miércoles, 26 de diciembre de 2012

Minirelato


A lo lejos resuenan las campanas de la misa de gallo que la desconcentran. Termina de peinar la raya y se la manda. Los viejos llegan en veinte minutos, los chicos en menos. Raúl no viene, dijo que tenía laburo. Sabe que la puede pilotear, pero cuando se mira al espejo casi se hace mierda los dientes. Escucha las llaves y los gritos de los nenes, los abuelos que los calman. Ella casi tira el papel en el lavatorio. Le sangra la nariz. Se caga encima. Los chicos “Mamiiii”. Cierra la puerta del baño.

(94 palabras)

Último cajón


Tarde, naranjas, amarillos, celestes, dorados, azulinos, estrellas tímidas, madrugadoras, sonidos apagados, algún que otro partido en la radio, en la ventana de la cocina del departamento de enfrente la plancha enchufada y la tabla desplegada. En casa, mi café se enfría en la taza. Café bien azucarado que apenas puedo pasar.

Lágrimas que ya no caen, dolores que parecen querer quedarse para quemarme por dentro.

Se cosecha lo que se siembra. Morís como vivís. Dios aprieta pero no ahorca. Siempre que llovió paró.

El viejo tirado ahí, en ese depositario de cuerpos sin alma, de cuerpos medio rotos, fallados, quebrados. Cuerpos de vidas intensas que garpan ahora, inexorables, centavo por centavo los pecados cometidos, los egoísmos, los excesos. Sólo unos pocos virtuosos reciben consuelo. Mi viejo no.

La mayoría de esas cáscaras ostentan máscaras pre-funerarias con muecas grotescas que no son más que deformidades propias, que con la edad se han atrofiado aún más y ya no es posible maquillar, ni esconder, ni siquiera callar.

Ellos no callan, reclaman, escupen maldiciones, parlotean interminables letanías de quejas, aguijonean en puntos débiles, esgrimen con la agudeza que sólo brinda la falencia de otros dones una culpa certera, mordaz, ponzoñosa y arrastrada, como una bicha.

El viejo ahí, en dónde lo puse, a que otros se banquen su locura.

La última vez que lo ví lloró que él no merecía esa forma de morir, porque estaba seguro de morir ahí. Lloró miseria y desamor. Yo lloré también. Lloré no quererlo como para abrazarlo, lloré saber que, por una puta vez él estaba en lo cierto.

Se cosecha lo que se siembra…

Llego a casa y su perro viene a hacerme fiestitas y pobre bicho no tiene la culpa, pero tampoco lo quiero, pero lo quiero lo suficiente como para suportar su mal olor, sus babas y sacarlo a pasear dos veces al día. Comer no come, el pobre bicho lo extraña.

Morís como vivís… Todo se paga en esta vida… La rueda karmática…

El pobre viejo, hasta cuerdo desvariaba, con su propio concepto de realidad, bastante adaptable a sus caprichos hasta que se enfermó, de repente… aún así él siguió siendo su persona favorita, desafiando cualquier futuro, soberbio.

Dios aprieta pero no ahorca… Siempre que llovió paró… Yerba mala nunca muere…

La culpa llega con un golpe certero, en el momento justo, para hacerme acordar que en cualquier momento a mi también me toca.  Me toca a mí, que no tengo hijos que me odien, pero que tampoco me quieran como para cuidarme, quererme, acompañarme o entenderme. Y el viejo ahí llorando, tirado, ido de a ratos, queriendo ser olvidado. El pobre viejo se apaga y solo es un mal cliché su vida pasada. El café se enfría, el viejo se apaga en el último cajón del placard, con todos los recuerdos que queremos olvidar, olvidándose él mismo de ese dios que lo aprieta y ahoga, de esa lluvia que no para, de esa rueda que vuelve para morderle el culo. El viejo, con todos esos recuerdos olvidados, juguetes rotos, lápices quebrados, anotadores llenos, agendas usadas, boletos viajados, rifas perdidas…

Yerba mala nunca muere.

La tarde es noche. Las estrellas. La luna aureolada. Los mosquitos que no paran, espiral apagado. Café frió. Ni un llanto más.

En penumbras me levanto de la silla, voy al cajón ese, él último y así, con un solo movimiento tiro a papá a la basura.

Apunados


Él atraviesa nubes, y el tren que avanza lento, sin ruido en el mismísimo vacío, perdiéndose en la nada o en la promesa que le llena el futuro que se disipa con el olor del café que viene del vagón comedor.

Se despereza y lo primero que ve es a su hermana durmiendo con la boca abierta y un fino hilo de humedad que asoma por la comisura, que lo conmueve por la intimidad y la paz del  sueño. El movimiento del tren es como una canción de cuna, un sutil de izquierda-derecha-izquierda-derecha y el ronroneo profundo de los rieles. De pronto, ella se despierta, lo mira dice algo que no logra escuchar.

-Bostezá. –le ordena.

-¿Qué? No te escucho.

-Que bosteces, que te destapa los oídos. –escucha que explica y lo hace.

-Ahora me duele la cabeza. –dice casi con un hilo de voz.

Lo que necesitaba Juan era un remedio casero, de esos que fabrican las viejas en los pueblos abandonados a la buena de dios, en donde la sabiduría brota de la soledad, del sol, de la tierra y de los ritos que él nunca entendería pero en los que depositaba una especie de esperanza, sorprendente en el que no era propenso a los embrujos.

La necesidad de esta búsqueda lo llevó a convencer a su hermana, sabiendo que ella lo seguiría hasta el fin del mundo, porque eso hacen las hermanas mayores.

Las familias que desaparecieron, los amigos, los rumores y las leyendas que se formaron en torno a la pérdida se están ordenando al ritmo del golpeteo de los durmientes.

Se asoma. El silencio del vagón resuena en la imagen de postal que le devuelve la ventana. Una llama, una sola, al lado de dos líneas paralelas y una planicie amarillenta, refractante, interminable.

Casi una metáfora de su propia niñez. Esta búsqueda que se ordena y se prolonga a lo largo de las vías de este lento tren. Un tren lento, cada vez más lento hasta detenerse un una pequeña estación, rodeada por un puñado de casas de adobe y piedra y más soledad. El color del lugar es casi el color de la única foto que hoy los convoca  aquí, en dónde no encuentran más que polvo y algunos niños queriendo venderles artesanías.

Esta estación de tren, perdida, polvorienta, con una herencia inglesa que ya no forma parte de su personalidad… como esa foto en la que se ven dos jóvenes enamorados, con cara de ilusión. Ilusión maldita que en ellos se esfuma de a poco, a medida que van comprendiendo que la identidad de ellos es como la de la vieja estación… distinta a la de su origen.

La bestia


Cuando salió de la oficina sintió que el viernes se le enredaba en los dedos de los pies, que trepaba como una serpiente por sus piernas. La tarde estaba muriendo rápidamente y el frío obligaba a la gente a una marcha rápida y decidida. Pensó pasar por la inmobiliaria primero y después caminar un rato, aprovechando que el viernes recién comenzaba y se sentía con ganas de ser libre y deambular por la calle como si estuviera en un prado abierto y soleado. Eso le inspiraba los viernes. Se sentía confiada por eso no prestó atención al flaco que con paso ágil cruzaba la calle en su dirección. Pensó que era lindo hasta que se plantó frente a ella. La mirada del tipo se le antojó felina, de gato indomable, animal perdido, noche oscura. La voz resonó profunda, rugido ahogado, imponente de hambre.

Ella casi se hace pis de miedo. Se dio vuelta rápido, con susto.

-Dale rubia, te dije que me des toda la guita.

-¿Qué? ¡No! Pará. No.

-Dale boluda, dame todo pendeja –la garra extendida, insistente.

Ella temblando metió la mano en la cartera grande de plástico rojo, rogando no alcanzar el sobre con la plata del alquiler.

El tipo la miró profundo, puñales en las pupilas y algo de inconsciencia. Ella empezó a temblar como un herbívoro a punto de salir disparado, un flujo de adrenalina doliendo en el pecho, los músculos tensos. En un movimiento torpe saca su billetera llena de papeles inútiles y treinta pesos arrugados.

La bestia mira, huele, arrebata, se encrespa. El herbívoro tiembla, balbucea, intenta, no puede. Mete la mano en el bolso de plástico, imitación cuero y se le hace un nudo en la garganta. Tiene ganas de llorar. Él demanda el reloj, el celular, los anillos dorados… cuando saca el celular se le cae el sobre, limpio, como en cámara lenta, con un sonido seco. “Chau alquiler”-resuena detrás de sus ojos enormes.

El tipo arrebata el celular que ella tiende con mano temblorosa. No quiere mirar el piso. La bestia sale caminando con paso elástico. Ella no se mueve.

Pasan dos o tres minutos y sigue parada con el llanto rumiándole en la garganta. Automáticamente busca el teléfono que aún no terminó de pagar en la cartera. La mirada de estúpida recorre la calle solitaria llena de indiferentes. El sobre a sus pies. No quiere agacharse. Duda, mira si la fiera no espera al acecho para rematarla. Junta sus flacas rodillas y se agacha, lo toma con suavidad y lo deposita en la cartera como si lo tirara a la basura. Ni bien se reincorpora comienza a caminar con paso dudoso, como borracha… apresura la marcha, a dos cuadras la avenida y sus luces lucen como un paraíso. Llega casi corriendo, como desencajada para frenar en seco al ver los mismos ojos felinos en el cana de la parada.

 

Prostituto


Cuando llega al  hotel internacional, un viejo lo mira con descaro, parece gringo. El bronceado contrasta de manera patética con la ropa blanca y la sonrisa. Demasiado blanco. Demasiado humectado. Una oleada de repulsión le toma el pecho, pero igual le sonríe cuando se aproxima al mostrador. Uno nunca sabe. El tipo tiene aspecto de estar forrado, pero por ahí se equivoca, qué sabe el de eso.

Todo se reducía a la maldita necesidad de dinero. Pagar la renta. Comer todos los días. Pasarle algo a su madre, para el hermanito, para el alquiler, para los remedios, para todo y a la vieja no se le ocurre ponerse a trabajar, total pedir es más fácil. El hermanito ya está empezando a darse cuenta de algunas cosas, sin ir más lejos, el otro día lo vio en la puerta del gimnasio del hotel haciéndose el lindo con una jovata. Lo sacó de ahí de una patada en el culo. Más bronca le dio porque había un viejo que lo miraba con cara de querer comérselo. Por eso le pegó con ganas para que aprenda.

En la clase de salsa, se encuentra con Leonor…y también con el viejo ese de la recepción. Los dos se miden, Leonor adivina la intensión del otro, pero ella lo mira con cara de estar segura que la elección es clara, pero igual lo mira a la espera de un gesto definitivo. Carlos duda. Le molesta esta disputa. Es un pedazo de carne. Toma a Leonor por la cintura y la apoya con intensión. El resultado es inmediato. Leonor se pone radiante. Al pasar le hace un guiño al gringo, un guiño cómplice, un guiño impostado. El gringo asiente con una inclinación de cabeza y le muestra la tarjeta de la habitación con el número. Ya sabe a dónde llamar.

Después de la clase se va a lo de Leonor que siempre es buena para pagar y que le hace regalos caros, le compra ropa... quizás deba cobrarle más caro. Leonor lo cuida como un hijo aunque el se la garche como un salvaje.

Cuando vuelve al hotel sube directo a la habitación del viejo bronceado. Necesita el dinero. Cuando entra se encuentra con su hermanito, con su culito lampiño, mínimo, apoyadito en la cama... Todo se reducía al dinero y era hora de que alguien más arreglara las cuentas de mamá. Llega a escuchar una radio lejana "...paises tropicales... mojada... caliente... pagando... tropicales…"

sábado, 10 de noviembre de 2012

La Sabiduría de la Serpiente y el Búho


 

Se encontraban la Serpiente y el Búho en una convención de sabios de todas las culturas del mundo viendo cuan iluminados y cuanto más profundos se encontraban en esta nueva cumbre de sabiduría.

El Mono hacía de maestro de ceremonias, todo formal y compuesto, tratando de seguirle el paso a los invitados pero sintiéndose totalmente fuera de su elemento y encontrando a los disertantes un poquito crípticos, trató de hacer lo mejor que pudo con lo que se le presentó durante toda la jornada hasta que quedaron en la contienda la Serpiente y el Búho, ostentando los bastiones históricos de la sabiduría.

La Serpiente comenzó argumentando que ella era la unión entre lo divino y lo terrenal en muchas culturas, sabiduría, paz y salud. Representada en los más exquisitos materiales. Y mientras contaba esto se enroscaba orgullosa sobre si misma, embelezada por su propio siseo. Mirando desde lo alto a todos los animales presentes.

Por su parte el Búho, miró a todos con ojos redondos y ululando se despachó con su propia estirpe griega siendo compañero simbólico de la Diosa Atenea, guardián de las praderas en las culturas precolombinas, centinela del saber. Y mientras decía esto, su emplumado pecho se henchía de orgullo.

Horas estuvieron los dos midiendo su abolengo y al final de la jornada, cuando exhaustos dieron cuenta de su audiencia, se percataron de que los pocos animales que quedaban algunos dormitaban y otros se entretenían con los chistes verdes que contaba el Mono a media voz a un costado del proscenio y se sintieron absolutamente tontos.

martes, 2 de octubre de 2012

Los Suicidas


La estación de tren está que explota de gente, parece un hormiguero lleno de seres inquietos, violentos y ponzoñosos que no tienen ni un dejo de paciencia. Julia llega apurada y ante la escena se pone nerviosa.

-Disculpe. ¿Qué pasó?.-Pregunta a un transeúnte.

