miércoles, 20 de octubre de 2010

Flores y Piedras

Aquí el hombre, allí Dios.
Aquí la debilidad y la insignificancia, allí la eterna fuerza creadora.
Aquí solo la oscuridad y frío húmedo. Allí el Sol pleno.
7 sermones ad mortuos – Siete exhortaciones a los muertos,
 escrito por Basílides en Alejandría,
la ciudad donde se unen Oriente y Occidente.


Nunca fui a un cementerio a “visitar” a un pariente, ni a un amigo que me haya abandonado aquí en el reino de los vivos, no.
Me genera curiosidad  eso de ir a la tumba de un ser querido para fechas especiales, aniversarios, cumpleaños, incluso el extremo de las visitas dominicales para cambiar las flores y emprolijar la tumba. Muchos otros lo hacen en sus propias casas, íntimamente, en cada detalle, en cuadros, en fotos, en ropas y en recuerdos, toda una memorabilia acompañada de ocasionales velas o flores, pero íntimo. Tan íntimo como los momentos más especiales compartidos con los ausentes.
Es difícil de comprender, pero cualquiera de estos actos, por desesperados se me antojan enternecedores, como esas imágenes tan populares en el cine, en algunas películas italianas, las mujeres vestidas de negro, limpiando las tumbas, lustrando el granito, esas mujeres que en cada visita limpian y lloran, hablan con sus muertos, reviven sus últimos días o los días de esplendor y sus rostros se iluminan u oscurecen según los matices del recuerdo. Todo expuesto, a la vista, para que el mundo sepa. Sencillo es imaginar que sostienen algún tipo de diálogo, al que sólo se accede con la práctica constante. Quizás la misma piedra de las lápidas sea excelente transmisor para con el más allá.

Por mi parte, confieso que he recorrido cementerios en los que descansan o mejor dicho se descomponen personas que ni conozco. El cementerio de Moisesville, en la provincia de Santa Fé, repleto de lápidas de los dificilísimos apellidos de los gauchos judíos, tan anónimos, pasillos desiertos, lápidas sencillas con piedritas sobre ellas que testimonian el afecto de los familiares que las visitaron. Piedras, piedras eternas como el alma.
Otra cosa fue sentirse parte de la gran masa de gente que día a día visita en modo turístico los cementerios de París.  En mi caso, les dediqué más tiempo que a la visita al Louvre o al museo de Picasso, al que ni fui. Montmartre, Montparnasse y Pére Lachaise, grandes, llenos de vida y de muerte, una atracción turística.
Tengo fotos a las puertas de estos cementerios, algunas en tumbas de personajes famosos, incluso llegué a intentar investigar esas en las que el tiempo había borrado la identidad mas no la fecha. Esas tumbas ostentaban flores, flores frescas, flores marchitas, flores podridas, flores de plástico… flores que se pudren, que mueren, como los cuerpos debajo de la piedra.

El culto a los muertos, el alma solo descansará en paz si el cuerpo se conserva en su sepultura. La inmortalidad del alma, la eternidad de las recompensas, el castigo en la otra vida.
¿Será por eso entonces que nos empeñamos en recorrer cementerios, pues ejercen ese magnetismo que hace que no olvidemos a nuestros seres queridos?
El miedo al olvido, a la pérdida de identidad o al tiempo indeleble. La noción de lo que perdura y lo que no, las flores y las piedras.

Arcano Mayor XIII

 

La carta número 13 del Tarot o mejor dicho, el arcano mayor número 13, es la carta de la muerte.
El título esotérico que se le da es "El Niño de las Grandes Transformaciones" o "El Señor de las Puertas de la Muerte".
La carta simboliza los poderes de cambio de la vida y de la muerte. La Muerte es el movimiento perpetuo de la creación para una expresión más clara.
Como se imaginarán esta carta tiene atributos positivos y negativos como: renovación, decadencia, conclusiones, frustración, destrucción y renacimiento, inacción, acción, inmortalidad, ignorancia, mortalidad, nuevas ideas, sexualidad, cambio físico, regeneración, materialismo, resentimiento, etc.
Como vemos, asi como en la lectura del tarot, la muerte va tomando distintos matices que es lo que intentaré plasmar en cada uno de los siguientes relatos.
Espero que los disfruten.

martes, 12 de octubre de 2010

Felis Silvestris Catus


Lo escucho maullar. Me mira, va y viene y yo lo ignoro. Maúlla, dos pasos, se vuelve, maúlla más fuerte, da la vuelta y yo duermo. Despacio se acerca hasta mi oreja, subido casi sobre la almohada, y grita su miau urgido.
Abro los ojos y lo tengo a 5 centímetros. Un miau más calmado es su único comentario.
-¿Qué querés?- le pregunto esta vez. Lo miro directo a los ojos en busca de una respuesta.
Ronronea, se recuesta sobre mi pecho y me sonríe, pero no como el Gato Cheshire, el de Alicia, no, me sonríe diciéndome te quiero con sus penetrantes ojos.
Lo abrazo, pero no de golpe, primero lo acaricio, le retuerzo las orejitas, toco su flaco cuerpito. Ronronea, maúlla con histeria felina, finalmente lo abrazo.
Se deja, un rato, no mucho como para darme el gusto, lo suficiente como para que yo sea feliz; pero en determinado momento recuerda el motivo del intercambio y reclama.
Se zafa de mi abrazo, finge huir pero no del todo convencido de que eso estuviera bien, así que ahí donde la punta de mis dedos ya no pueden tocarlo, ahí, se detiene, se da vuelta y enfrentándome me espeta un miau urgente y se va, con el paso elegante y seguro de gato mayor que ha visto todo.
De lejos escucho su grito, y yo no me quedo atrás, le mando un “¿Qué querés?” largo y sin paciencia.
El me responde de la misma forma.
No me queda otra, me tengo que levantar.
La herida es de solo 5 centímetros, aunque quizás sea mucho si pensamos en una herida en el rostro.
Sea como fuere, Mónica tiene una cara perfecta, los labios sensuales, carnosos, magníficos. Los dientes blanquísimos, la sonrisa invitante. Los ojos verdes, pero un verde aguan muy traslucido. Ojos redondos, como de personaje de personaje de manga.
La distancia entre sus rasgos perfecta también. Mónica tiene el tipo de rostro que solo se ven en los etíopes. “Cara de virgencita” pues nos recuerdan a esas estampitas que solían  tener nuestras abuelas. La única diferencia entre las etíopes y Mónica podríamos decir que son los ojos y el color de la piel, que en el caso de ella es de un blanco perlado, sobrenatural.
De otro planeta es el efecto magnético que tiene esa herida sobre todos nosotros, muy a pesar del hermoso rostro que la enmarca.
Imposible no detenerse en cada detalle de los  centímetros que comienzan a mitad de la frente y que culminan en el lado izquierdo de una nariz esculpida por Modigliani mismo. Nuestra mirada recorre las irregularidades rosáceas de los bordes, los meandros purpúreos del centro, la hinchazón general que revela su juventud.
Ella no habla sobre la herida. Decidió ignorarla, hacer de cuenta que no está, que es mentira, que su rostro está inmaculado, como siempre. Está determinada a esquivar las intensiones curiosas, las miradas inquisidoras con el único fin de que deje de existir.
La herida domina su rostro, es más que esos 5 centímetros. La herida termina recorriendo su anatomía.
Lo supe apenas vi la puerta entornada. Lo presentí cuando subía en el viejo ascensor voy directo a la cocina y me quedo ahí parado con ganas de llorar. Me invade la desolación. Hay ropa tirada, inexplicables calzones y medias, abrazados a sweater, salpicados por platos rotos y cereales. El cartón de leche volcado, vacío ya dentro de la heladera. Esta con la puerta abierta de par en par, ofreciendo sus entrañas transpiradas a quien quiera mirar. El olor que flota en el ambiente delata una exposición de varias horas.
Sobre la mesa, aún quedan restos del desayuno, la última tostada a medio comer, la taza sucia con la cucharita con rastros de mermelada dentro. El individual, las migas.
Una pequeña porción del cotidiano que permaneció helada en el tiempo, en un paréntesis dentro del caos en que se convirtiera la casa.
Trato de caminar hasta la ventana, sin saber muy bien donde pisar. Corro las cortinas, la luz tenue de la tarde, destellos de un naranja lejano caen sobre el viejo desayuno.
Me siento un rato a disfrutar del contraste, del claro-oscuro hasta que el naranja se vuelve gris y me paro para prender la luz.
A 5 centímetros tú aliento, a esa distancia mi deseo.
Tu presencia, mi expectativa, la distancia se alarga, se multiplica.
Esa distancia que es más real ante tu burla sádica al saber que sufro por vos. Desde mi escritorio veo tu espalda frágil, escucho tus charlas, me imagino parte de tu vida. Esos 5 centímetros que apartan tu box del mío.
Te veo llegar, huelo tu perfume. Tus ojos verdes, gatunos, me saludan pícaros; prueban mi templanza.
Un suspiro breve escapa  de esa cara casi perfecta, que interpreto como una señal minúscula.
Me concentro en olvidar. Trabajo: llamados, papeles, firmas y reuniones. Ocasionalmente me tomo un recreo y te invito a fumar. Vamos juntos a la sala de fumadores pero vos no sos mía solamente, otros intentan acapararte, otros intentan descifrarte, te preguntan sobre lo que hacés, sobre el trabajo, sobre tus amigas, nadie te pregunta que te pasó en la cara.
Entre bocanadas de humo y risas te observo, me mirás y te acercás.
-Moni, ¿me vas a contar que te pasó en la cara?
-Una maldición griega- me dice divertida, en voz baja.
-Pero si de verdad es griega puede ser cualquier cosa… ¿griega Edipo, griega Medea, quizás alguna Penélope malhumorada de tanto teje y desteje te atacó? Puede ser cualquier cosa, acordate que los dioses siempre castigan.
-¿Mirá vos? –Me dijo, evidentemente sorprendida por mi fanfarroneada griega.
-Si querés te puedo sorprender más, en la cena por ejemplo…
-Bueno, pero ni sueñes con que te cuente algo bajo los efectos del vino…-Me contestó con una sonrisa gatuna.
Todo es un desorden. No se que hacer, pero tengo que bañarme y salir.
El gato me mira y presiente el inminente abandono y desde la puerta del baño me dedica su espalda, sabe que me mata que me ignore. Antes de entrar en la ducha, ordeno un poco, busco en el caos la ropa que quiero ponerme, casi todo está sucio o roto.
La computadora y la tele arruinadas, destrozadas boca abajo en el piso. En la cocina barro todo al rincón detrás de la puerta que da al balcón, cierro la heladera… mañana será otro día y hoy no tengo ánimo para enfrentar a la neurótica de mi ex, que seguramente pasó otra noche de rock and roll y recuerdos antes de su maratón violenta por mi dos ambientes.
El gato me sigue ignorando. Me sigue a la distancia con la mirada mientras me visto, ordeno y silenciosamente me juzga también.
El gato y Mónica se parecen, por el efecto de hechizo que ejercen en mí. Los dos superiores, los dos tan dueños de su espacio y de sus misterios. Pienso en Mónica y en su cicatriz, en la personalidad molestamente enigmática. Estoy cerca de ella y tengo que hacer que me note, que me admire, que me quiera.
Quiero que sea mía, ella y sus misterios. No quiero saber sobre ellos, lo que quiero es ser parte de ellos, ser parte del “Mundo Mónica”.
Me la imagino íntima, el pelo en la cara, sin ropa, me la imagino saliendo del baño, despreocupada, desnuda, exhibiéndose toda, sexo y cicatriz.
No quiero anticipar el contacto con su piel y sus labios húmedos, no, no quiero.  Pero inevitablemente cierro los ojos y la siento. Se me eriza la piel, me éxito como un gato ante una presa, el corazón se me acelera como en el momento previo a la carrera, agazapado, la nariz abierta, el olor de la victima.
El gato me mira tirado en la alfombra, complacido.
Miro el reloj y llego tarde. Me tomo un taxi por diez cuadras.
-Vivir el presente- me repito mientras el auto se acerca al cordón. El portero en la entrada me saluda amable cuando le digo que voy a lo de Mónica. Me hace un gesto para que pase y subo.
El edificio es antiguo y huele a comida casera.
Cuando llego al 5to piso la puerta de su departamento está abierta, se escucha una música suave que encuentro agradable pero difícil de definir.
Me asomo a un living cálido, atrayente. Un ambiente limpio y ordenado, como de alguien estable, alguien que no puede tener una marca así que solo el odio pudo haber provocado.
¿Y si fuera producto de un accidente? Si fuera así, ¿el destino la odiaría por su perfección?
Todo está en semipenumbra, bañado por una luz muy tenue, una lámpara de pie naranja en un rincón, apenas si proyecta algunas sombras.
Percibo su perfume, mi nariz se expande para absorberlo mejor.
La veo, mis músculos se tensan. Está tendida sobre la alfombra, la mirada divagando a merced de la música. Sus dedos juegan con algunos mechones de pelo.
Mi deseo ahoga un hola apenas audible.
Me mira, su cuerpo paralizado, sus ojos redondos, ojos separados por una cicatriz que me augura que la víctima no es tan vegetariana.
Sus músculos también se tensan, se incorpora con un movimiento lento, elástico, suave. Una de sus garras se estira lentamente y con un dedo largo y femenino traza en mi rostro la ruta de su cicatriz.

