, con el paso elegante y seguro de gato mayor que ha visto todo.
De lejos escucho su grito, y yo no me quedo atrás, le mando un “¿Qué querés?” largo y sin paciencia.
El me responde de la misma forma.
No me queda otra, me tengo que levantar.
La herida es de solo 5 centímetros, aunque quizás sea mucho si pensamos en una herida en el rostro.
Sea como fuere, Mónica tiene una cara perfecta, los labios sensuales, carnosos, magníficos. Los dientes blanquísimos, la sonrisa invitante. Los ojos verdes, pero un verde aguan muy traslucido. Ojos redondos, como de personaje de personaje de manga.
La distancia entre sus rasgos perfecta también. Mónica tiene el tipo de rostro que solo se ven en los etíopes. “Cara de virgencita” pues nos recuerdan a esas estampitas que solían  tener nuestras abuelas. La única diferencia entre las etíopes y Mónica podríamos decir que son los ojos y el color de la piel, que en el caso de ella es de un blanco perlado, sobrenatural.
De otro planeta es el efecto magnético que tiene esa herida sobre todos nosotros, muy a pesar del hermoso rostro que la enmarca.
Imposible no detenerse en cada detalle de los  centímetros que comienzan a mitad de la frente y que culminan en el lado izquierdo de una nariz esculpida por Modigliani mismo. Nuestra mirada recorre las irregularidades rosáceas de los bordes, los meandros purpúreos del centro, la hinchazón general que revela su juventud.
Ella no habla sobre la herida. Decidió ignorarla, hacer de cuenta que no está, que es mentira, que su rostro está inmaculado, como siempre. Está determinada a esquivar las intensiones curiosas, las miradas inquisidoras con el único fin de que deje de existir.
La herida domina su rostro, es más que esos 5 centímetros. La herida termina recorriendo su anatomía.
Lo supe apenas vi la puerta entornada. Lo presentí cuando subía en el viejo ascensor voy directo a la cocina y me quedo ahí parado con ganas de llorar. Me invade la desolación. Hay ropa tirada, inexplicables calzones y medias, abrazados a sweater, salpicados por platos rotos y cereales. El cartón de leche volcado, vacío ya dentro de la heladera. Esta con la puerta abierta de par en par, ofreciendo sus entrañas transpiradas a quien quiera mirar. El olor que flota en el ambiente delata una exposición de varias horas.
Sobre la mesa, aún quedan restos del desayuno, la última tostada a medio comer, la taza sucia con la cucharita con rastros de mermelada dentro. El individual, las migas.
Una pequeña porción del cotidiano que permaneció helada en el tiempo, en un paréntesis dentro del caos en que se convirtiera la casa.
Trato de caminar hasta la ventana, sin saber muy bien donde pisar. Corro las cortinas, la luz tenue de la tarde, destellos de un naranja lejano caen sobre el viejo desayuno.
Me siento un rato a disfrutar del contraste, del claro-oscuro hasta que el naranja se vuelve gris y me paro para prender la luz.
A 5 centímetros tú aliento, a esa distancia mi deseo.
Tu presencia, mi expectativa, la distancia se alarga, se multiplica.
Esa distancia que es más real ante tu burla sádica al saber que sufro por vos. Desde mi escritorio veo tu espalda frágil, escucho tus charlas, me imagino parte de tu vida. Esos 5 centímetros que apartan tu box del mío.
Te veo llegar, huelo tu perfume. Tus ojos verdes, gatunos, me saludan pícaros; prueban mi templanza.
Un suspiro breve escapa  de esa cara casi perfecta, que interpreto como una señal minúscula.
Me concentro en olvidar. Trabajo: llamados, papeles, firmas y reuniones. Ocasionalmente me tomo un recreo y te invito a fumar. Vamos juntos a la sala de fumadores pero vos no sos mía solamente, otros intentan acapararte, otros intentan descifrarte, te preguntan sobre lo que hacés, sobre el trabajo, sobre tus amigas, nadie te pregunta que te pasó en la cara.
Entre bocanadas de humo y risas te observo, me mirás y te acercás.