-Y bueno, están los bomberos… ¿usted qué se imagina? -La respuesta va acompañada de una mirada un tanto molesta.- Otra suicida. Increíble, ya van tres esta semana.

Cuando llega Norber le comenta:

-Viste, otra suicida.

Rápido Norber sugiere:

-¡Ya! Vayamos a tomar el Bondi.

-¡No, pará! –dice Julia con énfasis.- Quiero saber un poco más. Es el tercero en la semana.

-Qué morbosa. ¿Qué querés saber? ¿Si la conocías?

-No sé, tanto me da un poco de miedo, pero me encanta la idea del suicidio en hora pico.

-Vos estás loca. –Dice Norber pero se queda escuchando atento la explicación o a la justificación que su amiga seguramente tiene preparada.

-Primero me imagino que si llegás a la instancia de tirarte debajo del tren es porque merece la pena. –y agrega no muy convencida.- Tendría que tener una gravedad tal que provocara tanto dolor que sólo el golpe seco de la máquina pudiera borrarlo del planeta, como un sacrificio pagano que acallara la ira de un dios malo y vengativo.

Norber se ríe divertido, escucha atento pero cuando su amiga hace una pausa le dice: -Chapa, vos estás re chapa.

Julia también ríe un poco, pero no tanto, la melancolía tiñe rápidamente la sonrisa.

-Pensalo bien. ¿En qué situación tomarías semejante decisión? A mi me daría miedo. Lo que quiero decir es que se necesita coraje para dar ese primer paso que te ubica en el momento preciso frente a la máquina.

Norber se pone serio: -No pienses en esas boludeces… me asustas cuando hablás así.

-En serio, Nor, imaginate lo peor que te pueda pasar en la vida, en que situación debería estar uno para hacer algo así. ¿Enfermedad terminal? Si igual te vas a morir, al menos viví lo que te queda a puro rocanrol. ¿Te dejó tu marido o esposa? Ya te dejó, y con suerte conseguís algo mejor o aprendés de la experiencia. ¿Te quedaste sin laburo, perdiste todo en el casino? ¿Se te murió un hijo?

Julia se pone más seria aún y una nube le cubre el rostro, sus ojos se opacan, su mirada se pierde en las innumerables inmundicias que yacen junto con las piedras que separan una vía de la otra. Norber desesperado trata de cambiar de tema: -¿Fuiste a verla a Charito?… acaba de nacer su segunda hija, es preciosa, pesó tres kilos doscientos cincuenta la gordita, y Charito está chocha…

Julia seria asisentecon la cabeza pero su mente está en otro lado y Norber no puede hacer nada para traerla de regreso. Pasan así cinco eternos minutos y después vuelve en si y le dice a su amigo: -Qué lindo el nacimiento de un hijo. Pero creo que el único motivo de dolor absoluto que a mi me impulsaría a tirarme debajo del tren es la muerte de un hijo. Sí.

Norber un poco más aliviado pero arrastrando la ese de la primera afirmación contesta no muy convencido:

-Sí, si. Es cierto, es lo único, sería el único motivo posible, creo. Es cierto también que es más visceral la pérdida de un hijo para ustedes que para nosotros. Es que no es natural que sobrevivas a tus hijos, pero qué pasa con la otra gente que te quiere y te sobrevive. ¿Qué tipo de consuelo les queda a ellos, qué van a hacer… tirarse debajo del tren con vos?

-¡Qué bolas que sos! No, obvio que no, pero si te quieren deberían entender y dejarte hacer, -A Julia se le ponen los ojos vidriosos.- porque la que sufre sos vos… digo.

-Juli, no, no te pongas así.

-En una semana se tiraron debajo del tren tres personas, tres historias, tres vidas llenas de parientes, gente dolida,… o no… capaz que la soledad los impulsó a hacerlo. Capaz que esta mujer que se suicidó hoy, que se tiró debajo del rápido, en hora pico, lo hizo por soledad, porque no tenía a nadie que la llorara y lo hizo para que al menos todos los pasajeros que viajan a esta hora la puteen, la odien, para poder, al menos en su último acto, generar algún tipo de reacción, sentir en ese segundo antes del impacto y a la fuerza que su vida generó algo en alguien, aunque sea molestia…

Norber no pudo hablar más. Agarró a su amiga por los hombros y caminando despacio con respeto hacia la desconocida desparramada en las vías, se alejaron con rumbo a la parada más cercana resignados a aguantar la espera, el retraso, los apretujones y protestas de los demás pasajeros.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Atardecer


Las vueltas a casa en tren están cargadas de cansancio, de expresiones de deseo: agarrar uno vacío, llegar, que mamá haya preparado una cena rica de milanesas con puré… las vueltas a casa están llenas de melancolía por el día que va muriendo lentamente.

La luz mortecina dentro del vagón y la interminable cola de vendedores que se turnan para venderte algo que no te sirve, ni creo que le sirva a nadie. El soliloquio del vendedor que termina perdiéndose en los cansancios crónicos de los compañeros de vagón, con los que compartimos el silencio cómplice de los combatientes, de los cazadores sin fortuna. Con suerte me siento, tratando de que sea al lado de la ventanilla, porque me molesta que me rocen los que van parados en el pasillo, me molestan sus olores, aunque les agradezco infinitamente sus silencios. Si esto ocurre, si me siento, mi mirada se pierde en los confines del atardecer que se cuela por las calles transversales a las vías dónde la vida tiene otro color, en una realidad paralela como las vías que transcurren a tan sólo metros: chicos que juegan a la pelota, muchachos que toman cerveza, alguien que le pasa un último plumero al auto antes de guardarlo, gente que tiene la suerte de estar llegando y mira al tren con expresión burlona. Los colores y las formas se van extinguiendo de un naranja final a negro profundo. El ritmo se desacelera a medida que se aproxima mi estación y me da fiaca bajar porque significa que voy a tener que expiar el día en las pocas cuadras que me separan de casa, en la ducha antes de cenar y en la vieja preguntándome cómo me fue, y en un sinfín de rutinas conjugadas con esta misma que hoy se me ocurre hermosa y digna de un cuadro, aunque no sé bien de qué estilo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Postal de tren


Subo al vagón ese que está al lado del de las bicis que milagrosamente está medio vacío. Pienso que ese olor a robot, mezcla de aceite, sudor y metal es el límite de clase: de un lado el sudor y el aceite usado, el cigarrillo negro impregnado en la ropa lavada con jabón blanco… el mismo desodorante dulzón para todo el mundo; del otro trajes con olor a lavado a seco y algún perfume de pino, olor a diario recién comprado y a fijador para el pelo. Por algún motivo me gusta subirme a ese vagón en dónde, como los gradientes de dos ríos que se encuentran, las clases confluyen en un vagón en el que se tocan pero no se mezclan. Este recinto en el que viajo, representa, de alguna forma mi culpa de clases, o eso creo.

Hoy tengo delante una señora con dos niños. Una nena que lee los carteles que se cruzan por su ventanilla, para no darle lugar a la madre que sentada en el medio trata de tomarle las tablas.

