miércoles, 26 de diciembre de 2012

Minirelato


A lo lejos resuenan las campanas de la misa de gallo que la desconcentran. Termina de peinar la raya y se la manda. Los viejos llegan en veinte minutos, los chicos en menos. Raúl no viene, dijo que tenía laburo. Sabe que la puede pilotear, pero cuando se mira al espejo casi se hace mierda los dientes. Escucha las llaves y los gritos de los nenes, los abuelos que los calman. Ella casi tira el papel en el lavatorio. Le sangra la nariz. Se caga encima. Los chicos “Mamiiii”. Cierra la puerta del baño.

(94 palabras)

Último cajón


Tarde, naranjas, amarillos, celestes, dorados, azulinos, estrellas tímidas, madrugadoras, sonidos apagados, algún que otro partido en la radio, en la ventana de la cocina del departamento de enfrente la plancha enchufada y la tabla desplegada. En casa, mi café se enfría en la taza. Café bien azucarado que apenas puedo pasar.

Lágrimas que ya no caen, dolores que parecen querer quedarse para quemarme por dentro.

Se cosecha lo que se siembra. Morís como vivís. Dios aprieta pero no ahorca. Siempre que llovió paró.

El viejo tirado ahí, en ese depositario de cuerpos sin alma, de cuerpos medio rotos, fallados, quebrados. Cuerpos de vidas intensas que garpan ahora, inexorables, centavo por centavo los pecados cometidos, los egoísmos, los excesos. Sólo unos pocos virtuosos reciben consuelo. Mi viejo no.

La mayoría de esas cáscaras ostentan máscaras pre-funerarias con muecas grotescas que no son más que deformidades propias, que con la edad se han atrofiado aún más y ya no es posible maquillar, ni esconder, ni siquiera callar.

Ellos no callan, reclaman, escupen maldiciones, parlotean interminables letanías de quejas, aguijonean en puntos débiles, esgrimen con la agudeza que sólo brinda la falencia de otros dones una culpa certera, mordaz, ponzoñosa y arrastrada, como una bicha.

El viejo ahí, en dónde lo puse, a que otros se banquen su locura.

La última vez que lo ví lloró que él no merecía esa forma de morir, porque estaba seguro de morir ahí. Lloró miseria y desamor. Yo lloré también. Lloré no quererlo como para abrazarlo, lloré saber que, por una puta vez él estaba en lo cierto.

Se cosecha lo que se siembra…

Llego a casa y su perro viene a hacerme fiestitas y pobre bicho no tiene la culpa, pero tampoco lo quiero, pero lo quiero lo suficiente como para suportar su mal olor, sus babas y sacarlo a pasear dos veces al día. Comer no come, el pobre bicho lo extraña.

Morís como vivís… Todo se paga en esta vida… La rueda karmática…

El pobre viejo, hasta cuerdo desvariaba, con su propio concepto de realidad, bastante adaptable a sus caprichos hasta que se enfermó, de repente… aún así él siguió siendo su persona favorita, desafiando cualquier futuro, soberbio.

Dios aprieta pero no ahorca… Siempre que llovió paró… Yerba mala nunca muere…

La culpa llega con un golpe certero, en el momento justo, para hacerme acordar que en cualquier momento a mi también me toca.  Me toca a mí, que no tengo hijos que me odien, pero que tampoco me quieran como para cuidarme, quererme, acompañarme o entenderme. Y el viejo ahí llorando, tirado, ido de a ratos, queriendo ser olvidado. El pobre viejo se apaga y solo es un mal cliché su vida pasada. El café se enfría, el viejo se apaga en el último cajón del placard, con todos los recuerdos que queremos olvidar, olvidándose él mismo de ese dios que lo aprieta y ahoga, de esa lluvia que no para, de esa rueda que vuelve para morderle el culo. El viejo, con todos esos recuerdos olvidados, juguetes rotos, lápices quebrados, anotadores llenos, agendas usadas, boletos viajados, rifas perdidas…

Yerba mala nunca muere.

La tarde es noche. Las estrellas. La luna aureolada. Los mosquitos que no paran, espiral apagado. Café frió. Ni un llanto más.

En penumbras me levanto de la silla, voy al cajón ese, él último y así, con un solo movimiento tiro a papá a la basura.

Apunados


Él atraviesa nubes, y el tren que avanza lento, sin ruido en el mismísimo vacío, perdiéndose en la nada o en la promesa que le llena el futuro que se disipa con el olor del café que viene del vagón comedor.

Se despereza y lo primero que ve es a su hermana durmiendo con la boca abierta y un fino hilo de humedad que asoma por la comisura, que lo conmueve por la intimidad y la paz del  sueño. El movimiento del tren es como una canción de cuna, un sutil de izquierda-derecha-izquierda-derecha y el ronroneo profundo de los rieles. De pronto, ella se despierta, lo mira dice algo que no logra escuchar.

-Bostezá. –le ordena.

-¿Qué? No te escucho.

-Que bosteces, que te destapa los oídos. –escucha que explica y lo hace.

-Ahora me duele la cabeza. –dice casi con un hilo de voz.

Lo que necesitaba Juan era un remedio casero, de esos que fabrican las viejas en los pueblos abandonados a la buena de dios, en donde la sabiduría brota de la soledad, del sol, de la tierra y de los ritos que él nunca entendería pero en los que depositaba una especie de esperanza, sorprendente en el que no era propenso a los embrujos.

La necesidad de esta búsqueda lo llevó a convencer a su hermana, sabiendo que ella lo seguiría hasta el fin del mundo, porque eso hacen las hermanas mayores.

Las familias que desaparecieron, los amigos, los rumores y las leyendas que se formaron en torno a la pérdida se están ordenando al ritmo del golpeteo de los durmientes.

Se asoma. El silencio del vagón resuena en la imagen de postal que le devuelve la ventana. Una llama, una sola, al lado de dos líneas paralelas y una planicie amarillenta, refractante, interminable.

Casi una metáfora de su propia niñez. Esta búsqueda que se ordena y se prolonga a lo largo de las vías de este lento tren. Un tren lento, cada vez más lento hasta detenerse un una pequeña estación, rodeada por un puñado de casas de adobe y piedra y más soledad. El color del lugar es casi el color de la única foto que hoy los convoca  aquí, en dónde no encuentran más que polvo y algunos niños queriendo venderles artesanías.

Esta estación de tren, perdida, polvorienta, con una herencia inglesa que ya no forma parte de su personalidad… como esa foto en la que se ven dos jóvenes enamorados, con cara de ilusión. Ilusión maldita que en ellos se esfuma de a poco, a medida que van comprendiendo que la identidad de ellos es como la de la vieja estación… distinta a la de su origen.

La bestia


Cuando salió de la oficina sintió que el viernes se le enredaba en los dedos de los pies, que trepaba como una serpiente por sus piernas. La tarde estaba muriendo rápidamente y el frío obligaba a la gente a una marcha rápida y decidida. Pensó pasar por la inmobiliaria primero y después caminar un rato, aprovechando que el viernes recién comenzaba y se sentía con ganas de ser libre y deambular por la calle como si estuviera en un prado abierto y soleado. Eso le inspiraba los viernes. Se sentía confiada por eso no prestó atención al flaco que con paso ágil cruzaba la calle en su dirección. Pensó que era lindo hasta que se plantó frente a ella. La mirada del tipo se le antojó felina, de gato indomable, animal perdido, noche oscura. La voz resonó profunda, rugido ahogado, imponente de hambre.

Ella casi se hace pis de miedo. Se dio vuelta rápido, con susto.

-Dale rubia, te dije que me des toda la guita.

-¿Qué? ¡No! Pará. No.

-Dale boluda, dame todo pendeja –la garra extendida, insistente.

Ella temblando metió la mano en la cartera grande de plástico rojo, rogando no alcanzar el sobre con la plata del alquiler.

