La marcha es lenta, pero colorida y rítmica. El vaivén de los pasos al ritmo de la música que por momentos es alegre y en otros lenta y triste.
Platillos trompetas y voces enardecidas contra un clarinete solitario.
Luz cálida que emana de su plexo solar y que en el cielo enciende un sol estuoso.
El estado es palpable, tanto que los colores, todos los colores de la felicidad inundan su alma y se irradian a todos los presentes a través de sus grandes ojos azules.
La marcha sigue, músicos y lloronas, más música. Mientras el ritmo perdura la ilusión se mantiene, esa ilusión de felicidad con incógnita.
-Idiotaaaa! – grita uno con una sonrisa franca en la cara, y él se pregunta si lo que está viendo, lo ve con los ojos cerrados.
Lo rodean, lo tocan, lo abrazan. El puede ver los pensamientos de todos que florecen en malva y azul. Malva seco y sin esperanza, azul profundo como el mar profundo y misterioso.
En su cara de niño aún se ve la sonrisa amable, frágil como si fuera de vidrio fino, como las bolas de aquel árbol de navidad que apenas vio.
La música sigue y su madre llora. La música se detiene y su madre sigue llorando. Llanto de madre. Llora cuando nace porque llorará después.
Quiere volar y siente que puede, nada lo podría detener.
Alguien le dice:
-Vení que te ato los cordones.
El responde:
- No, yo solito puedo.
Otra voz lo invita a jugar, el mar está bravo pero igual se quiere subir a la góndola, los chicos lo esperan.
-Idiotaaa! – sigue gritando el loco a lo lejos.
La gente ya no llora, la música ya no suena, su madre sigue llorando y la felicidad en colores continúa.
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