-Cuatro por ocho. Tres por nueve. Siete por cinco. Nueve por seis. - Dispara la madre.

La pobre chica, responde con cara de esfuerzo a la inquisidora. La chica va respondiendo bastante bien. Pero en un momento, quizás por distracción o quizás porque la tabla del nueve es muy difícil, manda una respuesta incorrecta y la madre casi como un reflejo le aguijonea el brazo con un pellizco que deja una huella roja.

Miro a la mujer con ojos de reprobación que la mujer ignora y que la niña responde con una sonrisa triste pero agradecida.

Del otro lado de la mujer, inquieto está el hijo varón. Un niñito que no deja de comentar todo lo que sucede, como si pensara en voz alta.

-Mamá ¿ese señora es gorda porque como mucho? ¿Por qué los hombres usan bigotes? Mami no vi ni una sola persona con canas verdes. ¿Por qué el asiento es marrón? ¡Maaaa, mirá ese chico escribe en el asiento! – No para ni para tomar aire y tiene un timbre de voz que me exaspera. Lleva puesto un pantaloncito que le queda uno o dos talles más chico y se la pasa sacándoselo del culo con un gesto doloroso. Sin embargo no me conmueve, el pibe es una molestia.

Su blablá monótono y el vaivén truntrún del tren me van cerrando los ojos. Cada tanto, me despierto con la curiosidad generada por la dialéctica extraña de los vendedores ambulantes, que terminan ahí, a pasos de mi lugar, en dónde intercambian datos de ofertas, negocios imposibles.

Por el pasillo veo que se acerca un enano. El nene como si lo hubiera percibido, se asoma, mira por el pasillo, se da vuelta mira a la madre que no le presta atención.

-Mami, mami, mami…

Nada. Se asoma dos o tres veces más con insistencia sacando la mitad de su cuerpo por encima del apoyabrazos de la butaca. La madre presiente algo. El chico la mira, El enano se para a un asiento del nuestro. El nene desesperado no puede más y casi a los gritos le dice: -¡Mami, mami, mirá que hombre más chiquitito!

La madre lívida de vergüenza lo sienta de un tirón de orejas. Mi mirada yo no es de reprobación. El enano no se da por aludido.

Nos vamos acercando a Constitución. Resuenan las bocinas de las máquinas que entran y salen, algún grito de advertencia de que se va el último a Ranelagh. La gente se va agolpando en las puertas para salir primero y yo que no puedo dejar de admirar esos techos gigantes con algunos vidrios manchados y chapas llenas de hollín. Los ecos habitan las alturas junto con palomas enfermas y olores de los puestos de comida y de los talleres que están ahí nomás.

Bajo a la marea de gente que me empuja a través de esa arquitectura descuidada, de palacio en ruinas, a través de historias que nunca conoceré. Recorro con dificultad, cruzo molinetes, entrego el boleto de cartón duro y me pregunto a donde van todos esos lunares desgarrados de cada uno de los boletos y que conforman una parva al lado del inspector con cara de chancho que mecánicamente, como en una línea de ensamblaje toma-perfora-entrega-toma-perfora-entrega. Me tiento con el pan de maíz, herencia del abuelo que siempre lo compraba cuando tomaba el tren para venir a visitarnos… pero sigo, atraído por la refulgente salida, para perderme en su brillo, en otras historias pero de colectivo.

En el tren II


 Carlos llega a la estación de tren, la de Temperley, como todos los días, perfumado y de punta en blanco, el tiempo cronometrado como para que le alcance a comprar el diario y leer rápidamente los titulares. Saluda con cordialidad y por su nombre de pila al quiosquero, se abstiene de fumarse un pucho porque, aunque tiene ganas, detesta el olor a cigarrillo en la ropa y en el aliento desde tan temprano.

Carlos busca a Marita en el andén, la figura delgada y un poco encorvada de modelo francesa, su pelo teñido súper rubio, corto, pero no a lo Marilyn sino a lo punk, su traje negro, sus zapatillas blancas de cuero. Marita siempre se viste igual, algunas veces en lugar de zapatillas usa zapatos acordonados o borcegos, pero siempre de negro, ojos delineados, la piel extra blanca.

Carlos piensa que Marita nunca se fue de vacaciones. Se la encuentra todos los días y charlan de libros en el viaje a Constitución. Comparten también el viaje en subte pero Carlos se baja en Diagonal y ella sigue hasta Plaza San Martín, porque trabaja en la biblioteca de la Cancillería.

Carlos nunca le insinuó nada a Marita, pero hay una tensión ente ellos que todos en el andén pueden sentir. No es histeria, no se coquetean, ellos comparten charlas triviales sobre el clima y los perfumes y otras más trascendentes sobre discos y libros, algunas joyas musicales o literarias que degustan comentando.

Ambos están interesados, el uno en el otro y se nota en algunas miradas breves y en otros tantos gestos gentiles. El problema es que los dos son tímidos y solo imaginar un beso los sonroja de deseo y de vergüenza por partes iguales.

Carlos ve a Marita, se acerca a ella, la saluda tomándola tímidamente del brazo. Ella, si está leyendo, levanta una mirada osca del libro, ríe por un nanosegundo y se pierde en el gesto de guardar el libro en su morral. Si escucha música, la mirada es la misma, pero le pasa el auricular izquierdo y levanta un dedo en señal de silencio hasta que termina el tema.

El ritual es casi idéntico, de lunes a viernes, pero hoy Carlos quiere hacer algo distinto. Quiere invitarla al cine. Estrenan la última de David Lynch que, intuye, va a estar buenísima.

Él es un tipo decidido, metódico, ordenado, eso se aprecia con solo mirarlo. Ella, por otro lado, podría ser voluntaria en un hogar de niños o ser una asesina serial, ambas opciones son factibles. Carlos adora sus costumbres y mientras charlan de cine piensa en el placer que le brinda ese ritual de la mañana. No puede imaginarse a Marita fuera del entorno “transporte”, más allá de esa hora y un poquito que comparten desde hace dos años, que sólo se interrumpe en caso de paro ferroviario o de vacaciones.

Le es imposible imaginarla de vacaciones en malla en Mar del Plata pasándose bronceador, tampoco caminando por las sierras cordobesas, sabe, sin embargo, que una vez al año ella se va a ver a su hermano a Londres o que cada tanto viaja a Chicago a ver a una amiga que emigró.

Carlos sigue pensando mientras se suceden las estaciones, al llegar a Constitución aún no encuentra el coraje y es como si una bandada de dudas se hubiera tirado al vuelo encima suyo desde cada cúpula del enorme edificio… y por primera vez, retrocede.

