Lo escucho maullar. Me mira, va y viene y yo lo ignoro. Maúlla, dos pasos, se vuelve, maúlla más fuerte, da la vuelta y yo duermo. Despacio se acerca hasta mi oreja, subido casi sobre la almohada, y grita su miau urgido.
Abro los ojos y lo tengo a 5 centímetros. Un miau más calmado es su único comentario.
-¿Qué querés?- le pregunto esta vez. Lo miro directo a los ojos en busca de una respuesta.
Ronronea, se recuesta sobre mi pecho y me sonríe, pero no como el Gato Cheshire, el de Alicia, no, me sonríe diciéndome te quiero con sus penetrantes ojos.
Lo abrazo, pero no de golpe, primero lo acaricio, le retuerzo las orejitas, toco su flaco cuerpito. Ronronea, maúlla con histeria felina, finalmente lo abrazo.
Se deja, un rato, no mucho como para darme el gusto, lo suficiente como para que yo sea feliz; pero en determinado momento recuerda el motivo del intercambio y reclama.
Se zafa de mi abrazo, finge huir pero no del todo convencido de que eso estuviera bien, así que ahí donde la punta de mis dedos ya no pueden tocarlo, ahí, se detiene, se da vuelta y enfrentándome me espeta un miau urgente y se va, con el paso elegante y seguro de gato mayor que ha visto todo.
De lejos escucho su grito, y yo no me quedo atrás, le mando un “¿Qué querés?” largo y sin paciencia.
El me responde de la misma forma.
No me queda otra, me tengo que levantar.
…
La herida es de solo 5 centímetros, aunque quizás sea mucho si pensamos en una herida en el rostro.
Sea como fuere, Mónica tiene una cara perfecta, los labios sensuales, carnosos, magníficos. Los dientes blanquísimos, la sonrisa invitante. Los ojos verdes, pero un verde aguan muy traslucido. Ojos redondos, como de personaje de personaje de manga.
La distancia entre sus rasgos perfecta también. Mónica tiene el tipo de rostro que solo se ven en los etíopes. “Cara de virgencita” pues nos recuerdan a esas estampitas que solían tener nuestras abuelas. La única diferencia entre las etíopes y Mónica podríamos decir que son los ojos y el color de la piel, que en el caso de ella es de un blanco perlado, sobrenatural.
De otro planeta es el efecto magnético que tiene esa herida sobre todos nosotros, muy a pesar del hermoso rostro que la enmarca.
Imposible no detenerse en cada detalle de los centímetros que comienzan a mitad de la frente y que culminan en el lado izquierdo de una nariz esculpida por Modigliani mismo. Nuestra mirada recorre las irregularidades rosáceas de los bordes, los meandros purpúreos del centro, la hinchazón general que revela su juventud.
Ella no habla sobre la herida. Decidió ignorarla, hacer de cuenta que no está, que es mentira, que su rostro está inmaculado, como siempre. Está determinada a esquivar las intensiones curiosas, las miradas inquisidoras con el único fin de que deje de existir.
La herida domina su rostro, es más que esos 5 centímetros. La herida termina recorriendo su anatomía.
…
Lo supe apenas vi la puerta entornada. Lo presentí cuando subía en el viejo ascensor voy directo a la cocina y me quedo ahí parado con ganas de llorar. Me invade la desolación. Hay ropa tirada, inexplicables calzones y medias, abrazados a sweater, salpicados por platos rotos y cereales. El cartón de leche volcado, vacío ya dentro de la heladera. Esta con la puerta abierta de par en par, ofreciendo sus entrañas transpiradas a quien quiera mirar. El olor que flota en el ambiente delata una exposición de varias horas.
Sobre la mesa, aún quedan restos del desayuno, la última tostada a medio comer, la taza sucia con la cucharita con rastros de mermelada dentro. El individual, las migas.
Una pequeña porción del cotidiano que permaneció helada en el tiempo, en un paréntesis dentro del caos en que se convirtiera la casa.
Trato de caminar hasta la ventana, sin saber muy bien donde pisar. Corro las cortinas, la luz tenue de la tarde, destellos de un naranja lejano caen sobre el viejo desayuno.
Me siento un rato a disfrutar del contraste, del claro-oscuro hasta que el naranja se vuelve gris y me paro para prender la luz.
…
A 5 centímetros tú aliento, a esa distancia mi deseo.
Tu presencia, mi expectativa, la distancia se alarga, se multiplica.
Esa distancia que es más real ante tu burla sádica al saber que sufro por vos. Desde mi escritorio veo tu espalda frágil, escucho tus charlas, me imagino parte de tu vida. Esos 5 centímetros que apartan tu box del mío.
