miércoles, 25 de enero de 2012

Gracias a la Disco!!

El florero de cristal negro, antiguo, con las hortensias celestes y rosas combinaba perfectamente con el mueble Art Decó de madera negra que había puesto contra la pared opuesta a la cama.

La mirada somnolienta recorrió el papel tapiz crema y plata, las líneas impecables del mueble y finalmente se detuvo en las nervaduras de las hojas de la hortensia… luego trató de visualizar las venas más oscuras de las flores… sabía que estaban ahí, pero no podía verlas.

La expresión de placer acompañada por un movimiento felino, estiró los dorsales y la espalda, primero de un lado, luego del otro. Presentía que era tarde pero no tenía ganas de levantarse, se dejó llevar por esa sensación de sábado por la mañana que hacía mucho no tenía.

Estaba solo en la casa, ni la madre ni la abuela,  y así estaba bien. El cuerpo dudoso le recordó la noche anterior. Comenzó a reírse como un niño, sólo, con placer, desenfadado, agarrándose el abdomen. El contacto consigo mismo le puso la piel de gallina, cerró los ojos aún hinchados y se recorrió sin pudor, imaginándose la boca del otro y una risa ajena lo sacó del trance. Abrió los ojos sorprendido pues había olvidado una parte de la noche pasada, tan embriagado de libertad estaba que, quizás tomó un par de tragos de más. El otro, apoyado, desnudo sobre el mueble negro, quedaba perfecto en la escena. La piel morena, sobre la madera negra, las líneas sin sobresaltos armonizaban con sus glúteos y con sus piernas, un poco grandes, como de deportista.

Su impulso inmediato fue de abrazarlo y lamerlo, pero se contuvo cuando sus ojos negros se encontraron en un reconocimiento que nunca antes había experimentado.

-Qué lindo que sos cuando dormís –le dijo el otro, y el timbre de voz le revivió la noche anterior por detrás de las retinas.

Loui lo había convencido de salir pero no tenía muchas ganas; le había comentado que estaba un poco cansado de ir de levante con resultados lamentables... y su amigo por poco no le rogó que salieran, al menos a tomar algo. Nottingham no estaba muy lejos de Londres, pero era un viaje solo para tomar algo; sin embargo el espíritu festivo de Loui lo convenció y ahí nomás se fueron a ver que les traía esa noche húmeda y odiosa que hacía que el pelo jamás quedara como uno quisiera. Le hizo prometer a su amigo que la noche era para divertirse solamente, que se fumarían un porro antes de entrar para tener la risa fácil asegurada y que si alguno tenía ganas de volver a casa... no habría ningún rencor o reclamo.

-¡Obvio! –gritó Loui mientras terminaba de arreglarse el pelo lacio como de indio, con un solo mechón de canas detrás de la oreja derecha, producto de un problema de pigmentación.

Loui era su amigo, el que mejor comprendía todas sus mañas, el que le bancaba los exabruptos y el que le consolaba los llantos. Loui vivía a su antojo, como quería... Curioso, se conocieron en el Servicio, los dos habían recibido educación militar y, muertos de pánico, se habían hecho amigos sin querer, al reconocer en el otro su condición de pez fuera del agua. Su amistad siguió y se afianzó en el "coming out" de él, porque Loui nunca necesitó esconder nada.

Esa noche fue especial, todo marchaba bien hasta que Loui le presentó a Leonard. Leonard bailaba bárbaro y de entrada demostró interés por Russell que quedó fascinado por su sonrisa, una sonrisa blanca, radiante, con aliento a menta, con la particularidad de que a Russell le provocaba reír, y no porque le hiciera gracia, sino porque le contagiaba alegría.

Cuando se le acercó para hablarle, el perfume lo invitó a quedarse cerca…

-¿Sabías que este lugar solía ser una iglesia?

-Es genial lo que hicieron para que el sonido no rebote contra todas estas columnas, cómo lo habrán hecho ¿no?

-Usaron unos materiales que no afectan la estética y el resultado es fabuloso, ni se notan.

-Vos sos arquitecto, ¿no?

-Sí

-Qué bueno. Yo soy decorador, sin embargo siempre me gustó la arquitectura, pero cuando empecé a estudiar pensé que era más apropiada la decoración... vos sabés, demasiado femenino para la arquitectura... ¿o era para la ingeniería? –se largó a reír con ganas.



Era ideal conocer a un tipo con los mismos gustos, y sobre todo, que lo hiciera reír... Siguieron bailando y charlando cada vez más cerca, cada vez más atraídos el uno al otro. A mitad de la noche Rusell vio que Loui le hacía un gesto del otro lado de la pista. Le lanzaba un beso y se iba de la mano de un muchacho con pantalones de vinilo rojo... Loui y sus elecciones, se rió.

Cuando se dio vuelta para seguir charlando, Leonard estaba a dos centímetros, se besaron y Russell supo que ese fue el mejor beso de su vida. Era un romántico incurable… Siguieron riendo y bebiendo. Leonard parecía resistir cualquier bebida alcohólica pero Russell se dio cuenta que no, cuando lo agarró del brazo y salió gritando para la pista con un tema de Madonna.

Se miraron cómplices y casi se desmayan de tanto reírse… de ellos mismos.

No mucho más tarde, cuando salieron del boliche, muy borrachos y agotados de bailar, no tuvieron que decir nada, se tomaron un taxi juntos, rumbo a lo de Russell y después todo fue disfrute sin límites, como dos chicos con freepass en un parque de diversiones.





Leonard estuvo ocupado toda la semana pensando en las vacaciones que tanto necesitaba, pero que había decidido dejar para otro momento porque tenía “peces más grandes que freír”. Hizo la cuenta de cuántas casas había visto y ninguna le gustó tanto como la casa enorme de Finsbury Park… 2 plantas, 4 ambientes de techos altos, un garage gigante, ideal para armar un depósito, tenía un gran jardín con un ambiente más como para organizar su soñado atelier, y el barrio era una zona de inmigrantes, lo que le garantizaba un precio posible de pagar.

Pensó en la incomodidad de vivir tan lejos de Nottingham, aunque en realidad no era lejos sino trasmano. Justo ahora que estaba empezando esta nueva relación que realmente prometía... por favor, con las ganas que tenía de dejar el loquerío de lado y por fin tener una relación estable con alguien con más de dos dedos de frente.

Vivía pensando en su futuro, pero sobre todo ahora que lo único que le quedaba era la herencia  de su querida madre y nada más, ni siquiera un gato viejo que le diera cariño. No tenía hermanos, nada. En fin, ese fue el principal motivo por el cual quería invertir todo ese dinero en una casa tan grande... primero, para tener su estudio y su atelier en un mismo lugar y segundo, para tener un negocio alternativo que le permitiera vivir un poco más tranquilo y poder dedicar tiempo a su verdadera pasión, la pintura. Cuando vio la casa se imaginó dentro de ella, con todos sus cuadros, y sus pocas cosas, se vio decorándola a su gusto, se vio con Russell en ella.

Su mente divagaba porque no podía creer que todo lo bueno pudiera sucederle al mismo tiempo. El negocio que tenía pensado era excelente y lo había planificado con tiempo y dedicación, nada podría salir mal. Ya tenía el lugar, estaba dándole los últimos toques a su plan de negocios, solo le quedaba hacer la selección de personal que cubriría las entregas y las emergencias de ambientaciones y decoraciones.

Sentado en el café de la esquina, sin darse cuenta garabateó “Russell” en su agenda, el libro de Murakami que había empezado la semana anterior y que tanto lo atrapaba, no le interesaba más, con toda esa gente melancólica ya no tenía ningún atractivo…







Loui, sentado en la barra del bar, había pedido un Cosmopolitan y observaba como su amiga Natacha mezclaba con parsimonia oriental los brebajes que arderían en su paladar, en la garganta, para terminar calentándole el estómago y repetirlo uno y otra vez hasta que el placer se reflejara en sus genitales. Le encantaba beber y lamentaba que ninguno de sus amigos compartiera el gusto por el buen trago y por ese vacío en la cabeza que hace todo más liviano, más desinhibido.

La otra noche, después de dejar a su Romeo en pantalones rojos, se había encontrado con algunos conocidos, todos muy forrados que siempre hacían alarde de su buena posición económica con los que volvió al boliche y había estado tomando ajenjo con ellos hasta alucinar... por eso quizás no vio cuando Russell se fue, según le contaron, muy apichonado con un hermoso hombre. Debió admitir que en el momento sintió algo de celos.

Le decía a su amiga, que ya había terminado de preparar “da bomb”, creación propia, cuya receta no quiso develar y Loui no había tenido suficiente interés como para seguir los pasos como para copiarla, pues solo estaba embelesado, como solía suceder, por sus propias palabras y los movimientos lentos y subyugantes de su amiga, que por momentos tenía aspecto de una alquimista en busca de "el trago de la felicidad" y en otros momentos parecía un animal raro, de esos que se mueven lentamente, con su carita redonda sonriente, como la del perezoso.

A Loui le gustaba la libertad que le daba el alcohol, los sueños que le regalaba, algo en él es animal y el alcohol lo libera, lo hace casi invencible, sobre todo lo vuelve indiferente al obvio desprecio de su familia... y sigue tomando.





Russell no se reconocía a si mismo, estaba, por primera vez en mucho tiempo tocado por la poesía, emocionado, envalentonado… la aparición del amor lo agitó, lo agitó en todos los sentidos, como leyó en un poema recientemente, se sentía como los pinos en el monte, arrojados, mecidos, acunados por el viento, ese viento invisible y potente, ese viento que atraviesa, ese viento que penetra la cabellera verde y modifica, refresca, renueva. Así se sentía el ante un amor … que no podía explicarse.

Russell estaba extasiado y le agradecía a Loui el haberlo convencido de salir aquella noche. Loui aceptaba de buen grado su agradecimiento y no lo dejaba olvidar que gracias a él había conocido al "hombre de su vida". Russell creía advertir, sin embargo un dejo de celos  sutil en las expresiones de su amigo... a pesar de que aquella noche se habían prometido no hacer dramas... de todas formas, poco le importaba... estaba feliz y quería convencerlo de que él también podía tener su misma suerte... pero en el fondo reconocía que no lo creía posible porque Loui era una locona incurable, un alcohólico negador... pero era su amigo y deseaba que pudiera ser feliz.

Russell no solía pensar en la felicidad en términos absolutos, nunca, ni siquiera de adolescente lo había hecho. Para él la felicidad dependía de uno mismo, no era cuestión de suerte… lo decía ahora, después de conocer a alguien decente, como hubiera dicho alguna tía vieja.

Su historia no fue feliz, al menos la escrita hasta el momento... su padre nunca había podido aceptar su condición de hombre gay y parecía anular el resto de sus logros: siempre el mejor alumno, como arquitecto era exitoso, trabajaba hacía años en uno de los mejores estudios de Europa, y así y todo su padre no podía ponderarle nada... su madre y su abuela tampoco habían sido de los más comprensivas cuando "salió del closet" pero al menos ellas se contentaban con sus éxitos profesionales, y “contentar” tampoco es una palabra feliz. Nunca había tenido un novio estable y siempre que quiso presentar a alguien a su familia lo habían mirado con horror y terminó desistiendo. Por eso cuando le dijo a Leonard de ir a cenar a su casa con sus padres y este aceptó encantado se sintió dichoso pero retomó la vieja costumbre de comerse las uñas.

La noche en cuestión lo presentó como un amigo y colega y sus padres se mostraron amorosos y parecieron quedar encantados con el presentado que toda la noche ponderó la comida de la madre de Russell, habló de vinos y de arquitectura con el padre y que a la hora del café cuando le preguntaron en donde vivía les dijo que se estaba mudando muy pronto a una casa muy grande y bonita en Finsbury Park y si todo salía bien y Russell no se oponía, se mudarían a vivir juntos.

Russell estaba totalmente sorprendido, sus padres, no sabría decir si estaban disgustados o agradecidos y Leonard miraba la escena como si observara un espectáculo cómico.







Los días comenzaron a pasar y así pasaron los meses y cada vez veía menos a su amigo. Dentro de él comenzó a crecer una sensación de envidia, de celos que no podía contener y que además, lo avergonzaba. Estos sentimientos se maceraban y ya empezaban a manifestarse en actitudes pútridas, que trataba de esconder como si se le hubiese escapado un gas.

En un principio lo llamaba seguido, para ir a tomar unas copas a la salida del trabajo, pero Russell solía tener algo más que hacer y cuando no, lo cancelaba a último momento porque “algo mejor había surgido". Entendía que estaban pasando por momentos distintos pero no podía dejar de culpar al otro por la falta de, al menos, tacto. Russell no se deba cuenta de nada, el muy cretino no podía dejar de pensar el él mismo y en su “decoradorcito”.

