lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi primer contacto


Mi bisabuelo era un gallego divino. Tuve suerte de tenerlo. Él era un hombre sabio, con solo la escuela primaria.
Él fue el que me regaló mi primer triciclo. Con él tuve mi primer contacto con la música. El viejo tocaba la flauta y la guitarra, aunque solo lo escuché tocar la flauta, porque se había impuesto una veda con las cuerdas, por lealtad a su compadre en serenatas que había muerto y luego mi imaginación tejió innumerables y misteriosas circunstancias.
De él solo tengo recuerdos de infante, recuerdos de un ser pequeño que percibe el mundo casi casi como un animalito. Pequeños fragmentos que fueron construyendo mi infancia feliz, como cuando salíamos en esas largas caminatas de pasos cortitos, tomados de la mano, los domingos a la tarde para ir a la estación de trocha angosta a ver pasar un tren que rara rara vez pasaba. La vuelta al atardecer y las historias que ya no recuerdo pero que me rodean con la calidez de un poncho.
Él me traía pan de maíz y caramelos “media hora”, me traía buenos momentos y paciencia infinita, me traía el gusto por el disfrute lento, por la luz y por el calor del sol en pleno invierno.
Ella hizo del hombre un símbolo. Él es su infancia.

Un día los huesos viejos del abuelo no resistieron una caída, se quebró la cadera. Tenía 93 años de vivir con alegría, como 30 de vivir solo en una habitación de alquiler en la Calle Julián Álvarez, otros tantos años de ir y venir a su antojo, en sus tiempos, a su manera.
Con aquella caída todo cambió, los huesos no pudieron o no quisieron soldar y comenzó a necesitar ayuda para cosas que hacia mucho hacia él solo.
Recuerdo esa época con algo de tristeza, con algo de melancolía. Recuerdo a mi padre, preparando el baño para el abuelo, afilando la navaja, recuerdo al viejo en una banqueta sentado y a mi padre afeitarlo con el mismo amor que el otro le prodigara durante años. Recuerdo la mirada que nos cruzamos, la tristeza al darnos cuenta que ya no podríamos ir a la estación del tren.
No recuerdo tan claramente como se murió, solo viene a mi una última imagen con todos en casa, el viejo en la cama de mis padres despidiéndose de todos, uno por uno.
Escucho las voces del pasado que de algún lugar llegan diciendo que el abuelo quería morir dignamente, que no había dignidad en tamaña dependencia.
Después el adiós, después nada. Después empezaron a existir los otros, pero no era lo mismo: el pan de maíz no olía igual, los caramelos esos dejaron de gustarme, los trenes me daban miedo y las estaciones de tren comenzaron a repugnarme.
Fui ahí donde comprendí qué era eso que algunos llaman "el peso de la ausencia" ahí sintí por primera vez a mi fantasma, ese fue mi primer contacto con la muerte.
El me había dado eso también.
Después de un año de la muerte del bisabuelo el miedo me golpeó fuerte. En medio de la noche me despertaba pensando en la vida que pasa, pensaba en que conocería a alguien, en una familia, en sucesiones de marido, hijos, nietos, nacimientos y muertes para llegar finalmente a la propia. La muerte, la tierra, la carne en descomposición y la nada. La nada y el grito de una nena de 6 años, en la oscuridad, pensando que no se quería morir, nunca.
El miedo que me avergonzaba por no poderlo explicar, el miedo niño, el miedo que por no ponerlo en palabras siguió y siguió.
No logro recordar la muerte del bisabuelo, pero si lo que vino después.
Ese miedo que nunca me abandonó, fue cambiando de forma, de nombre, de intensidad

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