domingo, 18 de diciembre de 2011

Chiquita

Las leyendas de floreadas letras son en parte censuradas por la tía. Igualmente los chicos quedan embobados por el relato, buscando vestigios en los cuadros, objetos, colecciones que pueblan la vieja casa.

Afuera se escuchan los ruidos de las sirvientas que acomodan la compra: botellas que chocan, los retos de la cocinera y los cuchicheos del resto de las empleadas.

Es verano y sabe que en las noches comienzan los espectáculos de luces de las luciérnagas y el juego de atrapar sapos. A dos veranos se reduce su recuerdo pero le alcanza para añorar esos momentos: los chicos corriendo sapos en la oscuridad, los gritos de las niñas y ella con su frasco lleno de luciérnagas que luego suelta en su habitación pero con la ventana abierta, porque le gusta verlas escapar.

Muchos piensan que es arrogante, no la entienden, tiende a estar en su propio mundo, por eso disfruta de las historias de la tía, por eso goza del espectáculo silencioso de las luciérnagas y de la música sutil de los sapos y los grillos.

Es observadora, puede leer los rostros de los adultos y disfruta de los viernes cuando la casa se llena de personajes extraños. Les inventa una vida y al leer pequeños gestos les proyecta destinos que sueña podrían ser sus propias historias, quizás su futuro. Los compara con animalitos selváticos aunque no conozca otra cosa que esa casa de acogida, la casa de la tía, en el medio de la pampa, adonde fue a parar cuando sus padres perseguidos, tuvieron que irse y la dejaron con la única persona que sabían que la aceptaría y cuidaría con esmero, la tía cuyo nombre calzaba como anillo al dedo, la tía Perfecta.

También está Vilma, su única amiga, casi una hermana que la odia secretamente, pero sin embargo ella la quiere, y así le soporta todas sus maldades y sus desprecios. Vilma no pierde oportunidad de tirarle del pelo, de ponerle migas en la cama, de repetirle una y mil veces que es tonta y fea, una vez hasta le pegó un caramelo en los rulos y la tía tuvo que cortarle el mechón. La pobre está muy enferma y se deteriora frente a los ojos de la chiquita, que observa sin poder comprender bien la gravedad de la situación. Vilma la sigue fastidiando a pesar de todo, como si la enfermedad le condensara la maldad o como si fuera a preservar en ese odio lo poco que le queda de vida. Cuando Vilma muere la chiquita sufre no solo porque no espera que su amiga la abandone de ese modo, sino porque el odio de Vilma le aseguraba de alguna forma una atención que ella creía que era amor y no envidia. Tan chiquita y tan sola.

Todas las noches sueña con viajes largos en ferrocarril, con un compañero de aventuras, la fuerza de la locomotora, dos rieles que nos guían fuera de la casa en invierno… pero cómo dejar la casa tan segura… el futuro está desierto… en ocasiones el viaje es yermo, sólo desierto, nubes de polvo, caminos y más caminos que no sabemos adónde conducen, a pesar de los rieles. Los sueños siguen por años, igual que los caminos, por años, caminos.

Un día apareció un embajador, buscando adoptar alguno de los chicos no reclamados que la tía acoge. El tipo era un molesto, quejoso, incapaz. Sin ir más lejos, el mismo viernes que llegó no hizo más que reclamarle a su secretario, quien cada vez que tenía oportunidad sacaba su diario y se ponía a escribir sus pensamientos en una libretita de cuero marrón con cordones. Era casi su esclavo, el embajador le ocupaba la mayor parte del tiempo y en ocasiones, muchas, hablaba con la voz del otro, como si fuera una marioneta, el embajador con sus manos en la espina dorsal. Ella supo leer en el secretario, un amor no correspondido, un trabajo no deseado aunque privilegiado, en fin, un alma torturada. Ella, pequeñita, se enamoró profundamente y lo hubiera podido mirar escribir por horas.

Chiquita lloró cuando se fue. La tía le dijo que no fuera tonta, que el nene adoptado iba a estar bien con el elegante canciller pero ella lloraba por el secretario de ojos melancólicos y voluntad maleable.

Después de la partida de su platónico amor, todo olía a incienso y el tiempo se detuvo. Quiso crecer de golpe, dedicarse al teatro pero supo que nunca podría ser elocuente como los personajes de vodeville que la tía adoraba, ni tan snob como estos. Temió que su tía la terminara casando con alguno de los hijos de esos personajes disfrazados, de acentos extraños que solían entretenerla en las noches de verano. Tenía miedo de crecer. Quería seguir siendo Chiquita y que la gente siguiera pensando que era una rica nena.

Uno de esos inviernos, se mudó un vecino nuevo a la quinta de al lado; un suizo que pasaba a diario a dejar a su mujer para que ayudara a la tía con los chicos del hogar que cada vez eran más. Su hijo era un muchachito alto, que solía entretenerse dibujando planos de casas, dormía poco, nunca la siesta y se llamaba Moritz. Un chico raro que escuchaba lo que todos decían pero que nunca hablaba, él dibujaba. A Chiquita le encantaba su presencia silenciosa, solo el susurro del lápiz en el papel lo acompañaba. Se fueron sintiendo cómodos el uno con el otro y en su parquedad, fueron encontrando silencios en común, él un bicho raro, ella con su mirada de entomóloga. Tuvieron muchos momentos mágicos, como cuando se escapaban en silencio al pequeño bosque de moras, detrás de la casa, solo para ver el sol atravesar el denso follaje. Un día, quizás la primera vez que Moritz le habló, le sugirió que se escapara del colegio, que la esperaría afuera, con una corbata roja…

Así lo hizo, y no fue la última vez… Con el tiempo su compañía le despertó un deseo nuevo para ella, una sensación de querer tocar esa piel perfecta, los rulos claros… estaba loca por el chico y le daba culpa y la tía lo adivinó y la increpó con que tenía que tener respeto por si misma, que cuidadito con hacer algo que solo las chinitas no educadas podrían hacer. Tuvieron esa charla de mujeres, pero ella no escuchó, era como si le hablaran de negocios, de acciones, de mercados, dólares, o política… nada le importaba, nada más le interesaba. No quería escuchar a la tía prejuiciosa, ni al tío hablando de dinero… solo quería estar con Moritz. Entonces, la tía que se la vio venir, la mandó a un colegio muy bueno, como pupila, en la capital apenas cruzando el puente Pueyrredón. Ahí se sumió en lecturas interminables de historias de amor… su padecimiento comenzó con aquel beso que él le diera a escondidas antes de partir.

Se soñaba con él, ardiente, con anhelos perfectos como dioses griegos. Endulzados con músicas exquisitas, sus sueños alocados, llenos de besos, como ese único que le ardía en todo el cuerpo. Se le partía el corazón ante la posibilidad de que sus destinos no volvieran a cruzarse.

Durante años recordó ese amor silencioso, ese deseo que no quería olvidar.

Un día, Blanquita, su compañera de internado, se engripó y así conoció a Bernardo, el médico. Observó cómo su compañera se fue enamorando y cómo aquel tipo frío y altanero iba cayendo en las telarañas del amor.

Blanquita le contó que con Bernardo empezó a conocer los cafés del centro y le enumeraba las delicias que bebían, espumas de café, brebajes de naranja y frutilla, néctares chocolatados y sensuales y le contaba con minuciosidad de gorda sobre tortas de humedades sugerentes y sabores de éxtasis, mouses sedosas y macarrones excitantes y así, detallando los placeres del paladar evitaba contarle sobre esos otros placeres, los de ese amor floreciente.

La directora estaba chocha, porque Bernardo era doctor y extranjero, quizás demasiado para Blanquita, que era hija de una empleada de una casa de familia de renombre. A Chiquita le daban risa todas esas ínfulas. Ella, fue cambiando, con el tiempo se volvió un poco más rebelde, casi insolente, empezó a andar en mangas de camisa y en ocasione, como si fuera un desafío salía a la calle en falda y sin medias…cosa que era visto como una falta grave en una chica de su posición . Comenzó a hablar, un poco más pero fuerte, comenzó a hacerse notar con pequeñas picardías, complotada con la cocinera del internado que siempre estaba bien dispuesta para la maldad. También se tomó la costumbre de escribir un diario con sus pensamientos, que la ayudaba a ir trazando un futuro, un destino que se podía comparar con el caer de algún elemento redondo, que cae con sutileza y que tambalea en círculos cada vez más pequeños y rotundos, antes de asentarse. Uno de esos pensamientos cayó con ese sonido rítmico, cuando estaba por terminar el colegio, caía pensando en la posibilidad de volver a la casa de la tía, solo para reencontrarse con Moritz ¡plaf! Y revivir ese primer amor.

Volver no fue lo que ella esperaba, sus ilusiones se vieron totalmente diezmadas por una realidad que ni sospechaba. Moritz también había cambiado, pero Chiquita no atinaba a definir cómo. El primer indicio fue la mirada, una mirada simple y lejana que Moritz le dedicó, un hola tanto tiempo siguió en la decepcionante lista… mientras seguía charlando en la cocina con la tía Perfecta, que ya estaba vieja. No podía dar crédito a sus ojos. Moritz, su Moritz, el Moritz de su corazón y de sus sueños tan febriles se había transformado en... en un hombre común. A lo lejos, ese sonido circular y rítmico, como de una tapa de metal, volvía a caer, pero esta vez con un sonido distinto. Lo escribió en el diario, porque no se animó a expresarlo en palabras al aire... lo puso en un poema que no tenia intención de ser leído jamás.

Las próximas semanas intentó olvidar al joven, interesándose en la organización de las reuniones singulares de la tía, que le exigían una perfección que ella no recordaba, estaban los invitados y sus actuaciones, la comida, los tragos, coordinar para que los chicos estuvieran dormidos antes de las once, todo con precisión cronometrada. Disfrutó como cuando era chica de esas representaciones dantescas, y sin que la tía se diera cuenta, dejaba que los chicos más grandes espiaran las actuaciones porque estaba convencida de que eso compensaría la falta de contacto con un mundo más cosmopolita. El esfuerzo fue enorme porque su sueño había crecido desproporcionadamente. En su imaginación Moritz había tomado un carácter heroico y su decepción se incrementaba proporcionalmente a la chatura demostrada por el pobre muchacho que estaba totalmente ajeno a las tribulaciones de su amiga de infancia. Moritz había perdido todo su encanto y se había convertido en un joven poco interesante, sin aristas. Finalmente Chiquita se sacudió el apego al sueño de juventud y salió en busca de nuevas vidas, como sus luciérnagas de verano, pero esta vez no quería dejarlas escapar… quería que toda esa libertad se le pegara a ella también, quería poder salir volando con todas esas lucecitas por la ventana y vivir nuevas aventuras, volar cada vez más alto. Después de un tiempo, sintió un poco de alivio al no estar tan unida a Moritz, se dio cuenta de que ella estaba para más, que el mundo no era tan grande si uno se empeñaba y que lograría todo lo que se propusiera. Estaba decidida a que nada la ataría, no había hombre o criatura que fuera capaz de atraparla en aquella casa de campo, se sintió básicamente invencible.

