jueves, 21 de julio de 2011

La voz del recuerdo

Ya había intentado mandarme a la escuela que nos ponía la empresa y no me fue bien, no pude adaptarme.  Mi madre también había intentado hacerme entrar al mejor colegio de la zona, pero era un colegio religioso y yo una pequeña hereje que no había tomado la comunión. Así mamá terminó por mandarme a una escuela de un barrio cercano cuyo nombre no recuerdo, una escuela estatal, en la comuna de San Félix, dependiente a su vez de una comunidad un poco más grande, Ciudad Guayana a la que promocionaban en una radio local como “La Capital de La Mosca”.
El tema es que terminé en esa escuela que recuerdo de manera singular.
El primer día marcó un poco mi extranjería: formamos todos en la entrada, padres a un costado, y de buenas a primeras entonaron el himno nacional venezolano… de más está decir que lo único que llegué a imitar fue el “gloria-al-bravopueblo-queelyugorompió” sin emitir un solo sonido y después la marcha nacional me dejó absolutamente rezagada y rubiecita con cara de boba. Acto seguido, una mujer bajita, de piernas flacas y abdomen prominente me dijo:
-Oye chica, para mañana te lo aprendes, ¿okei catirita?
Ahí venía yo, sumando detalles que me dejaban fuera del grupo de pertenencia: el color de pelo, la falta de uniforme y la única argentina.
En cuanto al lugar en si era extraño, pero a pesar del carácter festivo del trópico, esta escuela se las arreglaba para ser un lugar gris. Era un edificio chato, rodeado de árboles tropicales altísimos y las aulas daban todas a una galería comunicante que rodeaba un espacio central abierto donde crecían plantas salvajes de hojas raras y gigantescas. Cada dos o tres columnas portantes de la galería había una canilla en donde descansaban prolijamente dos o tres baldes, igual cantidad de escobillones y lampazos.
Las aulas eran grandes, frescas y limpias. Pizarrón verde, el gran escritorio de la maestra y los bancos individuales en filas prolijas. Las aulas siempre estaban abiertas, carecían de puertas o ventanas de vidrio y madera, los únicos cerramientos eran unas rejas robustas y sencillas, que a mi corta edad me las imaginaba como las de las cárceles del lejano oeste.
La limpieza evidentemente era un tema. Todos los recreos se nombraban dos encargados, el de barrer y el de pasar la mopa. Yo siempre me ofrecía para barrer, por dos motivos:  primero, porque al no tener muchos amigos esto me daba algo que hacer en el recreo, y en segundo lugar, porque así quedaba automáticamente fuera de la tarea de trapear, que no era en si el problema, sino más bien, el asco que me provocaba escurrir la cabellera de la mopa en el agua que con el pasar de los recreos se ponía más y más turbia. No pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta y le dijeran a la maestra. Ella intentó convencerme de que no había nada de malo en el agua sucia. Incluso a alguna compañerita valiente puso las manos en el balde con decisión y retorciendo los pelos grises de la mopa me dijo:
-¡Ve que no pasa nada catire!
A lo que yo le ofrecí pasar la mopa solo si ella, que era muy linda y buena, me escurría el monstruo ese. Su mirada comprensiva y su sonrisa amable cambiaron por una expresión de desaprobación que entendí como un “ni loca” y se acabó la cooperación.
En las clases me aburría y por eso pasaba mucho tiempo mirando para afuera, por la ventana los árboles de mangos, y a través de la puerta del aula, alguna que otra  historia interesante, real o imaginaria. Como la vez en que en plena clase de matemáticas, aburrida porque ya sabía todo sobre la multiplicación de más de dos cifras y porque la lentitud de mis compañeros me ponía nerviosa, bueno, la historia es que estaba viendo hacia el corredor, cuando escucho que se acerca un griterío que al pasar frente al aula se transforma en un show de lo más extraño… pasa un alumno corriendo, que digo corriendo, huyendo despavorido y a los gritos de la maestra que le pisa los talones, también a los gritos y enarbolando un cinturón en claro gesto de castigo. Cualquiera hubiera pensado que esto era de otra época o fuera de lo común, pero no, sucedía cotidianamente… con mayor o menor violencia.
Sin ir más lejos, en mi clase de cuarto grado, la maestra ejercía otro tipo de castigo físico en el que le pegaba diez golpes con el borrador o la regla en la punta de los dedos a los alumnos con más de tres ejercicios incorrectos. Si no hacías los deberes, los golpes pasaban a quince. Lo que nunca supe es cuál era la cantidad de golpes para los problemas de disciplina, dado que mis compañeros era muy tranquilos y los problemas no pasaban de las interrupciones de alguna explicación. Lo que si quedó en mi memoria es que eran un poco brutos o burros, como se decía en mi época… y eso era enervante, incluso para mi que nunca fui una alumna brillante que digamos sino más bien de promedio bajo, propensa a las distracciones y un poco lenta. Pero en esta escuela era la mejor alumna y estoy segura que no por mérito propio sino por la conjunción de dos factores importantes: la disciplina para el estudio inculcada por mi madre, a los golpes o porque estos chicos eran más lentos vaya uno a saber si por el calor, la humedad tropical de la selva en galería, los mosquitos del Caroní o del Orinoco. Igualmente no me duró mucho, un día me olvidé de hacer los deberes y tuve la mala suerte de que la maestra me pidiera que los mostrara en el pizarrón. Le dije que no los había hecho y ella me instó a que pasara a recibir mi castigo. Me negué. Insistió. Me volví a negar.
Ella se paró en el frente. Yo me paré en el banquito de la fila del fondo y ante la insistencia de ella dí dos pasos para atrás. Ella, apremiada por mi inminente huida y mi rebeldía ante la autoridad me arrojó el borrador con una puntería impecable.
Con la cabeza dolorida se me presentó la disyuntiva de armar un lío bárbaro o sentarme calladita como si nada hubiera pasado. Opté por la última opción, con la ilusión de poder manejar la situación a mi favor. Ese fue mi último día en la escuela de San Félix.

2 comentarios: