lunes, 29 de noviembre de 2010

El hombre rata

Vimos como su cuerpo atlético y lampiño se fue encorvando un poco y palideciendo después, sin embargo aún seguía ágil.
Observamos también, con tristeza como se fue alejando de nosotros, sus amigos. Vimos como prefirió su propia compañía y como, noche tras noche pasaba de largo del bar en donde solíamos juntarnos a charlar y a jugar a las cartas. Se perdía en la sombra de la noche a reparo de la luz y de la gente.
Nos sorprendió a todos porque el siempre fue como una fuerza cohesiva entre nosotros.
No entendíamos el motivo.
Creemos que todo comenzó una noche en la que después de jugar a las cartas se fue medio entonado al hotel de señoritas de la calle Arroyo. Era un hotel de mala muerte, sucio y abandonado, frecuentado por mujeres solas y desesperadas que venían a la ciudad en busca de un mejor pasar y con suerte un marido.
El estaba detrás de una paraguayita linda que trabajaba en fumigaciones en el ministerio de salud. Nosotros teníamos la sospecha de que la paraguaya sabía de embrujos y pociones y que manejaba algo más que los venenos para plagas. La verdad es que después de esa noche, el tipo pasó lentamente a formar parte de otra especie. Vimos como el se embobaba más y más, y ella lo exprimía sin límites.
Un viernes, el último en que nos habló, nos sorprendió anunciándonos que la llevaba a tomar el vermouth con su madre. Quería presentarla, que la conociera. Nosotros lo miramos fijo, como si fuera un traidor. El, sus ojos chiquitos, negros, con un destello húmedo como de alcantarilla, nos dedicó una sonrisa finita de carroñero. No lo podíamos creer. Cuando se fue no pudimos evitar el comentario mordaz:
-¿Este se volvió loco? ¿Lo viste?-Me dijo Mario evidentemente indignado.
-Si, a mi me parece que la paraguaya lo tiene enganchado, como dominado…
-Si, ¿pero y Luisina?
Luisina era la hija del ingeniero de la esquina, una mina fina y elegante que lo histeriqueaba desde los 10 años. Tuvieron algo parecido a un noviazgo que se enfrió al poco tiempo de aparecer la paraguaya.
-Luisina durmió –afirmó Marcelo.
-Luisina lo dejó ir –agregó Mariano- ella abusó del coqueteo, ahora que se joda.
-Pero el la sigue queriendo, estoy seguro,…un amor de tantos años-dijo entre suspiros Maxi.
Mas tarde supimos que a Luisina la dejó por teléfono, con crueldad. Había perdido todo tipo de códigos. Nos lo imaginamos en el corredor de la pensión donde el olor a humedad se entremezclaba con el olor a pucho del eterno cenicero sucio de la mesa del teléfono, agazapado, despachándola entre murmullos con actitud de rata.
Ahí comprendimos, en la sombra, con actitud solapada, ladina y oscura, se estaba transformando en el hombre rata.
La última vez que lo vimos pasar de lejos, su ropa gris se confundía con el gris de la ciudad. Desaliñado, con cara de desesperado podíamos jurar que se hiba a meter en una alcantarilla, pero enfiló otra vez para la calla Arroyo con pasos chiquitos y veloces.
Más tarde supimos que la paraguaya había enganchado a un licenciado del ministerio, un gil con casa propia, y que se había mudado a zona norte, pero de él no volvimos a saber… creemos que anda tirado por algún basural, preso entre las sobras de un mal embrujo.

martes, 23 de noviembre de 2010

La Runa


La Runa

Había estado trabajando en su jardín, algo que lo entretenía y además lo ayudaba a olvidar ese malestar que lo rondaba día y noche. Este hombre viejo y canoso que disfrutaba como un niño de jugar con la tierra, este ser de apariencia tranquila, que estaba sentado sobres sus talones frente al jazminero, este hombre, escondía una obsesión malsana sobre su futuro.
Sentía que el futuro era un ave negra de garras nudosas que lo iba a matar al vuelo, como un ave rapaz. Sus manos llenas de tierra se metieron en el bolsillo de sus amplios pantalones de entrecasa para sacar esa figurita que había encontrado en un cajón de fotos viejas de familiares que ya no estaban. Ahí encontró esa pequeña runa que lo enfermó y la paseaba entre sus dedos de manera mecánica.
El jardín ya no era importante, simplemente estaba ahí.
Como no cree en casualidades, esa runa con las fotos de sus tías muertas no lo es, lo siente en sus huesos. La runa, que según le dijeron era el símbolo de la muerte y el que estuviera con esas fotos fue suficiente para que quedara signado su negro futuro. Sabía que algo malo le iba a pasar, estaba convencido que se acercaba su fin.
No hace mucho cumplió sesenta y el no haber formado una familia ahora le empieza a pesar pero de una forma distinta, no con arrepentimiento sino con una especie de soledad y melancolía.
Siempre se reconoció un poco obsesivo, incluso su forma de disfrutar es obsesiva. Por eso guardó la runa, primero en el bolsillo de la camisa que tenía puesta aquel día, de ahí paso al pijama, luego pasó al pantalón gris, luego al jean y así la runa lo empezó a seguir a todos lados como la idea que ese pedacito de cerámica había sembrado en su cabeza.
A la noche cenó liviano, leyó unas líneas del libro que tenía en su mesa de luz y se durmió con la esperanza del alivio que el sueño le regalaría.
El hombre soñó con un lugar incierto, con un tiempo incierto que bien podría ser un limbo, todo sombras y bruma. El silencio era total a tal punto que ni siquiera se escuchaba el respirar temeroso del hombre que perdido pensaba que le había llegado su hora. De pronto las sombras se abrieron como una cortina y era él mismo que en actitud triunfal, casi estoico, las atravesaba con un atado de miserias entrelazadas en los dedos, volando como si fuera un ángel.
A la mañana siguiente, al despertar trató de hacer memoria, de recordar cada detalle de ese sueño que evidentemente para el significaba solo una cosa, su muerte.
Desde entonces comenzó el periplo de la aceptación de su finitud, pero la idea lo aterraba.
A pesar de llevar una vida sana, decidió repetir todos los análisis que puntualmente había hecho a principios de año, porque si le tenía miedo a la muerte más miedo le tenía a la enfermedad. Pensaba: “¡por dios, que no sea una enfermedad dolorosa!” Sufrió hasta el día en que su médico de cabecera le dijo: “Oscar, no jodas, no tenés nada”.
No podía ser, algo debía estar mal. Entonces decidió que si no era eso, seria una muerte violenta, un accidente, algo fulminante. Aunque en principio la idea le pareció un poco mejor también se le ocurrió que si sabía cómo, si bien no podría burlarla pues su destino estaba escrito podría aceptarla con más elegancia, de una manera más varonil, pensó, no como un viejo lloroso y sin esperanzas.
Así fue como comenzó la segunda etapa, la de investigación alternativa, por llamarla de alguna forma.
Primero fue con una especialista en runas, alguien que había sacado del diario. La mujer le dijo que la piecita que había encontrado no significaba nada por si sola, así que le tiró las runas y se las interpretó: “Su vida cambiará drásticamente”. El no quiso escuchar más, no le creyó, estaba seguro de su futuro.
Otra tarde fue a que le leyeran la borra del café a un lugar armenio de la calle Jufré. Esta vez el que se sentó frente a él fue un hombre de edad indefinida pero con mirada de sabio, de esas que desnudan y esa desnudez lo incomodó. En el dibujo del café el hombre leyó que tendría una vida muy larga. Se preguntó cuanto más larga, ya era un hombre grande. Le habló de un cambio profundo, pero sólo si estaba dispuesto a comenzar de nuevo y Oscar no lo entendió.
-¿Puedo preguntar algo?
- Si
- Sé que me voy a morir – dijo oscar con un poco de vergüenza.
- Todos eventualmente llegamos a eso – le dijo el hombre sin dejar de mirarlo a los ojos.
- ¿Cómo me voy a morir?
- Acá dice que de viejo – contestó el otro.
- ¡Pero si ya soy un viejo!
- No, no, solo si te sentís así… creo que te queda mucho por descubrir de vos mismo, acá está claro – dijo señalando la taza pero sin dejar de mirarlo.
Oscar se estremeció, sintió que el hombre estaba coqueteando.
Después de la lectura compartieron un café, pero hablaron de viajes y de libros. Sintió la confianza suficiente como para contarle de su última obsesión: creía que se estaba por morir, que algo malo le iba a pasar. El otro lo escuchó en silencio y le dijo que no hay una sola forma de morir y que la muerte, en ocasiones, es transmutación. Dicho esto se paró, tomo las manos de Oscar con sus dos manos para despedirse. Le dijo: “Espero verte otra vez”.
El se quedó de una sola pieza, boquiabierto ante la seguridad y las palabras del otro. Pensó en la transmutación y en lo que podía transmutar en el a esa altura de su vida, estaba rodeado de incertidumbre, de oscuridad sin una respuesta que lo conformara.
Esa tarde llamó a su amiga Mara, dispuesto a dar un paso más:
-         Me voy a hacer tirar las cartas… ¿Venís?
-         No, ¿para que?
-         Para acompañarme ¿vos podés creer que nadie acierta a decirme que me voy a morir? Tengo que probar otra cosa más.
-         Oscar, mi vida, dejá de darle bola a esto, no te obsesiones más, tenés 60 años, ¿por qué no empezás a pensar en vos y en tus necesidades? ¿Qué tal si te buscas un novio, alguien que te complete?
-         ¡a mi nadie me completa! – le dijo casi a los gritos.

La insinuación lo enojó tanto que tuvo que cortar, ofendido, pero se quedó pensando. Si bien era verdad que no le agradaban los cambios pensó que después de todo, si tenía que morirse, por lo menos se debía un poco de honestidad.
Al otro día se fue a ver a una tarotista que le recomendó su psicólogo. El mismo que le dijo que quizás debería informarse un poco más sobre la muerte y sus símbolos, que fuera al cementerio a ver a sus familiares y que debía estar un poco más abierto a escuchar.
Se sorprendió al ver que la tarotista era una mujer joven a pesar de sus años, muy moderna en la forma de vestir. Le ofreció un té en la mesa del living en donde tenía preparado un pequeño mantelito violeta y las cartas. Le hizo cortar el mazo con la izquierda y con las cartas en la mano le preguntó que quería saber. El repitió su pregunta de siempre. Ella sin siquiera mover el mazo le dijo que si. El se sintió feliz, al fin alguien le decía lo que quería.
-¿Cómo, cuándo, por qué?
Ella habló mientras extendía cartas sobre el mantel: “La persona que sos ahora está cansada y vieja, cansada de su estado actual, necesita renovarse, eso es lo que tenés que dejar ir. La muerte también significa cambio a través de algo supremo que debemos aceptar… esta otra carta, es una presencia, un hombre quizás que cambie tu vida y que pueda elevarte a un plano mejor. Mejor dicho, él quizás te ayude a mostrar un lado más auténtico tuyo, a disfrutar de ese Oscar que está debajo de este otro que sos hoy, siguió diciendo mientras despegaba otras cartas sobre la mesa. Estás agarrado a algo, un ancla que no es material, tenés que soltar la estructura que te sostuvo todos estos años, no es verdadera. Ojo esto es importante, lo construido sobre bases falsas produce una muerte mucho más determinante. Este cambio es inminente.
Ella siguió un rato más y con cada palabra Oscar se hacia más y más pequeño. Pensó en las señales, en los últimos años en los que la incomodidad y la inconformidad lo hacían sentirse amargado y frustrado, algo que opacaba sus logros. Recordó al hombre de la borra del café y su pensamiento se minó de prejuicios. Sintió la batalla sangrienta en su interior entre este Oscar y el Oscar futuro.
Esta vez se fue contento. Ya era tarde pero igual caminó desde Almagro hasta Chacarita sin pensar, con cada paso algo en el se volvía mejor, más claro, envalentonado por su último descubrimiento llegó a su casa y tuvo el impulso de hacer una lista con todas las cosas nuevas que se proponía hacer y con todos los caminos que quería dejar atrás. Se acostó a dormir pensando en el cambio, en una nueva vida, en volver a nacer y en esa honestidad que se debía. Se durmió pensando que seguro esa noche ese Oscar había empezado a morir.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El niño

La marcha es lenta, pero colorida y rítmica. El vaivén de los pasos al ritmo de la música que por momentos es alegre y en otros lenta y triste.
Platillos trompetas y voces enardecidas contra un clarinete solitario.
Luz cálida que emana de su plexo solar y que en el cielo enciende un sol estuoso.
El estado es palpable, tanto que los colores, todos los colores de la felicidad inundan su alma y se irradian a todos los presentes a través de sus grandes ojos azules.
La marcha sigue, músicos y lloronas, más música. Mientras el ritmo perdura la ilusión se mantiene, esa ilusión de felicidad con incógnita.
-Idiotaaaa! – grita uno con una sonrisa franca en la cara, y él se pregunta si lo que está viendo, lo ve con los ojos cerrados.
Lo rodean, lo tocan, lo abrazan. El puede ver los pensamientos de todos que florecen en malva y azul. Malva seco y sin esperanza, azul profundo como el mar profundo y misterioso.
En su cara de niño aún se ve la sonrisa amable, frágil como si fuera de vidrio fino, como las bolas de aquel árbol de navidad que apenas vio.
La música sigue y su madre llora. La música se detiene y su madre sigue llorando. Llanto de madre. Llora cuando nace porque llorará después.
Quiere volar y siente que puede, nada lo podría detener.
Alguien le dice:
-Vení que te ato los cordones.
El responde:
- No, yo solito puedo.
Otra voz lo invita a jugar, el mar está bravo pero igual se quiere subir a la góndola, los chicos lo esperan.
-Idiotaaa! – sigue gritando el loco a lo lejos.
La gente ya no llora, la música ya no suena, su madre sigue llorando y la felicidad en colores continúa.


lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi primer contacto


Mi bisabuelo era un gallego divino. Tuve suerte de tenerlo. Él era un hombre sabio, con solo la escuela primaria.
Él fue el que me regaló mi primer triciclo. Con él tuve mi primer contacto con la música. El viejo tocaba la flauta y la guitarra, aunque solo lo escuché tocar la flauta, porque se había impuesto una veda con las cuerdas, por lealtad a su compadre en serenatas que había muerto y luego mi imaginación tejió innumerables y misteriosas circunstancias.
De él solo tengo recuerdos de infante, recuerdos de un ser pequeño que percibe el mundo casi casi como un animalito. Pequeños fragmentos que fueron construyendo mi infancia feliz, como cuando salíamos en esas largas caminatas de pasos cortitos, tomados de la mano, los domingos a la tarde para ir a la estación de trocha angosta a ver pasar un tren que rara rara vez pasaba. La vuelta al atardecer y las historias que ya no recuerdo pero que me rodean con la calidez de un poncho.
Él me traía pan de maíz y caramelos “media hora”, me traía buenos momentos y paciencia infinita, me traía el gusto por el disfrute lento, por la luz y por el calor del sol en pleno invierno.
Ella hizo del hombre un símbolo. Él es su infancia.

Un día los huesos viejos del abuelo no resistieron una caída, se quebró la cadera. Tenía 93 años de vivir con alegría, como 30 de vivir solo en una habitación de alquiler en la Calle Julián Álvarez, otros tantos años de ir y venir a su antojo, en sus tiempos, a su manera.
Con aquella caída todo cambió, los huesos no pudieron o no quisieron soldar y comenzó a necesitar ayuda para cosas que hacia mucho hacia él solo.
Recuerdo esa época con algo de tristeza, con algo de melancolía. Recuerdo a mi padre, preparando el baño para el abuelo, afilando la navaja, recuerdo al viejo en una banqueta sentado y a mi padre afeitarlo con el mismo amor que el otro le prodigara durante años. Recuerdo la mirada que nos cruzamos, la tristeza al darnos cuenta que ya no podríamos ir a la estación del tren.
No recuerdo tan claramente como se murió, solo viene a mi una última imagen con todos en casa, el viejo en la cama de mis padres despidiéndose de todos, uno por uno.
Escucho las voces del pasado que de algún lugar llegan diciendo que el abuelo quería morir dignamente, que no había dignidad en tamaña dependencia.
Después el adiós, después nada. Después empezaron a existir los otros, pero no era lo mismo: el pan de maíz no olía igual, los caramelos esos dejaron de gustarme, los trenes me daban miedo y las estaciones de tren comenzaron a repugnarme.
Fui ahí donde comprendí qué era eso que algunos llaman "el peso de la ausencia" ahí sintí por primera vez a mi fantasma, ese fue mi primer contacto con la muerte.
El me había dado eso también.
Después de un año de la muerte del bisabuelo el miedo me golpeó fuerte. En medio de la noche me despertaba pensando en la vida que pasa, pensaba en que conocería a alguien, en una familia, en sucesiones de marido, hijos, nietos, nacimientos y muertes para llegar finalmente a la propia. La muerte, la tierra, la carne en descomposición y la nada. La nada y el grito de una nena de 6 años, en la oscuridad, pensando que no se quería morir, nunca.
El miedo que me avergonzaba por no poderlo explicar, el miedo niño, el miedo que por no ponerlo en palabras siguió y siguió.
No logro recordar la muerte del bisabuelo, pero si lo que vino después.
Ese miedo que nunca me abandonó, fue cambiando de forma, de nombre, de intensidad

Oblivion

En el cuarto oscuro, solo el destello verdoso que se enciende y se apaga rítmicamente va marcando el paso del tiempo que aun le parece irreal. Se engaña y lo sabe pero no puede dejar de timarse. Ese ritmo de metrónomo pero sin ruido lo une a una cierta realidad, no del todo convincente. Piensa que el tiempo es lo único que no muere ni se recupera, sin embargo permanece inmóvil en su desidia, en la oscuridad del cuarto que lo ampara y en el ritmo verdoso que lo envenena.
El tiempo implacable seguirá su camino como el rítmico batir de las alas de esas aves de fin de verano cuando se alejan. El tipo es un cliché. Siguió soñando, se alejó con ellas, se sintió indefenso y el frío le llenó el cuerpo. Se llenó del cansancio de sobrevivir al día, de ese cuerpo enfermo, a cuestas, de esa masa de músculos, huesos y tendones, de carne con memoria de otra vida.
El tiempo le jugaba una mala pasada, las propias oscuridades lo cercaban, se cerraban en torno a él. Desde hace mucho que lo sabe, pero no se anima al cambio que lo liberaría de ese peso.
Las veces que lo intentó, el miedo fue más fuerte. No fue un miedo claramente definible, pero si profundo, de vacío doloroso. Le tomó un tiempo considerable comprender que ese deseo que lo aterraba era su final. Tuvo que evaluar muchas cosas que enumeró en la oscuridad de aquella noche.
Pensó en sus padres, en el dolor que les causaría, pero lo sopesó contra el dolor que ya les causaba, el cansancio de verlo desintegrarse, de ver como su futuro se deterioraba antes de tiempo delante de sus propios ojos. Adivinaba el derrumbe de las ilusiones que habían tejido. Sus padres quedarían solos, su apellido no perduraría, sería el último de su familia. Pensó también en el olvido y se reconoció vanidoso. Quería que lo recuerden, quería pensar en que el alma es eterna, que por algo le estaba pasando esto, quería pensar en el después. Temía que lo olvidaran pero también temía que lo recordaran en su agonía, en ese cacho de carne en el que se estaba convirtiendo.
Buscó la plenitud en su pasado: en los cuerpos acariciados, en los libros leídos, en las lecciones aprendidas, en las risas compartidas y en todos sus yines y yanes. Necesitó ponerlos en papel para verlos fuera de él y se los dejó a Laurita para que los leyera en voz alta, porque sabía que ella comprendería. Pensó mucho en Laurita y en lo que le dejaba y esperó que con el tiempo ella comprendiera que no era por maldad que la dejaba sola, que ella no tenía que ocupar su lugar ni ser su viuda. Quería que lo recordara, pero de manera diferente, como quien recuerda el primer beso, ese primer momento íntimo, que no se repite y en el que se confunden el obsequiante y el obsequiado. A ella la iba a extrañar mucho más quizás porque existía una fuerte posibilidad de que ella lo olvidara, de que lo que él fuera se diluyera, que el color y el sabor de esa vida compartida se fuera perdiendo en nuevos colores y sabores.
Pensó en que no quedaría nada de él, tan solo los recuerdos que se irían diluyendo con otras vidas nuevas que reemplazarían la suya. Le fue difícil asumir el latigazo del olvido.
Recordó todos los besos, los besos con sabor a menta y los de frutilla, los besos con gusto a cigarrillo y alcohol, los besos en colores, los besos de dolor y los de amor. Pensó en Dios, pensó en la salvación, en el más allá, en el Karma, pensó en todo.
Quiere disfrutar este último sueño, sueño y muerte, muerte y sueño, más hermanados que nunca. Disfrutar de ese dolor que desaparece, los problemas que ya no existen, disfrutar de esa cama de una plaza que lo llevará de paseo por ciudades lejanas, como ese cuento que leía de chico. Cerrar los ojos, dejarse llevar y sentir como este último beso se derrite en la boca, aliviana el cuerpo y disfrutar del fresco que entra por la ventana lleno de olor a jazmín y malvón. Sentir los ruidos de la calle, las conversaciones en el departamento de al lado, sentir el ruido de los autos, el vientito en la piel. Sentir y pensar... hasta dejar de hacerlo.
Nada lo une al presente. Respira profundamente, con dificultad, con dolor de cuerpo mas no de espíritu. Entonces, ve la progresión de minutos en el reloj digital de su mesa de luz, en ese despertador con sonido trasatlántico que ya no lo despertará y también ve el instrumento que detendrá el tiempo para él.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Laguna

 
Hace más de dos años que no me doy una vuelta por San Miguel del Monte. Dos años desde que mis padres vendieron la casa quinta y se mudaran a la capital.
Intuía que el lugar había cambiado, pero no me imaginaba hasta que punto… creo que tampoco me importó mucho en ese momento, pero cuando en el Grupo Loto, en donde estaba haciendo mi terapia de meditación me lo vendieron como un lugar único muy cerca del centro en donde podía ejercitar respiración y hacer un retiro en silencio, me volvió a cautivar la curiosidad de saber que había sido de aquel lugar tan tranquilo y de esos personajes que solo conocí durante largos meses de verano en los que mamá y papá se instalaban en aquella antigua casa del viejo Monte.
Para entonces estaba un poco perturbado y el retiro de 4 días me venía muy bien. El stress, los excesos y alguna que otra adicción me habían cobrado su cuota, pero desde que comenzara en el grupo pude dormir mejor y ya había comenzado a dejar de tomar toda esa batería de drogas que mantenían mi humor más amable, el carácter estable y sobre todo me hacían un ser humano tratable. El perder la mirada en el verde y en el agua me ayudaría a meditar sin palabras, a contemplar mi interior desdibujado y a dejar de lado lo externo, lo corpóreo que arrastraba como una pesada carga. Cuando se lo comenté a mi maestro antes de partir, me dijo que la contemplación nos permite acceder a la sabiduría que reside en lo más sencillo y que nos abre las puertas de la iluminación. Ante estas palabras, lo miré tratando de no prejuzgar. Su sonrisa amplia y sin emoción me dio un escalofrío, sus ojos bien abiertos, la piel perfecta exudaban salud y bienestar. Y si, el maestro tenia algo de genio y algo de idiota, pero que era yo para juzgarlo, que autoridad podía tener yo con mi chalequito químico como para decir esto.
El pueblo está irreconocible. Las calles ya no son de barro, la mayoría han sido pulcramente pavimentadas, aunque también sobreviven algunas de las empedradas originales.
Es extraño que no se vean vecinos en bicicleta por las calles de tierra. En lugar de ellos, lo que hay es mucha gente, evidentemente foráneos en ropa de deporte cuyos colores varían según el grupo de pertenencia. Nosotros en pantalón de jogging, remera y zapatillas blancas, los seguidores del maestro Sivananda andan vestidos en naranja, ocre o amarillo y por último, unos pocos que van de gris o marrón que pertenecen a grupos católicos, cristianos y protestantes.
A medida que nos adentramos en el pueblo, casi no distingo caras familiares pero sin embargo al abrir la ventanilla llega a mí el olor dulzón de la laguna, del agua estancada, de la marisma podrida.
Algo me huele mal.
En la quinta El Loto se me aparece una casa, la principal, en medio de un parque con bosques viejísimos, un pequeño prado que la circunda de un verde profundo que ofrece un contrapunto interesante a las pocas humanidades de blanco que ya deambulan por el lugar, la laguna marrón al fondo, cruzando la calle y desperdigadas al azar unas cuantas reposeras también blancas. Ya elegí mi primer lugarcito.
A nuestro encuentro sale un señor de pelo largo, canoso, corpulento y de mirada amable que nos resume el reglamento del lugar: No se permite hablar si estamos bajo votos de silencio, no se habla durante las comidas, no están permitidas las radios ni los teléfonos. El horario de inicio de actividades es a las 6 de la mañana, para aseo personal y del lugar, meditación, desayuno – almuerzo y después de comer dos horas de libres, luego respiración y cena para terminar la jornada. Durante el tiempo libre está permitido ir al pueblo pero siempre con un acompañante.
Al pelilargo no se le mueve un pelo y yo ya me cuestiono que hago acá.
Nos lleva a una habitación enorme con varios colchones y mantas, todo blanco, impecable, luminoso y con olor a sándalo.
Nos instalamos y por encima de mi colchón veo una imagen del Ravi Shankar sonriente que me relaja.
Agarro un libro y me voy para las reposeras que vi al llegar, elijo unas alejadas, debajo de un roble. Antes de sentarme a leer me tiro en el pasto a hacer unos ejercicios de respiración, lo que me lleva un tiempo. Luego recojo el libro y me siento.
A unos 20 metros hay un hombre en una reposera que capta mi atención. Está rodeado de unos cinco jóvenes acostados en el piso, sobre unas mantas blancas. El conjunto resulta muy singular: el blanco reverberante saturando el aire amarillo-anaranjado que se eleva del  agua, del aire cálido. El hombre de la reposera está inmóvil, la vista clavada en el agua, a pesar del calor y de estar a pleno rayo del sol está cubierto por un grueso toallón naranja, cubierto de pies a cabeza. Se me ocurre que podría estar muerto y que ninguno de los meditantes a su alrededor lo notaría, después de todo, cada uno esta en su propio pensamiento. La idea me inquieta, me da mala espina, un mal presagio.
Abro el libo y me dedico a la lectura en la que me pierdo a los pocos segundos. Sin darme cuenta han pasado dos horas y la sombra ya me resulta fresca, salgo de mi ensoñación empujado por la voz de un niño que aburrido le grita a su madre lo obvio.
-¡Mamá, me aburro!
-Aaaaaaaaaaoooooooooommmmmmmm-Contesta ella.
-¡Dale ma, miráme!
-Aaaaaaaaaaaaaaaaaoooooooooooooooooooooommmmmmmmmmmmmm-Insiste ella.
-Maaaamiiiii- Le grita finalmente el pequeño a su madre a la vez que con las dos manitas forma unas simpáticas pincitas con las puntas del índice y el pulgar y toma del pabellón una de las orejas de su madre, para hacer que el sonido penetre mejor.
Los miro y me pregunto que hace un niño en un lugar lleno de lunáticos. Ella me mira, me sonríe y sus labios se mueven como diciendo algo que no logro escuchar. Recordando mi voto de silencio, le hago un gesto de que tengo los labios cosidos. Ella asiente con la cabeza y se vuelve hacia el niño, lo abraza y se revuelcan en el pasto a puro grito. Ahí nomás, preso de una leve envidia, decido que ya es hora de salir de la sombra, así que recojo mis libros y me voy.
Rumbo a mi habitación me cruzo con otros, todos nos miramos a los ojos amablemente y nos dedicamos sonrisas falsas inundadas de dientes. Ya sobre el camino que conduce a la casa me fijo si ubico al viejo del toallón naranja y sus satélites, pero ya no está. Solo quedan sus formas plasmadas en las telas: reposera al centro y en esta los glúteos grabados en un recuerdo textil y como rayos de un sol las lonitas de los 5 efebos.
Habrá en esto algún mensaje, será solo para mi o para que todos puedan cifrarlo.
Intranquilo sigo la marcha lenta hacia la casa y al entrar me tiento a unirme a un grupo de respiración. Recién comienzan con la primera posición, respirando con las manos en la cadera, así que no dudo en sentarme y comenzar los ejercicios. Me cuesta engancharme en el ritmo, pero finalmente lo logro. Un calor intenso se va propagando por todo mi cuerpo, luego me duele la nariz y el dolor va minando cada rincón de la cabeza hasta que me largo a llorar desconsoladamente preso de una angustia enorme que solo el llanto profundo puede liberar.
En algún momento pierdo la conciencia y me sumo en un estado de ensoñación en el que me veo a mi mismo, los ojos abiertos, inmóviles, grandes, nada que delate un ser vivo del otro lado del iris, las cejas, como a través de un microscopio, con gotas de sudor suspendidas en el vello, la boca semiabierta, los labios húmedos. Inmediatamente el espacio se vuelve oscuro y veo una versión anciana de mi mismo, sentado en el porche, inmóvil, los ojos cubiertos por moscas, la respiración apenas perceptible, la dentadura… clac, clac, clac, los dientes.Una humedad pringosa sube por mis pies. Tengo los pies de barro que se desintegran poco a poco volviendo el agua cada vez más turbia, como una pequeña laguna.
Los acordes de una guitarra penetran en el sueño y de a poco vuelvo con al tañir de las cuerdas y un cántico que se va volviendo cada vez más intenso. Me recupero lentamente, como no queriendo volver pero feliz de hacerlo. Al intentar interpretar ese sueño, solo logro generarme malestar, algo así como una violencia extrema, no puedo dejarlo fluir. Respiro profundo y me voy a la habitación.
Al abrir la puerta una penumbra de vela me da la bienvenida, mis compañeros ya están ahí, meditando.
Hago todo lo que tengo que hacer sin hacer el menor ruido, por respeto, como en cámara lenta. Me lleva tres horas bañarme, cambiarme y salir.
Ya pasó la hora de cenar y me sacude la necesidad imperiosa de hablar, aunque sea conmigo mismo, en voz alta o a los gritos y así salgo al parque a tomar un poco del aire húmero y fresco de la noche. El rapto verbal me lleva al monólogo.
-Pará Jorge… ¿¡Que!?... Necesito hablar, necesito decir algo, necesito…
La voz se me ahoga en la garganta. La angustia me gana, necesito otra cosa, necesito una evasión, algo que alivie este peso enorme que no tiene nombre. El silencio me come por dentro y todas las voces que trato de aquietar se revelan, caprichosas, me instigan desde adentro.
Extraño mis drogas, la protección que me brindaban al menos al principio. Depronto resuenan en mi unas notas de bajo… cuando haya una cura para el dolor, ese será el día en que me deshaga de ellas, dice la canción… yo tuve que tirarlas antes.
Me quedo en el parque, me saco las alpargatas y camino descalzo por el pasto mojado, la lluvia suave, fresca, la esperanza de que me libere de esta angustia.
A lo lejos unos relámpagos poderosos unen el cielo y la tierra con intricados haces de luz.
Mi respiración se acelera, siento la energía que penetra por mis ojos, fijos en la tormenta que se incrementa.
La laguna de Monte, único testigo de la escisión. Todas las lagunas tienen algo de mágico, de misterioso, algo de leyenda.
Mis sueños también brotan con la humedad.
Me estremezco y me desplomo teblando en el pasto mojado, al lado de la laguna. Veo sin ver, el agua quieta, en mí la tensión latente del abismo maloliente, la muerte, el abismo lacustre. Caronte a mi lado, tendiéndome una copa, tomando el óbolo de mis manos…
-Jorge, Jorge, ¿estás bien?
Al abrir los ojos, no entiendo donde estoy, la suave luz de la madrugada me lastima, estoy mojado, dolorido… y no se a quien buscan estas personas, ¿Quién es Jorge?
-Jorge ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
Lo miro sin entender. En sus ojos el pánico. El hombre mira a la mujer que está a su lado. Intercambian preocupación.
No recuerdo mi nombre, por ahí soy Jorge, pero no me importa, no me interesa recordarlo. En mi crece una sensación de alivio, pero tampoco logro recordar el motivo de pesar. Tampoco siento desconfianza hacia estas personas que parecen querer cuidarme.
Me cubren los hombros con una manta y me llevan al interior de una casa inglesa, enorme, en medio de un parque con bosques viejísimos, atravesando un prado de un verde oscuro. De camino nos cruzamos con un hombre raro, cubierto con un enorme toallón naranja, su expresión amable y con cinco jovencitos que lo acompañan.
La mujer le comenta al hombre que me lleva del brazo:
-Capaz que lo alcanzó un relámpago.
-¿Vos crees? –responde él.