¡Que gracioso! –dijo, pero su cara indicaba todo lo contrario.
Todos los presentes comparten la carcajada, más por compromiso con el gracioso que por la gracia en si misma. Este sentimiento es compartido incluso por aquel que se siente insultado por el “sentido del humor” del otro, por ser blanco de la charada.
Uno trata de olvidar esa sensación que queda grabada en el pecho, sin embargo, no puede. Una y otra vez ensayamos en nuestras cabezas alguna frase graciosamente insultante como para devolverle el favor. No podemos. Decidimos entonces evitar, lo más que se pueda, el contacto con ese tipo de gente, o al menos con ese tipo de personajes y no quedar atrapados en estas situaciones ridículas. Tampoco resulta.
Cuanto más evitamos el encuentro, más se confabula el destino en querer cruzarnos. Estamos presos: no nos podemos reír, no queremos que se rían de nosotros, nos molesta que los demás se rían de esas cosas que a nosotros no nos hacen gracia, pensamos que por ahí, el chiste somos nosotros… La paranoia nos sigue atrapando, enroscando…
Finalmente descubrimos que somos unos acomplejados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario