Cuando salió de la oficina sintió que el viernes se le enredaba en los
dedos de los pies, que trepaba como una serpiente por sus piernas. La tarde
estaba muriendo rápidamente y el frío obligaba a la gente a una marcha rápida y
decidida. Pensó pasar por la inmobiliaria primero y después caminar un rato,
aprovechando que el viernes recién comenzaba y se sentía con ganas de ser libre
y deambular por la calle como si estuviera en un prado abierto y soleado. Eso
le inspiraba los viernes. Se sentía confiada por eso no prestó atención al
flaco que con paso ágil cruzaba la calle en su dirección. Pensó que era lindo
hasta que se plantó frente a ella. La mirada del tipo se le antojó felina,
de gato indomable, animal perdido, noche oscura. La voz resonó profunda, rugido
ahogado, imponente de hambre.
Ella casi se
hace pis de miedo. Se dio vuelta rápido, con susto.
-Dale rubia, te
dije que me des toda la guita.
-¿Qué? ¡No!
Pará. No.
-Dale boluda,
dame todo pendeja –la garra extendida, insistente.
Ella temblando metió
la mano en la cartera grande de plástico rojo, rogando no alcanzar el sobre con
la plata del alquiler.
El tipo la miró
profundo, puñales en las pupilas y algo de inconsciencia. Ella empezó a temblar
como un herbívoro a punto de salir disparado, un flujo de adrenalina doliendo
en el pecho, los músculos tensos. En un movimiento torpe saca su billetera
llena de papeles inútiles y treinta pesos arrugados.
La bestia mira,
huele, arrebata, se encrespa. El herbívoro tiembla, balbucea, intenta, no
puede. Mete la mano en el bolso de plástico, imitación cuero y se le hace un
nudo en la garganta. Tiene ganas de llorar. Él demanda el reloj, el celular,
los anillos dorados… cuando saca el celular se le cae el sobre, limpio, como en
cámara lenta, con un sonido seco. “Chau alquiler”-resuena detrás de sus ojos
enormes.
El tipo arrebata
el celular que ella tiende con mano temblorosa. No quiere mirar el piso. La
bestia sale caminando con paso elástico. Ella no se mueve.
Pasan dos o tres
minutos y sigue parada con el llanto rumiándole en la garganta. Automáticamente
busca el teléfono que aún no terminó de pagar en la cartera. La mirada de
estúpida recorre la calle solitaria llena de indiferentes. El sobre a sus pies.
No quiere agacharse. Duda, mira si la fiera no espera al acecho para rematarla.
Junta sus flacas rodillas y se agacha, lo toma con suavidad y lo deposita en la
cartera como si lo tirara a la basura. Ni bien se reincorpora comienza a
caminar con paso dudoso, como borracha… apresura la marcha, a dos cuadras la avenida
y sus luces lucen como un paraíso. Llega casi corriendo, como desencajada para
frenar en seco al ver los mismos ojos felinos en el cana de la parada.
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