Convenció a la tía para que le consiguiera un trabajo de oficina a través de aquel diplomático amigo que había adoptado a uno de sus chicos… el tipo estaba muy agradecido porque esa adopción le había cambiado la vida y siempre contribuía con el hogar y le hacía regalos a la tía, que ella, como era de esperar, rechazaba. El tema fue que en Buenos Aires no había ninguna vacante, pero en Milán se estaba por abrir una administrativa con buenas perspectivas. La tía en principio no quiso saber nada, no quería perder a la poca familia que le quedaba, no quería tenerla lejos, pensaba que Chiquita era ideal para continuar con la tradición del hogar… pero Chiquita no estaba dispuesta a dejarse vencer, sin duda este era el primer escollo, y con empeño la convenció para que la dejara ir, con la firme promesa de que volvería una vez al año a pasar las fiestas. La tía lloró mucho, antes de que partiera, cuando se fue y después... lloraba con cada carta que llegaba... pero lo hacía a solas, si ella se desmoronaba todo lo demás se derrumbaría con ella.

La llegada de Chiquita a Milán no fue fácil, pero estaba tan entusiasmada que no quiso reconocer que tenia miedo y que esa ciudad, la decepcionaba un poco. Había imaginado Milán como Florencia a la que consideraba la cuna de la cultura italiana pero se encontró con calles llenas de autos, gente apurada y poco cortés, una ciudad gris y sucia llena de edificios impersonales, en pocas palabras, una ciudad industrial. Los primeros días se perdía todo el tiempo, no quería hablar con nadie, poco a poco fue sintiéndose cómoda con la ciudad, pero nunca llego a sentirse como en casa. Por suerte, el trabajo le gustó mucho y en muy poco tiempo se hizo indispensable y querida. Chiquita era implacable, precisa, obsesiva en sus tareas, ponía toda su energía y su deseo en el trabajo. En principio se sintió apabullada por tanta atención que le prodigaban sus compañeros de trabajo y hasta sus vecinos, ella precavida, los mantenía a distancia esquivando numerosas invitaciones, descubrió que dos de tres eran casados o que estaban  comprometidos y con todo descaro lanzaban insinuaciones que, algunas veces le costó declinar. Una sola vez, solo una, acepto una invitación a cenar, el era soltero de voz profunda muy profesional que trabajaba en el consulado, siempre llevaba un libro distinto en las manos y no fue evidente en sus inuendos amorosos, todo esto le resultó atractivo, y por eso aceptó la propuesta. La invitó a cenar a un lugar pequeño pero tranquilo no muy lejos del departamento que la embajada le había alquilado, en un barrio coqueto pero no estridente. El llegó con su pelo perfectamente engominado, su traje a medida impecable, pero en mocasines de cuero claro y sin medias. Cuando el, habiéndose percatado de que ella lo observaba, le comentó que así lo usaban los médicos y que era como un imán para las mujeres, a la pobre mujercita se le cayó el alma a los pies. Chiquita no dijo mucho más en toda la noche, pero no dejó de mencionar que debía despertarse temprano al día siguiente… esa fue la peor de las citas que tuvo en Italia, pero que le abrió los ojos respecto de los hermosos italianos. Era evidente que tanto pelo perfecto, ropa impecable y zapatos lustrosos, tanta palabra galante y trabajo al ego femenino no era más que una estratagema para conformar la tríada “esposa-amante-novia” que estos hombres se esmeraban tanto en conseguir, este juego persecutorio la dejó con la misma sensación de asco que le provocaba el exceso de perfume dulzón en muchos de estos candidatos, un asco que la estremecía desde la boca del estómago. Sin embargo, siguió ilusionada con las perspectivas de su trabajo, hacer una carrera, y de alguna forma necesitaba sentirse importante con algo que ella pudiera controlar.

Tanto control emocional merecía sus descansos y cada vez que tenía tiempo se tomaba un tren y se pasaba algún que otro fin de semana en las ciudades más exquisitas de Italia, Francia o Austria. De todos los lugares a los que iba, le mandaba a la tía una postal y una larga carta contándole todo lo que veía, respiraba y comía, como una bitácora de viaje. La tía disfrutaba de los relatos y los guardaba prolijamente en un cuaderno de tapas duras, como si fueran un tesoro que cada tanto sacaba y releía de punta a punta, sentada en la galería de la casa de campo, con un te muy rico que maridaba con cada relato, te de naranjas para las historias en el adriático, te de rosas o con notas de lavanda para los relatos provenzales, de canela para los relatos húngaros... en fin, así viajaba ella.

Chiquita pasó cinco años en Italia, de los que no desaprovechó ni un día. Una mañana se levantó y después de su café ristretto, respiró hondo y se dijo que era momento de partir a otro destino, pero dónde... Se preguntó que clase de cambio quería y pensó en un continente distinto, Europa era vieja y tradicional y ya había tenido suficiente, necesitaba un cambio. Meditó largo tiempo acerca del destino, lo consultó con la tía que le pidió, le rogó que volviera, que formara una familia cerca de sus orígenes... pero ella no estaba interesada en esa vida, quería ser libre, que su única atadura fuera el trabajo, no quería tener un jefe en la oficina y otro en casa. Ella hacía lo que quería, no le rendía cuentas a nadie y así era feliz... o al menos eso creía.

Decidió ir a pasar unas semanas a Grecia, de vacaciones y después decidiría si ir a Japón o a Australia, dos de las opciones que le ofrecían en el trabajo. Creyó que la vida sencilla al lado del mar le refrescaría la neurona como para tomar esa decisión que no comprendía bien por qué le costaba mucho tomar. Ya tenía 27 años, todos pensaban que era una solterona y ella quería ignorar esos comentarios, pero cada vez le molestaban más.

Chiquita llegó a Atenas, recorrió todo lo considerado obligatorio, la Acrópolis le llevó todo un día, pasó por el antiguo estadio olímpico, el Panathinaikos, vio el cambio de guardia en Sintagma, se sintió pequeña al ver toda la ciudad desde la Colina del Licabeto, y visitó varias veces el antiguo barrio de los ceramistas más conocido como Plaka, dónde compro y mandó sus postales y relatos a la tía, compró ojos celestes de vidrio para los chicos del hogar porque los protegerían del mal de ojos y la envidia. En ese mismo barrio se sintió cautivada por unos pequeños bares, donde los parroquianos bebían ouzo, un lugar fresco en pleno verano en donde el olor de las barricas se mezclaba con el del perfume anisado del brebaje que probó ilusionada pero que no pudo terminar, porque nunca le había gustado el anís. Los hombres de tupidas cejas charlando en un idioma totalmente extraño para ella, con una musicalidad de insulto pero con ademanes totalmente corteses, un lugar mágico.

Al otro día se le ocurrió que podría ir a Rodas, una de las islas que aunque tiene abundante turismo, no es tan ruidosa como las populares Miconos o Santorini. Consiguió una posada pequeña y cómoda en un punto que se llama Lindos, un caserío en blanco y azul muy tranquilo y alejado de los turistas cuyo nombre le quedaba chico. La primera tarde nomás se vistió de blanco y se instaló en una terraza a tomar vino, a comer queso con aceitunas y anchoas y a pensar en su futuro… los sabores tan deliciosos hacían más prometedoras las perspectivas. Escribió en su diario las ventajas y desventajas que se le ofrecían en ambos trabajos y tan absorta estaba que si no fuera por el gesto brusco del mozo que le señaló el atardecer de película, ya se lo perdía. Estaba sobrecogida por olores, colores y sabores. Escuchó un suspiro y se dio vuelta. A un costado a pocos metros había un hombre unos diez años mayor que ella que dibujaba en un cuaderno muy parecido al suyo. No sabía bien que fue le recordó a su viejo amigo Moritz, quizás que el hombre estuviera dibujando, también le trajo recuerdos de aquel secretario que había visitado la casa de la tía y que escribía todo el tiempo en su diario… había algo en los cuadernos y sus portadores que la seducían, sin lugar a dudas… Él se dio cuenta que ella lo observaba, quizás porque sintió el peso de su observación o el de sus recuerdos. Una mirada alcanzó para que él se enamorara, pero Chiquita no mostró más que interés de científica. El podía sentir que ella lo diseccionaba con la mirada. Educadamente le preguntó si podía sentarse en su mesa para charlar, ella accedió porque en el fondo el hombre había acaparado su interés. Había algo sexy en el hombre, y ella pensó que sería una hipocresía no demostrar interés solo por convención. La primera copa de vino la tomaron acompañada por preguntas comunes, nombre, origen, signo, estudios, casi un trámite. Con la segunda copa hablaron de música, de arte, de pintura, de sus gustos. La tercera los acercó un poco más, achicó la distancia en la mesa, les encendió las miradas. El le contó que su padre se había mudado ahí después de jubilarse y que el pasaba temporadas completas durante las vacaciones, saliendo a pescar, leyendo en algunas de las pequeñas playas que solo los locales conocían. Había aprendido algo de griego y que le encantaba pintar paisajes imaginarios inspirados por la profundidad de los colores y las innumerables leyendas locales. La segunda botella de vino, estuvo acompañada de estrellas y de algunas luces en la ladera en donde se adivinaban las siluetas blancas de las casas. El la invitó a caminar, ella le preguntó si al otro día, el le dijo que no, que en ese mismo momento. El le preguntó si era casada o si estaba de novia, ella le dijo que no, y le hizo la misma pregunta, pero le dio vergüenza ser tan descarada, el no se rió, le dijo que tampoco, que había estado casado, cuando era muy joven y no dijo más. La distancia entre ambos se fue acortando, el la besó y ella no supo de dónde le salió la invitación a pasar la noche juntos.

La desnudez no le dio vergüenza, los besos tampoco, las caricias, nada de este mundo nuevo con el que solo había soñado la apenó, ni la avergonzó ni la cohibió… se sintió libre pero atrapada en los ojos profundos de este hombre que parecía ser su alma gemela. Chiquita, que con los años había mejorado en el arte de leer a las personas, vio en este hombre un igual, alguien que sentía que nada de lo obtenido había sido otorgado y que por esto mismo merecía ser cuidado… era una persona libre pero con ganas de ser atrapado… aunque más no sea por el deporte de resistirse… personas que por sobre todas las cosas disfrutan de su propia compañía. La verdad era que ninguno de los dos estaba ya para juegos, lo que no quería decir que no tuvieran ganas de jugar.

