Tarde, naranjas, amarillos, celestes, dorados,
azulinos, estrellas tímidas, madrugadoras, sonidos apagados, algún que otro
partido en la radio, en la ventana de la cocina del departamento de enfrente la
plancha enchufada y la tabla desplegada. En casa, mi café se enfría en la taza.
Café bien azucarado que apenas puedo pasar.
Lágrimas que ya no caen, dolores que parecen
querer quedarse para quemarme por dentro.
Se cosecha lo que
se siembra. Morís como vivís. Dios aprieta pero no ahorca. Siempre que llovió
paró.
El viejo tirado ahí, en ese depositario de
cuerpos sin alma, de cuerpos medio rotos, fallados, quebrados. Cuerpos de vidas
intensas que garpan ahora, inexorables, centavo por centavo los pecados
cometidos, los egoísmos, los excesos. Sólo unos pocos virtuosos reciben
consuelo. Mi viejo no.
La mayoría de esas cáscaras ostentan máscaras
pre-funerarias con muecas grotescas que no son más que deformidades propias,
que con la edad se han atrofiado aún más y ya no es posible maquillar, ni
esconder, ni siquiera callar.
Ellos no callan, reclaman, escupen maldiciones,
parlotean interminables letanías de quejas, aguijonean en puntos débiles,
esgrimen con la agudeza que sólo brinda la falencia de otros dones una culpa
certera, mordaz, ponzoñosa y arrastrada, como una bicha.
El viejo ahí, en dónde lo puse, a que otros se
banquen su locura.
La última vez que lo ví lloró que él no merecía
esa forma de morir, porque estaba seguro de morir ahí. Lloró miseria y desamor.
Yo lloré también. Lloré no quererlo como para abrazarlo, lloré saber que, por
una puta vez él estaba en lo cierto.
Se cosecha lo que
se siembra…
Llego a casa y su perro viene a hacerme
fiestitas y pobre bicho no tiene la culpa, pero tampoco lo quiero, pero lo
quiero lo suficiente como para suportar su mal olor, sus babas y sacarlo a
pasear dos veces al día. Comer no come, el pobre bicho lo extraña.
Morís como vivís…
Todo se paga en esta vida… La rueda karmática…
El pobre viejo, hasta cuerdo desvariaba, con su
propio concepto de realidad, bastante adaptable a sus caprichos hasta que se
enfermó, de repente… aún así él siguió siendo su persona favorita, desafiando
cualquier futuro, soberbio.
Dios aprieta pero
no ahorca… Siempre que llovió paró… Yerba mala nunca muere…
La culpa llega con un golpe certero, en el
momento justo, para hacerme acordar que en cualquier momento a mi también me
toca. Me toca a mí, que no tengo hijos
que me odien, pero que tampoco me quieran como para cuidarme, quererme,
acompañarme o entenderme. Y el viejo ahí llorando, tirado, ido de a ratos,
queriendo ser olvidado. El pobre viejo se apaga y solo es un mal cliché su vida
pasada. El café se enfría, el viejo se apaga en el último cajón del placard,
con todos los recuerdos que queremos olvidar, olvidándose él mismo de ese dios
que lo aprieta y ahoga, de esa lluvia que no para, de esa rueda que vuelve para
morderle el culo. El viejo, con todos esos recuerdos olvidados, juguetes rotos,
lápices quebrados, anotadores llenos, agendas usadas, boletos viajados, rifas
perdidas…
Yerba mala nunca
muere.
La tarde es noche. Las estrellas. La luna
aureolada. Los mosquitos que no paran, espiral apagado. Café frió. Ni un llanto
más.
En penumbras me levanto de la silla, voy al
cajón ese, él último y así, con un solo movimiento tiro a papá a la basura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario