martes, 20 de septiembre de 2011

Castigo - Capítulo II

II

Suena el teléfono en el pasillo oscuro. Alfonso está tirado en el catre que tiene por cama. Aún no se bañó, las manos llenas de pintura, los ojos rojos, manchas por aquí y por allá dan testimonio de la noche pasada. El cenicero de pie, al lado de la cama, lleno a reventar aún humea una colilla mal apagada. La manta azul en la ventana deja pasar unos haces de luz polvorientos que evidencian que el sol está alto. El teléfono sigue sonando. Alguien grita desde la planta baja: ¡Teleeefono!
Alfonso ni se inmuta. El pucho humea entre sus dedos, una lágrima resbala por su mejilla.
Murmura incoherencias. Se sienta y apaga con un solo movimiento el cigarrillo fumado hasta lo infumable. Saca su billetera y con mano temblorosa, pone su contenido sobre la cobija agujereada del catre. Cuenta. Trescientos pesos y unas pocas monedas. Cae una bolsita minúscula, con un polvito blanco. Lo toma entre dos dedos, lo amasa y lo pone en el bolsillo de la campera, del lado del corazón.
Alguien golpea a su puerta. La abre y es el hijo de la encargada, el gordo ese con olor a sebo que le viene a avisar que tiene teléfono y que ya es 15 y no ha pagado el alquiler. Lo mira con cara de asco y apenas le hace un gesto.
-Está bien, ahí voy.
-¿Y la guita?
-La semana que viene gordo, no jodas.
El gordo lo putea y se va arrastrando los pies.
El teléfono está en una mesita roñosa llena de papelitos de lugares de comida peruana. Levanta el auricular y no puede evitar el gesto de repulsión, lo mantiene alejado de la cara como si estuviera untado en mierda.
-¡Colgá gordo puto!
Se escucha un click y la voz de otro en el teléfono que se ríe y lo saluda.
-Hola Alfonsito ¿venís esta tarde? Tenemos que hablar
-No, Cris, no tengo un peso, mi mamá no me pasó nada este mes. Parece que el viejo está para atrás y tuvo unos gastos médicos no calculados. Estoy frito, no se que voy a hacer.
-Por eso te digo, me llegó algo... pasá por casa.
-No puedo, estoy en el horno, tengo que hacer algo para la facu también y me trasnoché pintando. No sabés lo lindos que están quedando los cuadros... espero que le gusten a Rosa... me prometió que si pintaba algo consistente me hacía un lugar en la muestra de Mayo.
-Si, si, todo muy lindo, pero necesitás plata loco, necesitas materiales, comida, y lo que tengo te va a convenir. No puedo decirte más. Pasá por casa.
Cuelga. Permanece mirándose las manos. Se levanta el pantalón que ya no se sostiene en sus caderas. La panza le hace un ruido que tapa con la remera sucia.

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