Había estado trabajando en su jardín, algo que lo entretenía y además lo ayudaba a olvidar ese malestar que lo rondaba día y noche. Este hombre viejo y canoso que disfrutaba como un niño de jugar con la tierra, este ser de apariencia tranquila, que estaba sentado sobres sus talones frente al jazminero, este hombre, escondía una obsesión malsana sobre su futuro.
Sentía que el futuro era un ave negra de garras nudosas que lo iba a matar al vuelo, como un ave rapaz. Sus manos llenas de tierra se metieron en el bolsillo de sus amplios pantalones de entrecasa para sacar esa figurita que había encontrado en un cajón de fotos viejas de familiares que ya no estaban. Ahí encontró esa pequeña runa que lo enfermó y la paseaba entre sus dedos de manera mecánica.
El jardín ya no era importante, simplemente estaba ahí.
Como no cree en casualidades, esa runa con las fotos de sus tías muertas no lo es, lo siente en sus huesos. La runa, que según le dijeron era el símbolo de la muerte y el que estuviera con esas fotos fue suficiente para que quedara signado su negro futuro. Sabía que algo malo le iba a pasar, estaba convencido que se acercaba su fin.
No hace mucho cumplió sesenta y el no haber formado una familia ahora le empieza a pesar pero de una forma distinta, no con arrepentimiento sino con una especie de soledad y melancolía.
Siempre se reconoció un poco obsesivo, incluso su forma de disfrutar es obsesiva. Por eso guardó la runa, primero en el bolsillo de la camisa que tenía puesta aquel día, de ahí paso al pijama, luego pasó al pantalón gris, luego al jean y así la runa lo empezó a seguir a todos lados como la idea que ese pedacito de cerámica había sembrado en su cabeza.
A la noche cenó liviano, leyó unas líneas del libro que tenía en su mesa de luz y se durmió con la esperanza del alivio que el sueño le regalaría.
El hombre soñó con un lugar incierto, con un tiempo incierto que bien podría ser un limbo, todo sombras y bruma. El silencio era total a tal punto que ni siquiera se escuchaba el respirar temeroso del hombre que perdido pensaba que le había llegado su hora. De pronto las sombras se abrieron como una cortina y era él mismo que en actitud triunfal, casi estoico, las atravesaba con un atado de miserias entrelazadas en los dedos, volando como si fuera un ángel.
A la mañana siguiente, al despertar trató de hacer memoria, de recordar cada detalle de ese sueño que evidentemente para el significaba solo una cosa, su muerte.
Desde entonces comenzó el periplo de la aceptación de su finitud, pero la idea lo aterraba.
A pesar de llevar una vida sana, decidió repetir todos los análisis que puntualmente había hecho a principios de año, porque si le tenía miedo a la muerte más miedo le tenía a la enfermedad. Pensaba: “¡por dios, que no sea una enfermedad dolorosa!” Sufrió hasta el día en que su médico de cabecera le dijo: “Oscar, no jodas, no tenés nada”.
No podía ser, algo debía estar mal. Entonces decidió que si no era eso, seria una muerte violenta, un accidente, algo fulminante. Aunque en principio la idea le pareció un poco mejor también se le ocurrió que si sabía cómo, si bien no podría burlarla pues su destino estaba escrito podría aceptarla con más elegancia, de una manera más varonil, pensó, no como un viejo lloroso y sin esperanzas.
Así fue como comenzó la segunda etapa, la de investigación alternativa, por llamarla de alguna forma.
Primero fue con una especialista en runas, alguien que había sacado del diario. La mujer le dijo que la piecita que había encontrado no significaba nada por si sola, así que le tiró las runas y se las interpretó: “Su vida cambiará drásticamente”. El no quiso escuchar más, no le creyó, estaba seguro de su futuro.
Otra tarde fue a que le leyeran la borra del café a un lugar armenio de la calle Jufré. Esta vez el que se sentó frente a él fue un hombre de edad indefinida pero con mirada de sabio, de esas que desnudan y esa desnudez lo incomodó. En el dibujo del café el hombre leyó que tendría una vida muy larga. Se preguntó cuanto más larga, ya era un hombre grande. Le habló de un cambio profundo, pero sólo si estaba dispuesto a comenzar de nuevo y Oscar no lo entendió.
-¿Puedo preguntar algo?
- Si
- Sé que me voy a morir – dijo oscar con un poco de vergüenza.
- Todos eventualmente llegamos a eso – le dijo el hombre sin dejar de mirarlo a los ojos.
