jueves, 13 de septiembre de 2012

Postal de tren


Subo al vagón ese que está al lado del de las bicis que milagrosamente está medio vacío. Pienso que ese olor a robot, mezcla de aceite, sudor y metal es el límite de clase: de un lado el sudor y el aceite usado, el cigarrillo negro impregnado en la ropa lavada con jabón blanco… el mismo desodorante dulzón para todo el mundo; del otro trajes con olor a lavado a seco y algún perfume de pino, olor a diario recién comprado y a fijador para el pelo. Por algún motivo me gusta subirme a ese vagón en dónde, como los gradientes de dos ríos que se encuentran, las clases confluyen en un vagón en el que se tocan pero no se mezclan. Este recinto en el que viajo, representa, de alguna forma mi culpa de clases, o eso creo.

Hoy tengo delante una señora con dos niños. Una nena que lee los carteles que se cruzan por su ventanilla, para no darle lugar a la madre que sentada en el medio trata de tomarle las tablas.

-Cuatro por ocho. Tres por nueve. Siete por cinco. Nueve por seis. - Dispara la madre.

La pobre chica, responde con cara de esfuerzo a la inquisidora. La chica va respondiendo bastante bien. Pero en un momento, quizás por distracción o quizás porque la tabla del nueve es muy difícil, manda una respuesta incorrecta y la madre casi como un reflejo le aguijonea el brazo con un pellizco que deja una huella roja.

Miro a la mujer con ojos de reprobación que la mujer ignora y que la niña responde con una sonrisa triste pero agradecida.

Del otro lado de la mujer, inquieto está el hijo varón. Un niñito que no deja de comentar todo lo que sucede, como si pensara en voz alta.

-Mamá ¿ese señora es gorda porque como mucho? ¿Por qué los hombres usan bigotes? Mami no vi ni una sola persona con canas verdes. ¿Por qué el asiento es marrón? ¡Maaaa, mirá ese chico escribe en el asiento! – No para ni para tomar aire y tiene un timbre de voz que me exaspera. Lleva puesto un pantaloncito que le queda uno o dos talles más chico y se la pasa sacándoselo del culo con un gesto doloroso. Sin embargo no me conmueve, el pibe es una molestia.

Su blablá monótono y el vaivén truntrún del tren me van cerrando los ojos. Cada tanto, me despierto con la curiosidad generada por la dialéctica extraña de los vendedores ambulantes, que terminan ahí, a pasos de mi lugar, en dónde intercambian datos de ofertas, negocios imposibles.

Por el pasillo veo que se acerca un enano. El nene como si lo hubiera percibido, se asoma, mira por el pasillo, se da vuelta mira a la madre que no le presta atención.

-Mami, mami, mami…

Nada. Se asoma dos o tres veces más con insistencia sacando la mitad de su cuerpo por encima del apoyabrazos de la butaca. La madre presiente algo. El chico la mira, El enano se para a un asiento del nuestro. El nene desesperado no puede más y casi a los gritos le dice: -¡Mami, mami, mirá que hombre más chiquitito!

La madre lívida de vergüenza lo sienta de un tirón de orejas. Mi mirada yo no es de reprobación. El enano no se da por aludido.

Nos vamos acercando a Constitución. Resuenan las bocinas de las máquinas que entran y salen, algún grito de advertencia de que se va el último a Ranelagh. La gente se va agolpando en las puertas para salir primero y yo que no puedo dejar de admirar esos techos gigantes con algunos vidrios manchados y chapas llenas de hollín. Los ecos habitan las alturas junto con palomas enfermas y olores de los puestos de comida y de los talleres que están ahí nomás.

Bajo a la marea de gente que me empuja a través de esa arquitectura descuidada, de palacio en ruinas, a través de historias que nunca conoceré. Recorro con dificultad, cruzo molinetes, entrego el boleto de cartón duro y me pregunto a donde van todos esos lunares desgarrados de cada uno de los boletos y que conforman una parva al lado del inspector con cara de chancho que mecánicamente, como en una línea de ensamblaje toma-perfora-entrega-toma-perfora-entrega. Me tiento con el pan de maíz, herencia del abuelo que siempre lo compraba cuando tomaba el tren para venir a visitarnos… pero sigo, atraído por la refulgente salida, para perderme en su brillo, en otras historias pero de colectivo.

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