jueves, 13 de enero de 2011

La Teorista


Preparo el te con amor, pongo los sanguchitos de miga que le traje en una bandejita con flores, el mantelito de lino que ella siempre usa y unos jazmines frescos en el florerito de cristal que tiene sobre la alacena. Me siento cómoda en su casa. Calculo bien la cantidad, para poder observar el proceso, para adueñarme del acto, para que esa muerte sea mía. Le hablo con cordialidad mientras observo con las manos transpiradas como el líquido baja por su garganta. Me apropio de todos los detalles: los primeros mareos, el sudor frío, las convulsiones que segundo a segundo se van haciendo más fuertes, menos espaciadas, sus ojos desorbitados, implorantes, las manos extendidas. Observo como se le van mojando primero la falda, luego las medias finitas color piel para terminar en la fuente de orín en sus zapatos clásicos negros. En el último instante la tomo de los pelos y la miro bien cerca, en los ojos que ya pierden todo vestigio de vida… hasta que se extingue al fin.
La acuesto sobre el sillón y comienzo a limpiar…
Aún recuerdo la sensación que me invadió aquella tarde, tenía el pulso acelerado mientras lavaba las tasas y ordenaba todo para borrar cualquier indicio de mi presencia en su casa. Sabía que jamás lograrían atraparme, no se imaginarían que fui yo, su hija, la persona capaz de esto.
Tenía que hacerlo y una vez hecho corroboré que era verdad, en este mundo hay solo dos tipos de personas: los que sucumben y los que tienen lo que se necesita para matar, y yo no quería pertenecer al primer grupo.
Al ser capaz de matar a aquella que me dio la vida –y por consiguiente la muerte- había logrado de alguna forma vengar el convencionalismo y me había otorgado un doble poder.
No quería pensar en nada más que en la próxima vez, sin embargo, no pude evitar contárselo a mi mentor. Bueno, no todo, sabía que él reprobaría que yo pusiera en práctica una de sus teorías. Lo que le dije fue que mi madre estaba muerta para mi y que al decírselo en la cara, había logrado matarla, que había ido a la casa y se lo había dicho. Entré en detalles solo en lo que atañe a lo que sentí al pensar que había matado, así en palabras, a mi madre.
Él me recomendó que hiciera una monografía al respecto, para su clase de psicología.
No podía dar crédito a mi dicha. Lo había hecho, había arrebatado una vida. Se me ocurrió que tomar varias vidas era mejor que solo una, aunque esta primera fuera tan importante. Pensé en ponerme a prueba nuevamente, sacar un provecho mayor de la próxima. Tenía que planearlo con sumo cuidado.
Primero, entre muerte y muerte, debería existir un tiempo prudencial, para que interviniera el olvido, porque la muerte y el olvido van siempre de la mano.
Luego, y esto solo para mi provecho, debía elegir el modo de ejecución, porque cada individuo merecía su propia forma de partir, algo que lo hiciera único. Después de todo… ¿no es la muerte más poderosa que la vida misma? ¿Acaso aquellos condenados no valoran más la vida cuando se saben próximos al fin? Y por esto mismo, ¿no le agrega la muerte un valor adicional a la vida? Casi como el bien y el mal, Dios o Lucifer, porque ¿quién puede asegurar la existencia de uno sin el otro? En esto me quedé teorizando largo tiempo para nuevamente concentrarme en mi propio proyecto.
La persona elegida debía ser alguien incapaz de quitar una vida –esto no era difícil, solo unos pocos tenemos el carácter para hacerlo, llámese genética, educación, filosofía, realidad o vocación. Esto requeriría un estudio minucioso, detallado, de perfiles y personalidades, variedad de géneros, preferencias sexuales, incluso edades. La muestra debía ser variada.
Obviamente tendría que ir moviéndome, cambiándome de ciudad para no dejar nada que pudiera relacionar las muertes conmigo.
La siguiente víctima fue un compañero del curso de italiano, un gay muy simpático, al que llegué a querer mucho y con el que compartimos el amor por el cine y largas horas de café después de esas películas clásicas del cine italiano que tanto adorábamos. Esta vez no fue veneno, sino que aprovechando la muchedumbre en el subte, lo empujé justo cuando pasaba el rápido de las 3.
El efecto fue genial, me sentí más viva, más allá de todo, si seguía así nada podría matarme, al sumar más muertes ahí si mi vida cobraría peso de eternidad.
Pero con el correr de los meses fui cayendo en la cuenta de que tenía que arriesgar más, y la única manera era demostrar que era capaz de ensuciarme las manos. El oportunismo quitaba cierto valor a la capacidad de ejecutar esto que muchos consideran atroz.
Entonces pensé que la próxima debía ser una mujer, no alguien elegido al azahar pero si que no me conociera. Esto era un riesgo, pues no tendría un perfil previo, y ¿Qué pasaría si esa persona era una de mi misma especie, alguien con el temple como para defenderse y matarme?
