Hace más de dos años que no me doy una vuelta por San Miguel del Monte. Dos años desde que mis padres vendieron la casa quinta y se mudaran a la capital.
Intuía que el lugar había cambiado, pero no me imaginaba hasta que punto… creo que tampoco me importó mucho en ese momento, pero cuando en el Grupo Loto, en donde estaba haciendo mi terapia de meditación me lo vendieron como un lugar único muy cerca del centro en donde podía ejercitar respiración y hacer un retiro en silencio, me volvió a cautivar la curiosidad de saber que había sido de aquel lugar tan tranquilo y de esos personajes que solo conocí durante largos meses de verano en los que mamá y papá se instalaban en aquella antigua casa del viejo Monte.
Para entonces estaba un poco perturbado y el retiro de 4 días me venía muy bien. El stress, los excesos y alguna que otra adicción me habían cobrado su cuota, pero desde que comenzara en el grupo pude dormir mejor y ya había comenzado a dejar de tomar toda esa batería de drogas que mantenían mi humor más amable, el carácter estable y sobre todo me hacían un ser humano tratable. El perder la mirada en el verde y en el agua me ayudaría a meditar sin palabras, a contemplar mi interior desdibujado y a dejar de lado lo externo, lo corpóreo que arrastraba como una pesada carga. Cuando se lo comenté a mi maestro antes de partir, me dijo que la contemplación nos permite acceder a la sabiduría que reside en lo más sencillo y que nos abre las puertas de la iluminación. Ante estas palabras, lo miré tratando de no prejuzgar. Su sonrisa amplia y sin emoción me dio un escalofrío, sus ojos bien abiertos, la piel perfecta exudaban salud y bienestar. Y si, el maestro tenia algo de genio y algo de idiota, pero que era yo para juzgarlo, que autoridad podía tener yo con mi chalequito químico como para decir esto.
El pueblo está irreconocible. Las calles ya no son de barro, la mayoría han sido pulcramente pavimentadas, aunque también sobreviven algunas de las empedradas originales.
Es extraño que no se vean vecinos en bicicleta por las calles de tierra. En lugar de ellos, lo que hay es mucha gente, evidentemente foráneos en ropa de deporte cuyos colores varían según el grupo de pertenencia. Nosotros en pantalón de jogging, remera y zapatillas blancas, los seguidores del maestro Sivananda andan vestidos en naranja, ocre o amarillo y por último, unos pocos que van de gris o marrón que pertenecen a grupos católicos, cristianos y protestantes.
A medida que nos adentramos en el pueblo, casi no distingo caras familiares pero sin embargo al abrir la ventanilla llega a mí el olor dulzón de la laguna, del agua estancada, de la marisma podrida.
Algo me huele mal.
En la quinta El Loto se me aparece una casa, la principal, en medio de un parque con bosques viejísimos, un pequeño prado que la circunda de un verde profundo que ofrece un contrapunto interesante a las pocas humanidades de blanco que ya deambulan por el lugar, la laguna marrón al fondo, cruzando la calle y desperdigadas al azar unas cuantas reposeras también blancas. Ya elegí mi primer lugarcito.
A nuestro encuentro sale un señor de pelo largo, canoso, corpulento y de mirada amable que nos resume el reglamento del lugar: No se permite hablar si estamos bajo votos de silencio, no se habla durante las comidas, no están permitidas las radios ni los teléfonos. El horario de inicio de actividades es a las 6 de la mañana, para aseo personal y del lugar, meditación, desayuno – almuerzo y después de comer dos horas de libres, luego respiración y cena para terminar la jornada. Durante el tiempo libre está permitido ir al pueblo pero siempre con un acompañante.
Al pelilargo no se le mueve un pelo y yo ya me cuestiono que hago acá.
Nos lleva a una habitación enorme con varios colchones y mantas, todo blanco, impecable, luminoso y con olor a sándalo.
Nos instalamos y por encima de mi colchón veo una imagen del Ravi Shankar sonriente que me relaja.
Agarro un libro y me voy para las reposeras que vi al llegar, elijo unas alejadas, debajo de un roble. Antes de sentarme a leer me tiro en el pasto a hacer unos ejercicios de respiración, lo que me lleva un tiempo. Luego recojo el libro y me siento.
A unos 20 metros hay un hombre en una reposera que capta mi atención. Está rodeado de unos cinco jóvenes acostados en el piso, sobre unas mantas blancas. El conjunto resulta muy singular: el blanco reverberante saturando el aire amarillo-anaranjado que se eleva del agua, del aire cálido. El hombre de la reposera está inmóvil, la vista clavada en el agua, a pesar del calor y de estar a pleno rayo del sol está cubierto por un grueso toallón naranja, cubierto de pies a cabeza. Se me ocurre que podría estar muerto y que ninguno de los meditantes a su alrededor lo notaría, después de todo, cada uno esta en su propio pensamiento. La idea me inquieta, me da mala espina, un mal presagio.
Abro el libo y me dedico a la lectura en la que me pierdo a los pocos segundos. Sin darme cuenta han pasado dos horas y la sombra ya me resulta fresca, salgo de mi ensoñación empujado por la voz de un niño que aburrido le grita a su madre lo obvio.
-¡Mamá, me aburro!
-Aaaaaaaaaaoooooooooommmmmmmm-Contesta ella.
-¡Dale ma, miráme!
-Aaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooooooooooooooooommmmmmmmmmmmmm-Insiste ella.
-Maaaamiiiii- Le grita finalmente el pequeño a su madre a la vez que con las dos manitas forma unas simpáticas pincitas con las puntas del índice y el pulgar y toma del pabellón una de las orejas de su madre, para hacer que el sonido penetre mejor.
Los miro y me pregunto que hace un niño en un lugar lleno de lunáticos. Ella me mira, me sonríe y sus labios se mueven como diciendo algo que no logro escuchar. Recordando mi voto de silencio, le hago un gesto de que tengo los labios cosidos. Ella asiente con la cabeza y se vuelve hacia el niño, lo abraza y se revuelcan en el pasto a puro grito. Ahí nomás, preso de una leve envidia, decido que ya es hora de salir de la sombra, así que recojo mis libros y me voy.
Rumbo a mi habitación me cruzo con otros, todos nos miramos a los ojos amablemente y nos dedicamos sonrisas falsas inundadas de dientes. Ya sobre el camino que conduce a la casa me fijo si ubico al viejo del toallón naranja y sus satélites, pero ya no está. Solo quedan sus formas plasmadas en las telas: reposera al centro y en esta los glúteos grabados en un recuerdo textil y como rayos de un sol las lonitas de los 5 efebos.
Habrá en esto algún mensaje, será solo para mi o para que todos puedan cifrarlo.
Intranquilo sigo la marcha lenta hacia la casa y al entrar me tiento a unirme a un grupo de respiración. Recién comienzan con la primera posición, respirando con las manos en la cadera, así que no dudo en sentarme y comenzar los ejercicios. Me cuesta engancharme en el ritmo, pero finalmente lo logro. Un calor intenso se va propagando por todo mi cuerpo, luego me duele la nariz y el dolor va minando cada rincón de la cabeza hasta que me largo a llorar desconsoladamente preso de una angustia enorme que solo el llanto profundo puede liberar.
En algún momento pierdo la conciencia y me sumo en un estado de ensoñación en el que me veo a mi mismo, los ojos abiertos, inmóviles, grandes, nada que delate un ser vivo del otro lado del iris, las cejas, como a través de un microscopio, con gotas de sudor suspendidas en el vello, la boca semiabierta, los labios húmedos. Inmediatamente el espacio se vuelve oscuro y veo una versión anciana de mi mismo, sentado en el porche, inmóvil, los ojos cubiertos por moscas, la respiración apenas perceptible, la dentadura… clac, clac, clac, los dientes.Una humedad pringosa sube por mis pies. Tengo los pies de barro que se desintegran poco a poco volviendo el agua cada vez más turbia, como una pequeña laguna.