Chiquita se despertó primero y se quedó con la cabeza apoyada en el pecho de este señor con el que ella ya se sentía familiarizada. Recordó todo lo charlado la noche anterior y disfrutó reviviendo las sensaciones nuevas que le despertara el cuerpo del otro. Pensó también en su tía, en lo que diría, pero no le importó… de alguna forma sabia que la tía armaría un escándalo cuando supiera su aventura de una noche, pero tenia necesidad de contarle, quería escandalizarla y que el escándalo la revalorizara.

Cuando él se despertó, se encontró con la mirada de Chiquita, una mirada dulce y distinta a todas las que había conocido, una mirada que le despertó una sonrisa plena y ganas de besarla, de morderle los labios… él enamorado, si, enamorado por primera vez, recordó todo lo que charlaron aquella noche y supo que ella era su igual, ella le había contado de su preciada libertad, de su futuro, de sus viajes, de las ataduras que desconocía a propósito, pero en su entrega, ella, tan chiquita, tan nueva, le había demostrado todo lo contrario.

Ella se dejó llevar por todos los rincones de la isla, se dejó contar historias, se dejó envolver en caricias, sin pensar por un momento que sus vacaciones o las de el llegarían a un final. Una de esas mañanas de ensueño en las que se despertaban entre los olores de mar y las caricias de los primeros rayos de sol, sonó el teléfono, que el respondió rápidamente casi en un acto reflejo, mientras se alejaba de ella que por un segundo quiso retenerlo. El, desde la ventana gesticulaba con vehemencia y ella lo miraba como si lo viera por primera vez. Chiquita trató de borrar la sensación hundiendo la cara en la almohada... el malestar creciente, anticipando el momento de la partida, esa sensación de abandono que le era familiar, cada vez más fuerte...en su interior un montón de figuras de cristal caían sin parar, de a una, caían y el estrépito, mayor que la acción misma, le punzaba el pecho con millones de esas púas transparentes. Cuando el volvió a la cama, Chiquita le tapó la boca con un beso, lo sedujo violentamente, lo obligó a aceptarla, a quererla, lo obligó a poseerla de una forma animal, sin lógica, sin prejuicios. El, sorprendido, sintió un alivio mudo, y en los jadeos contenidos a medias, expresó malamente la comprensión tácita de esa situación. El momento de partir fue difícil aunque ninguno de los dos dio señales claras de esto. Se abrazaron, se besaron pero no se prometieron nada, ni un te llamo, ni un escribime, nada.

Chiquita finalmente se decidió por Tokio y la mudanza le llevó varias semanas. Instalarse en esa ciudad no fue fácil, llegó en pleno invierno y el frío le atravesaba los huesos. Aún llevaba la calidez del verano griego y de su experimentado amante en el cuerpo y los retos en la última carta de la tía aun le daban vueltas en la cabeza. La tía fue implacable, la acusó de irresponsable, de loca, de inmoral, le dijo que no entendía que había hecho ella para que su única familia hiciera semejante barbaridad, que qué había aprendido en todos esos años en los que había recibido la más refinada educación. Chiquita esperaba todo ese exabrupto, adivinó cada palabra y reproche, los devaneos culposos de la tía, todo, pero le encantó. La tía la quería.

Los días transcurrieron en un frenesí de contratos, reuniones, nuevas relaciones comerciales, valores de intercambio y retensiones. Sumergida en el trabajo, y en tratar de aprender el idioma, sus días discurrían durmiendo, trabajando, estudiando y durmiendo para volver a empezar. Pasaron dos o tres meses sin cambios. La alienación fue una bendición por un tiempo... hasta que la tía misma se encargo de escribirle sobre los encuentros con los amigos de siempre, le contaba como los chicos crecían y cómo siempre volvían a compartile sus logros como a una madre que les había dado un relato de origen. A Chiquita se le cayeron las lágrimas, pues si bien la tía le había dado lo mismo que a esos chicos, ella nunca había cuestionado dónde habían ido a parar sus propios padres. Lo único que tenía era la imagen de un par de fotos pero nunca se mencionó siquiera que sus padres pudieran estar muertos... por lo tanto, se había asumido abandonada, sin importar nada más. Una parte de su historia no estaba clara, y en la soledad de Tokio reverberaba el eco de voces que había olvidado, solo estaba la imagen incólume de la tía, siempre perfecta.

Comenzó a comprender un poco más en tanto las preguntas se fueron sumando. Muchas sin respuesta, muchas, comprendió, fueron acalladas por el constante movimiento que se había impuesto desde que fue al colego.

De a poco Tokio se transformó en una tortura lenta que ella misma se infligía. El trabajo la comenzó a agobiar, extrañaba inclusive esas demostraciones de afecto cotidiano pero que por lo general la dejaban sin saber que hacer, con la mirada de sorpresa y los brazos como de trapo colgando a los costados, pero que en esta nueva ciudad eran inimaginables. No quería volver a la casa de campo, no sabía cual era su destino, ni qué debía buscar, pero sí sabía que debía comenzar una búsqueda urgente, en la que los sentidos eran mucho más cruciales que un plan. No tenía amigos en esa ciudad y no sabía si quería hacerlos, porque la idea le resonaba a quedarse para siempre y no era un lugar en el que se imaginara afincándose. Culturalmente, Japón le ofrecía un mundo nuevo por descubrir pero era tan distinto, tan distinto, que puso en contraste sus valores y apreció todo aquello que consideraba propio: su ética de trabajo, su idioma, hasta las contradicciones de adolescente, todo aquello que recién ahora podría llamar su identidad.

