domingo, 29 de agosto de 2010

Luis: Controlfreak

I


El estudio está atestado de cosas, sin embargo todo está ordenado. No se ve un solo espacio o mejor dicho una sola superficie horizontal que no tenga algo encima, pero todo se ve pulcro y ordenado.
Luis va y viene de un lugar a otro, ordena y vuelve a ordenar lo ordenado. Pone en cajas, saca de cajas.
Sobre una mesa se ve una imagen de arcilla, un tacho con agua y varias esponjas. Por debajo de esta mesa se ve algo parecido a un trapo de piso gigante y diarios.
De vez en cuando Luis se detiene frente a la imagen de arcilla y retoca un ojo o unos pelos de las pestañas, se aleja, lo mira, vuelve a retocar.
Mira para abajo y agrega mecánicamente unos diarios más, saca otros que están mojados y los dobla en cuatro antes de tirarlos al tacho. Prende la radio. Tararea. Vuelve sobre la escultura y nuevamente a los diarios.
De golpe se abre la puerta y entra un chiquito que lo llama a comer y mientras espera la reacción de su padre se acerca a una caja con espátulas de todos los tamaños.
Luis con un gesto lo aparta de esa caja y le da tres espátulas viejas y un pedazo de arcilla.
El chico lo mira y empieza a jugar. Luis lo mira, observa sus movimientos, sonríe, pero sus manos se ven crispadas.

-No, así.- Le dice al chico que sigue jugando como quiere.
-Así. -Vuelve a corregir.
Una tercera vez lo corrige sin mediar palabras.
El chico se detiene, lo mira y con un gesto le indica que quiere comer.

II

Al observar su cara podemos afirmar que Luis discute con alguien en el teléfono. La cara se le pone roja, el tono de voz se eleva y la frente se le ha perlado con una fina capa de sudor. Se queda callado, aparentemente escuchando al otro. Cuelga. Se va hasta la ventana que mira al pozo de luz. Sus plantas, todas con hojas distintas, todas suculentas de formas extrañas. Ninguna se repite. Acaricia una que tiene pequeñas hojas en forma de corazón.
Luis vuelve al teléfono, levanta el auricular y marca. Espera. Habla. Cinco minutos le lleva esta vez. Mientras habla, con voz suave, mueve la cabeza rítmicamente y ordena los sobres que están al lado del teléfono.
Cuelga. Se toma el ceño con el índice y el pulgar derechos. Suspira. Sale y de salida agarra la campera marrón. La calle lo recibe en un caos habitual a esa hora. Se pierde en la multitud del once.

III

Se abre la puerta de calle y entra Luis. Prende la luz y cierra con llave. Está solo. En el piso hay un sobre de papel Manila que dice: “De: Eva” y más abajo “Cuentas a pagar”
Deja el sobre, va a la cocina y prepara el mate. Saca una bandeja con bajo mesada, prepara los dos tarritos, el de la yerba y el del azúcar, la cucharita para el mate.
Llena el termo. Pasa el trapo donde está seco y antes de llevar todo a la mesa de la cocina, agarra la bandeja con una mano y con la otra revolea el trapo sobre la mesada con la mano izquierda.
Se sienta con el sobre en la mano, se ceba un mate y lo abre con aparente cuidado. Saca con dos dedos el contenido: un papel cuadriculado con unas anotaciones de números y al costado algunas aclaraciones, más números, y un manojo de comprobantes.
Luis sigue con el dedo cada una de las prolijas anotaciones, vuelve sobre ellas. Mira al techo como si calculara algo. Luego de un rato saca el resto de los papeles y papelitos que son los comprobantes. De a uno, los hacer correr de arriba hacia abajo sobre el papel cuadriculado, hasta encontrar la correspondencia. Luis no tiene lápiz, no tiene calculadora, pero de todos modos coteja.
Guarda todo pulcramente en el mismo sobre de papel Manila. Se recuesta sobre el respaldo de la silla y se toma un último mate.

