sábado, 28 de agosto de 2010

Padre e Hijo

Lo único que me unía a él eran los escasos momentos en los que me dejaba ser su ayudante, “el fiel Kato”, como él me decía. Realmente era lo único. No recuerdo haber compartido nada más.
Por lo general, no estaba en casa. Nuestra casa era una casa fría, casi ascética. Pocos muebles, dos o tres cuadros, muchos libros. Libros misteriosos para mí, porque con solo leer sus títulos me confundía, me aburría. Sus libros, solo de él, inaccesibles.

Siempre tenía algo más importante, alguien más importante. La importancia que le daba a todo eso que constituían su mundo y que me dejaba relegado. En ese momento no comprendía por qué me dolía tanto que en su cronograma inalterable yo no entrara como una de sus prioridades. Ayer entendía a ese preciado tiempo como algo ligado al desamor, a la falta de atención o mejor a la falta de interés.
Su tesoro, mi ruina. Pero en aquel tiempo, esos pequeños regalos de su preciado tiempo si eran mi tesoro.
Realmente no me importaba la naturaleza de la tarea, solo me importaba que en esos instantes únicos, yo era parte de su vida, parte de él.
¡Pero que inocencia la de aquel chico! Que ojos ilusionados seguían aquellas manos atento a que pidiera algo, solicitara algo, o mejor aún, necesitara algo y que yo pudiera adivinar o predecir.

Y me sentía orgulloso, aunque las tareas de ayudante se me antojaban ridículas: alcanzarle la llave francesa, enchufar la máquina de agujerear, buscar el prolongador y luego enrollarlo para guardar.
Toda una lista interminable de tareas menores, tareas que a pesar de ser ridículas, me incluían en su pequeño mundo.

Una y otra vez me encuentro pensando en esto. Una y otra vez vienen a mí esas cosas que pedía, como si en la repetición de la humillación se vislumbrar un mártir.
El, en su mundo autista, también era algo así como un mártir, alejado, incapaz de sentir, hasta estoico en su postura.
No importaba que durante ese tiempo sus únicas palabras fueran solo las referidas a la tarea en cuestión. Ni imaginar una charla sobre como me estaba yendo en la escuela, si había algún deporte que me gustara, alguna chica que me enamorara o si me agradaba la música o el deporte. La comunicación era un aspecto a la que él no tenía acceso, estaba discapacitado para ella.

Incluso si alguna vez, por alguna misteriosa razón del destino, yo atinaba a hablarle de filosofía, de política o de autos o de algún tema de su interés o preferencia, ni aún en esos momentos llegábamos a conectar.
Me miraba con una expresión entre dulce y extraña, como sin entender por qué yo le hablaba de sus temas.
Entonces me observaba con aquella mirada torva con un destello de interés que se apagaba a poco de encenderse… y que a mí me marcó a fuego.

Sí, yo era su ayudante, así quedaría por siempre. No había vuelta atrás. Incluso en el recuerdo sigo siendo su segundo. Yo era el que no tenía opinión.
Yo era el segundo, pero no el segundo al mando. Era tan solo eso, él y después yo.
El papel que asumí, lo tome sin chistar, obedientemente.
El número dos era tan bueno como el número uno, ¿verdad? Era muy difícil mantenerse en ese puesto, si lo sabré yo.
Yo era el que daba el pie para el chiste cuando estábamos con sus amigos, le servía el vino que le gustaba, era el que le alcanzaba, sin que él lo pidiera, el destornillador, la pinza o la pieza que le faltaba, sin embargo seguía faltando.
Podía ser el mejor segundo que nadie jamás soñara tener.
En aquellos momentos, como en muchos otros que siguieron a ese, el mundo era él.
Él y su mundo, él y él, él y mi mundo.
Un mundo que no era mío y que ahora con su muerte, solo quedaba un vacío.
Mi mundo no validado por él.
Mi mundo que se pierde en lo no dicho.

Pero sí, creo que lo que yo sentía era orgullo. Orgullo de ser parte de ese hombre tan privado, tan parco, que era mi padre. El orgullo es algo complicado, me digo. Tiene dos caras, como todo.

Él era el centro de mi atención, admiración y de mi vida. Ni siquiera parecía percatarse del esmero que yo ponía en esas tareas. Estaba concentrado en si mismo y yo en él.

No se daba cuenta, no era importante.

Hoy, ya grande, con un mundo que me pertenece y que construí con cuidado y esmero, obstinadamente comunicativo, hoy entiendo la miseria de su parquedad, de la limitación que tenía.

El ya no está, y aunque por un tiempo pretendí olvidarlo, nunca pude, era mi viejo.

No obstante, me centré en abrirme a otros mundos. Me ocupé en aprender varios idiomas, incluso el idioma del arte. La escultura es mi arte, la forma de decirle al mundo quien soy y lo que siento. De ellas se habla en toda la ciudad.

El viernes cuando Carlos me llamó para avisarme que el viejo había muerto, el dolor y la bronca se pegaron a mis pulmones, me ahogaron, se petrificaron en mí y me dejaron sin palabras.

Ya no hay nada que decir.

Hoy también me pregunto si todas estas elucubraciones eran realmente así, si todos esos pequeños dolores que me hicieron quien soy, son reales, si está bien o si está mal, si fue para bien o para mal, o si dejé de ser hijo hace tiempo o ahora con su muerte, pero todo esto ahora no es más que una serie de interrogantes que ya no me podrá aclarar.

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