Faltaban pocos meses para un nuevo cumpleaños y le llamó la atención que muchos de esos sonidos que antes marcaban comienzos o finales, estaban perdiendo los agudos, asordinados por un tipo de consciencia que Chiquita creía, había adquirido de pasar tanto tiempo sin hablar con alguien a quien le tuviera afecto. Así, un día caminaba por el parque Ueno. Los cerezos comenzaban a mostrar pequeños botones de flores que presagiaban su esplendor en cuestión de unos pocas horas. Sola, caminaba contemplativa por uno de los tantos pasajes, el aire inusualmente limpio la embriagó. El ciclo vital, ahí mismo, las carpas en el estanque cercano, algunas risas que llegaban desde lejos, el sol que asomaba rítmicamente detrás de unas nubes viajeras, y a lo lejos la ciudad palpitante, enloquecida, rugiendo para adentro con buenos modales. Trastabilló, se tuvo que sentar, respirar hondo… un escalofrío la surcó de norte a sur. Si ese momento hubiera sido el último, la paz la hubiera llevado en andas a un más allá claro, sin sombras. Desde el fondo del estómago le subió un suspiro, preámbulo de un llanto casi feliz. Los ojos de Chiquita, llenos de lágrimas estaban claros, casi transparentes.

Cuando volvió a su pequeño departamento, se encontró con una carta cuya letra no reconoció pero que le pareció bonita, incluso con carácter. Al abrirla se sorprendió aun más al leer un “voy para allá” y la firma de su amor griego.

No lo pudo creer, volvió a la puerta a sabiendas que no encontraría a nadie ya que el cartero pasaba muy temprano a la mañana y que no vería más que un corredor vacío, sin siquiera un eco. Con el papel en la mano se sentó en la cocina y se sirvió un te frío con mucha azúcar, en búsqueda de la energía que había perdido. Todo aquel día había resultado raro, aún temblaba.

Los días siguientes apenas se levantaba miraba el teléfono, verificaba en la contestadora o en el buzón del correo. Caminaba con inseguridad por el diminuto departamento con decoración mínima, ascética... su vida en los últimos meses podría describirse casi al borde de lo monástico. El principio de un descubrimiento que se iniciara en el parque, la sensación de aquella mañana, persistía por debajo de los nervios de una inminente llegada en la que aún no creía. Con esa carta rememoró las caricias, las sensaciones, y también la incertidumbre. Dudaba, le sobraban razones para alarmarse, se imaginaba que ceder espacios propios a espacios comunes sería un sacrificio, pero que igual la tentaba. En su mente comparó esa sensación como cuando alguien que nunca había probado berenjenas decía muy libre de cuerpo que no le gustaba, una necedad. No quería ser necia.

A la semana su ánimo cambió, ya no se levantaba con premura y se arreglaba por las dudas, ya no miraba el teléfono, ignoraba todo ese teatro a propósito, estaba segura que había sido una mala broma, que él le había enviado esa carta equivocadamente. Los días en la oficina eran larguísimos y sumamente aburridos y las clases de japonés resultaban inútiles, todo estaba cubierto con un patina decepcionante y de cansancio... aún no hacia un año en Japón y ya estaba cansada y aburrida. Evidentemente el cambio debía ser más profundo.

Dos semanas más tarde, ella llegaba de la oficina y él estaba sentado en el escalón de entrada del edificio con una pequeña maleta, un sobre de papel celeste y una canasta de frutas con un moño enorme, costumbre muy japonesa a la hora de visitar una casa de familia. Chiquita dudó si mirarlo a los ojos, si darle un beso en la boca, si estrecharle la mano… su duda duró dos segundos, él la agarró como un pulpo y la besó, le susurró "dónde te viniste a esconder" y la volvió a besar.

-Tu tía te manda esto –le dijo y le tendió el sobre azul - encontrarla a tu tía no fue difícil, pero sacarle información fue casi imposible -agregó con una risita infantil.

-¿Hablaste con mi tía? –preguntó y por dentro se dijo: “Claro, quien otra sino”

