Como si fuera mi hija, aunque no lo es, como si
lo fuera.
La nena se hamaca y me río con ella del placer
del ir y venir, cada vez más alto, ¡más alto tía, si!
Pone su carita cerca de la mía y espía por mis
pupilas todas las aventuras hermosas que imagino para ella y se ríe con dientes
pequeños, vocecita chiquita, cristalina, limpia, ojos sorprendidos ante todo lo
que le cuento, todo lo que le invento y me hace sentir gigante, un mundo.
Unos chicos juegan ahí nomás en la arena y la
miran a ella tan chiquita, tan princesa y ella curiosa se acerca, los mira y
les dice “¿conmigo?” cómo única invitación y presentación y ellos se ríen y en
mi surge un odio irracional, desconocido. Ella me mira porque no comprende que
los chicos son más grandes, que ella tiene tan solo tres y ellos están juntos
en la plaza, todos hermanos, todos unidos por un dolor que se les coló por
accidente, por que papá no está, porque cualquier extraño es amenaza… Los
entiendo pero los alejo… no quiero que ella sepa de esas tristezas, no tiene
por qué. Ellos la persiguen, queriendo golpearla y mi sangre, que es más espesa
me impulsa a gritarles que se vayan a otro lado, me transfigura la cara, me
hace irracional…
Ella tampoco entiende, me mira extrañada y me
abraza con fuerza porque lo siente, porque mis brazos son muros que la protegen,
porque en mi confía casi ciegamente, porque la más ínfima amenaza hace que
pueda transformarme en un monstruo… pero no para ella que es mi sangre.
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