No se si mi infancia fue feliz, lo que si se es que fue peculiar. Si, peculiar, rara, exótica, bueno, no se cual sería la definición exacta. Algunas veces me pregunto que recordará mi hermano, de las cosas que vivimos juntos. Estoy segura que los 6 años que nos separan hacen que nuestra percepción sea bien distinta, aunque nuestros padres sean los mismos, nuestras casas y ciudades sean las mismas, a pesar de ser haber compartido la misma habitación por años estoy segura que sus historias serían distintas.
Parte de esos recuerdos peculiares son las tardes en el río Orinoco, en donde aprendimos a nadar.
Los días en el río empezaban por lo general con los preparativos para salir. Mi hermano y yo estábamos listos en un santiamén, era solo cuestión de poner una muda de ropa seca en el bolso y el traje de baño y unos pantalones cortos. A mis padres les tocaba preparar una heladerita de mano con el almuerzo y la merienda, algo de ropa, repelente para los mosquitos, y vaya uno a saber que cantidad de cosas más.
Como el río no tenía balneario, papá manejaba por unos caminitos ignotos que desaparecían una semana para aparecer a la siguiente unos metros más allá. Generalmente nos juntábamos con otras dos familias y hacíamos asado, algunos intentaban pescar y otros leían el diario argentino que compraban en el centro comercial, sólo los domingos.
Era como un campamento por un rato.
La nostalgia reunía a los adultos en torno del Clarín y algunos acompañaban la nostalgia con unos mates y un tango que sonaba desde el estéreo del auto.
Por lo general, el ambiente de domingo era tranquilo pero en la época en que el río no estaba crecido la playa se hacía un poquito más amplia y se juntaba más gente, en general familias.
Los chicos nos entreteníamos por edades en aprender a nadar o ir de expedición siguiendo la costa hasta llegar a unas rocas en donde la corriente se hacía más fuerte y en donde algunos nos aventurábamos a nadar para ver cuanto aguantábamos nadando en contra de esa corriente o si, en el mejor de los casos, avanzábamos unos metros. El río siempre salía ganando.
El río con destellos dorados. A pocos kilómetros de nuestra playa había un emprendimiento siderúrgico enorme en dónde mi padre estaba trabajando. Anteriormente, se corría la voz, que había buscadores de oro y que las pepitas grandes no fueron muchas, pero que se las llevaron, ahora simplemente quedaban pequeñas partículas de oro que suspendidas en el agua le daban ese efecto precioso… cuando era chica lo creía, por lo que me sentaba en la orillita, sobre todo a la tarde tratando de atrapar esas partículas y ver si me quedaba la piel de la mano cubierta de oro… y no era la única, pero siempre eran los chicos los que seguían estas historias, por eso creo que fue invento de los padres, para darnos la fiebre del oro y tenernos entretenidos por una temporada.
El río también cambiaba, pero nosotros le éramos fieles. Incluso en época de, en donde las márgenes llegaban hasta los árboles, incluso en esos meses nos metíamos en el río. Si no llovía era algo para hacer en un lugar en donde el entretenimiento era escaso. Nos colgábamos de las ramas como si fuéramos monitos a pesar de las pirañas que tenían mala prensa pero que nunca nos hincaron un solo diente, aunque las había porque las hemos visto pescadas en abundancia sobre todo en la estación lluviosa.
Las mareas subían y bajaban y nosotros no lo abandonábamos, como si ejerciera algún tipo de efecto hipnótico que nos hacía volver semana tras semana. El olor dulzón del agua, los tesoros que deja la corriente y la vida que gira en torno de la arteria fluvial que contribuyó a la creación de miles de historias: prisioneros de cárceles tropicales, criminales feroces que se escondieron en el seno del misterio que se pierde en las selvas y aparece en las sabanas.
Algunas otras veces la realidad golpea en la cara de la leyenda y te deja boquiabierto, dolorido, sin aire. Como aquel sábado en el que el río estaba bastante poblado. Pescadores, canoistas y nadadores. El río lleno de vida y actividad. Los chicos ya habíamos nadado, jugado, investigado y cansados tomábamos la leche. Era tarde. Un viejo en una canoa iba y venía esquivando remolinos; un local, un lugareño. Nosotros sorbíamos la leche con galletitas mirando fijamente el agua y sus destellos, hipnotizados por la cadencia.
De pronto alguien grita, señala. Nosotros miramos, nos juntamos como si esto ayudara a ver mejor. Entre las aguas, alguien agita los brazos, aparece y desaparece. El viejo de la canoa pasa cerca pero hay algo que impide que llegue. Otro desde la costa intenta un rescate a nado pero fue demasiado tarde. El viejo de la canoa fue a su encuentro para avisarle que con uno era suficiente. Cerca de nosotros una mujer con dos niños, uno en brazos, llora desconsolada. Nosotros también, para acompañarla y aliviar su pena.
Ese día nos quedamos hasta la noche, esperando noticias de los buzos de la policía, pero nada. El cuerpo fue devuelto dos días más tarde. El río mismo lo dejó unos kilómetros más allá, entre unas ramas, reposando misericordiosamente.
Durante semanas soñé que encontraba al ahogado mientras nadaba y me despertaba a los gritos.
Mi papá, que no sabía nadar, me dijo:
-Hija, al río hay que tenerle respeto, el río no perdona, y siempre, siempre gana.
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