-Moni, ¿me vas a contar que te pasó en la cara?
-Una maldición griega- me dice divertida, en voz baja.
-Pero si de verdad es griega puede ser cualquier cosa… ¿griega Edipo, griega Medea, quizás alguna Penélope malhumorada de tanto teje y desteje te atacó? Puede ser cualquier cosa, acordate que los dioses siempre castigan.
-¿Mirá vos? –Me dijo, evidentemente sorprendida por mi fanfarroneada griega.
-Si querés te puedo sorprender más, en la cena por ejemplo…
-Bueno, pero ni sueñes con que te cuente algo bajo los efectos del vino…-Me contestó con una sonrisa gatuna.
Todo es un desorden. No se que hacer, pero tengo que bañarme y salir.
El gato me mira y presiente el inminente abandono y desde la puerta del baño me dedica su espalda, sabe que me mata que me ignore. Antes de entrar en la ducha, ordeno un poco, busco en el caos la ropa que quiero ponerme, casi todo está sucio o roto.
La computadora y la tele arruinadas, destrozadas boca abajo en el piso. En la cocina barro todo al rincón detrás de la puerta que da al balcón, cierro la heladera… mañana será otro día y hoy no tengo ánimo para enfrentar a la neurótica de mi ex, que seguramente pasó otra noche de rock and roll y recuerdos antes de su maratón violenta por mi dos ambientes.
El gato me sigue ignorando. Me sigue a la distancia con la mirada mientras me visto, ordeno y silenciosamente me juzga también.
El gato y Mónica se parecen, por el efecto de hechizo que ejercen en mí. Los dos superiores, los dos tan dueños de su espacio y de sus misterios. Pienso en Mónica y en su cicatriz, en la personalidad molestamente enigmática. Estoy cerca de ella y tengo que hacer que me note, que me admire, que me quiera.
Quiero que sea mía, ella y sus misterios. No quiero saber sobre ellos, lo que quiero es ser parte de ellos, ser parte del “Mundo Mónica”.
Me la imagino íntima, el pelo en la cara, sin ropa, me la imagino saliendo del baño, despreocupada, desnuda, exhibiéndose toda, sexo y cicatriz.
No quiero anticipar el contacto con su piel y sus labios húmedos, no, no quiero.  Pero inevitablemente cierro los ojos y la siento. Se me eriza la piel, me éxito como un gato ante una presa, el corazón se me acelera como en el momento previo a la carrera, agazapado, la nariz abierta, el olor de la victima.
El gato me mira tirado en la alfombra, complacido.
Miro el reloj y llego tarde. Me tomo un taxi por diez cuadras.
-Vivir el presente- me repito mientras el auto se acerca al cordón. El portero en la entrada me saluda amable cuando le digo que voy a lo de Mónica. Me hace un gesto para que pase y subo.
El edificio es antiguo y huele a comida casera.
Cuando llego al 5to piso la puerta de su departamento está abierta, se escucha una música suave que encuentro agradable pero difícil de definir.
Me asomo a un living cálido, atrayente. Un ambiente limpio y ordenado, como de alguien estable, alguien que no puede tener una marca así que solo el odio pudo haber provocado.
¿Y si fuera producto de un accidente? Si fuera así, ¿el destino la odiaría por su perfección?
Todo está en semipenumbra, bañado por una luz muy tenue, una lámpara de pie naranja en un rincón, apenas si proyecta algunas sombras.
Percibo su perfume, mi nariz se expande para absorberlo mejor.
La veo, mis músculos se tensan. Está tendida sobre la alfombra, la mirada divagando a merced de la música. Sus dedos juegan con algunos mechones de pelo.
Mi deseo ahoga un hola apenas audible.
Me mira, su cuerpo paralizado, sus ojos redondos, ojos separados por una cicatriz que me augura que la víctima no es tan vegetariana.
Sus músculos también se tensan, se incorpora con un movimiento lento, elástico, suave. Una de sus garras se estira lentamente y con un dedo largo y femenino traza en mi rostro la ruta de su cicatriz.