Pedro: Nada es suficiente

I

Pedro se prepara para salir a trabajar. Ya tiene preparada la ropa, sin embargo después de mirarla un rato, se mira en el espejo y saca otro traje, uno marrón gastado que combina con una camisa amarilla y con zapatos marrones.
Después de una ultima mirada en el espejo, ordena la cama y baja apurado a la cocina.
Mira la máquina de café vacía, mira la pava y toma ésta última.
Se prepara un té que toma parado al lado de la ventana de la cocina. Por esta ventana se observa el jardín lleno de juguetes y de hojas.
No se escucha nada, solo un pájaro y sus tres trinos discordantes.
Los colores de los juguetes apenas se observan, entre el polvo y las hojas no se puede distinguir el rojo del amarillo del naranja.
Las hojas se mueven con el viento y se reúnen aquí y allá. Un grupo de hojas se amontona en el trapo de piso de la puerta que da a la cocina.
Pedro apura el último trago de té, se calza la bufanda y sale apurado sin hablar.
Afuera hace frío. Pedro se levanta la solapa del gastado saco marrón y se ajusta la bufanda.

II

El recorrido del colectivo es largo. Desde Quilmes hasta Maipú y Tucumán. Pedro se sube apenas llega a la avenida. Pide el boleto y mira hacia adentro. Hay tres asientos vacíos. Es temprano.
Se sienta en el segundo asiento detrás de una señora gorda que come mecánicamente galletitas del paquete.
Su compañero de asiento lee un diario enorme y cada vez que lo despliega para dar vuelta la hoja le pega un codazo, se disculpa y sigue. De vez en cuando bufa.
Pedro ve un asiento de un solo pasajero e intenta pararse pero en el movimiento se le engancha el pantalón en un tornillo del asiento. Se le hace un siete pequeño por donde se ve un poquitín de sangre. Se cambia de lugar con paso apurado, casi sin pararse del todo. Se sienta. Se lo escucha suspirar.
Se toca una y otra vez la pierna con el siete en el pantalón. Su expresión no ha cambiado.
A pocas cuadras de llegar a su parada sube un viejo que no puede con su cuerpo ni con el vaivén del bondi.
Pedro se para y lo mira, invitándolo. EL viejo se sienta un asiento más adelante del que le ofreció Pedro. Ni lo mira. Pasan dos segundos. Pedro se dirige a la puerta de atrás. Se baja y suspira nuevamente.

III

El café está frente a la oficina y hay poca gente alrededor.
La mañana es gris y fría. Se lo ve a Pedro salir con un trotecito breve hacia la avenida, cruza y entra al hall del edificio. El vigilante de la puerta le hace un gesto que puede ser un saludo. Adelanta el mentón con rapidez y lo acompaña con un movimiento en los labios. Pedro responde con el mismo gesto ritual.
No se escucha ningún otro sonido más que el de la máquina de lustrar el piso de goma negra con relieve de redondelitos y el plin del abrir y cerrar de un ocasional ascensor.
Se mete en uno y con un movimiento natural aprieta el número diecinueve. Plin, Plin, Plin…
Se baja y entra a un salón enorme que tiene olor a desinfectante y a goma.
Es temprano y no ha llegado nadie. Se sienta y comienza a dibujar líneas en un plano. Anotaciones en azul, en rojo, en verde, algún que otro amarillo por aquí y allá.
De a poco, comienza a poblarse la oficina. Con cada nuevo arribo Pedro levanta la vista y saluda con el mismo gesto con que saludó al guardia de la puerta.

sábado, 28 de agosto de 2010

Padre e Hijo

Lo único que me unía a él eran los escasos momentos en los que me dejaba ser su ayudante, “el fiel Kato”, como él me decía. Realmente era lo único. No recuerdo haber compartido nada más.
Por lo general, no estaba en casa. Nuestra casa era una casa fría, casi ascética. Pocos muebles, dos o tres cuadros, muchos libros. Libros misteriosos para mí, porque con solo leer sus títulos me confundía, me aburría. Sus libros, solo de él, inaccesibles.

Siempre tenía algo más importante, alguien más importante. La importancia que le daba a todo eso que constituían su mundo y que me dejaba relegado. En ese momento no comprendía por qué me dolía tanto que en su cronograma inalterable yo no entrara como una de sus prioridades. Ayer entendía a ese preciado tiempo como algo ligado al desamor, a la falta de atención o mejor a la falta de interés.
Su tesoro, mi ruina. Pero en aquel tiempo, esos pequeños regalos de su preciado tiempo si eran mi tesoro.
Realmente no me importaba la naturaleza de la tarea, solo me importaba que en esos instantes únicos, yo era parte de su vida, parte de él.
¡Pero que inocencia la de aquel chico! Que ojos ilusionados seguían aquellas manos atento a que pidiera algo, solicitara algo, o mejor aún, necesitara algo y que yo pudiera adivinar o predecir.

Y me sentía orgulloso, aunque las tareas de ayudante se me antojaban ridículas: alcanzarle la llave francesa, enchufar la máquina de agujerear, buscar el prolongador y luego enrollarlo para guardar.
Toda una lista interminable de tareas menores, tareas que a pesar de ser ridículas, me incluían en su pequeño mundo.

Una y otra vez me encuentro pensando en esto. Una y otra vez vienen a mí esas cosas que pedía, como si en la repetición de la humillación se vislumbrar un mártir.
El, en su mundo autista, también era algo así como un mártir, alejado, incapaz de sentir, hasta estoico en su postura.
No importaba que durante ese tiempo sus únicas palabras fueran solo las referidas a la tarea en cuestión. Ni imaginar una charla sobre como me estaba yendo en la escuela, si había algún deporte que me gustara, alguna chica que me enamorara o si me agradaba la música o el deporte. La comunicación era un aspecto a la que él no tenía acceso, estaba discapacitado para ella.

Incluso si alguna vez, por alguna misteriosa razón del destino, yo atinaba a hablarle de filosofía, de política o de autos o de algún tema de su interés o preferencia, ni aún en esos momentos llegábamos a conectar.
Me miraba con una expresión entre dulce y extraña, como sin entender por qué yo le hablaba de sus temas.
Entonces me observaba con aquella mirada torva con un destello de interés que se apagaba a poco de encenderse… y que a mí me marcó a fuego.

Sí, yo era su ayudante, así quedaría por siempre. No había vuelta atrás. Incluso en el recuerdo sigo siendo su segundo. Yo era el que no tenía opinión.
Yo era el segundo, pero no el segundo al mando. Era tan solo eso, él y después yo.
El papel que asumí, lo tome sin chistar, obedientemente.
El número dos era tan bueno como el número uno, ¿verdad? Era muy difícil mantenerse en ese puesto, si lo sabré yo.
Yo era el que daba el pie para el chiste cuando estábamos con sus amigos, le servía el vino que le gustaba, era el que le alcanzaba, sin que él lo pidiera, el destornillador, la pinza o la pieza que le faltaba, sin embargo seguía faltando.
Podía ser el mejor segundo que nadie jamás soñara tener.
En aquellos momentos, como en muchos otros que siguieron a ese, el mundo era él.
Él y su mundo, él y él, él y mi mundo.
Un mundo que no era mío y que ahora con su muerte, solo quedaba un vacío.
Mi mundo no validado por él.
Mi mundo que se pierde en lo no dicho.

Pero sí, creo que lo que yo sentía era orgullo. Orgullo de ser parte de ese hombre tan privado, tan parco, que era mi padre. El orgullo es algo complicado, me digo. Tiene dos caras, como todo.

Él era el centro de mi atención, admiración y de mi vida. Ni siquiera parecía percatarse del esmero que yo ponía en esas tareas. Estaba concentrado en si mismo y yo en él.

No se daba cuenta, no era importante.

Hoy, ya grande, con un mundo que me pertenece y que construí con cuidado y esmero, obstinadamente comunicativo, hoy entiendo la miseria de su parquedad, de la limitación que tenía.

El ya no está, y aunque por un tiempo pretendí olvidarlo, nunca pude, era mi viejo.

No obstante, me centré en abrirme a otros mundos. Me ocupé en aprender varios idiomas, incluso el idioma del arte. La escultura es mi arte, la forma de decirle al mundo quien soy y lo que siento. De ellas se habla en toda la ciudad.

El viernes cuando Carlos me llamó para avisarme que el viejo había muerto, el dolor y la bronca se pegaron a mis pulmones, me ahogaron, se petrificaron en mí y me dejaron sin palabras.

Ya no hay nada que decir.

Hoy también me pregunto si todas estas elucubraciones eran realmente así, si todos esos pequeños dolores que me hicieron quien soy, son reales, si está bien o si está mal, si fue para bien o para mal, o si dejé de ser hijo hace tiempo o ahora con su muerte, pero todo esto ahora no es más que una serie de interrogantes que ya no me podrá aclarar.