El tipo la miró profundo, puñales en las pupilas y algo de inconsciencia. Ella empezó a temblar como un herbívoro a punto de salir disparado, un flujo de adrenalina doliendo en el pecho, los músculos tensos. En un movimiento torpe saca su billetera llena de papeles inútiles y treinta pesos arrugados.

La bestia mira, huele, arrebata, se encrespa. El herbívoro tiembla, balbucea, intenta, no puede. Mete la mano en el bolso de plástico, imitación cuero y se le hace un nudo en la garganta. Tiene ganas de llorar. Él demanda el reloj, el celular, los anillos dorados… cuando saca el celular se le cae el sobre, limpio, como en cámara lenta, con un sonido seco. “Chau alquiler”-resuena detrás de sus ojos enormes.

El tipo arrebata el celular que ella tiende con mano temblorosa. No quiere mirar el piso. La bestia sale caminando con paso elástico. Ella no se mueve.

Pasan dos o tres minutos y sigue parada con el llanto rumiándole en la garganta. Automáticamente busca el teléfono que aún no terminó de pagar en la cartera. La mirada de estúpida recorre la calle solitaria llena de indiferentes. El sobre a sus pies. No quiere agacharse. Duda, mira si la fiera no espera al acecho para rematarla. Junta sus flacas rodillas y se agacha, lo toma con suavidad y lo deposita en la cartera como si lo tirara a la basura. Ni bien se reincorpora comienza a caminar con paso dudoso, como borracha… apresura la marcha, a dos cuadras la avenida y sus luces lucen como un paraíso. Llega casi corriendo, como desencajada para frenar en seco al ver los mismos ojos felinos en el cana de la parada.

 

Prostituto


Cuando llega al  hotel internacional, un viejo lo mira con descaro, parece gringo. El bronceado contrasta de manera patética con la ropa blanca y la sonrisa. Demasiado blanco. Demasiado humectado. Una oleada de repulsión le toma el pecho, pero igual le sonríe cuando se aproxima al mostrador. Uno nunca sabe. El tipo tiene aspecto de estar forrado, pero por ahí se equivoca, qué sabe el de eso.

Todo se reducía a la maldita necesidad de dinero. Pagar la renta. Comer todos los días. Pasarle algo a su madre, para el hermanito, para el alquiler, para los remedios, para todo y a la vieja no se le ocurre ponerse a trabajar, total pedir es más fácil. El hermanito ya está empezando a darse cuenta de algunas cosas, sin ir más lejos, el otro día lo vio en la puerta del gimnasio del hotel haciéndose el lindo con una jovata. Lo sacó de ahí de una patada en el culo. Más bronca le dio porque había un viejo que lo miraba con cara de querer comérselo. Por eso le pegó con ganas para que aprenda.

En la clase de salsa, se encuentra con Leonor…y también con el viejo ese de la recepción. Los dos se miden, Leonor adivina la intensión del otro, pero ella lo mira con cara de estar segura que la elección es clara, pero igual lo mira a la espera de un gesto definitivo. Carlos duda. Le molesta esta disputa. Es un pedazo de carne. Toma a Leonor por la cintura y la apoya con intensión. El resultado es inmediato. Leonor se pone radiante. Al pasar le hace un guiño al gringo, un guiño cómplice, un guiño impostado. El gringo asiente con una inclinación de cabeza y le muestra la tarjeta de la habitación con el número. Ya sabe a dónde llamar.

Después de la clase se va a lo de Leonor que siempre es buena para pagar y que le hace regalos caros, le compra ropa... quizás deba cobrarle más caro. Leonor lo cuida como un hijo aunque el se la garche como un salvaje.

Cuando vuelve al hotel sube directo a la habitación del viejo bronceado. Necesita el dinero. Cuando entra se encuentra con su hermanito, con su culito lampiño, mínimo, apoyadito en la cama... Todo se reducía al dinero y era hora de que alguien más arreglara las cuentas de mamá. Llega a escuchar una radio lejana "...paises tropicales... mojada... caliente... pagando... tropicales…"