miércoles, 26 de diciembre de 2012

Apunados


Él atraviesa nubes, y el tren que avanza lento, sin ruido en el mismísimo vacío, perdiéndose en la nada o en la promesa que le llena el futuro que se disipa con el olor del café que viene del vagón comedor.

Se despereza y lo primero que ve es a su hermana durmiendo con la boca abierta y un fino hilo de humedad que asoma por la comisura, que lo conmueve por la intimidad y la paz del  sueño. El movimiento del tren es como una canción de cuna, un sutil de izquierda-derecha-izquierda-derecha y el ronroneo profundo de los rieles. De pronto, ella se despierta, lo mira dice algo que no logra escuchar.

-Bostezá. –le ordena.

-¿Qué? No te escucho.

-Que bosteces, que te destapa los oídos. –escucha que explica y lo hace.

-Ahora me duele la cabeza. –dice casi con un hilo de voz.

Lo que necesitaba Juan era un remedio casero, de esos que fabrican las viejas en los pueblos abandonados a la buena de dios, en donde la sabiduría brota de la soledad, del sol, de la tierra y de los ritos que él nunca entendería pero en los que depositaba una especie de esperanza, sorprendente en el que no era propenso a los embrujos.

La necesidad de esta búsqueda lo llevó a convencer a su hermana, sabiendo que ella lo seguiría hasta el fin del mundo, porque eso hacen las hermanas mayores.

Las familias que desaparecieron, los amigos, los rumores y las leyendas que se formaron en torno a la pérdida se están ordenando al ritmo del golpeteo de los durmientes.

Se asoma. El silencio del vagón resuena en la imagen de postal que le devuelve la ventana. Una llama, una sola, al lado de dos líneas paralelas y una planicie amarillenta, refractante, interminable.

Casi una metáfora de su propia niñez. Esta búsqueda que se ordena y se prolonga a lo largo de las vías de este lento tren. Un tren lento, cada vez más lento hasta detenerse un una pequeña estación, rodeada por un puñado de casas de adobe y piedra y más soledad. El color del lugar es casi el color de la única foto que hoy los convoca  aquí, en dónde no encuentran más que polvo y algunos niños queriendo venderles artesanías.

Esta estación de tren, perdida, polvorienta, con una herencia inglesa que ya no forma parte de su personalidad… como esa foto en la que se ven dos jóvenes enamorados, con cara de ilusión. Ilusión maldita que en ellos se esfuma de a poco, a medida que van comprendiendo que la identidad de ellos es como la de la vieja estación… distinta a la de su origen.

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