viernes, 3 de septiembre de 2010

La búsqueda

En la búsqueda no quedan más que nombres a los que a veces vuelven como a propósito, para asegurarse de no haber extraviado ninguno. Nombres sin caras, nombres sin vida. Tan solo nombres. Ese nombre, ese que buscan casi desesperados, no aparece.

Esa búsqueda de padre e hijo, ese camino, el único que pudieron emprender juntos. Buscan un nombre que ha desaparecido y al que le han despojado la identidad.

Ese nombre ha dejado de ser madre, el día que se fue y abandonó a su hijo que apenas empezaba a caminar y emprendió ese camino que sabía no tendría retorno.

Ese nombre también dejó de ser esposa, nos deja a todos sumidos en nuestros prejuicios. Ese nombre nos deja en evidencia a nosotros que hacemos lo que debemos, entendiendo que cualquier mujer puede dejar a un hombre pero cuestionamos duramente a aquellas que son capaces de abandonar a un hijo… para ir detrás de otro hombre, de una ilusión.

Bueno, eso fue lo que se dijo, eso fue lo que escuché. Pero yo la conocí, y se por qué se fue.

No, no la justifico, fue cruel dejar así a esos dos, pero tampoco era justo para ella seguir con esos dos mediocres. Un hijo sin carácter y un marido medio autista.

De alguna forma la admiro, por haber tenido la valentía de continuar con su vida, sin mirar atrás.

Yo fui testigo de todo: de cómo el pobre pibe se las rebuscó para hacer algo medianamente decente con su propia vida. Sin embargo, no fue mérito propio, fue gracias a ella y a fuerza de pelearse con el destino.

Recuerdo que en algún momento intentó saber algo más de esa mujer que suponía su madre, pero no logró más que torturarse. Siendo muy chico, le dije que no valía la pena, que si la madre no estaba era porque no lo quería, que hiciera algo mejor de su vida que llorar como una mariquita.

El chico dejó de buscarla pero buscó muchas otras madres, madres en tías, en novias, en esposas, hasta en su padre.

Después está él, Pedro. A él lo desprecio por dejarla ir, por no haber podido criar a ese chico, por débil, por parco, por no haber podido con su vida.

Nunca pude decirle todo esto. No creo que hiciera falta, la presencia del chico lo llenaba de una sensación de angustia que se traslucía, haciéndolo un ser autodespectivo, totalmente venido a menos.

Ahora Pedro es solo un nombre más que pronto va a desaparecer en el mito, como le pasó a ella.

Es muy peculiar como se pierden los nombres, como se pierden las personas, como se diluyen en la memoria que falla, como a la distancia algunas cosas son mejores y otras, quedan a la sombra de árboles frondosos, esos árboles que forman un bosque, un bosque que oculta algún mito… y todo vuelve a empezar.

Nombres, búsquedas, decepciones.

Ellos piensan que se esconde… o así eligen imaginarlo, por miedo a que esa ausencia devenga en realidad.

La realidad del hombre abandonado. La certeza del hijo no querido. Esto se fue haciendo más palpable con el tiempo. Pensaron que había desaparecido y finalmente lo hizo, se hizo humo.

Con el tiempo dejaron de nombrarla, después la hicieron culpable de sus propias limitaciones y defectos. Luego, la fueron enterrando, abandonado como a esas medias sin compañero en el fondo del canasto de la ropa para planchar.

Quedaron así condenados a odiarla, a quererla muerta en vida, para poder soportarla.

Ellos, con el tiempo, la mataron. La mataron para poder seguir viviendo, así carentes. La búsqueda muda, a tientas, siguió latente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario