La máscara, la “persona” como le decían en la antigüedad oculta un rostro. La máscara risueña. Por la mueca de su boca y a pesar del gesto, salen sonidos que cuando adquieren forma son retorcidas y oscuras… algo evidentemente anda mal.
La risa es sanadora, curativa, cauterizadora. La risa hace que lo más grave parezca sencillo y afrontable. La risa genera endorfinas. Pero que pasa cuando sentimos que no hay nada que nos haga reír. ¿Querrá decir que estamos destinados a una vida amarga y triste? Opiniones expertas sobran: Freud, Nietzche, Bergson y otros hablan del humor, la risa y la sonrisa, el chiste y demás, pero ¿a dónde nos conduce, nos acerca a la risa o nos aleja? ¿Entablamos una maratón interminable en busca de la risa?
No, no buscamos nada pues se puede vivir sin reír. No hay motivos lógicos que nos hagan la vida insoportable sino sucumbimos a la risa idiota porque hay gente a la que la realidad no le hace cosquillas, la estupidez no le es graciosa, la maldad los avergüenza, que está segura que la burla acerca de la carencia ajena debería ser un letrero de advertencia y no una marquesina de espectáculos. En general esta gente es clasificada como carente de sentido del humor y por consiguiente, sentenciada como infelices.
Pero sí tenemos humor, somos capaces de sonreír, no nos reímos sin más ni más. No me vengan con que no tengo sentido del humor porque existe la sonrisa que es una reacción distinta ante otros aspectos del humor. Porque el humor, a muchos, nos presenta un análisis, una responsabilidad, casi la misma que se nos plantea cuando reaccionamos fúricos ante un insulto… salvo que en el caso del insulto, nos enfrenta a la pregunta: ¿qué es lo que nos molesta tanto que merezca el enojo, qué realidad nos está mostrando que nos incomoda de esa forma? Por otro lado, la risa plantea una pregunta de otra índole pero parecida, ¿qué es tan grave como para que tengamos que reírnos para poder asumirla?
No hay comentarios:
Publicar un comentario