jueves, 22 de septiembre de 2011

Capítulo III

III

A los pocos días, debajo de la puerta aparece un sobre marrón con una carta de su madre. Reconoce la letra, hoy ya nadie escribe cartas a mano.
La letra prolija en el sobre marrón tamaño esquela. Lo levanta del piso y lo pone sobre la mesa mientras se prepara unos mates en la pava eléctrica. La carta es larga, llena de detalles de la vida cotidiana de su madre.
Le cuenta que Graciela tuvo mellizos, que la masajista de la otra cuadra se va de viaje a Estados Unidos a visitar a su hijo, le cuenta que su padre está peor que nunca, que está muy deprimido y que apenas sale del estudio, en donde hace que trabaja, porque está jubilado desde hace dos años. Le cuenta de su hermana, lo maravillosa y sacrificada que es, de cuanto lo quiere y que tiene un amigo que le puede hacer un lugar en un estudio de diseño, para poder ir tirando hasta que se reciba. Le insiste sobre este tema. Le dice que es lo mejor para él, que no entiende sus amistades, esa necesidad de vivir así teniendo todo en casa, no comprende por qué dedicarse al arte pudiendo seguir los pasos de su padre, y seguir con el estudio contable. Le habla de su hermana, la perfecta, que resultó que la pobre está teniendo problemas con el marido, que ella que hubiera podido tener un príncipe si lo hubiera querido, y estaba con  ese mamarracho que le hacía pagar todo a medias, que hasta ahora no había pensado que una mujer quiere una familia, hijos y un marido que la contenga, que qué clase de pareja moderna eran, que menos mal que por suerte era una chica independiente.
A Alfonso se le arruga la cara como si hubiera estado en remojo en agua tibia.
Se pone colorado, se para del catre en dónde estaba recostado leyendo... tira el banquito del mate contra la pared.
La vida de su hermana le produce cansancio, enojo, envidia... todo eso junto y mezclado. La forra esta piensa que yo soy un pelotudo. No importa cuantas cagadas se mande, mamá siempre tiene una forma hacerme saber que ella es mejor. ¡Pse, justo! Si yo se positivamente bien que esta tiene un algo con el jefe y el pobre idiota del marido que no se da cuenta de nada. Si ella misma me lo contó: “Hay Alfonsito, no sabés que groso que es el tipo este. Me hace sentir tan bien, porque con Rodi está todo bien, pero me aburre mucho, es un miserable, de lo único que habla es del estudio, del dinero que no alcanza, de política y de todo lo que no me interesa... pero este no, me hace sentir una mujer con todas las letras.”
Incluso ese trabajito del que hablaba su madre, ya se lo había ofrecido su hermana, que resultaba que “su amiguito” no era otro que el crápula ese que se llenaba la boca hablando de principios y de lo que extrañaba a sus hijos que vivían en Uruguay mientras se garchaba a una colega, su querida hermana, sobre la fotocopiadora del quinto piso.
Con este tipo de gente cuenta Alfonso. A este tipo de gente odia Alfonso. A este tipo y a un montón más.
La cara de desprecio de Alfonso no desaparece.

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