…hasta que cerró sus cansados párpados sobre sus retinas laceradas por las ásperas correas de visiones insólitas.
Había iniciado el camino de la escritura con una disciplina prusiana. Todas las mañanas, con o sin inspiración, se sentaba dos horas a escribir. Era una experiencia tortuosa, como una operación sin anestesia, era como hacer crecer una planta de sandía en la arena. La presión fue creciendo, tenia que producir, pero nada de lo que comenzaba adquiría tono de narración, tan solo comienzos, introducciones lindas, pintorescas, comunes… nada que pudiera desencadenar una serie de relatos, nada que alcanzara un clímax.
Se sentía frustrado. Renunció al trabajo como cadete en el renombrado bufete de abogados, en dónde había entrado a trabajar pensando en encontrar historias que le sirvieran para componer su gran novela policial. Pero la firma solo trabajaba casos civiles, algún que otro fraude, muchas bancarrotas, pero nada más.
No le pesó, mandó el telegrama y se fue.
A medias liberado, quiso ponerse a prueba, sentir un poco de adrenalina y como las alturas siempre lo habían atraído se postuló para trabajar de limpiavidrios en los edificios de la ciudad.
La altura lo excitaba, se sentía vivo al desafiar a la muerte y se sentiría aún más vivo cuando cobrara a fin de mes –esos trabajos de riesgo siempre estuvieron muy bien remunerados y que no se trabajara los días de lluvia era un plus.
En un principio todo lo que ocupaba su mente estaba afuera. Los pájaros, unos pocos que se arriesgaban por esas alturas estériles de vidrio y metal. Se sentía libre, miraba para abajo, a las personas tamaño hormiga y se imaginaba, después de un rato, que la distancia que lo separaba del suelo no era tan grande, como si con el poder de su voluntad pudiera quebrar la fuerza de gravedad, ralentizarla y posarse como un pájaro en la vereda, allá abajo.
Poco a poco, con el correr de los días, su atención se volcó hacia el interior de los edificios. Se sentía impune del otro lado del vidrio, protegido por el abismo, un voyeour protegido y así fue como se volvió adicto a su trabajo, que le permitia pagar su otra adicción, la escritura. Una cosa llevó a la otra, observación y búsqueda. Por un tiempo muy largo estuvo cautivado por la invisibilidad y la altura y sus primeras historias daban cuenta de esto, sexo, vértigo y relaciones prohibidas resultaban el gancho perfecto tanto para el lector como para el escritor. Pero este facilismo con el tiempo lo aburrió, quiso más y siguió observando.
Una vez presencio una discusión que llegó incluso a la agresión física, y se quedó ahí, pegado al vidrio, con el secador en una mano, colgando. Sintió que la violencia tenía aristas medievales: la traición por el dominio de la empresa, intrigas palaciegas pero en un castillo de vidrio de 21 pisos.
Al día siguiente comenzó a escribir su historia medieval y moderna, sobre titanes luchando por el poder que los envenenaba y en cada ventana un capítulo distinto. Un día podía ser una madre aullando la pérdida de su hijo, muerto porque su corazón no pudo soportar el peso de la responsabilidad de cuidar de sus subordinados; otro día podía escribir sobre las cortesanas, ambiciosas, entregadas en su aburrimiento a entretejer intrigas, a usar su seducción por un momento de ilusorio poder.
El mismo comenzó a vivir a través de los momentos observados a través del vidrio y las historias escritas. También se enamoró de una secretaria que le sonreía cada vez que se veían y construyó una relación basada en esto.
Su realidad iba cobrando vida cada vez que estaba colgado de sus edificios.
Comenzó a pasar más tiempo ahí, casi tanto como se lo permitía su cuerpo.
Fue sobrepasando umbrales de dolor. Sus compañeros, preocupados y molestos –nadie podía trabajar tantas horas seguidas como él- le advertían que estaba quebrando no solo normas de seguridad, sino que también alguna que otra del sindicato.
