lunes, 26 de septiembre de 2011

Capítulo IV


IV

Se despierta nuevamente en el agujero en el que vive. Mira las paredes amarillentas de nicotina. Observa la travesía de una pobre cucaracha en pos de la puerta.
-¡Gregor!-Le grita.
La cucaracha se detiene. Una sonrisa divertida se escapa por entre sus labios.
Se levanta y en cuatro pasos alcanza el otro extremo en donde hay una pileta justo al costado de su cama. Una pileta que alguna vez fue de loza blanca pero que ahora se cubre de una pudorosa capa multicolor.
Se prende un cigarrillo, se lava las axilas, se pone desodorante y luego se calza un pantalón más o menos limpio y su otra camisa, la de ir a la facultad. ¿Qué va a hacer con eso?
Apaga el pucho en el chorrito ínfimo que corre constantemente y tira la colilla a la basura. Prende la pava eléctrica y se sienta con un suspiro lento, que desaloja despacio todo el aire de sus pulmones, la mirada, perdida en sus pensamientos.
Se hace unos mates mientras intenta leer unos apuntes. Quince minutos más tarde sigue en el mismo párrafo. Hace un intento en voz alta.
-La morfología propia de este estilo, acompaña la idea rectora de integración al ámbito natural que es característica de esta escuela en todos los períodos…
Desiste, enojado.
Deja los apuntes en el morral que yace a los pies del catre, al lado de la bolsa de ropa limpia que hace las veces de placard.
Termina de tomar mate, agarra la campera, el morral, un rollo con sus últimas pinturas y sale.
Busca monedas para el bondi y lo único que encuentra es la bolsita de con el polvito blanco y un arrugado billete de cinco. Decide cambiar uno de los tres billetes de cien que le quedan y se compra puchos en el quiosco de la esquina y mientras espera el colectivo recuerda su breve charla con Cris.
Puede imaginar muy bien cual va a ser la propuesta: vender drogas en la facu, en el taller, sus contactos buenos, gente que consume mucho y que no se van a ir a meter a una villa a comprar si es que lo pueden evitar.
Tiene miedo, si. Los riesgos son muchos. Aún recuerda cuando agarraron a ese chico amigo del barrio, ese al que le decían El Peluca o Pelu, un tipo muy despierto, con suerte y amigos en todos lados, pero que en una noche de esas le levantó la mano a la mina equivocada. De ahí en más todo se le complicó, lo empezaron a seguir, un par de errores y lo agarraron de las pestañas.
Al Pelu lo fue a visitar una sola vez, y parecía que no la pasaba tan mal, pero otro chico del barrio que era más amigo y que lo visitaba con frecuencia le dijo que le pegaron todos los días, hasta que lo mandaron al hospital y llegó alguien más nuevo, porque sino le hubieran seguido pegando.
Alfonso tiene motivos para tener miedo, no tiene esa picardía ni la resistencia del Peluca. Quiere hablar Cris y plantear un negocio como a comisión, algo en lo que el hiciera solo el contacto…
Ese día le fue muy mal en la facultad, pero se negaba a reconocer un abandono inminente, además tenía que pensar en mantener sus contactos si es que pensaba aceptar la propuesta de Cris.
A la tarde, decide pasar por lo de Rosa a mostrarle sus pinturas.
Alfonso ve a Rosa como un personaje especial, medio loca, medio alcohólica y muy astuta. Siempre rodeada de un séquito a los que Alfonso llama Los Obsecuentes. La mujer trabaja mucho, se pasa todo el día en el galpón, entre alumnos, cuadros y pinturas, y a pesar de todo, su ropa eternamente negra nunca esta manchada, ni siquiera una pelusa, nada. Rosa es famosa entre sus alumnos por sus arranques, por su falta de filtros a la hora de decir lo que pensaba y por un enorme talento para descubrir nuevos artistas y torturarlos.
Alfonso llega temprano y en el galpón solo están Rosa y Robi, un mocosito que hace las veces de novio.
Cuando lo ve entrar, Rosa levanta una ceja y le dice:
-¿Pintaste o qué? No vengas a dar lástima, por favor.
-Vine porque quería mostrarte lo que estuve haciendo.
-A ver, mostrame entonces –y le arrebata el rollo que Alfonso le extiende tímidamente y lo tira arriba de una mesa alta que tiene como seis metros de largo y casi dos de ancho. Desparrama los lienzos con movimientos bruscos, lo mira con sorna y le pregunta:
-¿Y vos que opinás?
Silencio.
Robi pone música. Alguno de esos grupitos nuevos que están tan de moda en la radio.
-Sacá eso, lindo – Ordena Rosa, refiriéndose a la música.
Silencio.
Alfonso se refriega las manos que se le transpiraron en tres segundos. Se las seca en las mangas de la camisa con un solo movimiento mal disimulado. Se la queda mirando. Abre la boca pero las palabras no salen. En sus ojos se empieza a notar la ira que se tiene que tragar.
Silencio.
-¿Te pasa algo? Te hice una pregunta.
Alfonso le mira la boca y escucha como Robi se escapa con pasitos pequeños a fumar al patio. La boca de Rosa se llena de arrugas, arrugas remarcadas por el rouge que se quiere chorrear por esos surcos y que el suave vello aclarado lo impide. Alfonso la ve monstruosa y se pregunta cuanto más durará la tortura.
Rosa arruga aún más la boca y le tira un beso.
-No te me vayas a poner a llorar, ¿eh? Decime tontito, ¿Qué es esto que me trajiste? Explicame.
-Estuve trabajando como un negro para poder traerte esto. Estuve tratando de encontrar un tema único, ¿Qué, no sirve?
-El trabajo es interesante pero no creo que estés listo para mostrarlo… tenés que trabajar más en el análisis, en el tema, quizás te haga falta algo de método,…
-Puede ser, a veces… a veces siento que me pierdo en los detalles…-responde con balbuceos
-Están bien, pero no para exponer, al menos no con mi gente, no por el momento. Las condiciones están, pero tenés que pulir algunas cosas. ¿Por qué no te venís al grupo de los jueves? Venite la semana que viene, empezá y vas a ver como te vas a ir consolidando.
Alfonso se va poniendo color carmín, a medida que siente que en su pecho crece un odio cegador, cada vez más lacerante, como alcohol en la carne viva. Siente deseos de lastimarla. Ella sabe perfectamente bien que no tiene dinero, que come salteado, que debe dos meses de alquiler, que su madre no le pasa más plata…y que necesita detener esa caída en la que se precipitaba y que lo iba a matar.
Se escucha un ruido tímido desde la cocina. Entre Robi co dos platos rebosantes de fideos, un trozo de pan y media botella de vino. El colmo.
Sale pegando un portazo inseguro, sin un rumbo fijo… necesita el aire en la cara y volver a tomar las riendas de su propia vida y acallar al monstruo que se agiganta en su interior.

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