 Suben juntos a la candente y maloliente formación de subte, sin hablar. Ella lo mira extrañada y le pregunta si está bien. El dice si con un gesto y la cabeza llena de “y sis”: Y si dice que no,  y si no se gustan, y si tiene novio o novia, y si sus mañanas cambian,  y si no vuelve a encontrarla como todos los días en el andén, y si no vuelven a hablar de música, de arte, de afectos lejanos, de problemas menores, de los titulares, de si pide aumento o no, de si estudiar francés o italiano… y si…

Se aproximan a Diagonal Norte, él la toma del brazo, le da un beso en la mejilla y le susurra: “Buen finde. Nos vemos el lunes”. 

Las Peleas


Los viajes en tren están enmarcados de por sí en un halo de misterio, porque contienen tantos universos como vagones posea el tren. Cada uno tiene destinos y comienzos que se extienden en todo su longitud. Uno puede conocer una multitud de historias, comenzar una y mil veces, o simplemente tener la propia pero como observador, o como juez, como ciudadano comprometido, como lo que quieras ser en ese momento. Subir a diario a la misma hora, en la misma estación, con casi la misma gente puede ser rutinario pero nos da la oportunidad de presenciar dramas singulares…

El morocho celoso de traje, alto y con cara de tipo difícil subió como casi todas las mañanas con su novia a dos estaciones de donde siempre subía yo. El flaco este de por si llevaba aspecto de pocos amigos, y casi siempre reprimía a su novia por algún motivo. Ella, bonita, consciente de ello, siempre con polleritas cortísima y mirada sugerente a todo el que quisiera apreciar sus largar piernas a pesar de su guardaespaldas. Nunca me imaginé que con mirarla solamente uno pudiera arriesgar su integridad…

La cosa es que mientras observaba con curiosidad el interactuar de la pareja, la bella fémina observaba de reojo con cara de pícara a un joven que a unos metros de ellos llevaba una remera con un Taz agarrándose la entrepierna que decía “Narrow this”. La reacción del novio de la chica fue imprevista, por lo menos para este observador, pues le pego un sopapo sonoro en plena cara a la sorprendida seductora, e interrumpió la sonrisa de cortesía con el provocador caballero que quedó boquiabierto y sin saber como reaccionar.

El griterío fue inmediato, escandaloso… a los novios no los vi más, ni juntos ni separados, y no era para menos porque como en toda pequeña sociedad, algunos tomaron partido rápidamente por la provocadora, otros por el airado novio.

La reacción fue en cadena, casi en cámara lenta: ante el sonoro sopapo, un señor mayor, petisito pero con fuerza evidente empujó contra la puerta del vagón al muchacho mientras le gritaba “A las mujeres no se les pega”; una señora que estaba observando con cara de reprimida no pudo evitar agarrar a la muchacha del brazo y espetarle algo así como “Vos también vestida así como una cualquiera”; la chica en un intento de soltar el brazo del agarre represivo de la mujer le pego en la cabeza a otra que estaba sentada medio dormida, que a su vez se levanto como impulsada por un resorte y golpeó con la cartera a la mujer que seguía gritándole a la jovencita con la cara marcado con la mano del su novio; el morocho gritó “viejo de mierda” al hombre que lo volvió a empujar contra la puerta; dos hombres más tuvieron que sostener al hombre mayor porque estaba a punto de comerse vivo al morocho; un par de pendejos salieron en defensa del joven como para equiparar el número y como tiraron un par de trompadas, los dos tipos que sostenían al viejo, lo soltaron y respondieron al intercambio, esto sumado a los gritos y abucheos de los espectadores que no participaron activamente en la trifulca pero si en los comentarios… de lo más variados. Tal fue la bataola que tuvieron que detener el tren en la siguiente estación, para que interviniera la policía, no solo por los exaltados pugilistas que ya sumaban una decena, sino que también por un par de robos ocurridos aprovechando la atención suscitada por el escándalo ferroviario.

 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La garza (a La Gaviota con cariño)


La garza (a La Gaviota - Acto II con cariño)

La quinta en Pilar es amplia, aunque han loteado el terreno y ahora hay dos vecinos más que miran el pequeño lago artificial. Cae la tarde que se refleja en el lago y en los ventanales de la gran casa que a duras penas conserva la opulencia pasada. Aún se percibe el calor sofocante del día. Bajo el tilo, toman mate Norma, Rudi y María. Rudi lee.

Norma le pide a María que se pare a su lado tan solo un momento, e interrumpe al bueno de Rudi para preguntarle cuál de las dos es más joven. Norma se enorgullece de su aspecto jovial, que cultiva con esmero y alguna que otra mentira al pronunciar su edad.

Rudi responde un distraído pero convincente “Usted, ¿quién más?” mientras le guiña un ojo con poco disimulo a María que empieza a parecer molesta por lo que intuye se viene.

Norma dice: -Ya ves querida… Sabés porque parezco más joven aunque tenga el doble de tu edad, ¿eh, nena? Porque me muevo, trabajo, me rodeo de gente joven, creo en el amor… ¿y vos? Vos estás todo el tiempo acá, sola, metida adentro, no salís nunca. Tenés que mirar para adelante nena, como hago yo.

María se mira las manos con los hombros caídos y responde: -Que querés Norma, yo siento el peso del tiempo como algo inmenso sobre los hombros. Podría ir a Buenos Aires, sin embargo tengo días en los que no puedo ni levantarme de la cama, me siento como atrapada en esta chacra, tanto que ni me saco el pijama. (Se desploma en el banco con un gran suspiro triste).

Rudi distraído silba bajito un tango.

Norma, implacable sigue sin prestarle atención a ninguno de los dos: -Yo no, yo siempre tengo que estar impecable, arregladísima, con un buen perfume que me levante el ánimo, con mis tacos, el pelo planchado, sino me siento mal. Jamás salgo de la casa sin maquillarme y nunca me van a ver, como dice la gente, “de entre casa” porque no existe en mi léxico. (Y se pasea mientras habla con la raqueta de tenis en una mano, mostrando sus piernas perfectas y su cintura de quinceañera, aunque la piel de su cara y de sus manos dicen otra cosa). -¿Decime si no puedo representar cualquier papel, incluso el de mi propia hija?

Rudi interrumpe para anunciar que va a seguir con la lectura. Norma le saca el libro de las manos y busca el lugar en el que habían quedado y comienza a leer, rápidamente, salteando párrafos, como para ella pero vocalizando algunas frases cortadas: -es peligroso fomentar y mimar a los novelistas… es como criar ratas en una despensa…cuando una mujer se encapricha con un escritor y quiere conquistarlo… mediante elogios, amabilidades y favores…

Los otros no comprenden nada y ella explica burlona: -¡Eso acá imposible! Acá si una mujer intenta algo con un escritor es porque ya está perdidamente enamorada de el. Mirá si no miento y señala a Marcelo que sigue de cerca a Nina y a Pedro que se acercan del brazo.

Pedro le dice a Norma, su hermana: -Se fueron los plomos, tenemos tres días para disfrutar.

Nina se sienta junto a Norma y la abraza afectuosamente a modo de agradecimiento, su familia se fue, y dice: -Me siento feliz, ¡Gracias!

