VIII
Una semana más tarde las cosas habían cambiado mucho. Tanto Alfonso como Cris estaban ansiosos por llevar el proyecto adelante, obligados, los dos por circunstancias levemente distintas, apenas diferentes.
Alfonso decidió confiar en los contactos y manejos químicos de su amigo, se propuso moderar su consumo de drogas, porque comprendía que eso limitaría su atención, porque aún tenía miedo, mucho más después de conocer al fulano que viajaba a Bolivia.
Lo conoció una tarde, en la casa de su amigo. Su primera impresión no fue del todo favorable. El tipo hablaba, mucho, sin parar, con un acento raro, como francés pero tenía aspecto de alemán, grandote pero flaco hasta la inanición. Tenía los ojos claros y hundidos, ojerosos que casi siempre miraban de reojo, salvo cuando se exaltaba, momentos en los que uno notaba que eran claros porque se salían de sus órbitas. Los momentos de exaltación eran frecuentes y Alfonso nunca estaba seguro del motivo. No lo entendía y notaba que Cris le tenía algo de miedo también.
-Ojo con este loco –Le dijo esa tarde. –Este se pianta y nos quema. Siempre anda calzado y tiene unos amigos que mejor ni te cuento.
Alfonso le recordó que no tenían otra opción aunque a él también lo inquietaba esa nueva información.
Cris lo abrazó y trató de tranquilizarlo.
-Nada va a salir mal, no te preocupes.
El Belga hizo la primer entrega que Cris probó para confirmar que era buenísima. No estaban poniendo mucho dinero en realidad, pero para ellos era todo lo que les quedaba. Tenían todas sus esperanzas puestas en esto y sentían que el plan era brillante.
Las cosas salieron bien la primera vez, y así hubieron otras.
En un mes ya habían armado una muy buena operación, el producto era bueno y Alfonso tenía a todos felices, nadie tenía que ir a la villa a compara, incluso tenía un par de boliches que estaban abiertos para el “afterhour” en dónde vendía al precio que se le ocurría.
También se puso al día con el gordo de la pensión aunque le pagaba con retraso, solo para molestar a ese gordo roñoso.
A la hermana dejó de hablarle, solo para demostrarle que sin ella era muy capaz de salir adelante o porque quizás no podría sostenerle la mirada cuando le preguntara de dónde sacaba la plata para vivir.
A la madre también le tenia restringida, por más que ésta le enviara innumerables mensajes de texto preguntándole cuando iría a visitarla a lo que el le respondía con un lacónico: “Todo bien. Quizás el finde”.
Con la cabeza en los contactos y en las ventas se sentía liberado, incluso de su arte, aunque pudo empezar el taller con Rosa al que asistía puntualmente todos los jueves. Todos le compraban, incluso Rosa, que ocasionalmente perdía el control y Alfonso disfrutaba con algo de placer culposo, entendía esto como una rara venganza, una compensación, porque Rosa no aflojaba, no dejaba de hacerle saber lo mucho que le faltaba para ser un artista, para animarse a vivir como uno, para saltar al vacío y crear.
Cada vez que hablaba de ella con Cris este se le reía en la cara, pocas cosas lo hacían reír tanto.
-La vieja esa te tiene ganas y te quiere morfar entre dos panes… ¿por ahí te incluye en alguna muestra grupal?
-Sos desagradable, ¿te lo dije alguna vez?
La verdad es que creía que Rosa le tiraba onda, se había puesto muy cariñosa el último tiempo y le repugnaba tener que someterse, se sentía acorralado.
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