No prestó atención. Desestimó los consejos-advertencias. Se descuidó más y más, absorbido por sus historias. Realmente eran como una droga, cada vez necesitaba más.
Un día pasó más de 6 horas en el sillín, colgado entre el piso 12 y el 6, sin embargo, a pesar del dolor, de las piernas entumecidas, lo que lo atormentaba era otra cosa. Su peor pesadilla era el momento en que acababa un capítulo o un cuento o una historia. Cada uno de ellos era un desgarro dentro suyo, una muerte. Se preguntó si el artista debería morir y renacer con cada obra nueva. Se preguntó, sí, pero no pudo responder, pues no podía parar.
Semanas más tarde quisieron despedirlo. Quisieron pero no pudieron, porque no hubo forma de convencerlo, hasta ofreció hacer su trabajo por la mitad de su sueldo. Los patrones estuvieron chochos con el trato, pero los del sindicato lo nombraron indeseable.
El no se dio cuenta, pero nadie quería trabajar con el y esto era un problema, este era un trabajo que por seguridad debía realizarse en parejas. Por eso quizás solo “los nuevos” empezaron a trabajar con el y tampoco le duraban mucho. Tampoco se dio cuenta, pero en algunos pisos se le acababan las historias porque la gente tomaba consciencia de que alguien les estaba, por decirlo de alguna forma, robando una parte, algo así como cuando le roban el alma a las cholas al tomarles una foto.
Seguía escribiendo, eventualmente publicaba en una revista barrial o en el blog de un amigo.
Un día, no mucho después de que los del sindicato empezaron a caer por donde trabajaba, alguien lo contacto por mail para publicar una compilación de sus historias del “Edificio 13”.
Estaba fascinado con la idea de su primer libro, más su compulsión no cedía. No había peligro, frió, calor, no había nada mas que sus historias.
Un martes lanzaron su pequeño libro que tuvo un éxito rotundo en la sección de libros de bajo precio.
Un jueves algo salió mal.
Entusiasmado como estaba, no se dio cuenta que ese jueves no tendría a un novato por compañero, sino a un de viejo malhumorado, con cara de pocos amigos, que estaba íntimamente ligado al capo del sindicato, un tipo feo y de mala fama. Pero él apenas lo notó.
Hablaron dos palabras y bajó, como siempre, con los productos ya preparados en un balde y el secador de varilla extensible. Apenas revisó los seguros del arnés y los aparejos en las cuerdas. Se sumergió en la limpieza y en la observación, estuvo así dos horas.
En determinado momento, trató de mirar para arriba y se mareó. De detuvo un instante a recobrar el aliento. De pronto la luz reflejada en el vidrio color caramelo y la tranquilidad de ese instante lo hizo pensar en que tenía suerte. El aire diáfano como si por si mismo lo pudiera sostener. Pensó que al fin todo cuadraba, nada podría salir mal, su libro estaba en la librería, tenia el trabajo que quería y además podía escribir…
Fueron solo dos segundos, primero un movimiento brusco, luego una de las cuerdas serpenteó hacia abajo, vio pasar el extremo suelto, erosionado, después siguió él, liviano. Ni siquiera intentó tomar la cuerda, asirse al borde de la ventana. Nada.
Era parte del aire frente a la ventana. Vio como pasaban, una a una las historias: las secretarias arpías del décimo, el abogado gordo del octavo, el niño triste de la guardería del sexto, la viejita con cara de abuela de cuento de la fotocopiadora del cuarto, el archivista, los cadetes, el CEO, los tesoreros, los administrativos, el portero… que se rajó una puteada porque terminaba de baldear la vereda y zafó de que le cayera un tipo encima solo por el susto que se pegó cuando, dos segundos antes explotara un balde a unos metros.
Al otro día, en la librería donde sus libros se exhibían en vidriera, alguien escribió su historia prolijamente en una hoja ecológica, con letras lindas y una fecha, la de nacimiento y de del fin de su historia en atractivos colores cálidos.
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