Se encontraban
la Serpiente y el Búho en una convención de sabios de todas las culturas del
mundo viendo cuan iluminados y cuanto más profundos se encontraban en esta
nueva cumbre de sabiduría.
El Mono hacía de
maestro de ceremonias, todo formal y compuesto, tratando de seguirle el paso a
los invitados pero sintiéndose totalmente fuera de su elemento y encontrando a
los disertantes un poquito crípticos, trató de hacer lo mejor que pudo con lo
que se le presentó durante toda la jornada hasta que quedaron en la contienda
la Serpiente y el Búho, ostentando los bastiones históricos de la sabiduría.
La Serpiente
comenzó argumentando que ella era la unión entre lo divino y lo terrenal en
muchas culturas, sabiduría, paz y salud. Representada en los más exquisitos
materiales. Y mientras contaba esto se enroscaba orgullosa sobre si misma,
embelezada por su propio siseo. Mirando desde lo alto a todos los animales
presentes.
Por su parte el Búho,
miró a todos con ojos redondos y ululando se despachó con su propia estirpe
griega siendo compañero simbólico de la Diosa Atenea, guardián de las praderas
en las culturas precolombinas, centinela del saber. Y mientras decía esto, su
emplumado pecho se henchía de orgullo.
Horas estuvieron
los dos midiendo su abolengo y al final de la jornada, cuando exhaustos dieron
cuenta de su audiencia, se percataron de que los pocos animales que quedaban
algunos dormitaban y otros se entretenían con los chistes verdes que contaba el
Mono a media voz a un costado del proscenio y se sintieron absolutamente tontos.