martes, 5 de octubre de 2010

La Vernisage

Luis está diferente, como conectado pero de lejos. Aún está shockeado por lo del viejo.
Entre el tema de las luces, el listado de obras y sus precios para el galerista, las invitaciones de último momento, el vino, las copas, los mozos, la noche previa solo logró dormir dos o tres horas… el peso de todo sobre sus hombros.
Se levantó tarde, cerca del mediodía, y apenas logró modular una voz normal llamó a Eva y le pidió que dejara a los chicos con alguien y que fuera a la exhibición. Necesita a alguien familiar,… necesitaría a su vieja, en realidad.
-… ¿venís no?, dice él.
-Sí, quedate tranquilo, veo como me arreglo con los chicos, responde ella.
Entra a bañarse y repasa en su cabeza esa lista interminable de inconformidades.
Va a haber mucha gente. Todo tan íntimo y tan iluminado.
No tiene tiempo de secar los azulejos del baño y se siente mal por esto. Deja, como es sistemático en él, la toalla húmeda sobre la cama y más tarde lamentará no vivir con una mina que le rompa las bolas con esto. Se ríe para si mismo al tiempo que se viste y recuerda todas esas frases de mujeres de tres letras que pasaron por su vida.
De pronto se da cuenta de la hora.
-¡Dale que llegás tarde, cabeza!
-Si, ya voy, me pongo perfume, cierro las puertas y las ventanas, la llave del gas, vuelvo a mirar…
-Daleeee
Llega a la galería y ser el centro de la atención, por una vez, es demasiado.
-…es un tipo muy ecléctico en su producción artística y trabaja tanto en escultura como en joyería.-dice el galerista a un tipo que no conoce pero que intuye es un crítico de arte de algún diario.
-…los trabajos en metal son lo mejor que este joven artista a presentado en esta nueva muestra, se destacan también las pequeñas piezas en arcilla que forman parte de una nueva serie más intima que las presentadas en sus anteriores muestras…-dicta una flaca muy bonita con pinta de yanqui a su pequeña grabadora digital.
Se sorprende cuando  entre los primeros que llegan ve al Chino que se acerca a saludarlo. El Chino y su novia.
-¡Que bueno que viniste, perdón, que vinieron! Contame un poco, ¿Cómo te fue en el Chaltén? No, no me hables del viejo…si, los chicos vinieron… nada, no hicimos nada, ni velorio ni una mierda, nada…dale, si, ya sé que vos lo querías mucho…pero, contame del Chaltén. ¿Fuiste con ella? Tan linda y montañista… ¡Qué suerte que tenés Chino! Ahora me voy a tener que conseguir otro compañero… Dale boludo, venite a casa a tomar unos mates… No, no quiero hablar del viejo…Planeemos un viaje, algo, ¿si?
-Mirá ahí, llegaron los chicos.
Entran Marcos con su el hermano y el Gordo con unos cuantos kilitos menos.
Se saludan, se abrazan, se recriminan. Pasa un mozo y Luis lo para con un gesto
-Che, tómense unos vinitos, ya que no van a comprar nada…
-Yo si. - Dice el hermano de Marcos. -Me encanta esa que parece un perro muerto.
-¿Estás seguro? Mirá que la reservo, ¿eh? -dice verdaderamente sorprendido Luis.
-Si, seguro, me encanta. Además vi cuando la hiciste, me gusta mucho, me conmueve, dice el otro.
¿Si? ¿De verdad?... Bueno, hablá con el pelado aquel que es el galerista y que le ponga un puntito rojo.
De pronto hay tanta gente que Luis está mareado. Los temas se mezclan: el viejo, los críticos, los amigos del viejo, los precios. Muchos lo saludan por su muestra, otros le dan el pésame por su viejo.
Ya se han vendido tres de las cuarenta piezas. La de granito negro no se vende ni se cuenta.
Ya recorrió la galería hablando de las obras unas cien veces, ya lo interrumpieron ciento ochenta veces más. Está cansado.
Ve llegar a Eva. Lo abraza afectuosamente, sin pasión. El lo percibe, pero ella vino y con eso le alcanza.
Eva conoce a todos. Con el Chino son amigos, cosa que a Luis le provoca un poco de celos, pero secretamente se ufana de ser padrino de esa amistad, herencia de los años que estuvieron juntos. Se quedan charlando un rato hasta que se acercan otros y la saludan.