Pedro la mira y le dice a Norma mientras mira amoroso a Nina: -¿No está divina?

Norma: -Sí, encantadora, muy bonita. ¡Lindo! (y le da un beso en la frente) Pero basta de piropos, no vaya a ser que se los crea. ¿Dónde está Alex?

Nina: En el lago.

Norma: -¿No se aburre? –y sin esperar una respuesta sigue leyendo.

Nina le pregunta que está leyendo pero Norma le responde que Maupassant es un fraude, cierra el libro y le pregunta: -¿vos sabés que le pasa a mi hijo? ¿Está deprimido? Se la pasa en el laguito ese haciendo no se qué… apenas lo veo últimamente.

María, que estaba ahí como ausente comenta: -Está mal. (Y le pide a Nina que cuente aunque sea un pedacito de la obra).

Nina: -¿De verdad? ¡Es que es tan aburrida!

María apenas puede reprimir lo que siente: -Es que cuando Alex lee, los ojos le brillan de una manera… tiene una voz triste que estremece y sus gestos son los de un poeta romántico…

De fondo se oyen los ronquidos de Pedro. Norma y Rudi lo despiertan: -¡Pedrito, Pedrito!

Discuten sobre la salud de Pedro que a los sesenta y pocos siente que ya no vale la pena hacer ningún esfuerzo. No quiere dejar de fumar ni comer sano, le resulta incómodo y le parece que eso de cuidarse es una nueva moda burguesa.

Rudi lo reta y aclara: -No, Pedro, no son tonterías burguesas, estas debilidades a las que te entregás no hacen más que  profundizar ciertas debilidades de tu carácter. Como el alcohol… toma posesión de tu voluntad y a la larga la pagás.

Pedro: -A vos te resulta tan fácil hablar porque tu vida siempre fue, por decirlo de alguna forma, agradable, plena. La mía no tanto, siempre acá, en la chacra, al menos en mis últimos años quiero vivir a mi antojo, por eso es que me doy mis permisos.

Rudi: -Pero viejo, es una boludez quejarte de tu edad y de tu salud y no llevar una vida sana. Darse gustos es otra cosa, carajo.

María interrumpe para anunciar el almuerzo. Norma se queja del aburrimiento rural.

Nina y Pedro le dan la razón: -Ay si, nada mejor que las luces del centro.

Pedro enumera: -Todo organizado: la secretaria que te administra la vida, el teléfono que siempre anda, la proximidad, todo se puede solucionar en el marco de dos horas, sin embargo acá te lleva dos horas llegar a cualquier parte.

Ahí nomás deciden volver a la capital, pero el capataz les informa que ninguno de los dos vehículos está disponible.

Norma no da crédito a lo que escucha: -¿Pero qué pasa acá, acaso no hay remises? No, no, no. Hoy mismo soluciono esto, o como que me llamo Norma que me vuelvo a pie.

El administrador avasallado, amenaza renunciar. Norma se siente insultada. Nina no puede creer que alguien le diga que no a Norma. Norma se va hacia la casa visiblemente enojada y todos salen detrás de ella como un séquito.

               

Nina sale al jardín y junta flores. Habla sola o piensa en voz alta: -Es tan raro ver llorar a una mujer como Norma,… por algo sin importancia. Por otro lado, este escritor, tan famoso, tan popular y conocido que aparece no solo en los diarios sino que también en los programas de entretenimiento de la tele y ¿qué hace?, se la pasa pescando y escribiendo una vaya a saber qué en su agendita… y yo que me imaginaba a la gente famosa como seres especiales.

Se acerca Alex con un pájaro muerto en la mano y le dice: -Estas sola, ¿no? (Tira a sus pies el hermoso pájaro blanco, inerte)

Nina: -Y si, ¿no ves? Pero… ¿qué es este bicho que me dejás acá?

Alex: -La maté con el rifle de aire comprimido. La maté y ahora me siento horrible…

Nina lo mira inquisitivamente, toma el pájaro con asco y lo observa.

Alex: -Pronto voy a estar muerto como ese bicho.

Nina: -¡¿Qué?! ¿Qué te pasa? Vos estás tan cambiado…

Alex: -Sí, pero sólo porque vos cambiaste primero. Estás distinta ahora… no me das más bola, me da la sensación que te estorbo… (La mira con ojos tristes, vencidos)

Nina: (sin notar en absoluto la mirada de Alex, con la vista clavada en el ave) Es que todo te molesta, te enojás de nada, no te entiendo, estás muy críptico, misterioso. Estoy segura que este pájaro significa algo, pero no tengo idea de qué (pone la garza sobre el banco del jardín al lado del rosal antiguo) ¡es que soy demasiado tonta para entenderte!

Alex, absorto en sus propias cavilaciones responde: -Todo empezó la otra noche cuando mi obra fracasó. Ustedes las minas no toleran el fracaso. Si supieras lo mal que me siento… y encima me tratás así. Recién dijiste que eras muy tonta como para entenderme… pero qué es lo que no se entiende, ¿eh? ¡Mi obra fracasó! ¡Eso! ¡Me despreciás por lo que hago y encima, ahora es como si yo fuera uno más del montón! (se da vuelta y patea un sapo que estaba tratando que no lo vieran) Una mierda mi intelecto. ¡A la mierda con esto y con mi orgullo!

Por entre las flores se acerca Marcelo con un libro que parece estar leyendo. Alex lo nota y dice enojado: -Pero ojo ¿eh? Que ahí viene el genio (y se burla del andar del escritor) ¡No ves! Ni te miró pero ya sonreís con solo verlo llegar. (Se va visiblemente enojado)

Nina: -¡Bueno! ¡Buenos días Sr. Marcelo Tosh!

Marcelo: -Parece que todo empeoró, ¿no? ¿Nos vamos hoy de buenas a primeras? Lástima. Te parece que nos juntemos nuevamente, es que no es común encontrarse con mujeres como vos. Además, ya ni se como son las chicas de tu edad, ni como se sienten… no logro ni imaginármelo… Me gustaría ser vos, aunque sea por un par de horas…

Nina (visiblemente interesada): -A mi también me gustaría volver a verte.

Marcelo: -¿Para qué?

Nina: -Para saber que se siente ser vos, un escritor de éxito, inteligente… famoso ¿qué sentís, qué se siente salir en todos lados, que todos te admiren?

Marcelo: - mmm... quizás nada. Nunca me lo pregunté pero me parece que te equivocás. La fama no se siente.

Nina: -¿y cuando lees las críticas de tus libros o de tus obras en los diarios?

Marcelo: -El halago siempre es agradable y la crítica me pone de muy mal humor.

Nina: -¡Tu vida debe ser un sueño! ¡Si supieras lo que te envidio! ¡Que cosa son los destinos! ¡Algunos tenemos una existencia aburrida y común y otros como vos, tienen la vida más interesante que me puedo imaginar! ¡Que suerte tenés!

Marcelo: -¿yo? Vos me hablás de felicidad y una vida espléndida, pero para mí esas son solo palabras, como esos bombones de fruta que se ven lindos y que nunca como. Sos realmente generosa conmigo.