A medida que fueron charlando, jugueteando, en fin, reencontrándose, los hombros de Chiquita dejaron de estar tensos, su rostro adquirió una luz dorada, sus ojos marrones tomaron tintes verdosos. Le ofreció té, el aceptó, puso delante unas tortitas gomosas de arroz que ella adoraba que él mordisqueó sin ganas.  Más tarde salieron a comer Ramen y tomaron sake y cerveza, el le contó que finalmente había logrado divorciarse y que no volvería a casarse jamás... ella le contestó que hubiera sentido lo mismo en su situación, pero en el fondo no sabía. El le contó que había comprado una pequeña propiedad en Luton, a las afueras de Londres y le describió con detalle todas las ventajas de vivir ahí. Ella le dijo que Inglaterra era una de sus ciudades favoritas, pero que no conocía Luton. El le preguntó si querría conocerla. Ella lo miró inquisitivamente. No supo que contestarle, el había hecho un viaje de 20 horas para ir a verla a plantearle esto… pero no podía decirle que si, no podía decirle que no… Esquivó la pregunta con una caricia. Volvieron a la casa y esa noche revivieron la pasión de la primera vez. Dos o tres días más tarde, ella decidida a desahogar la decisión, llego a la casa con todas las ganas de hablar, de contarle que ella no podía seguirlo a Londres, pero que tampoco estaba lista como para rechazar la propuesta... pero cuando abrió la puerta encontró que su departamento estaba todo desordenado y que sus cosas estaban por todos lados, pero no había señales de el. Ella tomo consciencia de que no sabía nada de su adorado, nada concreto y ahora se encontraba atrapada en esa escena de terror que nunca hubiera podido imaginar. No sabia si llorar, limpiar o llamar a la policía... el pasillo estaba desierto, la vecina de enfrente no sabia nada. Esperó hasta que oscureció y no hubo novedades, a la mañana siguiente tampoco y a la noche ya se sentía alarmada. Si iba a la policía, qué les diría, cómo se llamaba él en realidad,… Al día siguiente a la mañana, decidió contarle a su jefe que le aconsejó que no hiciera nada, y adivinó un reproche en sus ojos. No le ofreció ninguna solución. A la semana de la desaparición, algo extraño volvió a ocurrir… desaparecieron un montón de cosas que habían quedado de él, y toda su vajilla estaba rota, sus manteles rasgados, mucha de su ropa estaba manchada con pintura. En ese momento ella supo que habían sido victimas de una venganza, pero… ¿de quien?

Asustada pensó en organizar todo para volver al único lugar seguro, a lo de la tía. Según le había contado, los padres de el ya estaban muertos y no sabía mucho más que eso: sabía trabajaba también para una empresa de comercio internacional, pero no sabía cual. Se dio cuenta que se había enamorado nuevamente de una ilusión.

Un terror inconmensurable iba creciendo desde el fondo de sus recuerdos, la desaparición y la violencia eran como fantasmas oscuros que la acechaban desde la niñez. Pensó en sus padres y esos fantasmas confirmaron la sospecha, si a ella le pasara algo, la tía no lo soportaría. Decidió renunciar a todo y volver al campo y por primera vez, ese pensamiento la tranquilizó. Nada importaba, solo salir de ese agujero de soledad. Al otro día sacó el pasaje, renunció al trabajo y se preparó a partir. Treinta horas después estaba llorando en brazos de la tía.

Le contó entrecortadamente todo lo que había ocurrido y la sensación de abismo que se había abierto a sus pies, la desaparición que era como un monstruo que la devoraba en mordiscones violentos, llenos de gula, y ella, chiquita miraba con ojos saltones como se le desgarraba la carne. Estaba horrorizada, y la pobre tía no entendía nada, pero igual la abrazaba como cuando era pequeña... y que raro, que al revivir todo lo que había pasado en el relato, Chiquita tuvo ese recuerdo... las veces en que la tía la abrazaba y mientras la arrullaba le besaba los ojos salados de lágrimas. Así, se fue sintiendo, muy de a poco, mejor.

En la sala de estar con olor a cedro, casi a oscuras, nada malo podía alcanzarla. Recién ahí se acordó del último sobre celeste que la tía le había mandado y que ella en el apuro de la partida había tirado en el fondo de la valija.

Se paró, dudó un par de pasos, se miró con expresión de cansancio los pies descalzos y salió corriendo para su habitación... la tía ya le había sacado la ropa de la valija y la había dejado ordenada sobre la cama, señal que indicaba su irrefrenable deseo que se quedara. Se dibujó una sonrisa franca en los labios de Chiquita, sonrisa de ojos entrecerrados de cariño. Sobre sus camisas blancas, bordadas, lisas, con mangas y sin mangas,... todas blancas, resaltaba el celeste pacífico del sobre que le había mandado la tía con su amigo desaparecido. Lo abrió dubitativamente, como si algo con dientes fuera a saltar de entre esas paredes celestes y la fuera a inocular con un fuerte veneno. Nada saltó desde adentro, así que con un poco más de confianza metió dos dedos en forma de pinza y saco un manojo de papeles amarillentos, añosos, escritos en tinta con letra de mujer. En silencio leyó, sentada sobre la cama, los pies apoyados en la alfombrita del costado... los dedos sintiendo las hebras de lana, recordándole que lo que estaba pasando era real.

La carta era, como Chiquita intuyó de una mujer, una mujer que había dado a luz a una niña, una mujer luchadora, una mujer sola, una mujer con opinión… esa mujer era su madre. En la carta su madre contaba que desde pequeña defendía a todos, y siempre andaba regalando sus útiles y su ropa a los chiquitos del hogar que fue donde nació su compromiso con aquellos que no tenían la misma suerte que ella. Contaba como con los años se involucró políticamente en agrupaciones de ayuda e incluso conoció al hombre con el que tendría su primer y única hija. Se entregó por completo a ese hombre, Compañero de lucha y al que mataron como a un perro en una esquina de un barrio de Ramos Mejía, y como así se quedó sola, con una nena de meses y siguió trabajando más activamente que nunca en su causa que describió con pasión.  La carta estaba dirigida tanto a su tía como a ella, y se leía entre líneas un gran miedo…

“Si están leyendo esto, quiere decir que ya no voy a andar dando vueltas por ahí en cuerpo, pero mi alma siempre estará con ustedes" ... "Tía por favor, no dejes que Anita sufra, no quiero que viva con tristeza, vos ahora sos su madre, cuidala, querela como me quisiste a mi..." “Hija, no te enojes conmigo, cuando seas grande, vas a ver que hay luchas que nos eligen y que no podemos ignorar, me gustaría que leyeras esto cuando seas lo suficientemente grande como para comprender la suerte que tenés..." "Te quiero, las quiero”...

