Los viajes en tren están enmarcados de por sí en un halo de misterio, porque contienen tantos universos como vagones posea el tren. Cada uno tiene destinos y comienzos que se extienden en todo su longitud. Uno puede conocer una multitud de historias, comenzar una y mil veces, o simplemente tener la propia pero como observador, o como juez, como ciudadano comprometido, como lo que quieras ser en ese momento. Subir a diario a la misma hora, en la misma estación, con casi la misma gente puede ser rutinario pero nos da la oportunidad de presenciar dramas singulares…
El morocho celoso de traje, alto y con cara de tipo difícil subió como casi todas las mañanas con su novia a dos estaciones de donde siempre subía yo. El flaco este de por si llevaba aspecto de pocos amigos, y casi siempre reprimía a su novia por algún motivo. Ella, bonita, consciente de ello, siempre con polleritas cortísima y mirada sugerente a todo el que quisiera apreciar sus largar piernas a pesar de su guardaespaldas. Nunca me imaginé que con mirarla solamente uno pudiera arriesgar su integridad…
La cosa es que mientras observaba con curiosidad el interactuar de la pareja, la bella fémina observaba de reojo con cara de pícara a un joven que a unos metros de ellos llevaba una remera con un Taz agarrándose la entrepierna que decía “Narrow this”. La reacción del novio de la chica fue imprevista, por lo menos para este observador, pues le pego un sopapo sonoro en plena cara a la sorprendida seductora, e interrumpió la sonrisa de cortesía con el provocador caballero que quedó boquiabierto y sin saber como reaccionar.
El griterío fue inmediato, escandaloso… a los novios no los vi más, ni juntos ni separados, y no era para menos porque como en toda pequeña sociedad, algunos tomaron partido rápidamente por la provocadora, otros por el airado novio.
La reacción fue en cadena, casi en cámara lenta: ante el sonoro sopapo, un señor mayor, petisito pero con fuerza evidente empujó contra la puerta del vagón al muchacho mientras le gritaba “A las mujeres no se les pega”; una señora que estaba observando con cara de reprimida no pudo evitar agarrar a la muchacha del brazo y espetarle algo así como “Vos también vestida así como una cualquiera”; la chica en un intento de soltar el brazo del agarre represivo de la mujer le pego en la cabeza a otra que estaba sentada medio dormida, que a su vez se levanto como impulsada por un resorte y golpeó con la cartera a la mujer que seguía gritándole a la jovencita con la cara marcado con la mano del su novio; el morocho gritó “viejo de mierda” al hombre que lo volvió a empujar contra la puerta; dos hombres más tuvieron que sostener al hombre mayor porque estaba a punto de comerse vivo al morocho; un par de pendejos salieron en defensa del joven como para equiparar el número y como tiraron un par de trompadas, los dos tipos que sostenían al viejo, lo soltaron y respondieron al intercambio, esto sumado a los gritos y abucheos de los espectadores que no participaron activamente en la trifulca pero si en los comentarios… de lo más variados. Tal fue la bataola que tuvieron que detener el tren en la siguiente estación, para que interviniera la policía, no solo por los exaltados pugilistas que ya sumaban una decena, sino que también por un par de robos ocurridos aprovechando la atención suscitada por el escándalo ferroviario.
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