Esto comenzaría con un seguimiento minucioso, estricto de la víctima. Debía lograr integrarme a su rutina, sin que me viera, ni me notara, ni ella ni nadie que anduviera por ahí a la hora señalada. El tiempo elegido fue la noche y el lugar sería al que me llevara la victima cuando saliera de la universidad. Sí, una universitaria…porque uno tiende a pensar que una chica de la noche no se sienta a esperar el momento de sucumbir.
Elegí una flaquita, esmirriada, con una contextura levemente enferma, de lentes y con cara de ratón de biblioteca. Salía todas las noches de la facultad, muy tarde y vivía en Saavedra… un barrio hermoso, lo conocía, solía tener unos amigos budistas que vivían por ahí.
La seguí de lejos por un par de meses para saber cómo se desplazaba, por dónde andaba y a qué horas, con quién se saludaba, a qué velocidad caminaba y si alguien la esperaba en la puerta cuando volvía tarde.
Graciela –así se llamaba- vivía con sus padres en una casita humilde y bien arreglada. Desde la parada del colectivo hasta la puerta de su casa habían 4 cuadras, desiertas y oscuras a esas horas. Su madre la esperaba muchas veces en la puerta y  Gracielita, querida mía, caminaba bastante rápido. Tenía que tener una precisión matemática en el ataque. No sé si se los dije, pero esta vez usaría un cuchillo, mejor dicho, una daga ritual.
Elegido el día y confiando en que su madre no la esperaría, me bajé en la parada de bondi en donde Graciela se bajaría 10 o 20 minutos más tarde. La madre no estaba y me escondí en la entrada de una casa en donde los árboles no dejaban pasar la luz del alumbrado público.
Unos minutos más tarde veo bajar a Gracie del bondi, con la carterita de jean y la carpeta oficio de la facu bien apretaditas entre sus brazos. Agarré fuerte mi daga ritual africana, respiré hondo y miré para cerciorarme que no había nadie.
Cuando pasaba le salí al encuentro, como si sacara la basura (mi mochila) y la tiré presta en el canasto de la puerta.
-Hola. Le dije y la miré todo sonrisa a los ojos.
-Hola. Me dijo ella un poco asustada, casi parándose a un paso o dos de mí.
Estaba nerviosa, pero mi sonrisa y mis ojos bondadosos la apaciguaron.
No perdí el tiempo, ahí mismo, casi con dulzura, le clavé la daga de abajo hacia arriba, con un movimiento ritual propio del instrumento, sabiendo que el dolor sería mucho pero que duraría poco.
-Tranquila Graciela, el dolor va a pasar. Mirame bonita, no tengas miedo que el sueño ya llega.
El puñal y mi mano empapados y un impulso animal apenas contenible de repetir la estocada.
Quiso gritar pero el dolor se lo impidió. Me miró con intensidad a los ojos sin comprender y se fue apagando rápidamente. Apenas tuve tiempo de dejarla sentadita con la carpeta y la cartera en el regazo, de limpiarme las manos y de guardar el puñal en la mochila.
Cuando llegué a casa apenas podía con mí misma, me invadía la euforia. Sentí que éste era el modo de hacerlo, por el goce a cada paso, por el riesgo, y por el pulso de la sangre.
Así sumé una, dos, hasta cuatro muertes por año durante mucho tiempo. Cada vez era más difícil, necesitaba que lo fuera. Cada sensación fue creciendo con cada complejidad. A medida que pasaban las experiencias sentía que la fuerza en mi interior se multiplicaba. ¿Lo estaba logrando? ¿Era esto un caso raro de metempsicosis en el que los recuerdos y habilidades del fallecido migraban hacia mí? Muchas veces pensé que además del valor buscado también ganaba en atributos dado que me volvía más astuta, más diversa, comenzaba a reconocer y a aceptar con los brazos abiertos otras aristas antes impensadas, incluso mi lado oscuro. Estos valores sumados me hacían sentir ligeramente superior.
Estimo que me volví descuidada, que subestimé a otros, que me recluí en mi propio mundo. Es verdad, no lo vi venir, tan sumergida estaba en decidir si la próxima misión sería un niño. Dudaba, porque los niños son inmunes, porque no pueden dimensionar la muerte, porque para ellos sueño es muerte y porque no entienden de defunciones, se sorprenden aún con todo, son la inocencia pura que nos alivia a los que somos conscientes de la mortalidad. Por esto mismo estaba a punto de cambiar de objetivo, cuando un día, entrando a casa me recibe el saludo de un hombre que no esperaba, mi profesor, que al saludarme me aclara que aún esperaba la monografía sobre la muerte de mi madre.
Me sonríe, se acerca, me mira a los ojos y me dice:
-Es como un sueño, no tengas miedo, todos tus poderes quedarán conmigo y nadie sabrá que mutarás en mí con todas las personar que en vos viven.
Vi su cara, enardecida con cada puñalada, una detrás de otra, en sucesión interminable porque para matarme iba a tener que expropiar todas aquellas vidas que me pertenecían.

1 comentario:

  1. Quiero aclarar que la palabra Teorista per sé no existe pero que expresa la personalidad del personaje.

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