Él
atraviesa nubes, y el tren que avanza lento, sin ruido en el mismísimo vacío,
perdiéndose en la nada o en la promesa que le llena el futuro que se disipa con
el olor del café que viene del vagón comedor.
Se
despereza y lo primero que ve es a su hermana durmiendo con la boca abierta y
un fino hilo de humedad que asoma por la comisura, que lo conmueve por la
intimidad y la paz del sueño. El
movimiento del tren es como una canción de cuna, un sutil de
izquierda-derecha-izquierda-derecha y el ronroneo profundo de los rieles. De
pronto, ella se despierta, lo mira dice algo que no logra escuchar.
-Bostezá.
–le ordena.
-¿Qué?
No te escucho.
-Que
bosteces, que te destapa los oídos. –escucha que explica y lo hace.
-Ahora
me duele la cabeza. –dice casi con un hilo de voz.
Lo que
necesitaba Juan era un remedio casero, de esos que fabrican las viejas en los
pueblos abandonados a la buena de dios, en donde la sabiduría brota de la
soledad, del sol, de la tierra y de los ritos que él nunca entendería pero en
los que depositaba una especie de esperanza, sorprendente en el que no era
propenso a los embrujos.
La
necesidad de esta búsqueda lo llevó a convencer a su hermana, sabiendo que ella
lo seguiría hasta el fin del mundo, porque eso hacen las hermanas mayores.
Las
familias que desaparecieron, los amigos, los rumores y las leyendas que se
formaron en torno a la pérdida se están ordenando al ritmo del golpeteo de los
durmientes.
Se asoma. El silencio del vagón resuena en la imagen de postal que le
devuelve la ventana. Una llama, una sola, al lado de dos líneas paralelas y una
planicie amarillenta, refractante, interminable.
Casi una
metáfora de su propia niñez. Esta búsqueda que se ordena y se prolonga a lo
largo de las vías de este lento tren. Un tren lento, cada vez más lento hasta
detenerse un una pequeña estación, rodeada por un puñado de casas de adobe y
piedra y más soledad. El color del lugar es casi el color de la única foto que
hoy los convoca aquí, en dónde no
encuentran más que polvo y algunos niños queriendo venderles artesanías.
Esta
estación de tren, perdida, polvorienta, con una herencia inglesa que ya no
forma parte de su personalidad… como esa foto en la que se ven dos jóvenes
enamorados, con cara de ilusión. Ilusión maldita que en ellos se esfuma de a
poco, a medida que van comprendiendo que la identidad de ellos es como la de la
vieja estación… distinta a la de su origen.
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