I
Alfonso vivía arrugando la cara con gesto de desagrado ante todo, incluso ante los vecinos de su minúscula habitación. En la pensión infecta en la que había caído todas las mañanas eran lo mismo, y todos los días volvía de la casa de su amigo Cristian borracho y drogado.
Solía hablar solo, dando vueltas por la minúscula habitación: esa mierda de que con esfuerzo se logra todo, puras mentiras. El deseo solo no alcanza. Esto es injusto, merezco mucho más... esta manada de roñosos que viven acá no tienen nada que ver conmigo, negros de mierda, yo estoy para otra cosa...
Muchas otras veces lo invadía una desidia absoluta: No vale la pena moverse, ¿para qué? Solo el movimiento es un gasto inútil porque está visto que nunca voy a lograr lo que quiero, o quizás si me dejara manosear por esos viejos viciosos que manejan la historia en el centro cultural, quizás… Un ruido en el estómago lo distrae de sus pensamientos.
Grandilocuente y voraz, terminó viviendo en ese lugar porque era “el camino intenso del artista”.
Su familia, cada vez lo fue consintiendo menos hasta no pasarle más la mensualidad para el alquiler y los gastos básicos, quizás debido a la escasa respuesta responsable por parte de Alfonso que este último año solo había aprobado una de todas las materias de diseño. Algunas veces vendía marihuana y con eso le alcanzaba para fumar todos los días... hábito tan necesario para él como el ribotril para otros. Solo su madre a escondidas le pasaba algo de dinero que él se ocupaba de malgastar, a cambio el se veía obligado a tener que soportar la interminable lista de virtudes de su queridísima hermana, de la nena ejemplo. De cómo ella terminó la carrera de ingeniería industrial antes de casarse y de cómo se deslomaba en una gran empresa que la exprimía sin escrúpulos. Ella que se manejaba bajo una estricta escala de valores y prioridades. Insoportable.
Las angustias de Alfonso alcanzaban un tope diario. Caminaba por la habitación con paso enojado, de punta a punta, preso de la desesperación, estafado por esa realidad.
Muchas noches, cuando llegaba un poco fumado se ponía a pintar y descargaba en el lienzo su inspiración, se quedaba mirando embobado la pintura que corría por sus brazos, respiraba con deleite los vapores venenosos de esos productos, olía los rojos, los negros y los azules. Tantas madrugadas terminaba en la alfombra, exhausto, frustrado, sintiendo pena de si mismo y regocijándose en su sufrimiento. Un círculo que empezaba en él y terminaba en él, en el mismo punto. Todo lo que estaba fuera de este círculo era superfluo.
Le desagradaba el lugar en donde vivía, la pobreza y tener que pensar en la necesidad de dinero. El dinero es sucio y todo lo ensucia, por dinero la gente se prostituye de muchas formas... él mismo se veía empujado hacia ese camino. Ya había vendido muchos de sus libros y se los había tomado, comido y fumado. Vendió también casi toda su ropa... solo se dejó lo básico. Compartía gastos con el ruso, su compañero de cuarto que cada vez aparecía menos por aquel cuchitril... sabía que la habitación compartida no duraría mucho.
Nunca había robado, pero un par de veces se había quedado con algún vuelto, con algo que seguramente otro no apreciaría tanto como él. Esto lo atormentaba por dos o tres días hasta que se decía que la pobreza era algo indigno y que en la indigencia uno no puede conservar nada noble... entonces valía la pena “hacer la vista gorda”.
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