- ¿Cómo me voy a morir?
- Acá dice que de viejo – contestó el otro.
- ¡Pero si ya soy un viejo!
- No, no, solo si te sentís así… creo que te queda mucho por descubrir de vos mismo, acá está claro – dijo señalando la taza pero sin dejar de mirarlo.
Oscar se estremeció, sintió que el hombre estaba coqueteando.
Después de la lectura compartieron un café, pero hablaron de viajes y de libros. Sintió la confianza suficiente como para contarle de su última obsesión: creía que se estaba por morir, que algo malo le iba a pasar. El otro lo escuchó en silencio y le dijo que no hay una sola forma de morir y que la muerte, en ocasiones, es transmutación. Dicho esto se paró, tomo las manos de Oscar con sus dos manos para despedirse. Le dijo: “Espero verte otra vez”.
El se quedó de una sola pieza, boquiabierto ante la seguridad y las palabras del otro. Pensó en la transmutación y en lo que podía transmutar en el a esa altura de su vida, estaba rodeado de incertidumbre, de oscuridad sin una respuesta que lo conformara.
Esa tarde llamó a su amiga Mara, dispuesto a dar un paso más:
- Me voy a hacer tirar las cartas… ¿Venís?
- No, ¿para que?
- Para acompañarme ¿vos podés creer que nadie acierta a decirme que me voy a morir? Tengo que probar otra cosa más.
- Oscar, mi vida, dejá de darle bola a esto, no te obsesiones más, tenés 60 años, ¿por qué no empezás a pensar en vos y en tus necesidades? ¿Qué tal si te buscas un novio, alguien que te complete?
- ¡a mi nadie me completa! – le dijo casi a los gritos.
La insinuación lo enojó tanto que tuvo que cortar, ofendido, pero se quedó pensando. Si bien era verdad que no le agradaban los cambios pensó que después de todo, si tenía que morirse, por lo menos se debía un poco de honestidad.
Al otro día se fue a ver a una tarotista que le recomendó su psicólogo. El mismo que le dijo que quizás debería informarse un poco más sobre la muerte y sus símbolos, que fuera al cementerio a ver a sus familiares y que debía estar un poco más abierto a escuchar.
Se sorprendió al ver que la tarotista era una mujer joven a pesar de sus años, muy moderna en la forma de vestir. Le ofreció un té en la mesa del living en donde tenía preparado un pequeño mantelito violeta y las cartas. Le hizo cortar el mazo con la izquierda y con las cartas en la mano le preguntó que quería saber. El repitió su pregunta de siempre. Ella sin siquiera mover el mazo le dijo que si. El se sintió feliz, al fin alguien le decía lo que quería.
-¿Cómo, cuándo, por qué?
Ella habló mientras extendía cartas sobre el mantel: “La persona que sos ahora está cansada y vieja, cansada de su estado actual, necesita renovarse, eso es lo que tenés que dejar ir. La muerte también significa cambio a través de algo supremo que debemos aceptar… esta otra carta, es una presencia, un hombre quizás que cambie tu vida y que pueda elevarte a un plano mejor. Mejor dicho, él quizás te ayude a mostrar un lado más auténtico tuyo, a disfrutar de ese Oscar que está debajo de este otro que sos hoy, siguió diciendo mientras despegaba otras cartas sobre la mesa. Estás agarrado a algo, un ancla que no es material, tenés que soltar la estructura que te sostuvo todos estos años, no es verdadera. Ojo esto es importante, lo construido sobre bases falsas produce una muerte mucho más determinante. Este cambio es inminente.
Ella siguió un rato más y con cada palabra Oscar se hacia más y más pequeño. Pensó en las señales, en los últimos años en los que la incomodidad y la inconformidad lo hacían sentirse amargado y frustrado, algo que opacaba sus logros. Recordó al hombre de la borra del café y su pensamiento se minó de prejuicios. Sintió la batalla sangrienta en su interior entre este Oscar y el Oscar futuro.
Esta vez se fue contento. Ya era tarde pero igual caminó desde Almagro hasta Chacarita sin pensar, con cada paso algo en el se volvía mejor, más claro, envalentonado por su último descubrimiento llegó a su casa y tuvo el impulso de hacer una lista con todas las cosas nuevas que se proponía hacer y con todos los caminos que quería dejar atrás. Se acostó a dormir pensando en el cambio, en una nueva vida, en volver a nacer y en esa honestidad que se debía. Se durmió pensando que seguro esa noche ese Oscar había empezado a morir.

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