jueves, 27 de septiembre de 2012

Atardecer


Las vueltas a casa en tren están cargadas de cansancio, de expresiones de deseo: agarrar uno vacío, llegar, que mamá haya preparado una cena rica de milanesas con puré… las vueltas a casa están llenas de melancolía por el día que va muriendo lentamente.

La luz mortecina dentro del vagón y la interminable cola de vendedores que se turnan para venderte algo que no te sirve, ni creo que le sirva a nadie. El soliloquio del vendedor que termina perdiéndose en los cansancios crónicos de los compañeros de vagón, con los que compartimos el silencio cómplice de los combatientes, de los cazadores sin fortuna. Con suerte me siento, tratando de que sea al lado de la ventanilla, porque me molesta que me rocen los que van parados en el pasillo, me molestan sus olores, aunque les agradezco infinitamente sus silencios. Si esto ocurre, si me siento, mi mirada se pierde en los confines del atardecer que se cuela por las calles transversales a las vías dónde la vida tiene otro color, en una realidad paralela como las vías que transcurren a tan sólo metros: chicos que juegan a la pelota, muchachos que toman cerveza, alguien que le pasa un último plumero al auto antes de guardarlo, gente que tiene la suerte de estar llegando y mira al tren con expresión burlona. Los colores y las formas se van extinguiendo de un naranja final a negro profundo. El ritmo se desacelera a medida que se aproxima mi estación y me da fiaca bajar porque significa que voy a tener que expiar el día en las pocas cuadras que me separan de casa, en la ducha antes de cenar y en la vieja preguntándome cómo me fue, y en un sinfín de rutinas conjugadas con esta misma que hoy se me ocurre hermosa y digna de un cuadro, aunque no sé bien de qué estilo.

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