Chiquita sintió una presencia a sus espaldas y al darse vuelta estaba la tía con una bandeja con café y chocolates… los apoyó sobre la silla, abrazó a Chiquita y se puso a llorar… era la primera vez en un poco más de 30 años que la veía llorar. Entre lágrimas incontrolables, le dijo que a su madre la habían matado a los tiros, en la casa de una amiga con las que hacían trabajos en las villas de las afueras de Buenos Aires. No había forma de que dejaran de trabajar con las escuelas y los hospitales de la zona... Perfecta le contó que había recibido la carta y que se tomó el primer autobús a Buenos Aires, que cuando llegó a Quilmes y se bajó del micro, un escalofrío le avisó que algo estaba muy mal. Llamó por teléfono a su sobrina y luego a su amiga, finalmente llamó a una vecina que la atendió luego de 3 intentos. La pobre mujer estaba en shock, y cuando sonó el teléfono aún estaba escondida debajo del lavatorio del baño, con la nena envuelta en un toallón. La mujer lloraba y el bebé que aun tenia en brazos también lloraba. Tuvo que calmarla y le pidió que se encontraran en un bar cerca de la estación de tren. Dos horas más tarde la mujer llegó con la nena al bar con cara de tener todo bajo control, pero el vestido camisero estaba abotonado mal y las puntas del ruedo y del cuello no coincidían. Le contó que pidió un whisky para la mujer y un te para ella, agarró a la nenita y le dijo con mucha firmeza que vaya al baño a retocarse el maquillaje inexistente, cosa que hizo sin chistar…

Cuando volviera del baño, Perfecta y la nena ya no estarían, la cuenta estaría paga y el whisky esperando a la mujer que no estaría ni un poco sorprendida pero si muy aliviada de haber podido salvar a esa pobre criatura que cuidaba cuando aquella chica encantadora tenía que trabajar en sabe dios qué.

Chiquita tardo mucho en poder asimilar esto, abrazó a la tía y le dijo muchas cosas incongruentes... no entendía por qué le pasaba todo eso, si ella pensaba que su vida era aburrida, que estaba vacía y de repente se llenó de todos esos sentimientos afilados como navajas.

-Tía, vos sos la única madre que conozco… 

La tía la hizo callar, le alcanzó el café con un pedazo grande de chocolate amargo, la ayudó a ordenar la ropa que estaba sobre la cama y de pronto, la tía dejó de ser tan perfecta y se convirtió en mucho más que eso.

Por primera vez en su vida comprendió lo que era tener una historia, real, triste, de amor, de intolerancia, de un montón de cosas que ella no quería comprender… no, no sintió pena de si misma, se sintió viva, plena y confundida a la vez, con ganas de celebrar y de llorar al mismo tiempo. La herida de sus padres, era una herida en su propia carne, … admiró a su madre por atreverse a ser quien quiso, sintió su soledad.

Pasaron un poco más de dos meses intensos entre la última noche en Japón y su vuelta al origen y los acontecimientos fueron tan grandes que se olvidó de si misma en el sentido corpóreo de la palabra. Estaba muy flaca, se le notaban todas las costillas, los brazos eran dos palitos, estaba blanca y ojerosa, había perdido las ganas de comer y en ocasiones vomitaba con sólo pensar en comida. La tía le preparaba sus platos favoritos siempre que podía, pero su mayor preocupación no era la salud de la pobre Chiquita, sino la melancolía que parecía invadirla por momentos.

Un día, a principios de Diciembre, abochornada por el calor, tomaba té con la tía y de repente una sensación por demás extraña, la obligó a llevarse las manos al vientre. Revivió, dos segundos después, aquel momento de revelación que tuviera en el parque Ueno, pero esta vez tuvo una visión de una niña, como ella misma cuando era pequeña corriendo en las noches de verano, juntando luciérnagas en un frasquito.

En las semanas que siguieron se le develó el misterio, viviendo en la paz de su retiro pampeano, se dio cuenta que estaba embarazada de un hombre que bien podría estar muerto. Ella no era la misma que cuando partió, había descubierto un montón de cosas evidentes, su historia, su origen, sus amores y había mirado al miedo a los ojos. Por eso esta nueva etapa que enfrentaba, le resultaba absolutamente fascinante. No tenía por que ser la reiteración de la misma historia de sus padres, o la misma de su madre, o la de ella misma en esta nueva vida.

Pensó que la tía le iba a propinar un reto de aquellos, pero no, la tía estuvo fascinada, en parte por saber que la tendría ahí con ella y en parte porque adoraba la adrenalina de criar esos seres chiquititos que habían llenado su vida por tantas décadas. En el fondo de la memoria de Chiquita, un sonido crecía y crecía, un sonido metálico, como de un objeto redondo que va cayendo en círculos, con un sonido casi armonioso... lo reconoció. En ese momento supo que la historia había tomado el rumbo que ella había sospechado pero que se lo había negado una y otra vez, inconscientemente... la tapa cayó, el sonido se detuvo, su hija nació... un ser chiquitito que sonreía cada vez que ella o la tía se asomaban a la cuna y que gritaba de alegría cuando los chicos del hogar la buscaban para jugar.




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