-Hola Eva, ¿cómo estás?
-Hola Norber
-Están buenas las de metal, ¿viste? Yo me compré esa, la del perro muerto… ¿no está buenísima?... ¿Viniste sola? ¿Estás sola? ¿Querés vino? -Al hermano de Marcos le brillan los ojos un poco por el vino y otro poco por Eva, siempre estuvo un poco enamorado de ella.
-Si, si, Nor. Bueno, después nos vemos ¿si? -Dice Eva.
Se abre camino entre la multitud, al pasar al lado de Luis le aprieta afectuosamente el hombro con la mano, como para reconfortarlo.
El está con un grupo de viejos, todos amigos de su padre. El velorio en la vernisage.
-A tu viejo le hubiera encantado este laburo.
-¿Te parece?-dice Luis, levantando una ceja. -Nunca mostró mucho interés por lo que yo hacía.
-Pedro siempre nos hablaba con orgullo de vos y de todo lo que hacías, -dice otro de peluquín, felpudo de coco, detalle decorativo calzado al descuido como si fuera una boina sobre la calva.
-A mi el viejo nunca me dijo nada, es más, siempre me hablaba de tus hijos y de lo buenos que eran.
- y, bueno, todos somos un poco así…-dice el otro con un suspiro.
Luis baja la vista cansado y abraza al viejo de costado. Se va a donde lo vio a Carlos, solo, mirando la de granito negro.
-Escuchá pibe, ¿qué es esto? Acá dice que es tu viejo… pero no le veo el parecido. Lo mira risueño mientras señala con un ademán la escultura sobre el pedestal en el que se lee “mi viejo”.
-¿De verdad? -Pregunta Luis con ironía.
-Está buena, te estoy jodiendo. ¿Estás bien? Sabés que podés venir a casa cuando quieras ¿no? Marga dice que vengas a comer… yo le dije que no teníamos que estarte encima, pero si querés podemos ser unos plomos de verdad.
Luis y Carlos se ríen juntos, se quieren. Carlos siempre fue la familia que no conoció, Marga lo más cercano a una madre. Incluso cuando Luis dejó de hablarse con su padre, visitaba a Carlos y a Marga una vez por semana y cuando era chico, Marga le hacía hasta las tortas para sus cumpleaños.
Luis pregunta por ella.
-Está muy dolorida de la espalda. Me pidió que te diga que el jueves que viene te vengas a cenar, si querés con los chicos, pero que le reserves una media hora de charla a solas con café y algo rico que quiere cocinar para vos.
Luis está un poco mejor. De pronto en la puerta ve una cara familiar.
-¡Ava, linda, tanto tiempo!
Se abrazan. Ella está acompañada. A él le da la mano. Él se va a recorrer la muestra. Luis se queda unos minutos con Ava. Se miran. Sabe lo que ella le dice sin palabras y ella, sabe las respuestas de él.
-Te extraño, dice Luis mirándola directamente a los ojo.
Lo mira de costado y le dice:
-No me boludees, yo también te extraño, te quiero mucho, pero no, no nos hacemos bien.
-Pero lo hacemos re-bien. -Dice el y los dos se largan a reír como dos chicos.
-¿Cómo te enteraste de la muestra?
-Él es un aficionado al arte y cuando me contó de tu muestra no lo podía creer… le conté un poco de nuestra historia y se mostró más interesado aún por venir. Que linda sorpresa verte después de tantos años.
-¿Cómo fue que no seguimos en contacto? -Pregunta Luis sabiendo la respuesta.
-Tus hijos. -Responde ella y se va a saludar a Marcos.
La gente se va disipando de a poco. Solo quedan los diez borrachos que van a todas las inauguraciones de los jueves. Se ve que la de Luis fue la última de circuito.
Los amigos del viejo se fueron. Carlos se fue con la promesa de Luis de pasar el jueves pero sin sus hijos. El galerista está feliz, medio borracho y con un puntito rojo en la frente.
De a poco, se van juntando los que quedan en el centro del salón: el Chino y su novia, Marcos, Ava y el novio, Eva, el hermano de Marcos, el Gordo que no puede parar de reírse del conjunto.
-El viento nos juntó acá en el medio, -dice Luis que levanta la copa para brindar con esa familia de locos que logró formar.
El resto siente lo mismo.