Nina: -¡Pero no te miento! ¡Es que tenés una vida genial!

Marcelo: -¿Qué le ves de genial? (mira su reloj pulsera) Tengo que escribir algunas cosas urgentes. Me tengo que ir. (Ríe) Es que me diste en mi punto débil… y ahora no me puedo ir y abandonar esta charla. A ver como te lo explico… Debés saber lo que es una idea fija, esas que te siguen día y noche, cuando comés y cuando dormís. Bueno yo vivo dominado por mis ideas fijas, tengo que escribir, tengo que… Ni bien termino una novela, o un libreto, sin saber bien por qué, tengo que empezar otra, sin respiro, y no puedo hacer otra cosa. Escribo como un poseso, sin descanso. ¡Mirá vos que vida la mía!  Todo puede ser material para la novela, todo, desde el olor del este rosal, hasta una nube, cada palabra que usted diga, o las mías, no importa, tengo que conservarla porque puede aportar algo a lo que escribo. Así cada cosa que veo o vivo, tengo que ir corriendo a escribirla, y seguir y seguir. Todo puede ser un nuevo argumento. ¿Vos pensás que mis amigos y conocidos me tratan como a una persona normal? No, siempre la pregunta, el reclamo, la expectativa. Toda la atención que me brindan es una farsa, en el fondo me tratan como a un loco… un día de estos me van a encerrar en un manicomio, con mi lápiz y mi anotador… Me carcome la paranoia. Nunca conocí a mis lectores, pero creo que están en contra mío. Me obsesiona la reacción del público, los negros me odian y los rubios me ven con indiferencia.

Nina: -Pero el proceso creador ¿no te da satisfacción?

Marcelo: -Si, mientras escribo la paso bien. Cuando corrijo los textos también. Pero en cuanto la obra sale para la imprenta, la odio instantáneamente. Creo que es una porquería, que no merece ser publicada. Desearía no haberla escrito, me enojo y me deprimo. (Ríe como para si mismo) Y luego viene el público y te dicen que tenés talento, que sos un capo, o que está bien pero no a la altura de Pauls o de Tolcachir. Y me imagino que cuando me muera en el mármol sobre mi tumba se va a leer “Aquí yace Marcelo Tosh. Escritor, pero no tan bueno como Pauls.”

Nina: -No, no, no, me niego a seguirte en esto. Me parece que estás malcriado por el éxito.

Marcelo: ¿De qué éxito me hablas? No me gusta mi propia obra. En ocasiones, que no son pocas, no entiendo lo que quise decir. Me encanta lo que vivo y lo que veo y trato de plasmarlo, pero no puedo ser un simple paisajista. Como escritor tengo un deber social. Pero solo me dedico al paisaje y en el resto, en lo real, en la vida, soy falso como un billete de tres dólares.

Nina: -Es que trabajás demasiado. Tendrías que reconocerte tus propios méritos, no te das tiempo para disfrutar los logros. Mirá, yo por la felicidad de ser escritor, o de ser actriz en mi caso, soportaría el desprecio de mi familia, la pobreza, la desilusión… Sufriría y reconocería mis defectos, ¡pero a cambio exigiría la gloria! (Nina mueve los brazos, enfática, casi con lágrimas en los ojos, poseída por la emoción)

Se escucha la voz de Norma desde la casa: -Marceeeelooooo, Marceeeelooooo.

Marcelo: -Me llaman. Tengo que armar el bolso. Pero me quedaría acá charlando. Este lugar es tan lindo.

Nina: -¿Ves esa casa de allá, del otro lado del lago? Bueno, esa casa perteneció a mi mamá. Me crié ahí. Toda mi vida está ligada a este lugar.

Marcelo: -¡Que lugar tan lindo! (de pronto nota la garza en el banco) pero, ¿qué es esto?

Nina: - Una garza. La mató Alex, el hijo de Norma.

Marcelo: -Qué lindo pájaro. De verdad que no tengo ganas de irme. ¿Por qué no hablas con Norma y la convencés de que se quede? (agarra la libreta y toma notas)

Nina (un poco contrariada por la falta de atención): ¿Qué estás escribiendo?

Marcelo: -Nada, nada. (Esconde la libreta casi como un niño) Se me ocurrió un argumento, algo corto: en un lago vive una chica desde la infancia. Está unida al lago como podría estarlo esta garza, es libre y es feliz como ellas. Pero un día viene un tipo y porque si, la destruye, como han destruido a este pobre animal.

Norma: -Marceloooo, ¿dónde estás?

Marcelo: -¡Ya voy! -Se aleja hacia la casa, pero se da vuelta y mira a Nina. Cuando llega al lado de la ventana donde está Norma le pregunta: -¿Qué pasa?

Norma: -¡Nos quedamos!

Nina, sola en el jardín reflexiona hacia el público: ¿Estaré soñando?

A oscuras...


Sombras en gris oscuro sobre un fondo negro
Representaciones que toman forma cuando se corta la luz.
Danzantes al compás del viento que se filtra por alguna puerta
Y generan miedos infantiles que nos avergüenzan.

La oscuridad estimula al niño, a lo que está dormido, al miedo primario,
Al goce pequeño, a la cercanía, a las ganas de que hubiera el sol.
Ese raro silencio que la acompaña nos invita a romperlo de a ratos,
a prestarle atención, a sumarle melodías caóticas, a convertirnos en escritores a oscuras.

Juegos de niños con los perros del vecino,
que responden en variación con aullidos.
El oído atento, promueve la curiosidad
de lo que se vive a tan solo una puerta.
 
La oscuridad nos da ganas de todo lo que no podemos,
Oír la radio, ver una peli
o de leer esa  novela rusa abandonada en el capítulo cuarto,
Hacer pochocho en el microondas o practicar una escala en la guitarra eléctrica.

Imaginamos como hubiera sido la vida en la época de las velas,
El olor, el crepitar de los pabilos, la danza de las letras en las hojas
Inventoras ellas solitas de rebeldías frente a lo escrito,
Negándose a representar el símbolo convenido.

Inventamos sombras chinescas con la linterna y nos sorprendemos
de nuestras dos manos izquierdas que se niegan a seguirnos en la empresa.
El gato se quiere acurrucar, pero se asusta con nuestro susto
y nosotros del de él.
 
Oscuridad viva, creación constante, latir fuerte,
Palabras traviesas que asoman a los labios envalentonados por la anónima sombra.
Sombra hermana que nos protege con su fría complicidad
en los recovecos de nuestro propio aburrimiento.
 
Volvió la luz.

 

lunes, 21 de mayo de 2012

Filo de Sylvia Plath

La mujer ha alcanzado la perfección.
Su cuerpo

Muerto tiene la sonrisa de la consumación,
La apariencia de una fatalidad griega

Se derrama por los pliegues de su toga,
Sus pies

Desnudos parecen decir:
Hasta aquí hemos llegado, ya todo acabó.

