jueves, 13 de septiembre de 2012

En el tren II


 Carlos llega a la estación de tren, la de Temperley, como todos los días, perfumado y de punta en blanco, el tiempo cronometrado como para que le alcance a comprar el diario y leer rápidamente los titulares. Saluda con cordialidad y por su nombre de pila al quiosquero, se abstiene de fumarse un pucho porque, aunque tiene ganas, detesta el olor a cigarrillo en la ropa y en el aliento desde tan temprano.

Carlos busca a Marita en el andén, la figura delgada y un poco encorvada de modelo francesa, su pelo teñido súper rubio, corto, pero no a lo Marilyn sino a lo punk, su traje negro, sus zapatillas blancas de cuero. Marita siempre se viste igual, algunas veces en lugar de zapatillas usa zapatos acordonados o borcegos, pero siempre de negro, ojos delineados, la piel extra blanca.

Carlos piensa que Marita nunca se fue de vacaciones. Se la encuentra todos los días y charlan de libros en el viaje a Constitución. Comparten también el viaje en subte pero Carlos se baja en Diagonal y ella sigue hasta Plaza San Martín, porque trabaja en la biblioteca de la Cancillería.

Carlos nunca le insinuó nada a Marita, pero hay una tensión ente ellos que todos en el andén pueden sentir. No es histeria, no se coquetean, ellos comparten charlas triviales sobre el clima y los perfumes y otras más trascendentes sobre discos y libros, algunas joyas musicales o literarias que degustan comentando.

Ambos están interesados, el uno en el otro y se nota en algunas miradas breves y en otros tantos gestos gentiles. El problema es que los dos son tímidos y solo imaginar un beso los sonroja de deseo y de vergüenza por partes iguales.

Carlos ve a Marita, se acerca a ella, la saluda tomándola tímidamente del brazo. Ella, si está leyendo, levanta una mirada osca del libro, ríe por un nanosegundo y se pierde en el gesto de guardar el libro en su morral. Si escucha música, la mirada es la misma, pero le pasa el auricular izquierdo y levanta un dedo en señal de silencio hasta que termina el tema.

El ritual es casi idéntico, de lunes a viernes, pero hoy Carlos quiere hacer algo distinto. Quiere invitarla al cine. Estrenan la última de David Lynch que, intuye, va a estar buenísima.

Él es un tipo decidido, metódico, ordenado, eso se aprecia con solo mirarlo. Ella, por otro lado, podría ser voluntaria en un hogar de niños o ser una asesina serial, ambas opciones son factibles. Carlos adora sus costumbres y mientras charlan de cine piensa en el placer que le brinda ese ritual de la mañana. No puede imaginarse a Marita fuera del entorno “transporte”, más allá de esa hora y un poquito que comparten desde hace dos años, que sólo se interrumpe en caso de paro ferroviario o de vacaciones.

Le es imposible imaginarla de vacaciones en malla en Mar del Plata pasándose bronceador, tampoco caminando por las sierras cordobesas, sabe, sin embargo, que una vez al año ella se va a ver a su hermano a Londres o que cada tanto viaja a Chicago a ver a una amiga que emigró.

Carlos sigue pensando mientras se suceden las estaciones, al llegar a Constitución aún no encuentra el coraje y es como si una bandada de dudas se hubiera tirado al vuelo encima suyo desde cada cúpula del enorme edificio… y por primera vez, retrocede.

 Suben juntos a la candente y maloliente formación de subte, sin hablar. Ella lo mira extrañada y le pregunta si está bien. El dice si con un gesto y la cabeza llena de “y sis”: Y si dice que no,  y si no se gustan, y si tiene novio o novia, y si sus mañanas cambian,  y si no vuelve a encontrarla como todos los días en el andén, y si no vuelven a hablar de música, de arte, de afectos lejanos, de problemas menores, de los titulares, de si pide aumento o no, de si estudiar francés o italiano… y si…

Se aproximan a Diagonal Norte, él la toma del brazo, le da un beso en la mejilla y le susurra: “Buen finde. Nos vemos el lunes”. 

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