Carlos busca a
Marita en el andén, la figura delgada y un poco encorvada de modelo francesa,
su pelo teñido súper rubio, corto, pero no a lo Marilyn sino a lo punk, su
traje negro, sus zapatillas blancas de cuero. Marita siempre se viste igual,
algunas veces en lugar de zapatillas usa zapatos acordonados o borcegos, pero
siempre de negro, ojos delineados, la piel extra blanca.
Carlos piensa
que Marita nunca se fue de vacaciones. Se la encuentra todos los días y charlan
de libros en el viaje a Constitución. Comparten también el viaje en subte pero
Carlos se baja en Diagonal y ella sigue hasta Plaza San Martín, porque trabaja
en la biblioteca de la Cancillería.
Carlos nunca le
insinuó nada a Marita, pero hay una tensión ente ellos que todos en el andén
pueden sentir. No es histeria, no se coquetean, ellos comparten charlas triviales
sobre el clima y los perfumes y otras más trascendentes sobre discos y libros,
algunas joyas musicales o literarias que degustan comentando.
Ambos están
interesados, el uno en el otro y se nota en algunas miradas breves y en otros
tantos gestos gentiles. El problema es que los dos son tímidos y solo imaginar
un beso los sonroja de deseo y de vergüenza por partes iguales.
Carlos ve a
Marita, se acerca a ella, la saluda tomándola tímidamente del brazo. Ella, si
está leyendo, levanta una mirada osca del libro, ríe por un nanosegundo y se
pierde en el gesto de guardar el libro en su morral. Si escucha música, la
mirada es la misma, pero le pasa el auricular izquierdo y levanta un dedo en
señal de silencio hasta que termina el tema.
El ritual es
casi idéntico, de lunes a viernes, pero hoy Carlos quiere hacer algo distinto.
Quiere invitarla al cine. Estrenan la última de David Lynch que, intuye, va a
estar buenísima.
Él es un tipo
decidido, metódico, ordenado, eso se aprecia con solo mirarlo. Ella, por otro lado,
podría ser voluntaria en un hogar de niños o ser una asesina serial, ambas
opciones son factibles. Carlos adora sus costumbres y mientras charlan de cine
piensa en el placer que le brinda ese ritual de la mañana. No puede imaginarse
a Marita fuera del entorno “transporte”, más allá de esa hora y un poquito que
comparten desde hace dos años, que sólo se interrumpe en caso de paro
ferroviario o de vacaciones.
Le es imposible
imaginarla de vacaciones en malla en Mar del Plata pasándose bronceador, tampoco
caminando por las sierras cordobesas, sabe, sin embargo, que una vez al año
ella se va a ver a su hermano a Londres o que cada tanto viaja a Chicago a ver
a una amiga que emigró.
Carlos sigue
pensando mientras se suceden las estaciones, al llegar a Constitución aún no
encuentra el coraje y es como si una bandada de dudas se hubiera tirado al
vuelo encima suyo desde cada cúpula del enorme edificio… y por primera vez,
retrocede.
Suben juntos a la candente y maloliente
formación de subte, sin hablar. Ella lo mira extrañada y le pregunta si está
bien. El dice si con un gesto y la cabeza llena de “y sis”: Y si dice que
no, y si no se gustan, y si tiene novio
o novia, y si sus mañanas cambian, y si
no vuelve a encontrarla como todos los días en el andén, y si no vuelven a
hablar de música, de arte, de afectos lejanos, de problemas menores, de los
titulares, de si pide aumento o no, de si estudiar francés o italiano… y si…
Se aproximan a
Diagonal Norte, él la toma del brazo, le da un beso en la mejilla y le susurra:
“Buen finde. Nos vemos el lunes”.
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