Cada niño muerto enroscado, una serpiente blanca,
En cada pequeño

Cántaro de leche, ahora vacío.
Ellos los ha atraído

Nuevamente hacia su cuerpo, como si fueran pétalos
De la rosa que se cierra cuando el jardín

Se petrifica y las fragancias sangran
En las dulces y hondas gargantas de la flor de la noche.

Mirando fijamente desde su caperuza de hueso,
La luna no tiene por qué estar triste.

Ella está acostumbrada a este tipo de cosas.
Su luto cruje y arrastra.

viernes, 30 de marzo de 2012

Reflejo

El tiempo pasó y de pronto ella se vio en el espejo y no pudo ver nada: ni arrugas, ni canas, ni nariz, ni ojos, ni nada. Con el tiempo, parecía que la imagen en el espejo se lavó, se desdibujó, al punto de la inexistencia.

Se palpó los pómulos, la frente, se alisó el pelo, chequeó su aliento, verificó si las tetas las tenía en el lugar, si eran las de siempre, sí, 36B a unos pocos centímetros del hueso del hombro; con una mirada directa notó que ahora tenía un pliegue más en el abdomen y que se había puesto los zapatos verdes.

No comprendía la ausencia de ella en el espejo, ese vacío extraño. Llamó a su amiga Martita por Skype y le preguntó qué tal la veía. La otra extrañada le dijo que igual que siempre, y bajando un poco la voz y con la cara contra la pantalla le preguntó que qué carajo estaba fumando.

Más tarde, ese mismo día, no pudo con su genio y llamó a su psicóloga para contarle lo que le estaba pasando: “Estoy desesperada –le dijo- tengo que salir a ver a unos amigos y no se, no puedo verme…” La terapeuta le preguntó si se había visto el día anterior y ella le dijo que si, que por supuesto… entonces la licenciada le pregunto: “y ¿cómo eras?”.

-Bueno, igual que hoy, creo. Ahora que lo pienso, no se, no me presté atención… es que siempre me di por presente, pero ahora hay un vacío importante, ¿entendés?, no-me-ve-o. –Le espetó silabeando las últimas palabras.

Se sentó en la cama, frustrada, con el teléfono entre las manos, la mirada clavada en las palabras de la licenciada que seguían saliendo del teléfono. Las podía ver, pero no escuchaba nada.

Las lágrimas rodaron por su rostro sin reflejo, cayeron en su escote, atrevidas, y se perdieron entre sus manchas de sol y algunas arrugas, para sumergirse en las sobras del corpiño.

Tomó unas fotos de la caja marrón con manijas de cuero que estaba al lado del placard. Una de ellas le mostró unos frescos ojos desafiantes. Otra le mostró una sonrisa veraniega y divertida. En otra de las fotos aparecían sus pelos, rubios salvajes, revueltos por el viento de una montaña. Una foto más le mostró un cuerpo adolescente, desconocedor de límites, suspendido en el aire, a punto de caer en un mar turquesa.

Suspiró profundamente, dejo de resistirse, se enfundó el vestido negro preferido, un collar de cristal de roca y unos zapatitos chatos, bien cómodos, amigos de las noches largas de parranda. Descolgó el espejo y salió al encuentro de sus amigos.

Al llegar, un coro festivo la recibió con un “Feliz Cumpleaños Locaaaa!” Se pidió una pinta de cerveza roja, segura que no había nada mejor que eso para olvidar tamaña pesadilla.

jueves, 29 de marzo de 2012

Con lágrimas en los ojos

Cómo asumir el futuro que no será
Cómo esperanzarnos después de la frustración
Cómo retomare una historia cuyo final no quiero
Cómo reescribir algo que ya había imaginado y pasado en tinta.

Levantarme a la mañana y agradecer todo lo que tengo,
que no es poco,
pero con esa soledad enorme que siento
a pesar de todo el amor que me rodea.
Caminar una y otra cuadra,
buscando un objetivo o un objeto
que lleve la esperanza que se esparce en pequeñas esporas infectando silenciosamente cada flor de felicidad.

Me pregunto como mantener el control si la ira,
amiga de la tristeza,
va encendiendo pequeñas fogatas cuyas lenguas de fuego acarician juguetonas los cónclaves de mis guerras.

jueves, 22 de marzo de 2012

Trópico

Hermosas tardes de cielo naranja
que mi ánimo no acompaña.

Las lleno de olores frutales y perfumes frescos,
de pensamientos oscuros aún verdes
que por dentro ya se van pudriendo.
La guayaba huele mejor cuando está pasada,
con ese olor embriagador que te trae desde mitad de cuadra.

Guayaba, cambur y piña en pequeños trozos de algarabía estival,
sin embargo la tarde naranja se transforma en azul sin fin
y el sabor de la fruta lo lava
una mala caña, que muere triste en borrachera.

Ella y yo

Piromaniaca, loca, puta vengativa
quién puede juzgarte
si después de haber perdido todo te abandonan a tu miserable mundo politeísta, dónde nada es suficiente y todo es errado.


Los errares los pagarás en vida,
pero te vas a cargar a un par, seguro.
Enferma de celos y frustración, ciega a cualquier razón,
nada se interpondrá a tu locura.


Nada me gustaría más que justificarla,
nada me gustaría más que justificar mi juicio
y caer sobre vos con mi insania.


Madre Medea, sin vos, solo cenizas.

Sin Sol



En un mundo sin sol la locura crece en todos nosotros, Capitán.
La tortura de la lluvia contante, sin ritmo, caótica.
Las tragedias sacan lo peor de nosotros, Capitán.
Nosotros tres, perdidos, y la lluvia que nos lava la esperanza.

La lluvia, la vegetación pútrida, invasora y nosotros que no fuimos creados para esto.
Pagamos en esta vida algo que adeudamos pero que ya no recordamos.
Desidia, locura, lluvia, ahogo.
Sin tan solo pudiera seguir un poquito más.
…Simmons se rinde.


jueves, 15 de marzo de 2012

Introducción

Los días se van haciendo un poco más frescos,
adquiriendo un aliento a jazmín después de la lluvia.
El naranjo no tiene flor pero está lleno de frutos verdes,
preludio dulce de las tostadas de otoño.
Los cantos de los pájaros tienen ese tono a despedida.
La casa ofrece más sombras
en las que se van refugiando mis ganas de florecer.
Tengo que decidir si vivir en el verano o en el invierno de mi ánimo
y no sé qué debo vestir para la ocasión.
No se si mi ropa me acompaña
en esta excursión sintomática de paradigmas por descubrir.
No se si estoy lista, eso no se sabe, creo que tampoco se siente,
una va, como vaca al matadero,
va y viene y deviene como puede.
Escribo en celeste clarito,
porque me avergüenzo.
Escribo tímidamente, porque la valentía no se hizo para mi
o quizás si, pero no lo suficiente,
o quizás sea pereza de sostener las contiendas de mis propias contradicciones.