Un día no aguantó más y se fue a la casa de Leonard, que ahora también era la casa de Russell, en Finsbury Park, se tomó el tren, y dos combinaciones de metro, caminó 10 cuadras y llegó agitado.

Sabía que Leonard no estaba porque los jueves tomaba clases de remo en los canales cerca de Camden Town. Sabía más de la vida de Leonard que de la de su amigo… tan monotemático se había puesto.

Bueno, llegó, tocó el timbre y Russell lo recibió dubitativo. No lo esperaba, y por la cara que traía Loui, no sabía si quería hacerlo pasar o no, le hizo una seña para que pase y su cara de sorpresa se asomaba detrás de sus cejas pobladas y desprolijas.

-Hola Lou, que sorpresa… pero, ¿por qué no llamaste primero?

Loui lo miró con cara de reproche.

-Quería hablar con vos a solas.

-Pero ¿de qué? ¿Te pasa algo con Leonard? – preguntó intuitivo Russell

-No para nada, Leonard es un tipo genial, pero no es mi amigo, mi amigo, por si no te acordás, sos vos y no puedo creer que me estés desplazando así - dice Loui mientras inspecciona el lugar y ve pequeños rastros de Russell aquí y allá. Lamenta reconocerlo, pero la casa es preciosa, y el gusto de ambos impecable... se detiene en unas fotos sobre una de las mesas del recibidor y ve una suya y de Russell cuando tenían 18 años y el pelo super corto... la culpa lo vuelve más irascible.

Finalmente se sienta en el living acogedor al lado de la ventana que da al frente y se quedan charlando largo rato. En la charla hubieron lágrimas, excusas, y Loui comenzó a dudar si haber ido ha interpelar a su amigo había sido una buena idea. Estaba seguro que estaba siendo comprensivo y justo y por eso mismo se enardecía al querer explicarle su razón a Russell.

Éste, por otro lado, lo miraba con los ojos abiertos, gigantes de sorpresa, creía que el otro no se alegraba por su felicidad, que estaba actuando como una verdadera reina del drama, y recordó que hacía años se habían prometido no hacerse este tipo de planteos.

No llegaron a un acuerdo. Loui se levantó del hermoso sillón del living que combinaba perfectamente con la alfombro, lo miró con ojos llorosos  y le dijo con voz entrecortada:

-Creo que nunca fuimos amigos, creo que todos estos años solo fuimos un remedio mutuo para nuestras propias miserias. Realmente lo lamento.

…Russell lo dejó ir y se quedó viendo como Loui se alejaba para no volver, secándose las lágrimas con la punta de los dedos. Se marchó cerrando la puerta de calle con suavidad.







La tarde era lluviosa y el ánimo de Russell estaba extrañamente a tono con el clima. No podía estar quieto, todo resultaba molesto: prendió la radio y la apagó a los pocos segundos sin encontrar una emisora que le resultara entretenida; se preparó un té que nunca tomó, fue a charlar con Leonard, pero lo único que hizo fue criticar la pintura que estaba haciendo, lo miró con ojos de “mejor no me digas nada que ya se” y volvió a la casa. Salió para el pub en Highgate con una hora de antelación y se fue caminando.

Cuando llegó, se sentó en un taburete en la barra y pidió media pinta de Strongbow que apenas tocó. Se quedó mirando las mil botellas y artilugios decorativos detrás del mostrador y en principio la actividad le resultó calmante. La vista perdida en un mar multicolor de botellas y etiquetas, como una marejada  que alcanza su punto más alto en los objetos más voluminosos o brillosos: un cuadro con la imagen de la princesa Di, un timón con un reloj en el centro y la foto de un yate en la que se veían varias caras conocidas: el dueño del pub y su mujer, posando con un famoso cocinero de la tele. Con la mirada detenida en la foto del barco y sobre la superficie, el reflejo de su propia mirada, vaya uno a saber por qué, pensó que no había sabido comprender lo que su amigo no había podido explicar.

Cuando Loui llegó, no le dio tiempo a decirle nada, simplemente lo abrazó y le dijo en voz baja: “disculpame, fui un tonto, este barco, nuestra amistad, no va a hundirse así porque si…”

Loui vio los ojos llenos de lágrimas y aunque no entendió lo del barco, comprendió que su historia estaba unida a la de Russell, era inevitable. Le sonrió y se bajó de un trago la sidra de su amigo.

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