Siente el aliento fresco, dulce como rocío en el pasto. El bienestar se dibuja en el rostro un rostro bello, con una lágrima roja dibujada sobre la mejilla derecha. La sonrisa leve como el sueño que lo acuna deja ver unos dientes pequeños y puntiagudos.
Se sueña intrépido, aventurero, temerario, como esas imágenes precolombinas en donde el guerrero más diestro, el vencedor, debía comerse el corazón aun palpitante de su derrotado.
Una y otra vez, se sueña selvático, con ojos nocturnos de depredador, acechante en las noches calurosas del trópico.
Una y otra vez se ve como un animal agazapado preparado para dar el gran salto.
Se sueña rotundamente invencible, matemáticamente preciso, un felino feroz, saltando de árbol en árbol sin que sus pasos se sientan, sin que las ramas tiemblen.
Cada noche, sin embargo, se resiste a dormir, porque ese momento en el que “no es” es un viaje parecido a la muerte. Solo se siente tranquilo cuando el caníbal vuelve por unos segundos a cobrar vida.
Generalmente, cuando se despierta, algo del personaje permanece y sobre esto escribe en su libretita, en ese pequeño librito de sueños que conserva junto a su cama, sobre la banqueta de la que se sostiene una rudimentaria lámpara…el cuaderno y su lapicera verde, en su habitación de dos por dos.
En verde escribe, todas las mañanas desde hace semanas, con la esperanza de que en la reiteración se cumpla el sueño.
Ese personaje medio verdoso le da seguridad. Sabe que cuando despierta, el permanece, en algún sutil detalle, en ese que se lava mecánicamente los dientes y que mientras sorbe el café con leche frío de la mañana, garabatea en letras prolijas como de contador, la historia del caníbal en su cuaderno.
Después la rutina, la fábrica, las órdenes, la miseria cotidiana. El aislamiento también es parte de su ecuación, pero es elegido, para que perdure la sensación de bienestar que le otorga el personaje.
Día a día, sobrevive a la aplastante nada, a esa historia sin sorpresas para volver a su propia historia. Previa lucha por el momento crucial de atravesar la puerta de la muerte y sumergirse en la selva, en donde las reglas son suyas, en donde no se doblega ante nada, en donde cada noche es una aventura.
Es joven, con cara de niño y dientes de antropófago. Su mancha de nacimiento, roja, como una lágrima de sangre. En ocasiones se transforma en un taita esclavo que se ganó la libertad a fuerza de sangre y músculos, otras, en un gato salvaje, oscuro y elástico, un gato grande y mágico. En todos sus sueños se repite la belleza, la lágrima y los dientes.
Cada mañana la sensación de despojo, de incompletud, de desamparo, se hacían presentes. Siempre le quedaban ganas de seguir, de quedarse en ese mundo verde en el que era libre.
Volvía al sueño, volvía a la realidad como las luces mortecinas de la fábrica que lo estaba devorando lentamente.
Las noches, los días. Lentamente, esas noches verdes se hicieron más largas, más sangrientas y más atractivas.
El caníbal, camuflado, sus tatuajes tribales más vivos en su piel, atrapó una noche una hermosa mujer, hermosa pero ferozmente molesta, sus gritos, sus quejidos. Sus brazos la rodearon, tomaron su cabeza dejándola silenciosa. Su brazo una serpiente ilustrada, constrictora.
Se ve, siente sus dientes hundiéndose en la piel blanca, levemente salada por la transpiración. Separa los labios y observa diminutas gotas rubí que brotan, gotas como su propia marca. La sangre que brota, la carne en la boca.
Esa mañana, se asustó primero cuando vio la mancha de sangre en la almohada y luego se inquietó cuando sintió nauseas en el desayuno, como si ya hubiera comido.
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