lunes, 29 de noviembre de 2010

El hombre rata

Vimos como su cuerpo atlético y lampiño se fue encorvando un poco y palideciendo después, sin embargo aún seguía ágil.
Observamos también, con tristeza como se fue alejando de nosotros, sus amigos. Vimos como prefirió su propia compañía y como, noche tras noche pasaba de largo del bar en donde solíamos juntarnos a charlar y a jugar a las cartas. Se perdía en la sombra de la noche a reparo de la luz y de la gente.
Nos sorprendió a todos porque el siempre fue como una fuerza cohesiva entre nosotros.
No entendíamos el motivo.
Creemos que todo comenzó una noche en la que después de jugar a las cartas se fue medio entonado al hotel de señoritas de la calle Arroyo. Era un hotel de mala muerte, sucio y abandonado, frecuentado por mujeres solas y desesperadas que venían a la ciudad en busca de un mejor pasar y con suerte un marido.
El estaba detrás de una paraguayita linda que trabajaba en fumigaciones en el ministerio de salud. Nosotros teníamos la sospecha de que la paraguaya sabía de embrujos y pociones y que manejaba algo más que los venenos para plagas. La verdad es que después de esa noche, el tipo pasó lentamente a formar parte de otra especie. Vimos como el se embobaba más y más, y ella lo exprimía sin límites.
Un viernes, el último en que nos habló, nos sorprendió anunciándonos que la llevaba a tomar el vermouth con su madre. Quería presentarla, que la conociera. Nosotros lo miramos fijo, como si fuera un traidor. El, sus ojos chiquitos, negros, con un destello húmedo como de alcantarilla, nos dedicó una sonrisa finita de carroñero. No lo podíamos creer. Cuando se fue no pudimos evitar el comentario mordaz:
-¿Este se volvió loco? ¿Lo viste?-Me dijo Mario evidentemente indignado.
-Si, a mi me parece que la paraguaya lo tiene enganchado, como dominado…
-Si, ¿pero y Luisina?
Luisina era la hija del ingeniero de la esquina, una mina fina y elegante que lo histeriqueaba desde los 10 años. Tuvieron algo parecido a un noviazgo que se enfrió al poco tiempo de aparecer la paraguaya.
-Luisina durmió –afirmó Marcelo.
-Luisina lo dejó ir –agregó Mariano- ella abusó del coqueteo, ahora que se joda.
-Pero el la sigue queriendo, estoy seguro,…un amor de tantos años-dijo entre suspiros Maxi.
Mas tarde supimos que a Luisina la dejó por teléfono, con crueldad. Había perdido todo tipo de códigos. Nos lo imaginamos en el corredor de la pensión donde el olor a humedad se entremezclaba con el olor a pucho del eterno cenicero sucio de la mesa del teléfono, agazapado, despachándola entre murmullos con actitud de rata.
Ahí comprendimos, en la sombra, con actitud solapada, ladina y oscura, se estaba transformando en el hombre rata.
La última vez que lo vimos pasar de lejos, su ropa gris se confundía con el gris de la ciudad. Desaliñado, con cara de desesperado podíamos jurar que se hiba a meter en una alcantarilla, pero enfiló otra vez para la calla Arroyo con pasos chiquitos y veloces.
Más tarde supimos que la paraguaya había enganchado a un licenciado del ministerio, un gil con casa propia, y que se había mudado a zona norte, pero de él no volvimos a saber… creemos que anda tirado por algún basural, preso entre las sobras de un mal embrujo.

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