Los acordes de una guitarra penetran en el sueño y de a poco vuelvo con al tañir de las cuerdas y un cántico que se va volviendo cada vez más intenso. Me recupero lentamente, como no queriendo volver pero feliz de hacerlo. Al intentar interpretar ese sueño, solo logro generarme malestar, algo así como una violencia extrema, no puedo dejarlo fluir. Respiro profundo y me voy a la habitación.
Al abrir la puerta una penumbra de vela me da la bienvenida, mis compañeros ya están ahí, meditando.
Hago todo lo que tengo que hacer sin hacer el menor ruido, por respeto, como en cámara lenta. Me lleva tres horas bañarme, cambiarme y salir.
Ya pasó la hora de cenar y me sacude la necesidad imperiosa de hablar, aunque sea conmigo mismo, en voz alta o a los gritos y así salgo al parque a tomar un poco del aire húmero y fresco de la noche. El rapto verbal me lleva al monólogo.
-Pará Jorge… ¿¡Que!?... Necesito hablar, necesito decir algo, necesito…
-Pará Jorge… ¿¡Que!?... Necesito hablar, necesito decir algo, necesito…
La voz se me ahoga en la garganta. La angustia me gana, necesito otra cosa, necesito una evasión, algo que alivie este peso enorme que no tiene nombre. El silencio me come por dentro y todas las voces que trato de aquietar se revelan, caprichosas, me instigan desde adentro.
Extraño mis drogas, la protección que me brindaban al menos al principio. Depronto resuenan en mi unas notas de bajo… cuando haya una cura para el dolor, ese será el día en que me deshaga de ellas, dice la canción… yo tuve que tirarlas antes.
Me quedo en el parque, me saco las alpargatas y camino descalzo por el pasto mojado, la lluvia suave, fresca, la esperanza de que me libere de esta angustia.
A lo lejos unos relámpagos poderosos unen el cielo y la tierra con intricados haces de luz.
Mi respiración se acelera, siento la energía que penetra por mis ojos, fijos en la tormenta que se incrementa.
La laguna de Monte, único testigo de la escisión. Todas las lagunas tienen algo de mágico, de misterioso, algo de leyenda.
Mis sueños también brotan con la humedad.
Me estremezco y me desplomo teblando en el pasto mojado, al lado de la laguna. Veo sin ver, el agua quieta, en mí la tensión latente del abismo maloliente, la muerte, el abismo lacustre. Caronte a mi lado, tendiéndome una copa, tomando el óbolo de mis manos…
-Jorge, Jorge, ¿estás bien?
Al abrir los ojos, no entiendo donde estoy, la suave luz de la madrugada me lastima, estoy mojado, dolorido… y no se a quien buscan estas personas, ¿Quién es Jorge?
-Jorge ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Lo miro sin entender. En sus ojos el pánico. El hombre mira a la mujer que está a su lado. Intercambian preocupación.
No recuerdo mi nombre, por ahí soy Jorge, pero no me importa, no me interesa recordarlo. En mi crece una sensación de alivio, pero tampoco logro recordar el motivo de pesar. Tampoco siento desconfianza hacia estas personas que parecen querer cuidarme.
Me cubren los hombros con una manta y me llevan al interior de una casa inglesa, enorme, en medio de un parque con bosques viejísimos, atravesando un prado de un verde oscuro. De camino nos cruzamos con un hombre raro, cubierto con un enorme toallón naranja, su expresión amable y con cinco jovencitos que lo acompañan.
La mujer le comenta al hombre que me lleva del brazo:
-Capaz que lo alcanzó un relámpago.
-¿Vos crees? –responde él.
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