jueves, 21 de marzo de 2013

Más espesa


 

Como si fuera mi hija, aunque no lo es, como si lo fuera.

La nena se hamaca y me río con ella del placer del ir y venir, cada vez más alto, ¡más alto tía, si!

Pone su carita cerca de la mía y espía por mis pupilas todas las aventuras hermosas que imagino para ella y se ríe con dientes pequeños, vocecita chiquita, cristalina, limpia, ojos sorprendidos ante todo lo que le cuento, todo lo que le invento y me hace sentir gigante, un mundo.

Unos chicos juegan ahí nomás en la arena y la miran a ella tan chiquita, tan princesa y ella curiosa se acerca, los mira y les dice “¿conmigo?” cómo única invitación y presentación y ellos se ríen y en mi surge un odio irracional, desconocido. Ella me mira porque no comprende que los chicos son más grandes, que ella tiene tan solo tres y ellos están juntos en la plaza, todos hermanos, todos unidos por un dolor que se les coló por accidente, por que papá no está, porque cualquier extraño es amenaza… Los entiendo pero los alejo… no quiero que ella sepa de esas tristezas, no tiene por qué. Ellos la persiguen, queriendo golpearla y mi sangre, que es más espesa me impulsa a gritarles que se vayan a otro lado, me transfigura la cara, me hace irracional…

Ella tampoco entiende, me mira extrañada y me abraza con fuerza porque lo siente, porque mis brazos son muros que la protegen, porque en mi confía casi ciegamente, porque la más ínfima amenaza hace que pueda transformarme en un monstruo… pero no para ella que es mi sangre.

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