Te veo llegar, huelo tu perfume. Tus ojos verdes, gatunos, me saludan pícaros; prueban mi templanza.
Un suspiro breve escapa de esa cara casi perfecta, que interpreto como una señal minúscula.
Me concentro en olvidar. Trabajo: llamados, papeles, firmas y reuniones. Ocasionalmente me tomo un recreo y te invito a fumar. Vamos juntos a la sala de fumadores pero vos no sos mía solamente, otros intentan acapararte, otros intentan descifrarte, te preguntan sobre lo que hacés, sobre el trabajo, sobre tus amigas, nadie te pregunta que te pasó en la cara.
Entre bocanadas de humo y risas te observo, me mirás y te acercás.
-Moni, ¿me vas a contar que te pasó en la cara?
-Una maldición griega- me dice divertida, en voz baja.
-Pero si de verdad es griega puede ser cualquier cosa… ¿griega Edipo, griega Medea, quizás alguna Penélope malhumorada de tanto teje y desteje te atacó? Puede ser cualquier cosa, acordate que los dioses siempre castigan.
-¿Mirá vos? –Me dijo, evidentemente sorprendida por mi fanfarroneada griega.
-Si querés te puedo sorprender más, en la cena por ejemplo…
-Bueno, pero ni sueñes con que te cuente algo bajo los efectos del vino…-Me contestó con una sonrisa gatuna.
…
Todo es un desorden. No se que hacer, pero tengo que bañarme y salir.
El gato me mira y presiente el inminente abandono y desde la puerta del baño me dedica su espalda, sabe que me mata que me ignore. Antes de entrar en la ducha, ordeno un poco, busco en el caos la ropa que quiero ponerme, casi todo está sucio o roto.
La computadora y la tele arruinadas, destrozadas boca abajo en el piso. En la cocina barro todo al rincón detrás de la puerta que da al balcón, cierro la heladera… mañana será otro día y hoy no tengo ánimo para enfrentar a la neurótica de mi ex, que seguramente pasó otra noche de rock and roll y recuerdos antes de su maratón violenta por mi dos ambientes.
El gato me sigue ignorando. Me sigue a la distancia con la mirada mientras me visto, ordeno y silenciosamente me juzga también.
El gato y Mónica se parecen, por el efecto de hechizo que ejercen en mí. Los dos superiores, los dos tan dueños de su espacio y de sus misterios. Pienso en Mónica y en su cicatriz, en la personalidad molestamente enigmática. Estoy cerca de ella y tengo que hacer que me note, que me admire, que me quiera.
Quiero que sea mía, ella y sus misterios. No quiero saber sobre ellos, lo que quiero es ser parte de ellos, ser parte del “Mundo Mónica”.
Me la imagino íntima, el pelo en la cara, sin ropa, me la imagino saliendo del baño, despreocupada, desnuda, exhibiéndose toda, sexo y cicatriz.
No quiero anticipar el contacto con su piel y sus labios húmedos, no, no quiero. Pero inevitablemente cierro los ojos y la siento. Se me eriza la piel, me éxito como un gato ante una presa, el corazón se me acelera como en el momento previo a la carrera, agazapado, la nariz abierta, el olor de la victima.
El gato me mira tirado en la alfombra, complacido.
Miro el reloj y llego tarde. Me tomo un taxi por diez cuadras.
-Vivir el presente- me repito mientras el auto se acerca al cordón. El portero en la entrada me saluda amable cuando le digo que voy a lo de Mónica. Me hace un gesto para que pase y subo.
El edificio es antiguo y huele a comida casera.
Cuando llego al 5to piso la puerta de su departamento está abierta, se escucha una música suave que encuentro agradable pero difícil de definir.
Me asomo a un living cálido, atrayente. Un ambiente limpio y ordenado, como de alguien estable, alguien que no puede tener una marca así que solo el odio pudo haber provocado.
¿Y si fuera producto de un accidente? Si fuera así, ¿el destino la odiaría por su perfección?
Todo está en semipenumbra, bañado por una luz muy tenue, una lámpara de pie naranja en un rincón, apenas si proyecta algunas sombras.
Percibo su perfume, mi nariz se expande para absorberlo mejor.
La veo, mis músculos se tensan. Está tendida sobre la alfombra, la mirada divagando a merced de la música. Sus dedos juegan con algunos mechones de pelo.
Mi deseo ahoga un hola apenas audible.
Me mira, su cuerpo paralizado, sus ojos redondos, ojos separados por una cicatriz que me augura que la víctima no es tan vegetariana.
Sus músculos también se tensan, se incorpora con un movimiento lento, elástico, suave. Una de sus garras se estira lentamente y con un dedo largo y femenino traza en mi rostro la ruta de su cicatriz.