viernes, 25 de noviembre de 2011

El humor

¿Tenía razón Nietzsche cuando decía que ya que el hombre sufre tanto, este se ve obligado a hacer uso de la risa? Sino cómo es posible enfrentar en toda su plenitud las muertes, los suicidios, la locura, la guerra, la política o la desigualdad? Con inconsciencia uno puede acceder a la visión desde otra perspectiva de esas cosas que son difíciles de reconocer. La inconsciencia es uno de los elementos clave del humor negro, y por esta razón es sumamente útil y funcional a la visión de la realidad sin caer en un profundo pozo depresivo.

Para que el humor sea negro, también es absolutamente necesario lo políticamente incorrecto, lo irrespetuoso, lo sarcástico y hasta lo rebelde.

Quizás sea el adolescente en mi lo que me atrae a este tipo de humor, porque me reconforta la rebelión en contra de todos esos valores o formalidades de los que pocos se animan a reírse. 



Una contradicción. La risa me enfrenta a una contradicción. ¿Cómo reírnos de lo trágico? ¿Cómo armarnos de la insensibilidad para hacerlo? Tragedia trocada en comedia. ¿Se podrá dilucidar el mecanismo por el cual uno puede dejar de caer y destruir lo que duele y riendo despedirlo para siempre?

El primer paso es desapegarnos, ver el mundo con una visión irónica, quizás cínica, mentirosa.

Dicen que el medio natural de la risa es la indiferencia, por lo que nos debería importar tres velines los convencionalismos sociales, y a través de la comedia, aflojar esa rigidez que nos impone lo cotidiano.



Me sorprende, una y otra vez, que el sarcasmo logre resaltar aquello que nos resulta difícil de admitir o de ver y a través de ese mismo sarcasmo hacer todo más humano, ¿una ironía?. No, es un juego histérico, es un quiero saber ahora pero no; develar con límites, con claroscuros… y así ser capaces de reírnos ahí en donde nos duele, pero en tercera persona.

La risa I

La máscara, la “persona” como le decían en la antigüedad oculta un rostro. La máscara risueña. Por la mueca de su boca y a pesar del gesto, salen sonidos que cuando adquieren forma son retorcidas y oscuras… algo evidentemente anda mal.



La risa es sanadora, curativa, cauterizadora. La risa hace que lo más grave parezca sencillo y afrontable. La risa genera endorfinas. Pero que pasa cuando sentimos que no hay nada que nos haga reír. ¿Querrá decir que estamos destinados a una vida amarga y triste? Opiniones expertas sobran: Freud, Nietzche, Bergson y otros hablan del humor, la risa y la sonrisa, el chiste y demás, pero ¿a dónde nos conduce, nos acerca a la risa o nos aleja? ¿Entablamos una maratón interminable en busca de la risa?

No, no buscamos nada pues se puede vivir sin reír. No hay motivos lógicos que nos hagan la vida insoportable sino sucumbimos a la risa idiota porque hay gente a la que la realidad no le hace cosquillas, la estupidez no le es graciosa, la maldad los avergüenza, que está segura que la burla acerca de la carencia ajena debería ser un letrero de advertencia y no una marquesina de espectáculos. En general esta gente es clasificada como carente de sentido del humor y por consiguiente, sentenciada como infelices.

Pero sí tenemos humor, somos capaces de sonreír, no nos reímos sin más ni más. No me vengan con que no tengo sentido del humor porque existe la sonrisa que es una reacción distinta ante otros aspectos del humor. Porque el humor, a muchos, nos presenta un análisis, una responsabilidad, casi la misma que se nos plantea cuando reaccionamos fúricos ante un insulto… salvo que en el caso del insulto, nos enfrenta a la pregunta: ¿qué es lo que nos molesta tanto que merezca el enojo, qué realidad nos está mostrando que nos incomoda de esa forma? Por otro lado, la risa plantea una pregunta de otra índole pero parecida, ¿qué es tan grave como para que tengamos que reírnos para poder asumirla?

viernes, 11 de noviembre de 2011

¡Qué gracioso!

¡Que gracioso! –dijo, pero su cara indicaba todo lo contrario.



Todos los presentes comparten la carcajada, más por compromiso con el gracioso que por la gracia en si misma. Este sentimiento es compartido incluso por aquel que se siente insultado por el “sentido del humor” del otro, por ser blanco de la charada.

Uno trata de olvidar esa sensación que queda grabada en el pecho, sin embargo, no puede. Una y otra vez ensayamos en nuestras cabezas alguna frase graciosamente insultante como para devolverle el favor. No podemos. Decidimos entonces evitar, lo más que se pueda, el contacto con ese tipo de gente, o al menos con ese tipo de personajes y no quedar atrapados en estas situaciones ridículas. Tampoco resulta.

Cuanto más evitamos el encuentro, más se confabula el destino en querer cruzarnos. Estamos presos: no nos podemos reír, no queremos que se rían de nosotros, nos molesta que los demás se rían de esas cosas que a nosotros no nos hacen gracia, pensamos que por ahí, el chiste somos nosotros… La paranoia nos sigue atrapando, enroscando…

Finalmente descubrimos que somos unos acomplejados.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Capítulo XV



XV



La mañana se augura hermosa. Llegan desde el mar olores salados, soleados verdes y amarillos. La voz de Marga se escucha desde la cocinita. Marga que todas las mañanas canta como si la vida valiera la pena. Se acerca a él pensando que está dormido y él la sorprende con un beso. Disfruta del aliento a café y del contacto con su piel bronceada.

-Llamó Rosa, dice que llega el sábado en el vuelto de las tres.

Él se levanta y mira por la ventana su jardín de suculentas mientras sorbe el café. A las once tiene que estar en la pequeña galería que maneja en el centro de Palma, tiene una reunión con cuatro artistas que prometen. Después vuelve a casa para preparar la comida de la noche, es su cumpleaños y vienen unos amigos de su mujer y su tío a cenar. Cumple treinta, pero parecen más.

Hace ocho que dejó Buenos Aires cuando su mundo se desmoronaba, ocho años en los que no pasa un solo día sin recordar a su amigo, sus pecados, la familia que dejó ahí y con la que nunca más habló. En ocasiones, cuando da sus clases de pintura y ve en otros los mismos sueños que el había tenido, una mueca singular se burla de este viejo joven y de la melancolía de la que nunca conseguirá despojarse del todo.