lunes, 8 de noviembre de 2010

Oblivion

En el cuarto oscuro, solo el destello verdoso que se enciende y se apaga rítmicamente va marcando el paso del tiempo que aun le parece irreal. Se engaña y lo sabe pero no puede dejar de timarse. Ese ritmo de metrónomo pero sin ruido lo une a una cierta realidad, no del todo convincente. Piensa que el tiempo es lo único que no muere ni se recupera, sin embargo permanece inmóvil en su desidia, en la oscuridad del cuarto que lo ampara y en el ritmo verdoso que lo envenena.
El tiempo implacable seguirá su camino como el rítmico batir de las alas de esas aves de fin de verano cuando se alejan. El tipo es un cliché. Siguió soñando, se alejó con ellas, se sintió indefenso y el frío le llenó el cuerpo. Se llenó del cansancio de sobrevivir al día, de ese cuerpo enfermo, a cuestas, de esa masa de músculos, huesos y tendones, de carne con memoria de otra vida.
El tiempo le jugaba una mala pasada, las propias oscuridades lo cercaban, se cerraban en torno a él. Desde hace mucho que lo sabe, pero no se anima al cambio que lo liberaría de ese peso.
Las veces que lo intentó, el miedo fue más fuerte. No fue un miedo claramente definible, pero si profundo, de vacío doloroso. Le tomó un tiempo considerable comprender que ese deseo que lo aterraba era su final. Tuvo que evaluar muchas cosas que enumeró en la oscuridad de aquella noche.
Pensó en sus padres, en el dolor que les causaría, pero lo sopesó contra el dolor que ya les causaba, el cansancio de verlo desintegrarse, de ver como su futuro se deterioraba antes de tiempo delante de sus propios ojos. Adivinaba el derrumbe de las ilusiones que habían tejido. Sus padres quedarían solos, su apellido no perduraría, sería el último de su familia. Pensó también en el olvido y se reconoció vanidoso. Quería que lo recuerden, quería pensar en que el alma es eterna, que por algo le estaba pasando esto, quería pensar en el después. Temía que lo olvidaran pero también temía que lo recordaran en su agonía, en ese cacho de carne en el que se estaba convirtiendo.
Buscó la plenitud en su pasado: en los cuerpos acariciados, en los libros leídos, en las lecciones aprendidas, en las risas compartidas y en todos sus yines y yanes. Necesitó ponerlos en papel para verlos fuera de él y se los dejó a Laurita para que los leyera en voz alta, porque sabía que ella comprendería. Pensó mucho en Laurita y en lo que le dejaba y esperó que con el tiempo ella comprendiera que no era por maldad que la dejaba sola, que ella no tenía que ocupar su lugar ni ser su viuda. Quería que lo recordara, pero de manera diferente, como quien recuerda el primer beso, ese primer momento íntimo, que no se repite y en el que se confunden el obsequiante y el obsequiado. A ella la iba a extrañar mucho más quizás porque existía una fuerte posibilidad de que ella lo olvidara, de que lo que él fuera se diluyera, que el color y el sabor de esa vida compartida se fuera perdiendo en nuevos colores y sabores.
Pensó en que no quedaría nada de él, tan solo los recuerdos que se irían diluyendo con otras vidas nuevas que reemplazarían la suya. Le fue difícil asumir el latigazo del olvido.
Recordó todos los besos, los besos con sabor a menta y los de frutilla, los besos con gusto a cigarrillo y alcohol, los besos en colores, los besos de dolor y los de amor. Pensó en Dios, pensó en la salvación, en el más allá, en el Karma, pensó en todo.
Quiere disfrutar este último sueño, sueño y muerte, muerte y sueño, más hermanados que nunca. Disfrutar de ese dolor que desaparece, los problemas que ya no existen, disfrutar de esa cama de una plaza que lo llevará de paseo por ciudades lejanas, como ese cuento que leía de chico. Cerrar los ojos, dejarse llevar y sentir como este último beso se derrite en la boca, aliviana el cuerpo y disfrutar del fresco que entra por la ventana lleno de olor a jazmín y malvón. Sentir los ruidos de la calle, las conversaciones en el departamento de al lado, sentir el ruido de los autos, el vientito en la piel. Sentir y pensar... hasta dejar de hacerlo.
Nada lo une al presente. Respira profundamente, con dificultad, con dolor de cuerpo mas no de espíritu. Entonces, ve la progresión de minutos en el reloj digital de su mesa de luz, en ese despertador con sonido trasatlántico que ya no lo despertará y también ve el instrumento que detendrá el tiempo para él.

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