Las vueltas a
casa en tren están cargadas de cansancio, de expresiones de deseo: agarrar uno
vacío, llegar, que mamá haya preparado una cena rica de milanesas con puré… las
vueltas a casa están llenas de melancolía por el día que va muriendo
lentamente.
La luz mortecina
dentro del vagón y la interminable cola de vendedores que se turnan para
venderte algo que no te sirve, ni creo que le sirva a nadie. El soliloquio del
vendedor que termina perdiéndose en los cansancios crónicos de los compañeros
de vagón, con los que compartimos el silencio cómplice de los combatientes, de
los cazadores sin fortuna. Con suerte me siento, tratando de que sea al lado de
la ventanilla, porque me molesta que me rocen los que van parados en el
pasillo, me molestan sus olores, aunque les agradezco infinitamente sus
silencios. Si esto ocurre, si me siento, mi mirada se pierde en los confines
del atardecer que se cuela por las calles transversales a las vías dónde la
vida tiene otro color, en una realidad paralela como las vías que transcurren a
tan sólo metros: chicos que juegan a la pelota, muchachos que toman cerveza,
alguien que le pasa un último plumero al auto antes de guardarlo, gente que
tiene la suerte de estar llegando y mira al tren con expresión burlona. Los
colores y las formas se van extinguiendo de un naranja final a negro profundo.
El ritmo se desacelera a medida que se aproxima mi estación y me da fiaca bajar
porque significa que voy a tener que expiar el día en las pocas cuadras que me
separan de casa, en la ducha antes de cenar y en la vieja preguntándome cómo me
fue, y en un sinfín de rutinas conjugadas con esta misma que hoy se me ocurre
hermosa y digna de un cuadro, aunque no sé bien de qué estilo.
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